La escritora española Concha Espina (1869-1955), en un dibujo de Hakima El Kaddouri.

150 años de Concha Espina (y el desaguisado que la olvidó)

La escritora española fue coetánea de la Generación del 98 y una de las pioneras de la igualdad. Una de las voces importantes de comienzos del siglo XX y candidata al Nobel de Literatura pero olvidada por sus ideas de derechas durante el franquismo

En estos idus de marzo morados y posmodernos de la revolución feminista están dando la batalla, como amazonas libertarias, algunos nombres candentes del pasado borrado de España: Carmen de Burgos, Clara Campoamor, María Teresa León y en ese plan. Así que uno, por no llevar la contraria —o, tal vez, por llevarla—, se pone a buscar la aguja en el pajar, o, más bien, la concha de la arena, y hasta la espina que la parió. O sea, Concha Espina, de cuyo nacimiento se cumplen 150 años, nada menos.

Concha Espina nació un 15 de abril de 1869 en La Montaña, que es el nombre histórico de Santander/Cantabria, como un gigantesco huerto medieval de peredas y pelayos o como un negocio ramplón y burgués de mercancías portuarias y especulaciones mineras. Quiere decirse que Concha vivió de niña en un ambiente de señorita bien, tramontana y enclaustrada: “con mucho esmero, aunque sin prepararme para luchar contra la vida. No había en mi casa ni una biblioteca, aparte de algunos libros religiosos”.

Luego, vino la bancarrota familiar, a la que siguió un inexorable matrimonio de conveniencia, incluyendo todos los defectos de los últimos hidalgos: un hombre de buenos días macondinos, emprendedor de fantasías y fracasado de origen. Con estas pintas, el marido se la llevó por las muñecas a hacerse las américas en Chile, y, como él no daba un palo al agua, Concha tuvo que ceñirse unos faldones de Úrsula para ganarse unos dineros.

Una escritora a recordar

El nombre real de Concha Espina es Concepción Rodríguez-Espina y García-Tagle. Nació el 15 de abril de 1869 en Santander y murió el 19 de mayo de 1955 en Madrid. Entre los diferentes premios que recibió destacan los de la Real Academia Española por 'La esfinge maragata' (1914) y 'Tierras del Aquilón' (1924). Recibió el Premio Nacional de Literatura por 'Altar mayor' en 1927.

Ese fue el comienzo de su carrera de escritora. Con apenas 25 años, se puso a publicar versos y prosas por los periódicos de América Latina, como quien fabrica pescaditos de oro y vuelve a fundirlos, mientras aprendía a marchas forzadas el modernismo de la zona. Sin embargo, a pesar del arrojo, tuvieron que irse, en 1898, después del horror de un terremoto, ya con dos hijos y con billetes de tercera en un barco lleno de ratas. A lo lejos, Concha dejaba un desastre personal… y regresaba a España en vísperas de un desastre de Estado.

Era el momento de las generaciones literarias, pero ella se quedó fuera, porque aquel no era marketing para mujeres, y su marido iba a peor. Un día, el pamplinas, ebrio de celos heteropatriarcales por los éxitos editoriales de Concha, le hizo añicos unos textos que ella había escrito con esfuerzo en su despacho…, y hasta aquí hemos llegado, ¡hombre ya! A falta de ley del divorcio, Concha le buscó un trabajo en México, lo largó para allá, solo/sólo con su boina calada, y se quedó ella en España, más pancha que ancha, ¡hoy las cadenas hay que romper!, reivindicando un “feminismo ambicioso y pretencioso que nos pusiera en el camino de llegar a legislar algún día”. Y continuó escribiendo, como una profesión heroica para mantener a sus hijos.

Curiosamente, Menéndez Pelayo, con toda su facha de brontosaurio reaccionario, fue el primero que vio en ella un portento literario, y la animó a trasladarse a Madrid para triunfar. Por entonces, andaban Unamuno y Ortega a la gresca filosófica y terruñera de la Vida de don Quijote y Sancho y de las Meditaciones del Quijote. Y, ¡zasca!, Concha Espina salió con una ocurrencia, con una cosa de tontas y de locas, las Mujeres del Quijote: Dulcinea, Marcela, Dorotea y demás ralea de jóvenes infelices en un mundo de hombres.

Por supuesto, Concha no se dejó amedrentar, e hizo lo que cualquier escritor novel: subirse a hombros de gigantes, para darse a conocer. Por eso, le mandó a Azorín un ejemplar firmado y dedicado de su siguiente novela, La niña de Luzmela, porque era un autor al que admiraba y una figura respetada. Pero Azorín, que, en el fondo, no era más que un paraguas de rojo aburrimiento, tiró el libro por la ventana de su casa, como si fuera el expurgo de una biblioteca. ¡Toma quijotismo!

Concha, que, ¡oh, casualidad!, se encontró el ejemplar desdeñado en un puesto de segunda mano, no esperó mucho para la revancha. Corría el año 1914, epítome de la generación novecentista —de la que también fue excluida por su gracia femenina—, y ella se sacó de la manga La esfinge maragata, que fue un bombazo inmediato, incluido un premio de la RAE, y, además, una de sus obras maestras y una apoteosis de denuncia social y feminista.

La esfinge maragata, en la novela, es una mujer/objeto, como una estatua de tierra en un pueblo castizo de la Maragatería leonesa. La protagonista es arrastrada a Valdecruces, una vetusta rural y empobrecida de donde se han ido todos los hombres, para poder mandar dinero por correo, y solo vuelven de cuando en cuando, para “dejar su semilla en las entrañas fecundas de unas hembras, tan capaces, que hasta en el páramo cruel han producido flores”. Ríete tú de El cuento de la criada: “es menester que las mujeres tengan un hijo cada una, maquinales, impávidas, envejecidas por un trabajo embrutecedor, para que no se agote la raza triste de las esclavas y de los emigrantes”.

También se comprometió Concha con la cosa de las migraciones. Gracias a ella se descubre, con pasmo eurocentrista, que la trata de blancas viene de ahí: de que hubo un tiempo, ya ves, en que la prostitución era un problema de mujeres blancas de Galicia y la Montaña, que emigraban a América Latina huyendo de la miseria. Y, coincidiendo con Lorca por Nueva York en los meses previos del crac del 29, a Espina le horrorizó el racismo en Norteamérica, porque allí se eliminaba “al negro de la vida social para sólo admitirle en la servidumbre cotidiana”.

A todo esto, Concha Espina iba predicando por el mundo a lomos épicos de un aeroplano, cuando el avión acababa de inventarse y apenas un puñado de hombres se atrevían a montarlo. Fascinada por el vuelo futurista del caballo de Troya, Concha pidió que este no se aplicara al arte de la guerra, gritando: “¡Pacifismo!”. Y proclamó la solución de la educación integral de la mujer, para sacarla de las tinieblas, y, con ella, salvar al mundo entero. De hecho, uno de sus hijos escaló al Palacio de Correos de Madrid a izar la bandera tricolor en la proclamación de la República.

Concha Espina era, pues, una diva, y candidata recurrente al Premio Nobel de Literatura. Incluso, hay quien barrunta que en 1929 perdió por un solo voto. Pudo haber sido la primera mujer hispanohablante en ganar el galardón, pero ese año se lo llevó Thomas Mann, un escritorcillo, un cualquiera nomás. En cambio, a Concha, colega, no hay tuit que la mencione, qué asco de machismo.

Será eso… O será, acaso, la espina que se clavó en su armadura de conchas, como una taimada poscensura. Porque, a ver, tía, a Concha Espina se le fue la pinza: se afilió a la Sección Femenina de Falange, en un triple salto mortal, que ella defendió como el mejor método de conseguir la revolución de la mujer, en plan la vox de Serena Joy en Gilead. Y eso sí que no, joder, ¡a la hoguera con ella!

Y es que Concha Espina siempre había sido religiosa, de modo que, con la Guerra Civil, se puso a escribir un diario de Esclavitud y libertad, por todos esos rojazos que quemaban iglesias y violaban monjas. Y, de ahí, pasó a componer novelas de patria e hispanidad, cada vez más malas y panfletarias.

Durante el franquismo, siguió escribiendo, por no hacer mudanza en su costumbre de mula terca, pero con mano de ancianita fascista que nunca ha roto un plato. Cada vez más ciega, como Galdós, tuvo que ayudarse de varias secretarias y de una falsilla de madera, para poder trazar las líneas rectas sobre el papel. Así, fue sumiéndose en la oscuridad de la lectura, hasta ser eliminada de la historia, como un verdadero pacto de olvido o como un acto de memoria histórica.

  • Guillermo Laín Corona es profesor de Literatura Española en la UNED (Universidad Nacional de Educación a Distancia).

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