Adam Zagajewski. / Fotografía de la portada del libro ‘Luces y sombras de Adam Zagajewski’, Anna Czabanowska-Wróbel.

Adam Zagajewski: «La palabra belleza es insuficiente. No hay otra para señalar algo bello que expresa lo cruel»

Uno de los poetas europeos más importantes escribe su autobiografía 'Una leve exageración'. En esta entrevista habla de conceptos clave en su vida: la palabra, la música, la poesía, el amor y la belleza

Con los últimos aromas mentolados de unas ramas de eucalipto en un jarrón de una estantería de libros, Adam Zagajewski trata de recordar qué fue primero en su vida: si la música, las palabras, los poemas o la belleza. Al final reunirá los cuatro conceptos y sensaciones en un hallazgo personal:

-«La palabra belleza es insuficiente. No existe una palabra para referirnos a algo que es bello en su escenificación pero que representa la crueldad, la oscuridad, una categoría del mal».

Una reflexión que le surgió cuando estuvo frente a las pintruas negras de Goya en el museo madrileño del Prado. Zagajewski no solo es uno de so poetas y ensayistas europeos contemporáneos más importantes de la Generación del 68 o de la Nueva Ola, sino que es un humanista de los que apenas ya quedan.

En Zagajewski (74 años), en realidad, fue primero el movimiento, la itinerancia, la conciencia de un mundo acechado por múltiples problemas. Nació en el verano de la paz, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, el 21 de junio de 1945 en Lvov cuando era de Polonia. Cuatro meses después su familia huyó porque el comunismo extendió su sombra hasta allí y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) anexó su ciudad que hoy pertenece a Ucrania.

Como pudieron, los Zagajewski llegaron hasta el poblado polaco de Gliwice. Aunque también quedaría bajo la influencia soviética casi medio siglo, pero donde la vida parecía menos asfixiante. Allí creció con esa familia de antepasados amantes de la cultura y profesores de primaria y secundaria. En la adolescencia hizo el descubrimiento de música-palabra-poesía-belleza. Viajó a Cracovia a estudiar Psicología y Filosofía. En 1967 participó en la revista Vida Literaria y fue miembro del Grupo poético Ahora. Sus libros fueron prohibidos. En 1982 empezó su nomadismo: se exilió en París ante el acoso comunista. Luego viajó a Estados Unidos donde enseñó en varias universidades. Hasta que en 2002 regresó a Cracovia con su familia.

“Yo no puedo creer en mis propios poemas”, escribe Adam Zagajewski que repasa su vida en Una leve exageración (Acantilado). Un libro en prosa en manos de un poeta, un pensador y un humanista. En sus páginas cuenta episodios de su vida y de su familia que eran unos desterrados pero que son lecciones para todos. Tímido y de rostro sereno, Zagajewski habla de su autobiografía en un hotel madrileño mientras afuera el otoño recuerda por qué es la estación de las lluvias y los vientos.

Una de las descripciones más recientes de su obra fue la del jurado que le concedió en 2017 el Premio Princesa de Asturias de las Letras: Zagajewski «confirma el sentido ético de la literatura y hace que la tradición occidental se sienta una y diversa en su acento nativo polaco, a la vez que refleja los quebrantos del exilio. El cuidado por la imagen lírica, la vivencia íntima del tiempo y el convencimiento de que tras una obra artística alienta el fulgor, inspiran una de las experiencias poéticas más emocionantes de la Europa heredera de Rilke, Miłosz y Antonio Machado».

El poeta Adam Zagajewski en Madrid en otoño de 2019. /WMagazín

Y en la narrativa de Una leve exageración está todo eso. Se confirman cinco temas sobre los que gira su vida: la palabra, la música, la poesía, el amor y la belleza. Así es que echa un vistazo a su vida para saber qué fue primero en ella.

“…No sé… Creo que todo se originó simultáneamente… Es una pregunta muy interesante, nadie me la había planteado hasta ahora… Lo primero fue el sentimiento de ser testigo de lo extraordinario que es el mundo. Recuerdo durante mi periodo quinceañero momentos se sensaciones de perplejidad y de estar embelesado ante el mundo por el simple hecho de que existiera todo esto, de la existencia misma.

Desde muy joven, también, empecé a leer novelas juveniles. Recuerdo sentirme maravillado porque existieran libros, artefactos que uno leía y le contaban historias.

A tu pregunta, primero fue la palabra en sentido pasivo, estaba bajo el embrujo de las palabras. Después llegó la música. Pertenecía a una familia que no era muy aficionada a la música y la ciudad donde vivía no tenía muchas actividades culturales. De alguna forma estaba predestinado para vivir sin música. Empecé con el jazz, asistiendo a conciertos. Me sentía feliz y orgulloso. Aprendí las costumbres de los conciertos como que después de una improvisación la gente aplaudía. Esos fueron mis inicios con la música. Después llegó la educación en el colegio. Yo no solía aceptar fácilmente lo que me decían los maestros, pero las lecturas de poesía romántica calaron en mí poco a poco.

Pronto empecé a comprar por mi cuenta los primeros libros y a elegir a mis propios autores. Uno de ellos fue T. S. Eliot. Fueron inicios tímidos. Cuando contaba con 17 años nuestro colegio recibió la visita de Zbigniew Herbert. Fue la primera vez que vi a un poeta y despertó mi curiosidad.

La música es para mí la primera experiencia de éxtasis. Ese sentimiento de que está ocurriendo algo extraordinario, maravilloso. Hasta hoy la música tiene ese poder en mí”.

Música, palabra y poesía quedaron ya unidas como una sola en su vida. En sus memorias esa felicidad es clara. Sus escritos transmiten el entusiasmo y admiración, emoción ante los diversos sentires. Otro sentimiento que late en toda su obra es el amor, toda clase de amor. En el libro hay una frase suya que al escucharla la vuelve a repetir en voz baja:

«La música nos recuerda qué es el amor. Si alguien lo olvida, que escuche música.

Hay un paralelismo entre amor y música. Consiste en una especie de aceleración de la vida, como si de repente cuando nos enamoramos empezáramos a correr y a movernos a otro ritmo”.

Palabra, música, poesía y amor se encuentran o conforman lo que en Adam Zagajewski es la belleza. Otro de los aspectos esenciales de su obra. Si el jazz fue su primer amor claro por la música, ahora cuenta cuándo fue la primera vez que tuvo conciencia de estar viendo algo bello:

“… Los primeros  momentos de ese contacto con lo bello fueron viendo la naturaleza, árboles, paisajes… Posteriormente llegó el arte, el sentimiento de algo extraordinario…”.

¿Y qué es la belleza?

Es curioso porque hoy pensé, durante la visita al Museo del Prado a las salas de Goya, que la palabra belleza es un término insuficiente. No existe una palabra para referirnos a algo que es bello en su escenificación pero que representa la crueldad, la oscuridad, una categoría del mal porque con él también se expresa lo bello, cruel y oscuro. En Goya, por ejemplo, tenemos esas pinturas saturadas de luz y colores en armonía, y , por otro lado, tenemos las pinturas negras que no son bellas, no representan algo bello en el sentido estricto del término, sino que lo bello es el resultado y la manera técnica como lo expresa. Son imágenes muy pesimistas, terribles. Realmente no tenemos una palabra para referirnos a ello. Cuando solemos decir que algo es bello es una palabra que transmite un sentimiento y una sensación positiva. Sin embargo, no tenemos un término para referirnos a esta categoría sobre algo negro, cruel, fatal… Otro término para referirnos a eso que nos despierta ese tipo de sentimiento estético por su negrura, crueldad y horror.

Hace poco escribí un ensayo en el que digo que todos quienes nos planteamos esas cuestiones estaríamos de acuerdo en que vivimos en una especie de tensión permanente en el mundo entre la belleza y el mal, una especie de lucha. Pero no tenemos un término para referirnos a estos dos sentimientos”.

Junto a toda esta conmoción de sensaciones vívidas, a Adam Zagajewski lo acompaña otra: el silencio. ¿Qué hay después del silencio? ¿O qué palabra definiría ese espacio o sensación?

“Es una pregunta metafísica. No tengo una respuesta, tengo que sacarla de debajo de la manga… En el sentido más cotidiano esta categoría sobre qué hay después del silencio sería la concentración de tensión. Porque tanto el silencio como las palabras surgen de ese momento de concentración, de reflexión”.

En su hermoso y profundo discurso al recibir el Premio Princesa de Asturias de las Letras Zagajewski dijo: «En el mundo actual todos quieren hablar sólo de la comunidad y de política, y es cierto que esto es importante. Pero también existe el alma particular con sus preocupaciones, con su alegría, con sus rituales, con su esperanza, su fe, su deslumbramiento que a veces experimentamos. Debatimos sobre las clases y las capas sociales, pero en el día de cada día no vivimos en la colectividad sino en la soledad. No sabemos qué hacer con un momento epifánico, no somos capaces de preservarlo».

Lamenta que en el mundo se tienda a la violencia y de que la sociedad le dé la espalda a la belleza sin que encuentre un motivo claro de por qué.

“Creo que esta indiferencia ante la violencia se debe a la falta de concentración, al estado de dispersión en el que vivimos. Puede que exista un gen de la meditación o que todo el mundo lo posea, pero no todos lo desarrollamos. Creo que ese gen no proporciona ahora ningún beneficio en este mundo que está centrado en objetivos materiales.

No soy de ninguna forma alguien new age, no practico la meditación. Me refiero a la reflexión de entender lo que somos y entender qué es la vida y qué son las cosas que nunca sabemos.

Por otro lado, estoy convencido de que se nos ha dado un enorme tesoro con esta herencia artística de generaciones que nos precedieron, poesía, escultura, música… Es una riqueza tan enorme que no podemos llegar a conocer del todo. Es un regalo que se nos ha hecho y sería una tontería no conocerla ni aprovecharla. No me refiero a algo de enseñanza escolar sino de contacto personal y de sentirla.

Basta escuchar a Bach para transportarnos a otro mundo”.

Y sin embargo no sabe muy bien hacia dónde va la Europa que rechaza las migraciones.

“Hay dos respuestas posibles: la primera es la respuesta política en la que yo en ese sentido no sería capaz de responder de qué es lo que hay que hacer de manera práctica, eso lo debe resolver la Unión Europea. En la segunda parte es más humana y filosófica. Se nos ha olvidado que Europa es grande por las migraciones de los pueblos y ahora al parecer queremos parar ese proceso, y cito a Goethe: ‘Detente, instante. eres tan bello’. Falta solidaridad y humanidad entre los europeos y la gente en general. Soy consciente, por otro lado, de que es algo idealista y es a lo que hay que aspirar, pero hay que resolver asuntos prácticos sobre los que no sé responder”.

Ahora son sus pensamientos y emociones convertidas en versos:

Poemario: ‘Asimetría’ (2017)

En ningún lugar
Fue un día
en ningún lugar
al volver del entierro de mi
padre,
un día entre continentes, iba perdido por las calles
de Hyde Park escuchando retazos de voces americanas,
no pertenecía a ningún lugar, era libre,
pero si eso era la libertad, pensé, preferiría
ser cautivo de un buen rey, de un cálido emperador;
las hojas fluían a contracorriente del rojizo otoño,
el viento bostezaba como un perro cazador,
la cajera en el colmado, en ningún lugar
(le intrigaba mi acento), me preguntó de dónde era,
pero lo había olvidado, tenía ganas de hablarle
de la muerte de padre, pero pensé: ya soy
demasiado viejo para ser huérfano; vivía
en Hyde Park, en ningún lugar,
where fun comes to die,
como decían no sin envidia los estudiantes de otras
universidades,
era un lunes sin carácter, cobarde,
sin forma, un día sin inspiración, en ningún lugar, ni
siquiera el penar
había adoptado una forma radical, tenía la sensación
de que el mismo Chopin en un día como ése se limitaría,
en el mejor de los casos, a dar clases
a estudiantes aristocráticas, acaudaladas;
de repente me acordé de lo que había escrito de él
gottfried Benn, dermatólogo berlinés,
en uno de mis poemas preferidos:
«Cuando delacroix anunció su teoría,
él se quedó preocupado porque no podía
justificar sus nocturnos»,
estos versos, irónicos y tiernos a la vez,
siempre me colmaron de una felicidad
casi tan grande como la música de Chopin.
Una cosa sí sabía: tampoco hace falta justificar
la noche, ni el dolor, en ningún lugar.
Asimetría. Adam Zagajewski. Traducción de Xavier Farré. Acantilado.

Poemario: ‘Tierra del fuego’ (1994)

Carta de un lector

Demasiado sobre la muerte,
sobre las sombras.
Escribe sobre la vida,
sobre un día normal,
sobre el deseo de orden.

La campana de la escuela
puede ser un modelo
de templanza,
hasta de erudición.

Demasiada muerte,
un exceso
de negro deslumbramiento.

Mira,
naciones amontonadas
en estadios apretujados
cantan himnos de odio.

Demasiada música,
Falta armonía, tranquilidad,
cordura.

Escribe sobre los momentos
cuando los puentes de la amistad
parecen ser más duraderos
que la desesperación.

Escribe sobre el amor,
sobre los largos atardeceres,
sobre el amanecer,
los árboles,
sobre la infinita paciencia
de la luz.

Tierra del fuego. Adam Zagajewski. Traducción de Xavier Farré. Acantilado.

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