Antonio Colinas.

Antonio Colinas: “En el fondo sólo existe el poeta independiente, aunque eso también se paga”

El escritor español explica las claves de su vida literaria y personal a la luz de su 25º Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana

Una maraña de voces y de tintineos de cubiertos, copas y platos orquestan el momento cumbre del luminoso y amplio restaurante del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Es la hora de la comida. A un lado de la escultura de El salto de Léucade está Antonio Colinas en un viaje evocador por su literatura. Cualquiera podría pensar que este poeta de estirpe clásica reservó la mesa más cerca a esta obra en la que Afrodita busca salir renacida de la herida del amor ante la pérdida de Adonis. No es así. Ha sido el destino que lo ha puesto ahí para que desandara, con ella como testigo, su romance que funde vida y creación literaria.

Otra prueba de que Colinas no ha ido donde ha querido, sino donde la vida lo ha llevado.

Ahora está en el centro de aquel restaurante, en el centro de la creación poética hispanohablante al ser distinguido con el máximo galardón del género en español y portugués: el 25º Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. La antología con la que Antonio Colinas celebra este galardón y lleva al lector por su creación la ha titulado Lumbres (Ediciones Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional).

Sentado en medio de aquel barullo de voces parece recrear uno de sus poemas y rendir cuentas ante lo que dicen sus versos:

“Me he sentado en el centro del bosque a respirar.
He respirado al lado del mar fuego de luz.
Lento respira el mundo en mi respiración”.

Acaba de cumplir 71 años este hombre nacido en La Bañeza, León (España), el 30 de enero de 1946. Todo ya lo contó en Memorias del estanque (Siruela). Cuando recordó que casi se muere, pero que el agua, al igual que hizo con Afrodita al saltar en los acantilados de la isla de Léucade, lo resucitó a él:

“Yo fui un niño muerto. El agua me devolvió a la vida. Ardía el aire de agosto y ardía mi cuerpo a causa de la fiebre. Me humedecían los labios levemente con un algodón. Pero no bastaba: el cuerpo no respiraba. Todos lloraban. Sin embargo, llegó la tormenta de agosto. Llovía con fuerza y la humedad se posó en mis ojos y en mis labios: hasta mi piel. El niño muerto se levantó sin ayuda del lecho. Y sonreía…”.

Seis décadas después de aquel susto, Antonio Colinas empieza a contar y reflexionar sobre el camino literario que ha hecho en los márgenes de las tendencias del momento, de las bondades y dificultades de ser un viajero y buscar la independencia. Un poeta que es más que eso porque es narrador, ensayista y traductor en cuya creación destacan Poemas de la tierra y de la sangre, Preludios a una noche total, Sepulcro en Tarquinia, Noche más allá de la noche y Canciones para una música silente. Sus reflexiones sobre la literatura acaban de ser editados por Verbum en Los ensayos literarios de Antonio Colinas, a cargo de Rocío Badía Fumaz.

Una copa de vino tinto acompaña sus palabras fieles a su serenidad. Colinas echa la vista más atrás. Va hasta sus 16 años cuando decide escribir. La orquesta de voces y sonidos del restaurante quedan en un segundo plano ante su voz que se abre paso.

“Antes, en los años escolares, habíamos leído poesía, pero no se da esa revelación que se da posteriormente como en el caso de Rubén Darío. Sin embargo, hay tres poetas, con los cuales la poesía para mí es un revulsivo: Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y Pablo Neruda. Son los tres poetas que leo en la adolescencia y que me abrieron a la poesía como fenómeno anímico, no ya como género literario. A partir de allí hubo una consolidación vocacional. Y hubo circunstancias que favorecieron, como la beca de creación de la Fundación March. Ahí es cuando voy a Ibiza para un año y me detengo 21. Pero antes había estado la llamada de Italia, cuando fui a hacer una sustitución de cinco meses y me quedé cuatro años… Quien ha vivido Italia se transforma en otra persona…”.

El viaje de Colinas es interrumpido por el camarero. “¿Puedo tomar nota de lo que quiere comer?”. El poeta se inclina por el arroz con pato. Luego retoma su relato hasta encaminarlo por la pérdida del sentido de trascendencia en los escritos hoy…

“Ahora en la poesía hay un predominio que no se cuestiona, que es evidente: una anglofilia por toda la literatura. La gran influencia nuestra fueron Baudelaire o Rimbaud o la literatura italiana. Hoy este predominio del inglés va unido a la enseñanza.

Luego está esa idea en los jóvenes que escapan un poco de la palabra viva, la palabra desnuda. Pretenden hacer de la poesía otra cosa, unido a la imagen o unido a la música, que está bien, pero… no es esa idea que yo he subrayado de la persona que está en la soledad de su cuarto con su cuaderno y la página en blanco. Ahí es la palabra lo primero. Este es el consejo que le doy a los jóvenes: una cosa es la creación literaria y otra el mundo literario. Lo primero es tu postura en la soledad de tu momento creador, lo otro llegará por añadidura.

Hay algo positivo en estos años: se ha vuelto a abrir el panorama de la estética. Tuvimos unos años que había ese mimetismo de la poesía de la experiencia, esa reflexión en la barra de un bar a las tres de la mañana de un joven que piensa que es muy mayor… Ahora vuelven los concursos, vuelve la cultura, lo metafísico, la libertad del lenguaje. Se abren varios caminos, y eso es bueno.

Lo que no ha surgido es una estética generacional o una visión de la poesía predominante y nueva. Aunque lo de las generaciones son útiles y tienen un sentido didáctico, soy un poco escéptico, soy heterodoxo dentro de mi generación. En el fondo sólo existe el poeta independiente. Aunque eso también se paga, para mí ha sido difícil. Cada poeta tiene una voz, una poética y una teoría. Eso es lo que cuenta. Sí hay coincidencias, en nuestro caso sobre un nuevo lenguaje, mayor libertad expresiva, lecturas extranjeras, eso que fue un revulsivo en los años sesenta…”.

 El arroz con pato sobre la mesa deja en suspenso el relato que habla del punto de encuentro entre Colinas y los jóvenes poetas. “¿Otra copa de vino?”, pregunta el camarero. Y el vino tinto cae suave sobre la copa…

“Eso tiene un sentido intemporal, de trabajar con los temas de siempre y luego el diálogo con otras culturas. En mi caso, tanto esas lecturas de América como las de Extremo Oriente. Muy pronto en la colección aquella de Janés leí a Confucio, LaoTse, poetas chinos. Yo soy medio taoísta… Aunque el taoísmo me ha hecho mucho bien, también me ha hecho daño porque me ha llevado mucho a la independencia. Y eso se paga. Alguien dijo que la independencia es el estado ideal si la puedes aguantar. Eso me lo ha dado por una parte el estar mucho tiempo fuera de los circuitos literarios, estuve cuatro años en Italia más 21 en Ibiza y todo eso te marca. Al mismo tiempo yo llegué a los 18 años a Madrid y siempre he mantenido esa conexión con el mundo literario, con los periódicos, con la crítica a través de la crítica. Esa independencia ha sido para mí muy importante, pero también muy difícil.

He llevado mi voz a contracorriente. En el fondo de lo que se trata es de que tú llevas una voz en ti y tienes que desarrollarla, llevarla adelante, muchas veces a contracorriente. Cuando saqué Preludios se hablaba de neorromanticismo, en unos tiempos que sonaba a sentimentalismo… Ya se valoró su conexión con el romanticismo centroeuropeo y para mí ha sido muy valioso. No es el romanticismo nuestro español, que es un poco de cartón piedra, un poco lacrimógeno y dramático, sino que es un romanticismo de los ingleses, los alemanes, del mismo Leopardi.

La literatura de extremo oriente la vivo primero a través de la poesía, que es un paradigma. China y extremo oriente hacen un poema que se mantiene hasta hoy. Ese poema emblemático de la persona que siente y reflexiona a la orilla de un río o de un camino es de una gran simplicidad y se mantiene vivo. Todo ese mundo yo lo llevaba un poco dentro de mí, pero no le di forma hasta que hice mi primer viaje a China y escribí La simiente enterrada, en el dos mil y algo. Me admira también de esa cultura la fusión del sentir y del pensar, el poeta siente y piensa en el poema…”.

Y entre arroz y vino habla de que es en esa fusión del sentir y del pensar donde reside la intemporalidad que ha intentado dar a sus poemas. La de una vida de binomios como ese del sentir y del pensar, de viaje físico hacia fuera y del viaje interior, de lo clásico polinizando lo contemporáneo, de las culturas del mundo que enriquecen lo local.

Es consecuencia también de una evolución que ha sido, a veces, polémica. Todavía hoy me dicen: ‘No, no, Antonio Colinas hasta Sepulcro en Tarquinia, luego ya cuando empieza a pensar, cuando piensa los poemas se entiende menos”. No ven que luego viene Astrolabio y Noche más allá de la noche, que para mí es el eje de mi obra, y después hay una etapa que yo llamo humanista. En ella aparecen temas muy vivos, desde la caída del muro de Berlín o ‘el poema a la tumba negra’, la fusión de las dos Alemanias, la Guerra del Golfo… Nunca he rehuido la realidad.

Mi poesía tiene tres grandes bloques: una con más presencia de la emoción, de ese tono neorromántico y de la cultura; luego una segunda más reflexiva, meditativa, con un libro central: Noche más allá de la noche, y, luego, los últimos libros en los cuales hay un tono más humano, metafísico también. Es una marcha hacia el silencio, hacia un poema más breve. Se ve en Canciones para una música silente. Por otro lado, he sido un poeta retórico, en el buen sentido. Siempre he valorado mucho lo que Ezra Pound llamaba ‘el voltaje’ del poema. El poema tiene que tener un voltaje que es la libertad expresiva, la imaginación, la cultura. Mi obra es una evolución, un proceso de vivir unido a la poesía… y claro, también eso me lo han dado los viajes, el haber vivido en determinados ámbitos…”.

Colinas vuelve a vadear los recuerdos de Ibiza, Italia, China, Madrid… Montañas, playas, tardes lluviosas, soles agradecidos, noches claras… aquellos lugares y momentos que lo han acompañado siempre.

“La naturaleza es una especie de fuente que no deja de proporcionar información al autor. La naturaleza es el espacio donde se da la contemplación, muy importante para poetizar. Desde el principio tuve que distinguir, porque fueron muy combativos mis compañeros de generación con este tema. La naturaleza no era solo lo paisajístico, no era lo rural, lo costumbrista. Los Novísimos, por ejemplo, rechazan a Antonio Machado porque dicen que es un autor de estampas rurales, cuando para mí es, sobre todo, un poeta simbolista, que hay que leer a través de los símbolos. Hay una lectura simbólica de mi obra, a través de los símbolos.

Siempre es un viaje doble. En mi poesía se ve mucho el viaje físico. Me ha salido un poema sobre Bonn, o sobre París o sobre Marruecos. Hay una geografía del alma, pero luego en la obra está el viaje interior. Y ahí es donde la poesía es una vía de conocimiento, es un medio. Se da esa conjunción entre emoción y razón o sentimiento y razón. Allí es donde está María Zambrano con su hallazgo de la razón poética. Ella dio en el blanco en ese sentido. En la entrevista que yo le hice me dijo: ‘Comprendí que mi razón era la razón poética y no la razón histórica de mi maestro Ortega’. Ella me cuenta en la entrevista esa anécdota por primera vez: le llevó a Ortega, a la redacción de Revista de Occidente, su ensayo Un saber sobre el alma, y Ortega le dijo: ‘Estamos todavía aquí y usted ya quiere ir más allá’. María Zambrano cuenta que salió llorando por la Gran Vía, de Madrid, y dijo: ‘Desde entonces comprendí que la razón de mi vida era la razón poética y la de mi maestro, don José (lo respetó mucho), era la razón histórica…

Hay una corriente en el tiempo con la que me siento muy identificado y de la cual he hecho muchas lecturas. Es un poco lo que Aldous Huxley reconocía como la filosofía perenne. Él hizo una antología de textos, una tradición que viene de Oriente, que viene de los griegos, de los presocráticos, del renacimiento italiano, del romanticismo en el sentido universalista y con esa corriente me siento también muy próximo…”.

Corrientes poéticas y de pensamiento se trenzan en el relato de Colinas hasta entrar en lo sagrado. El camarero llega con el postre.

“He dicho que toda realidad es sagrada cuando está en equilibrio. Cuando está en armonía, la naturaleza es sagrada. Y, por supuesto, lo sagrado no nos remite a lo clerical. En eso también soy junguiano. Es lo trascendente. Ir más allá con la palabra. Lo que pasa es que entre nosotros hay un anticlericalismo español muy fuerte, por eso me considero un poeta más metafísico, usaría ese concepto más que el más radical de místico.

Lo sagrado es una revelación de lo misterioso, de lo que el ser humano desconoce. Es ir hacia ese más allá que para mí debe buscar la poesía. La poesía no tiene un sentido fotográfico. Puede haber una gran poesía testimonial, pero no es exclusivamente testimonial.

La poesía sobre todo tiene que ser palabra nueva, palabra que se diferencia.

La poesía remite también a esa búsqueda de la palabra trascendida o trascendente que también hay que colocar en su lugar para evitar malas interpretaciones. Afán de ir más allá.

En la selección de antología de Lumbres aparecen esos poemas con esas constantes que ya están en toda mi obra, sobre todo tres cosas: la emoción, la intensidad poética (el poema tiene que fulgir, tiene que conmover), y cierto grado de pureza formal y musicalidad. Mi poesía también tiene un sentido órfico muy señalado. Para mí el ritmo es lo prioritario en el poema…”.

Antonio Colinas sale del restaurante por la puerta interior que lleva al hall del Círculo de Bellas Artes y avanza hacia las amplias escaleras de mármol. Luego se dirige a su hotel andando. Las calles están semivacías. Por ellas el poeta habla del amor en su obra.

“El amor, como lo sagrado, también hay que explicarlo. Hay muchos amores: desde el amor al ser querido, el amor pasión, el amor reflejo de lo telúrico, el amor a la naturaleza, el amor de sentido solidario, y hasta ese amor que Dante decía al final de la Divina Comedia que llegaba a conmover al sol y a las demás estrellas. O en La vida nueva, de Dante, donde el amor ya es una búsqueda de lo trascendente.

En la poesía hay una presencia muy fuerte, muy viva de lo sentimental o de lo pasional. Pero también hay que buscar este sentido simbólico, sobre todo. El amor como algo más dinámico, o más idealista.

Vivir la vida también tiene algo de persecución de un ideal, de esa realidad oculta. El amor también tiene mucho de búsqueda. Va muy unido a la idea de plenitud, que es otra idea con la que he trabajado mucho. La poesía también es una búsqueda de la plenitud de ser. Hay esa visión de la palabra plena que es sana y salva, ese carácter salutífero que tiene también la creación, y no sólo la poesía, sino otras formas del arte como la pintura o la música. La música es otro gran tema en mi poesía, como el viaje doble, también hay una presencia doble del tema de la música. La música que a veces se manifiesta, sobre todo en ese poema La tumba negra, que es un homenaje a Bach, que escribo cuando visito la tumba de Bach en Leipzig. Pero también es la música del poema, la música que produce el ritmo…”.

El poeta llega a la puerta del hotel. Se despide. Debe ir rápido a sacar la maleta. El tren que lo llevará de vuelta a su casa en Salamanca sale en 30 minutos. Se pierde por los pasillos del hotel. Queda el recuerdo de uno de los tres poemas inéditos de la antología de Lumbres con la cual celebra su premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Sobre todo los versos de Tábara:

“seguiré mi camino.
Atrás queda tu torre, y tu pueblo y tu estatua,
memoria eterna
contra el olvido de los hombres.
Yo solo soy olvido
mientras siga vagando por caminos perdidos,
en busca de esa piedra
humilde que me sane”
.

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