Coetzee en la Feria del Libro de Bogotá. / video Luis Manrique

Coetzee, un explorador en el archipiélago literario de la FILBo

WMagazín celebra su presentación con un paseo por la feria con el Nobel surafricano. Segunda entrega de la serie Coetzee en tres actos. Vídeo de Luis Manrique Rivas

Vídeo de la visita del Nobel J.M. Coetzee por la FILBo 2017

Vestido de explorador literario, John Maxwell Coetzee pasea por el archipiélago de libros: jean negro, camisa de finas rayas azules y blancas, mangas remangadas encima de la muñeca, chaleco gris, gafas en el bolsillo de la camisa y un bolso negro. Sigiloso, la mirada triste y atenta.

De andares calmados y sin apenas pronunciar palabra, los ojos de Coetzee se mueven a todos lados. Eso sí, escucha atento, sin dejar de observar, lo que le dicen Soledad Costantini, la mejor compañía, y Giuseppe Caputo, el mejor guía de la 30ª Feria Internacional del Libro de Bogotá. Caputo sabe dónde está cada libro, cada editorial, cada tema; como director de contenidos de la FILBo sabe dónde está cada pieza de esta fiesta cultural.

Coetzee avanza por una de las calles del archipiélago arquitectónico que es el recinto de Corferias. Es una mañana veraniega en la otoñal Bogotá. Cielo azul intenso con blanquísimas nubes como montañas.

Los estudiantes pasan junto a ellos, alguien lo reconoce. “Es el premio Nobel”, dice un muchacho a sus compañeros que paran en seco. Dudan en pedirle una foto. Se animan. Coetzee sonríe con un “¡Yes!”. Y no ha terminado de decirlo cuando los cuatro muchachos lo rodean para la foto.

Minutos después, el escritor surafricano entra en una de esas islas arquitectónicas de Corferias. Una edición de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, de Miguel de Cervantes, lo espera solitaria en una esquina del estand. La mira. Reanuda el paso sigiloso pero animado con la cabeza arriba, abajo, a los lados… no quiere perder detalle. Se detiene en Tragaluz, una editorial pequeña de libros muy mimados. Coge uno de poemas, lo mira por todas partes. Insinúa una sonrisa con el libro en la mano mientras ve esa variedad de títulos, diseños y formas originales sobre la mesa. Coetzee lee algo de español y entiende algo de una conversación. Se lleva un libro.

El Nobel J. M. Coetzee con algunos de sus lectores en la FILBo, /Fotografía de Lisbeth Salas

Cuando reanuda el paseo, unos le piden fotos y otros susurran su nombre en la distancia. Va por uno de los pasillos donde al fondo una foto gigante de Bob Dylan, último Nobel, parece imantada porque hasta ese stand llega Coetzee. Es el estand de la distribuidora Océano, un espacio amplio con muchas mesas de libros. El escritor cruza las manos por detrás y empieza a mirar los libros sobre las mesas. Lento. Va a su ritmo de un lado a otro.

Minutos después, y tras una breve caminata por los pasillos, entra en otro estand donde lo recibe una Frida Kahlo multicolor y florida de tres metros de alto. Pasea la mirada por todas las obras sobre las mesas. Fuera, la gente se asoma para mirarlo, tomarle fotos a lo lejos. Coetzee sigue como si nada; ¡No!, no es verdad, a veces los mira y sonríe y vuelve a sumergirse en su mundo de explorador literario. Habla con Soledad Costantini sobre algunos libros y decide comprar algunos de Richard Ford.

Media hora después sale de esa isla-pabellón. Fuera se topa con el sol andino en esplendor y las nubes gigantes procedentes de la Amazonia. El sol picante de montaña le obliga a quietarse el chaleco. Otra foto con estudiantes, hasta que llegan a la isla-pabellón de ediciones universitarias e independientes.

En el estand de la Asociación de Libreros Independientes, Coetzee habla de Robert Waltser, Caputo le habla de Juan José Saer cuyos libros están ahí. En un rincón ve en varias baldas su Biblioteca personal, 11 libros ajenos a los que ha hecho un prólogo para la pequeña editorial argentina El hilo de Ariadna, de Soledad Costantini. No son sus libros favoritos ni agrupados por afinidades, es una biblioteca que es un hilo entre su obra y las de otros. Se toma una fotografía delante de ellos. Luego pasea por allí bajo la mirada de Samuel Beckett que aparece en la portada de un libro.

Coetzee saluda a una lectora en la FILBo. /Fotografía de Lisbeth Salas
Coetzee saluda a una lectora en la FILBo. /Fotografía de Lisbeth Salas

Sigue su paseo. Vuelve a la luz andina de la mañana. Entra al pabellón de Francia, país invitado de honor, en compañía de David Roa, presidente de la Asociación Colombiana de Libreros independientes (ACLI). Es un hombre de unos 30 años con el cabello revuelto que al ver Coetzee le sale del alma: “Es un honor saludarlo”, mientras le coge el brazo sobre el que el Nobel lleva el chaleco. Al escucharlo, Coetzee sube sus cejas ya casi blancas con mirada emocionada.

Y sigue a ese muchacho que será su guía en el Pabellón de Francia. Allí, en el espacio de los libros, Coetzee es más reconocido. Una mujer le da un codazo suave a la amiga que lleva al lado y le señala con la boca el lugar donde está el autor surafricano, mientras le dice en voz baja: “¡Es Coetzee, es Coetzee!”. Llevan, precisamente, su novela La infancia de Jesús. Se acercan, lo saludan sonrientes y le muestran el libro abierto en una de las primeras páginas para que se lo firmen. El Nobel hace una leve inclinación de cabeza y toma el bolígrafo que las dos mujeres le pasan.

Ya solo, vuelve su mirada sobre las estanterías. En la balda de arriba un libro en formato grande ofrece el arte de Henri de Toulousue-Lautrec, en la siguiente otro la vida de Mao Zedong. Uno de los dependientes le explica en francés la librería del pabellón del invitado de honor. Otro hombre revolotea a su alrededor preguntando quién tiene un lapicero, alguien le pasa uno y con este en la mano se dirige con su sonrisa blanca a Coetzee para que le firme el libro.

Ya en las callejuelas que separan el archipiélago de los pabellones, Coetzee dice: “Es una temperatura ideal”. Levanta un poco la cabeza hacia arriba con los ojos cerrados, sin dejar de caminar. Más fotos con estudiantes. Él, su acompañante Costantini y el guía Caputo llegan a uno de los pabellones donde los espera Sandra Pulido, directora de la FILBo. Charlan, él sonríe. A los dos minutos llega un automóvil blanco, sube y se va a comer. Detrás llega corriendo el hombre de sonrisa blanca que minutos antes había pedido prestado un lapicero para que Coetzee le firmara uno de sus libros. Es Martín Murillo Gómez. Es un promotor de lectura ambulante. Llevaba su carrito de madera con libros que quería enseñar a Coetzee. Ve que el automóvil del Nobel se aleja. Sube los hombros, chasquea la lengua y se le escapa un alegre consuelo, mientras mira su biblioteca ambulante: “Ahora tengo su libro firmado aquí”.

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