El escritor holandés Cees Nooteboom.

Cees Nooteboom: “El viaje es una soledad acompañada”

El escritor holandés, habitual en las quinielas del Nobel, fue uno de los protagonistas del Hay Festival de Arequipa (Perú). En esta conversación habla de su querencia por viajar, por la lectura, por la escritura y por las tumbas de grandes autores

Cees Nooteboom atraviesa el lobby del hotel Casa Andina. Imposible que pase desapercibido: las cejas tupidas, la frente rugosa, los ojos celestes, la cabellera plateada, los venerables ochenta y cuatro llevados con sosiego. El poeta, narrador, cronista y traductor holandés fue una de las estrellas de la tercera edición del Hay Festival de Arequipa —celebrado entre el 8 y el 12 de noviembre pasado en Perú— y destacó largamente no solo por sus lúcidas y notables reflexiones sino también por el carisma que mostró ante el público en cada presentación, y que no extravió ni siquiera cuando le tocó hablar de temas espinosos como la actualidad de Cataluña. “El nacionalismo extremo es peligroso y excluyente. Comprendo la historia catalana, he leído mucho, pero creo que lo que quieren hacer ahora es una tontería. Los catalanes tienen más autonomía que mucha gente en Europa. Por la quimera de unos pocos van a perderlo todo. Están actuando con los sentimientos y los sentimientos no dejan razonar”.

Nombre recurrente en la lista de aspirantes al Nobel; nómada incansable desde muy joven; autor de libros tan importantes como El desvío a Santiago, Noticias de Berlín, Cómo ser europeos o La historia siguiente (todos en Editorial Siruela); dueño de ese verso magnífico “si los días tienen nombre, por qué no los minutos”; y entusiasta cultivador de cactus (“que me cultivan a mí”), Cees Nooteboom se dejó abordar en una de sus varias y espontáneas caminatas por el centro de la ciudad, siempre con la mirada clavada en el Misti, el imponente volcán arequipeño.

El argumento que da para explicar su inquietud por recorrer el mundo es simple pero lapidario: “No puedo quedarme en casa 24 horas”. Así se lo hizo saber a su madre a los diecisiete años antes de treparse a un barco, dejar La Haya e iniciar un periplo errante que lo llevó a establecerse en un sinnúmero de países, desde Italia a Surinam, y que de algún modo continúa. Desde hace varios años pasa los veranos en su casa de la isla de Menorca (España).

“Le dije adiós a mi madre, me fui y nunca regresé. Tal vez quise huir pero luego entendí que al viajar no se puede huir de uno mismo, en el fondo, el motor de mi partida fue la curiosidad de ver lo desconocido. He viajado toda mi vida y hago anotaciones en cada sitio. Si tuviera que definir el viaje diría que es una soledad acompañada”, cuenta Nooteboom con ese español correcto que nadie le enseñó, que aprendió en la calle, con camioneros, haciendo autostop. “Nunca lo estudié. Es más, nunca estudié nada. Fui educado por monjes agustinos pero me botaron de la escuela. Nunca hice la universidad. En cada lugar al que voy aprendo el idioma local hablando con la gente. Me gusta hacerlo así porque los idiomas nos dicen algo sobre la psicología de las naciones”, dice con una mezcla de cansancio y sabiduría.

Entonces le consulto: si nunca estudió español, cómo hizo para traducir a César Vallejo al holandés. “Vallejo es muy difícil, pero vale la pena el esfuerzo por compartir a un poeta de esa trascendencia. Sus Poemas Humanos son una maravilla; confieso que necesité ayuda para traducirlos, pero lo hice sin afán de explicarlo. No se pueden explicar los poemas, esa es una contradicción. Los poemas hay que recibirlos en la mente y los sentimientos, no explicarlos”.

“Mi tumba no va a existir. Mi tumba estará en el aire”

Enseguida Nooteboom cuenta que cuando fue a visitar la tumba del poeta peruano en París la encontró llena de cartas, cigarros, lápices y perfumes. Se sabe que su pasatiempo favorito es ese: recorrer los cementerios donde están enterrados “los escritores que amo” para ver cómo la gente se relaciona con esos muertos célebres. “Se aprende muchísimo de las tumbas. En la tumba de un poeta no hay nadie, los poetas solo hablan en sus libros, pero las personas dejan allí elementos simbólicos y convierten los nichos en altares”. Nooteboom reunió todas sus experiencias visitando los restos de Proust, Stevenson, Joyce, Canetti, Thomas Mann, Kafka, Baudelaire y otros setenta intelectuales más en un magnífico libro que tituló, cómo no podía ser de otra manera, Tumbas (Siruela).

“En la tumba de Cortázar encontré una botella de absenta; en la de Machado, trece cartas; en la de Becket; un thriller policial. ¿Qué piensa la gente? ¿Que los escritores salen a la medianoche a beber y a leer? Los humanos tenemos una relación extraña y contradictoria con la muerte, porque no queremos morir pero tampoco vivir para siempre”.

De tanto hablar de tumbas ajenas imagino que ya ha diseñado la suya —le pregunté antes de terminar la conversación—. Tras una pausa de segundos, Nooteboom, otra vez mirando en dirección del volcán, respondió tajante: “Mi tumba no va a existir. Mi tumba estará en el aire”.

 

2 comentarios

  1. creo que en ocasiones es por eso que siempre queremos compartir con alguien, conversar de temas afines, entretenernos mirando películas, mantenernos ocupados, por que, cuando uno esta solo suele pensar de manera mas amplia, con critica sobre lo que uno es y hace, para algunos eso es estresante y con esas “escapadas” pretenden evitarlo lo mas que puedan.

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