Portada original de ‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez, del 5 de junio de 1967.

Cien años de soledad: medio siglo de la víspera de un éxito literario

El 30 de mayo de 1967 terminó de imprimirse en Buenos Aires la novela de Gabriel García Márquez. Te contamos cómo llegó el autor a esa editorial y los apuros de la primera edición. Primera entrega

El destino de un casi desconocido Gabriel García Márquez terminó de sellarse hace justo 50 años, el martes 30 de mayo de 1967. La calle Alsina número 2049 de Buenos Aires fue la elegida. Ese día cesó el traqueteo de las máquinas de los talleres gráficos de la Compañía Impresora Argentina con ocho mil ejemplares de una novela que tenía en la portada un galeón español azul en mitad de la selva con tres grandes flores naranja que parecían sostenerlo. Encima de todo, el título: Cien años de soledad.

Aquel martes la suerte estaba echada. Editorial Sudamericana seguía el pálpito de su asesor editorial Francisco Porrúa al jugar fuerte por ese nuevo nombre de la literatura latinoamericana. Quinientos dólares de adelanto por la novela le había pagado la editorial, seis u ocho meses antes, al escritor colombiano que vivía en Ciudad de México.

Sudamericana editaba a lo grande a un autor casi desconocido. Era la apuesta del barcelonés Francisco Porrúa que había descubierto a un tal García Márquez (Aracataca, 1927-Ciudad de México, 2014), entre finales de 1965 y comienzos de 1966, cuando leyó Los nuestros, del chileno Luis Harss. El libro incluía a los diez autores latinoamericanos más representativos del momento. Todos tenía ya un nombre: Borges, Asturias, Rulfo, Guimaraes Rosa, Onetti, Cortázar; y otros empezaban a tenerlo: Vargas Llosa y Carlos Fuentes, y, entre ellos, se colaba un nombre: Gabriel García Márquez.

Los nuestros, de Luis Harss.

Porrúa le preguntó a su amigo Harss quién era ese escritor. Harss le hizo unos comentarios y le prestó un librito titulado El coronel no tiene quien le escriba. La novela le gustó tanto a Porrúa. Empezó a indagar qué otras obras había publicado ese autor colombiano. No encontraba nada. Así es que acudió de nuevo a Harss quien le prestó otros tres libros: La mala hora, La hojarasca y los cuentos de Los funerales de la Mamá Grande.

Eso era todo. Suficiente. Porrúa le preguntó a Luis Harss por la dirección o el teléfono de García Márquez. El chileno se las dio. Inmediatamente el editor le escribió para pedirle los derechos de El coronel no tiene quien le escriba y el resto de su obra. Lo tenía claro.

“No”, fue la respuesta. La mejor negativa que tuvo Porrúa. García Márquez dijo que no podía darle los libros porque los derechos ya estaban cedidos. Pero como soñaba con editar en Sudamericana le conto, a cambio, que estaba escribiendo una nueva novela. A las pocas semanas Porrúa leía los cuatro primeros capítulos de Cien años de soledad.

“Desde el principio de la lectura comprendí que era una cosa nueva y admirable. No había duda. Entonces, como adelanto, Sudamericana le envió un sobre con 500 dólares”, me recordó el editor en una entrevista al diario colombiano El Espectador en 1997.

Nunca hubo dudas sobre la conveniencia de editar la novela. “Tuve la certeza total de que sería un libro aplaudido y uno de los grandes de la literatura latinoamericana. En septiembre de 1966 García Márquez firmó el contrato que le habíamos enviado”, recordó Porrúa.

Cuando García Márquez terminó la novela fue con su esposa Mercedes Barcha a la oficina postal para enviarla a Sudamericana: un paquete de 590 folios de 28 líneas cada uno y cada línea de 60 matrices o golpes. El agente de correos les dijo que el envío del paquete valía 82 pesos mexicanos. Solo tenían 50. Dividieron las 590 folios en dos, y enviaron los 10 primeros capítulos. Regresaron a la casa, cogieron aquellas “tres últimas posiciones militares” y fueron a empeñarlas al Monte de Piedad. Les dieron unos 50 pesos. Al salir de la oficina de correos (recuerda su biógrafo Dasso Saldívar), Mercedes, que no había leído el libro le soltó: “Oye, Gabo, ahora lo único que falta es que esta novela sea mala”.

Los dos paquetes llegaron intactos a Buenos Aires. La maquinaria de edición se puso en marcha. Correcciones y ajustes aquí y allá. La portada se la encargó García Márquez a su amigo el artista Vicente Rojo como compensación porque no le había dejado la novela a la editorial mexicana Era. Llegó la hora de imprimir y la portada no aparecía. El tiempo se echaba encima. Sudamericana querían tener la novela a principios de junio ya en las librerías. Querían contar con la complicidad de la llegada del invierno que es cuando más libros se venden. Además, el nombre de García Márquez había empezado a sonar meses antes gracias a la buena acogida de la antología de cuentos Los diez mandamientos que incluía su relato, En este pueblo no hay ladrones. Los ecos sobre la nueva novela, sin haberse publicado, empezaban a ser públicos. Había que aprovechar el tirón.

Gabriel García Márquez (Colombia, 1927-México, 2014).

García Márquez había terminado de enviar sus correcciones. Porrúa y su equipo su edición. Las máquinas de los talleres gráficos de la Compañía Impresora Argentina estaban listas. Solo faltaba la portada de Rojo. La primavera se iba y los tiempos de llegar a tiempo se iban. La editorial pidió a su diseñadora Iris Pagano una portada. Así surgió ese galeón azulado en medio de la selva.

La idea de la tirada inicial era de tres mil ejemplares. Algo poco usual para un autor apenas conocido. Pero entre la intuición de Francisco Porrúa, el torbellino de comentarios sobre la novela y los pedidos por adelantado de los libreros elevaron la cifra a cinco mil. Lo excepcional llegó después cuando los comentarios entusiastas de la gente de la editorial que leía la novela hicieron aumentar la edición a ocho mil ejemplares. Se la jugaban. Esperaban vender esa cantidad en unos seis meses.

Cien años de soledad entró a máquinas. El martes 30 de mayo terminó de imprimirse en la calle Alsina número 2049 . Ese día los dos paquetes de 590 páginas, con 28 líneas cada una y cada línea con 60 matrices, quedaron convertidos en 352 páginas con un galeón en la portada a un precio de 650 pesos, unos dos dólares.

La maquinaria de distribución se puso en marcha. Seis días después, el lunes 5 de junio, la novela llegaba a las librerías de Argentina. La estrategia de promoción había empezado. “Hicimos una pequeña promoción con los medios”, recordó Porrúa. “Ellos comprendieron que se trataba de algo que valía la pena. Luego hablamos con Tomás Eloy Martínez, director del semanario Primera Plana y le explicamos la calidad de la novela. Enviaron al perodista Ernesto Schóo a entrevistar a García Márquez a su casa en Ciudad de México con el fin de publicar ese encuentro el 5 de junio. Pero no se pudo porque otras noticias mundiales lo desplazaron”.

El editor se refería a que mientras el 5 de junio llegaba a la calle la historia de “El coronel Aureliano Buendía que promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno tras otro en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera treinta y cinco años. Escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento”, en Oriente Próximo estallaba la Guerra de los Seis Días entre Israel y Egipto, Jordania, Irak y Siria.

Al otro lado del planeta se encendía una mecha bélica y en Buenos Aires Cien años de soledad empezaba su vida. Todo “fue intuición de editor”, recordaría Porrúa: “De ver algo bueno en literatura. El mejor negocio para un editor es un buen libro que tarde o temprano encuentra sus lectores”.

Cien años de soledad los encontró de inmediato. Dos semanas después la primera edición de ocho mil ejemplares estaba agotada. Sudamericana debió correr a imprimir una segunda edición. Para entonces ya estaba la portada de Vicente Rojo, la de fondo blanco con sellos de colores que resumían elementos de la novela y la letra “e” de soledad al revés. Todo era tan imprevisible que la Compañía Impresora Argentina se quedó sin papel unos días, pero lo solucionaron rápido. A partir de ahí se hicieron tiradas de 20.000 ejemplares. La segunda edición salió a finales de junio, la tercera en septiembre, la cuarta en diciembre, la quinta… Todo eso ya es otra historia, la de los ecos, la bulla y el estallido de un fenómeno literario global.

Esta historia del martes 30 de mayo de 1967 es la de la víspera de que la familia Buendía, pobladores de Macondo, llegaran al mundo terrenal para no irse jamás. Una historia que Gabriel García Márquez tenía en su cabeza desde hacía 30 años. Crecía en su mente, revoloteaba pero no se posaba, hasta que un día, camino de la playa con su mujer y sus dos hijos, mientras conducía de Ciudad de México rumbo a Acapulco, las piezas encajaron. Apareció en su cabeza uno de los comienzos más célebres y recitados de la literatura: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Bendía había de recordar…” y detrás de esa frase un tropel de palabras que ensancharon el lenguaje para crear un mundo.

Celebración de 50 años de 'Cien años de soledad' en FILBO 2017

 

  • Esta historia continuará el 5 de junio con el capítulo anterior: La génesis de Cien años de soledad, segunda parte del especial que WMagazín dedicará a los 50 años de una de las obras clásicas del siglo XX.

 

También puedes leer: García Márquez y los singulares sucesos de su nacimiento reflejados a lo largo de su obra

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *