Ana Juan y Matz Mainka. FOTOGRAFÍA DE LISBETH SALAS

Ana Juan y Matz Mainka, hermanos Grimm de lujo para el siglo XXI

Los dos artistas explican su aventura literaria de convertir en realidad y leyenda unas historias inventadas por ellos en Trilogía del Mar del Norte

Más que la muerte, la pareja del amor es el fantasma. Y ese fantasma es tan real como la persona amada y las esquirlas de esos sentimientos.

Pruebas de eso se dieron hace poco más de un siglo, en la “soledad estridente” del Mar del Norte de Alemania. Tres historias de amor que conmovieron a los lugareños, pero cayeron en el olvido. Eran los albores de la Primera Guerra Mundial y sus años posteriores. Un tiempo se iba. Como ahora. El corazón del mundo se rompía y se llenaba de espectros.

Cien años después de aquellos hechos, Ana Juan (Valencia, 1961) y Matz Mainka (Hamburgo, 1959) recuperan esos tres episodios desterrados del imaginario popular. Como los hermanos Grimm, han escrito e ilustrado esas historias para salvarlas del olvido. Es la Trilogía del Mar del Norte compuesta por Promesas (vivir o no vivir de ilusiones y promesas), La isla (la invención de un amor para sobrevivir) y Hermanas (la maldición de los celos y el amor más allá de la muerte), editados por Contempla Edelvives. Relatos inquietantes que avanzan en dos voces que se alternan y terminan entrelazadas: él cuenta el episodio en palabras llenas de imágenes y ella lo continúa y complementa con sus ilustraciones narrativas que hacen avanzar la historia.

Ilustración de Ana Juan.
Ilustración de Ana Juan.

Japoneses e italianos, primero, franceses y anglosajones, después, y ahora españoles, que leen y ven estas leyendas de amor y fantasmas las identifican como próximas a sus vidas o se reconocen en algunos de esos laberintos emocionales o se sienten reflejados en uno u otro de esos personajes porque deambulan sigilosos en su propio corazón.

En realidad, los dos artistas e ilustradores han creado un juego metaliterario. Un bucle entre ficción y realidad. Han incursionado en la tradición literaria que parte de una historia inventada por los autores, pero supuestamente olvidada, la han nutrido de realidad e impregnado de leyenda, para luego hacer ver que la rescatan del exilio de la desmemoria universal. Han roto la etiqueta de libros infantiles y juveniles. Aunque los protagonistas son jóvenes, son libros para todos los públicos al tener la dureza y el aroma de los cuentos clásicos cuando esas categorías no existían. “La moraleja o los mensajes quedan en manos del lector”, explica la escultora española ganadora del Premio Nacional de Ilustración 2010. Es autora de Amantes (relatos solo ilustrados) y de obras para niños como Snowhite y Comenoches, editados en diferentes idiomas, e ilustradora de diferentes libros entre ellos clásicos como Otra vuelta de tuerca, de Henry James (Galaxia Gutenberg). Además, medio mundo conoce su arte al ser una de las principales ilustradoras de The New Yorker.

Son las nueve de la mañana. Las nubes no dejan pasar el sol en Madrid. Una luz suave entra por las dos puertas ventanas que dan al norte, en la casa madrileña que comparten los dos artistas. La autora española y el alemán son pareja desde que se conocieron en Japón en los años 90, aunque jamás habían trabajado juntos. Tienen estilos diferentes. “Pero el invento salió bien y hemos estado armonizados”, cuenta Mainka.

Ana Juan, a un lado de su mesa de trabajo y con una tablet, y Matz Mainka, al otro con un portátil, empiezan a relatar esta aventura literaria a la inversa de como lo hicieron en los tres álbumes: ahora ella es la que cuenta y él quien acompaña la narración enseñando parte del material que les sirvió de apoyo.

“La Trilogía del Mar del Norte nos la encargó la editorial Kodasha, en Japón, en 2008. Tenían la revista de manga Mandala. Un día nos pidieron una serie. El señor Shin quería que Matz crease la historia y yo dibujase. Yo no había hecho manga y no tenía intención de hacerlo. Pero buscaban autores extranjeros, otra forma de narrar. Aceptamos. Luego nos preguntamos con Matz: ‘¿y qué vamos a contar?”.

Frente a ella, Mainka pasa en su ordenador portadas de Mandala, fotos y pinturas en las que se basaron o inspiraron…

“El editor nos propuso que cada historia fuera cerrada, pero con un mismo hilo argumental. Decidimos convertirnos en una especie de hermanos Grimm, pero en lugar de buscar en la tradición oral, nosotros las íbamos a buscar en el poso de nuestra imaginación. En estructuras de cuentos clásicos, pero no dirigida al público infantil. Incluso podía tener alguna pequeña moral, de eso no nos íbamos a encargar nosotros sino el lector. Los niños de los cuentos tradicionales son pequeños adultos, era otra época…”.

Y en el ordenador de Mainka aparecen imágenes de cuentos de los hermanos Grimm, una, dos…

“Ya teníamos cómo contar los relatos. Faltaba de qué iban a tratar. La primera idea fue cuentos de amor y muerte. Deudores del Romanticismo alemán donde primaba más el sentimiento que la racionalidad. Buscábamos que imagen y narración se acompañasen y complementase. En todas las historias debía suceder un hecho extraordinario que escapase a todo raciocinio…”.

‘Abadía en un bosque’, de Caspar Friedrich.
‘Abadía en un bosque’, de Caspar Friedrich.

La bella desolación de Abadía en un bosque, de Caspar David Friedrich, surge en la pantalla. Lo que queda del lugar, sembrado de cruces y árboles desnudos. Otras pinturas del Romanticismo se suceden…

“Tras tener la época, comienzos del siglo XX y finales del Romanticismo, concretamos el tema del amor, pero… en lugar de amor y muerte preferimos amor y fantasmas. Porque aquí el amor es un fantasma, gente que toda la vida está acompañada por fantasmas del amor, alguien o algo que enturbia la relación. Los fantasmas existen, y si no los sabes llevar te comen. Después elegimos el escenario que se ajustara a una idea más emocional que racional: el Mar del Norte de Alemania con sus tormentas, mareas, cielos plomizos. Elegimos las islas Halligen…”.

Un mapa del Mar del Norte con aquellas islas se despliega en la pantalla. “Ese lugar de soledad estridente”, como dice el cuento, acogería estas historias de amor, pero cada una en escenarios distintos. “Primero escribí los relatos en alemán y luego Ana los tradujo. Después llegaron los bocetos, las palabras definitivas”, dice Mainka.

“Los relatos los situamos en los alrededores de la Primera Guerra Mundial y la mal llamada gripe español que habían arrasado Europa, donde deambulaban los espíritus de todos esos muertos. La gente quería hablar con ellos. Fue el auge del espiritismo, de los charlatanes de ciencias ocultas…”.

Puedes acceder desde aquí a los primeros capítulos de “Hermanas”, “La isla” y “Promesas

Llega el momento de desvelar la intrahistoria de cada relato. El chispazo creativo que buscará convertir ese episodio imaginado en un hecho real. Matz Mainka empieza a mostrar fotografías reales en las que se basaron. Hermanas es la primera historia en publicarse en la revista japonesa. Mainka enseña la foto de dos gemelas pelirrojas de cabello muy largo en un bosque, mientras Ana Juan recuerda:

“Matz vio esa foto del siglo XIX y pensó que eran dos mujeres cuyos cabellos se entrelazaban y les permitía comunicarse entre ellas. Él, además, tiene un hermano mellizo, y pelirrojo. Conocía el tema. En este cuento el paisaje queda en un segundo plano, como grisalla donde se desliza la historia de las hermanas, de Lilo y Lila que nacen unidas por el cabello…”.

Casas en islotes asediados por el mar cuyo rugido parece oírse, playas cubiertas por huesos de conejos aparecen ahora en la pantalla del portátil a la vez que Ana Juan cuenta:

La isla surge del deambular por aquellos mares. Un día nos preguntamos cómo se podía vivir realmente en aquellas islas pequeñitas donde solo hay una o dos casas, donde la tormenta golpea tu puerta y si la abres te encuentras con una foca. Donde la naturaleza no permite sino cortos paseos en playas cubiertas de calaveras y huesos de conejos porque es lo que abunda allí. Se nos ocurrió que una forma de supervivencia es inventar un amor…”.

Esos dos primeros relatos se publicaron en Mandala. La revista solo tuvo tres números. Así es que la tercera historia quedó en el aire. Hasta que el editor italiano de Juan y Mainka les propuso que terminaran la trilogía. La pantalla del portátil muestra un barco y Ana Juan dice:

“Cuando íbamos en el avión de Bolonia a Madrid vimos en una revista unos tatuajes. Y pensamos ¿si fueran como un diario? Es decir, que recogiesen o marcaran los hechos clave de la vida de cada uno. Empezamos a fantasear con que si tú haces algo malo como castigo eso se reflejaría en tu piel. Hasta que llegamos a la historia de Hans y Ada que se conocen antes de que él se vaya a la guerra. Es Promesas…”.

Fotos del joven Hans, uno de los que inspira ‘Promesas’. Fotografía de Lisbeth Salas

Y la pantalla muestra a Ada, una mujer muy guapa sentada en un sillón vestida con un elegante traje de encaje blanco. Segundos después surgen dos fotos de Hans, un muchacho de cara de ángulos rectos vestido de militar y tocado por una boina. Después la casa… y Ana Juan continúa su relato:

“Hemos procurado apoyarnos en hechos reales para hacer más verídicos estos cuentos imaginarios. Si buscas pruebas las vas a encontrar. Matz escribía. Yo leía y luego dibujaba. O a veces me adelantaba para hacer avanzar la historia. Lo curioso es que acompañé los dibujos de una flor que me surgió de la nada. Cuando el libro se publicó me di cuenta de que era la Datura Stramonium, la flor de las brujas, del elixir del amor. En ese momento fue como si todo hubiera terminado de encajar”.

¡Click!

“Llegamos a una conclusión: en la vida real las historias de amor, aquellas en las que sufres, las que causan dolor, suele haber un fantasma. El de un antiguo novio o novia, el de una relación que el tiempo de dedica a embellecer y a llevar a la perfección. El fantasma de una madre o un padre que nunca se podrán superar. El fantasma de una persona desaparecida y que siempre será joven y bella. O el fantasma que inventamos sin causa alguna para nuestro propio tormento. Los fantasmas existen porque viven en nuestros corazones”.

Matz Mainka asegura que el amor también es como la guerra en la que se sitñuan estyas tres historias. Cada día una lucha nueva, pequeñas batallas. Sin vencedores ni vencidos. Y Ana Juan añade que muchas veces esos fantasmas “son tu único amigo y te apoyas en él”.

Como lo hicieron, envueltos en la rabia del Mar del Norte, Ada y Hans con sus promesas antes de la partida, un farero con su familia en una de las islas frisias y las gemelas Lilo y Lila que vivían felices hasta que descubrieron al fantasma para su desgracia cuando…

 

Ana Juan y Matz Mainka nos cuentan en este vídeo cómo surgió el proyecto y cómo ha sido el proceso creativo entre ambos artistas.

Ana Juan, un clásico de The New Yorker

Hace dos décadas que Ana Juan ilustra portadas para The New Yorker, la prestigiosa revista estadounidense. Los temas son variados. Desde la portada en la que se ve a la estatua de la libertad de luto con un velo negro muy transparente, por la muerte de John John Kennedy, hasta la de este mes de un perro blanco de espalda mientras contempla la chimenea, pasando por las emblemáticas de momentos clave de la historia reciente: el ataque a las Torres Gemelas de Nuevas York el 11 de septiembre de 2001, la guerra de Irak tras estos atentados o la del acto terrorista a la revista francesa Charlie Hebdó.

“Cada portada es distinta y te enfrentas a ella como puedes”, afirma Juan. Si el motivo es noticioso y reciente “en ese momento falta distancia, acaba de pasar y no sabes exactamente que ésta sucediendo, ni quién lo ha hecho, pero debes reaccionar como puedes”. El proceso es diferente en cada caso: “A veces la revista nos pide a los ilustradores bocetos para un tema concreto, y luego eligen. Pero incluso, aunque elijan la tuya, nunca estás segura de que la den hasta que no esté impresa la revista. Entre medias pueden pasar muchas cosas. La de este mes, por ejemplo, me enteré porque me lo dijo una amiga”, cuenta la artista.

A veces algunos de los bocetos que envías para un tema no es elegido en ese momento pero luego es rescatado. “Cuando en 2003 nos pidieron ideas para ilustrar la guerra de Irak yo envíe como tres bocetos. Eligieron uno, el que ilustraba que si no había televisión ni imágenes es como si no hubiera guerra. Meses después publicaron otra mía que había enviado para esa de la guerra. No entendí muy bien por qué. Representaba algo que a mí me parece más evidente y obvio: una torre de petróleo de la cual en lugar de salir petróleo sale sangre. El editor me dijo: ‘Ana, esto hay que contarlo ahora así’. Ese era el momento, y no meses antes”. Sabe que a veces lo obvio y evidente es necesario si se quiere transmitir un mensaje claro, nítido, eficaz y directo. Lo esencial nunca hay que obviarlo. Portadas que narran, que editorilizan que dialogan con el lector, que llaman al debate, que invitan a la reflexión, que incomodan, que recogen el sentir de la gente, que alertan. Cuando la belleza da en la diana.

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