Antoine Gallimard, propietario y editor de la mítica editorial francesa Gallimard.

Antoine Gallimard: «El rol de la literatura es revelar verdades escondidas bajo verdades adquiridas»

El editor del mítico sello francés que lleva su apellido celebra los cien años del Goncourt para 'En busca del tiempo perdido', de Proust. Recuerda lo que le contaba su abuelo sobre su publicación y analiza el presente y futuro del libro y la lectura

Los ojos pequeños de Antoine Gallimard parecen conservar la expresión juvenil y traviesa de aquellos años cuando supo de la belleza, las sombras y las zozobras de los sentimientos gracias a Marcel Proust. Y los ojos quedan casi en una raya cuando esboza una media sonrisa al recordar que a los 18 años se acercó a las páginas de En busca del tiempo perdido, del gran escritor francés. Es una de las obras emblemáticas de la prestigiosa editorial familiar que lleva su apellido y que nació en 1911 como anexo editorial de la revista NRF (Nouvelle Revue Française), de André Gide. Precisamente el escritor que rechazó en 1913 la publicación del primer volumen de aquel ciclo magistral de siete tomos y cuya segunda parte Gastón Gallimard, abuelo de Antoine, publicó para entrar en la historia de la literatura y la cultura en 1919. Un hecho que se confirmó meses después cuando hace un siglo, por estas fechas de fin de año, A la sombra de las muchachas en flor obtuvo el Premio Goncourt.

Cuando Antoine Gallimard (París, 1947) leyó la novela no sospechaba que un día iba a ser el responsable de la editorial, menos aún celebrar un siglo de aquel galardón. Casi seis décadas después evoca todo aquello. Está sentado en un sofá con traje gris y camisa celeste resguardado del sol. El pelo casi totalmente blanco conserva el peinado de toda la vida, raya a la derecha y un flequillo que intenta peinar para atrás pero siempre cae sobre su frente.

El Antoine Gallimard distante y estricto del que algunos hablan no ha venido a Formentor. El editor está en la isla de Mallorca (España) para acompañar a Annie Ernaux, una de sus autoras, a recibir el Premio Formentor de las Letras.

Es el primer día del otoño de 2019. Solo en el calendario porque la temperatura es veraniega. Antoine Gallimard se ve animado. Antes de comenzar la entrevista él se convierte en entrevistador: ¿Cómo está Colombia? Y luego pregunta por la paz, por la situación general, por Venezuela de la que dice:

“Venezuela está desapareciendo por la corrupción. La cultura la desaparecen. Hay países que pueden desaparecer. Cuando hay demasiado dinero eso puede ser la ruina para un país”.

Doce minutos después llega su hora de contestar. El padre de Antoine Gallimard, Claude Gallimard, estuvo hace sesenta años donde él está ahora, en la primera etapa de las Conversaciones de Formentor. Este año el premio fue para Annie Ernaux. Lo considera una apuesta muy especial al ser una autora muy francesa y cuya apuesta emparenta con el Goncourt de 1919 a Marcel Proust en el sentido de riesgo:

“Son premios atrevidos. El Goncourt de 1919 fue a parar a manos de un joven desconocido justo al acabar la Primera Guerra Mundial con todo lo que ese libro significaba: un autor burgués, un homosexual que hablaba de la memoria, de los sentimientos, de cómo se van transformando con el paso del tiempo cuando todavía los franceses estaban enterrando a sus muertos”.

El Tiempo, sus huellas, sus ecos, la construcción de la vida del ser humano a partir de ese concepto vital y uno de los temas medulares en los grandes autores. Antoine Gallimard echa la vista atrás y recupera la memoria sobre lo que le contó su abuelo acerca de la edición de En busca del tiempo perdido:

“Proust había pagado la edición de la primera parte en 1913 en Les Éditions Nouvelles, de Grasset. Después mi abuelo pagó trescientos ejemplares que quedaban en la editorial, al ver que en la suya habían metido la pata al rechazar la novela. Cogió una carretilla y fue a Grasset a buscar esos ejemplares para arrancarles la portada y ponerles la de Gallimard”.

Ríe orgulloso mientras lo cuenta, sus ojos quedan convertidos en una pequeña raya para continuar con las anécdotas que le contaba su abuelo de su relación con Proust:

“Proust le hablaba de muchas cosas a mi abuelo. Le hablaba de su enfermedad y le expresaba su temor de no alcanzar a publicar toda la novela en vida. Entonces, Proust llamaba a mi abuelo y le daba instrucciones sobre la publicación en caso de que él ya no estuviera. Además, de vez en cuando, lo llamaba y lo invitaba a su casa para quedar con él. Como Proust sabía que a mi abuelo le gustaba el pollo con patatas fritas cuando llegaba le tenía ese plato preparado como sorpresa”.

Y así pasaban un buen rato. El nieto lo cuenta con un deje de nostalgia. Luego se endereza en el sofá para describir la gran literatura a partir de En busca del tiempo perdido:

“Proust hace esas frases largas que buscan englobar el mundo, adentrarse en la vida misma. ¡Esa es la función de la literatura! El rol de la literatura es revelar verdades escondidas bajo verdades adquiridas, bajo lugares comunes. El autor busca la realidad escondida en un grupo social y la pone en un quirófano sobre la mesa de operaciones”.

Pero fue hasta que tuvo 18 años cuando Antoine Gallimard no se acercó definitivamente a la lectura de esa obra maestra publicada por su abuelo, corazón de Ediciones Gallimard y una de las obras maestras del siglo XX y de la literatura de todos los tiempos:

“Tenía unos 18 años. Empecé por Un amor de Swan… Me descubrió el sentimiento amoroso, lo que significa ser traicionado, lo que es sentirse solo, comprendí el sentimiento de los celos… Lo que me gusta de Proust es la capacidad que tiene para que cada lector encuentre su propia historia personal en lo que está leyendo. Aunque reconozco que al principio me costaba mucho leerlo porque las frases eran muy largas y con circunloquios, y, la verdad, hay que tener una cierta madurez para leerlo.

Si un día me jubilo me gustaría releerlo todo de nuevo. Lo que me deja boquiabierto es el manuscrito con todas las anotaciones, indicaciones al detalle de la construcción de esa gran obra. La correspondencia de él con mi abuelo es muy interesante como se ve en el libro que se publicó. Son unas ochocientas cartas con muchas indicaciones porque Proust temía morir y que no se hiciera todo como él quería”.

La búsqueda de perfección de un genio, de alguien obsesionado por reproducir la vida en lo visible y en las emociones y pensamientos de los seres humanos para lo cual se detenía en los detalles que buscaban reflejar el universo, la vida misma, creando belleza con la combinación de palabras insufladas de vida:

Cada frase de En busca del tiempo perdido contiene un secreto que conduce a otra cosa. Es una inteligencia creadora que vuelve al lector inteligente.

Se detenía en detalles y mostraba cómo era una vida que hoy es impensable. Ahora todo es marketing y nadie puede pasar una tarde aprovechándose de su aburrimiento para hacer de aquello una riqueza como hizo Proust con su propio tiempo”.

Antoine Gallimard entra en predios de la literatura actual que ya está en el mundo digital y reflexiona sobre sus posibles riesgos:

“No creo que sea la revolución tecnológica la que ponga en peligro al libro porque allí están los libros en todos los soportes. No creo en el peligro del libro sino en el peligro de la lectura porque existe falta de tiempo. El tiempo se ha hecho muchísimo más reducido. Ahora la gente ya no tiene tiempo para nada…Ahora es impensable para alguien que no sea de este oficio pasar una tarde leyendo.

El segundo problema del libro es la falta de curiosidad. La gente ya no tiene curiosidad. Si un libro se vende mucho esa no es una solución comparada con un banco de peces si están todos debajo de una roca. Está el fenómeno de la bestsellerización y con mecanismos como Amazon que cuando lees un libro te dirige a otro libro que, supuestamente, te puede gustar porque es en la misma línea. Eso ha acabado con la curiosidad, la toma de iniciativa”.

A eso se enfrenta su legado. A eso y más porque aunque Antoine Gallimard no era el señalado para continuar con la editorial, un desacuerdo familiar lo puso a él al frente:

“Soy la tercera generación. Empecé en 1988 a llevar las riendas de la editorial. Me considero un heredero orgulloso. Como quería ser realmente independiente, como lo fueron mi abuelo y mi padre, compré las acciones a mis hermanos y hermanas para no depender de nadie.

Más que una herencia material, porque esas desaparecen un día, es una herencia intelectual. Mi fidelidad a mi padre y abuelo no reside en editar los mismos autores que ellos, sino que es más sentir ese espíritu de independencia intelectual, no tener miedo a darle la vuelta a la bandeja de porcelana para ver lo que hay debajo. No hay que tener espíritu conservador. Mi padre y abuelo no lo tenían. Hay que correr riesgos y no hay que tener prejuicios, pero tampoco hacer cualquier cosa. Hay que acompañar a un autor por el cual arriesgas y crees”.

La voz de Antoine Gallimard se torna más seria mientras endereza la espalda, antes de hablar de algunas de sus coordenadas y principios rectores para mantener en la cúspide a una editorial mítica:

«Cada día sigo estando inquieto porque pienso que mi casa editorial está en juego cada día. Hay una gran fragilidad en el oficio que desempeño. Lo más importante en este oficio es la pasión. Para estar en esto te tiene que gustar mucho leer, tener ganas de ir, incluso, a un sitio sin saber muy bien dónde está ese sitio”.

No es el caso de Formentor donde también estuvo su padre en los años en que él empezó a leer En busca del tiempo perdido. Ahora tiene 72 años. Dice que le quedan unos pocos más al frente de la editorial. Ya son tres décadas llevando Gallimard, y ampliándola con la compra de nuevos sellos. El relevo podría estar en manos de su hija Charlotte, hoy al frente de una filial de la editorial. Cuando Antoine Gallimard se quite de la primera línea hallará el momento para reencontrarse con En busca del tiempo perdido. En esa lectura estará no solo Proust, también su abuelo Gastón y su padre Claude. “Y siempre en compañía de la pasión que debe estar en todo lo que haces”.

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