Alberto Manguel: “Leer no te promete nada, pero te da la opción de ser menos estúpido, más feliz”

El libro reescribe su destino 2: El escritor y director de la Biblioteca Nacional de Argentina reflexiona sobre la importancia de la lectura en estos tiempos analógicos y digitales. Premio Formentor de las Letras 2017, recibirá un homenaje en la FIL de Guadalajara

Alberto Manguel habla de la experiencia de la lectura durante las Conversaciones Literarias en Formentor 2017

Alberto Manguel es un adolescente, y por momentos un niño. Un hombre de 69 años que cuando habla de libros, de lectura, de autores, de escritura y de todo cuanto tenga que ver con el universo del libro y sus alrededores lo hace con el asombro y el entusiasmo del niño o adolescente que descubre algo y quiere compartir su hallazgo y pasión.

Habla así en los jardines del Hotel Formentor, en la isla española de Mallorca, Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) cuando se refiere a las exposiciones que esta primavera austral tiene la Biblioteca Nacional de la República de Argentina que él dirige desde hace año y medio.

“Vamos a hacer una gran exposición sobre la Revolución rusa, otra sobre el Che lector y algunas más. ¡Es genial! Tenemos la lista de los libros que leyó, cartas y una grabación que le dejó a su mujer que empieza: ‘Te dejo lo mejor de mí’, y le recita Neruda, Vallejo, Lorca…”.

Manguel sonríe mientras abre los ojos con sorpresa. Está sentado en el jardín con traje beige y camisa blanca. A pesar de que está bajo la sombra de las enredaderas sigue tocado por su sombrero gris que recuerda la elegancia cotidiana ya desplazada. Es finales de septiembre y el escritor está allí para recibir el VIII Premio Formentor de las Letras 2017, patrocinado por la familia Barceló, propietaria del Hotel Barceló, y la familia Buadas, antigua propietaria del hotel e impulsora del mismo en los años sesenta. Es finales de septiembre, y el premio se entrega en el marco de las Conversaciones Literarias de Formentor, organizadas por la Fundación Santillana. La próxima semana recibirá un homenaje por ese premio en la Feria Internacional del Libro, FIL, de Guadalajara (México).

Winston Manrique Sabogal. Ahora en la Biblioteca de Argentina confluyen todos los Manguel, el joven que fue lector de Borges, justo en el lugar que también dirigió Borges durante muchos años, el escritor, el estudioso de la historia de la lectura. ¿Qué sensación le ha dejado el Che lector?

Alberto Manguel. El gran maestro es Ricardo Piglia que escribió el ensayo fundamental sobre el Che lector. Vemos la figura del Che lector a través de la multiplicidad de bibliotecas que consulta y que lo forman. No sabemos qué hace a un lector que surge de los distintos libros, pero hay algo en esa unión que construye a la persona que luego se va al mundo a actuar. Entre las lecturas del Che hay cosas insólitas como Goethe o Mauppassant, y otras lecturas más obvias. Hay mucha poesía, hay muchos libros de sociología, de morfología, de aventuras… Resulta de esa combinación.

Para un observador externo hay algo de la figura del aventurero romántico. Mi generación lo veía como una suerte de Robin Hood, pero al mismo tiempo reconociendo al paso de los años esa terrible violencia en la que entró. A mí, en mis casi 70 años, me resulta una figura un poco contradictoria; como la del Capitán Nemo, de Julio Verne, que por un lado juzga a la humanidad y quiere reformarla y por otro usa el Nautilus para matar gente… Yo creo que en la vida del Che lector hay un momento fundamental cuando ya está en la selva. Esto lo cuenta Jon Lee Anderson en su biografía del Che, cuando mata a su primer hombre. Nadie puede ser la misma persona después de actuar de esa manera violenta en el mundo. Ni sabemos qué sucede con sus lecturas que de alguna manera le enseñan que hay una vía humanitaria de diálogo, ni qué pasa con ese lector cuando ya está en la acción y tiene que cometer un asesinato.

Y vienen a la memoria del escritor otros ejemplos de libros. Porque como dijo el jurado del Formentor, Manguel  “constituye una de las más lúcidas indagaciones en la historia orgánica de la biblioteca universa”. “Sus elocuentes ensayos nos han permitido seguir la pista del largo peregrinaje de los libros y el orden prodigioso que los acoge en las instituciones vertebrales de la cultura”. “La minuciosa recreación del arte de leer, la pericia con que los lectores aprenden a comprender la inmensidad del mundo, pertenecen al enciclopédico saber con que Alberto Manguel ha retratado la vida de los libros”. Sobre todo, destaca el jurado, “en un momento como el actual en que la industria del entretenimiento y las nuevas tecnologías disipan la atención de los lectores y absorben el tiempo libre que se dedicaba a la educación sentimental y estética, la obra de un autor como Manguel supone una llamada de atención que no debemos descuidar. Gracias a la obra de Alberto Manguel nuestro tiempo recuperará el respeto que el libro merece como artefacto inteligente: su uso cotidiano perfecciona las habilidades cognitivas y contribuye a la plenitud de una sociedad cultivada”. El jurado estuvo integrado por Inger Enkvist, Lila Azam Zanganeh, Daniel Fernández, Francisco Jarauta y Basilio Baltasar.

W. Manrique. ¿Qué queda y qué ha cambiado del niño Alberto Manguel que empezó a leer?

Manguel. De niño, como todos los niños, leí de una forma casi ideal. El niño es un lector que corrige el texto, que se identifica con ciertos personajes, los transforma; que cambia los finales, que llega a partes aburridas, que convierte el texto en algo que le gusta y si no puede hacerlo lo deja de lado… Yo de eso no era consciente cuando leía los cuentos de Green o las Mil y una noches. Ahora, claro, soy demasiado consciente de eso y no puedo evitar cuando leo un texto que me gusta ir a fijarme cómo están puestos los verbos, esa escena cómo comienza y cuándo se introduce un personaje que me interesa.

W. Manrique. La carpintería del escritor…

A. Manguel. La carpintería, desgraciadamente, porque es como cuando éramos niños y nos llevaban a ver un espectáculo de magia y nos quedábamos en la maravilla, en el azoramiento. Ahora quiero ver cómo sale el conejo del sombrero, y me arruina un poco el acto de magia.

Y el escritor ríe al ver que no puede escapar a su curiosidad. Del niño que quiere abrir la radio para ver de dónde viene la voz. Que ha rastreado los caminos del universo del libro con obras como Una historia de la lecturaUna historia natural de la curiosidad y Breve guía de lugares imaginarios, junto a Gianni Guadalupi (en las editoriales Alianza y Lumen).

W. Manrique. En su discurso magistral al recibir el Premio Formentor quedó claro que conserva la capacidad de asombro infantil frente a los libros como un gran valor.

A. Manguel. Hannah Arendt definió la cultura como el aprendizaje de la atención. La atención requiere asombro, requiere que podamos detenernos en la salida del sol, de la aparición de la luna, de un jardín como este y que podamos quedarnos en ese instante al menos un momento antes de tratar de ponerlo en palabras. Ese momento de incertidumbre es eso necesario que Borges define al final del ensayo La muralla y los libros donde dice que el hecho estético quizás sea la inminencia de una revelación que no se produce.

W. Manrique. La incertidumbre de la espera.

A. Manguel. Es el placer de las vísperas.

W. Manrique. Y luego enlaza con el deseo del que no era consciente. El deseo estaba ahí pero la palabra no existía, estaba la sensación.

A. Manguel. Absolutamente, desear algo sin saber que lo deseé, lo deseas…

W. Manrique. Y usted avanza en la lectura de cualquier género literario como un niño que corre en busca del desenlace.

A. Manguel. ¡Claro! Y que hay textos que muy pronto te desilusionan. A mí si el texto no me seduce después de una o dos páginas lo dejo. Yo no conozco un texto que al cabo de cincuenta páginas me empezó a seducir, no conozco ninguno. Ese primer momento de enamoramiento a primera vista tiene que suceder con un texto, sino no lo hace, puede suceder en otro momento. No me sucedió con la Divina comedia hasta cincuenta años después. A veces no sucede nunca. Yo no he podido nunca enamorarme de Maupassant, lo confieso (y ríe mientras su cara es un solo interrogante).

Pero ese penúltimo flechazo con Dante Alighieri y su Divina comedia ha sido tan fuerte que cada mañana, antes del desayuno, lee uno de sus cantos. Manguel es un nómada. Ha vivido en medio mundo, entre la labor diplomática de su padre y sus posteriores inquietudes: Israel, Italia, Inglaterra, Tahití, Canadá, Mondion (Francia), y últimamente entre Nueva York y Buenos Aires. Ahora ha tenido que embalar su bliblioteca personal de cuya experiencia ha publicado el libro Mientras embalo mi biblioteca (Alianza).

W. Manrique. ¿Qué opina del auge de la autoficción? ¿A qué atribuye el que tantos escritores ahora tengan esa línea narrativa? ¿Es acaso crisis de la imaginación como dicen algunos?

A. Manguel. No, son gestos comerciales, gestos de librero. Necesitan poner una etiqueta a esa estantería. A mí me ocurre con cualquier etiqueta. Me surgen mil excepciones a la regla. Entonces, cuando me dices autoficción reacciono diciendo Las confesiones de San Agustín, y puedo empezar mucho más atrás. Son etiquetas que tienen sentido si quieres vender algo, si quieres tratar de definir algo sin pensar mucho en lo que es la cosa. No hay nada que sea lo que la etiqueta indique si fuese cien por cien la misma reglamentación que hay que ponerle en las etiquetas de comida, porque tendrías que poner autoficción 70%, azúcar 25% tan, tan… (Risas). Nunca hay nada puro.

Borges trabajó toda su vida luchando contra esto, escribiendo ficciones que parecían ensayos, ensayos que parecían cuentos, poemas que parecían relatos y sucesivamente. Tratando de demoler estas barreras idiotas. Desgraciadamente María Kodama (viuda de Borges y su albacea literaria) ha permitido que el editor americano destruya la obra de Borges dividiéndola en ficción no ficción que es lo que Borges trató de evitar toda su vida. Los comerciantes insisten y es por eso que trató de echarlos del templo (y vuelve a reír).

Manguel sabe de lo que habla. Dirige la Biblioteca Nacional de Argentina desde diciembre de 2015. Un lugar que entró en su vida cuando tenía 15 años, en 1963. Lo hizo asociada a Jorge Luis Borges. Entonces, el joven Manguel, al salir de la escuela iba a trabajar a una librería. Allí conoció a muchos escritores argentinos, entre ellos a Borges que entonces era el director de la BNA. Un día el autor de Ficciones lo invitó a ir a su sitio de trabajo. Él fue con otros estudiantes y empezaron a hablar de libros, de literatura. Un día, Manguel se vio leyéndole a Borges un libro, y luego otro, y otro.

W. Manrique. En estos momentos donde hay tanta incertidumbre en la lectura, los índices bajan, está Internet y hay de todo un poco, y mucho caos. ¿Por qué es más importante o no, leer?, ¿hay que leer hoy más que nunca?

A. Manguel. No debemos leer. Borges decía que la felicidad no puede ser obligatoria. Y este momento de caos, es otro momento de caos en la historia del caos que es la historia de la humanidad. Leer no te promete nada, pero te ofrece la posibilidad de ser menos estúpido, más feliz, un poco más inteligente y conocer la experiencia de todos tus antepasados como Platón o Cervantes o Shakespeare y muchísimos otros interlocutores menores, por así llamarlos. La lectura te ofrece la posibilidad de la aventura intelectual y la realización de la promesa del ser humano.

W. Manrique. También ha recordado que la invención de la literatura nos permite momentos de inmortalidad y acercamiento a la realidad.

A. Manguel. La lectura nos posibilita entrar en el mundo con experiencias ajenas. Nos posibilita sobreponernos. Nos permite la experiencia de otros seres humanos, experiencias que no tuvimos pero que podremos tener esa riqueza de experiencia. Nos permite sobreponernos a los dos espectáculos más importantes del ser humano: el tiempo y el espacio. La lectura nos permite hablar con gente que vivió así hace muchos siglos, en lugares muy distantes que no pudimos conocer. Hay una carta bellísima que nos ha llegado de la Mesopotamia de hace más de tres mil años, que dice: ‘He recibido tus palabras y es como si estuviese aquí. Hubiese pedido abrazarte’. Allí, en ese momento se descubre esa capacidad de atravesar el tiempo y el espacio, y hacer presente los fantasmas de esos desconocidos que tuvieron la experiencia para nosotros y pusieron en palabras. Es lo que Quevedo llamaba “conversación con los difuntos”.

Alberto Manguel habla de la experiencia de la lectura durante las Conversaciones Literarias en Formentor 2017

 

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