Cruce de pumas en el Hay de Medellín

La escritora mexicana de la lista Bogotá 39 relata su paso por el Hay Festival de la ciudad colombiana. Allí estuvo con Claudia Ulloa, Juan Esteban Constaín, Mónica Ojeda, Juan Manuel Robles y Daniel Saldaña

Cruce de pumas, dijo mi hija. En efecto, los letreros amarillos con la silueta negra de un gran felino fue lo primero que notamos en el camino de Río Negro a Medellín. Como diría Dorothy en el Mago de Oz, ya no estamos en Kansas. Los yarumos, de hojas descomunales y gris plata bajo el sol. Los incontables tonos de verde. Y de pronto de entre las montañas, se asoma Medellín. Los edificios de tabique, el festival Hay. La primera noche fui a la entrega del premio de Narrativa Biblioteca Colombiana, que fue otorgado a Pilar Quintana por La perra, una novela que trascurre en la región del pacífico colombiano. El coctel y la universidad de una abundancia que aparentemente caracteriza a los paisas.

Mañana gris. Motos. Camiones pintados y con luces rosas pulsando al ritmo del reggaetón. Puestos de mangos enormes y “petacones” como les llamamos en México. Claudia Ulloa y yo conversamos en la Biblioteca del Banco de la República, con nuestras colegas Paloma Pérez y Marcela Velázquez Guiral y el público acerca de nuestros libros, de lo que es hacer literatura como mujeres, y los obstáculos que a menudo esto representa, como les sucedió a las escritoras colombianas que no fueron invitadas a representar a su país en la Bibliotheque de l’arsenal París el año pasado. Claudia leyó un cuento donde va de vacaciones en la panza de su gato, y así me sentía yo en este cuenco de ciudad, como arropada y de viaje en un lugar de clima tibio y deliciosamente húmedo. Luego, un asado paisa harto carnívoro. El manjar digno de un puma. Y en la tarde, en el Convento de San Ignacio de piedras de tonos verdes como los árboles de la ciudad, dos charlas de Bogotá39, la primera con Juan Manuel Robles y yo: hablamos de la memoria, de su infancia en Bolivia como pionero, de mi escritura miope y en dos lenguas, traición perpetua. Después, Juan Esteban Constaín, Mónica Ojeda y Daniel Saldaña París hablaron de escritura y placer, de las distracciones de la escritura como el llamado seductor de una Playstation en el caso de Mónica, los gritos frustrantes de un vendedor ambulante de libros que se para en la esquina para Juan Esteban, y también los tempranos y cómicos inicios de la poesía abstracta de Daniel a los diez años.

En el calor de la tarde, me escapé un rato del programa festivalero, para dar un paseo por Medallo, como le llaman los locales. Caminata por el Museo de Arte moderno de Medellín, a echar ojo veloz a las pinturas de Débora Arango, y por los alrededores de ex bodegas y talleres reconvertidos para nuevos usos, tapizados de murales multicolores hasta que el sol se puso de la forma más inesperada, casi tan repentina como nuestra partida a la mañana siguiente.

  •  Gabriela Jáuregui es una de las escritoras  seleccionadas en Bogotá 30-2017, su último libro es La memoria de las cosas (Sexto Piso). Es doctora en Literatura Comparada por la Universidad del Sur de California. Obtuvo también una maestría por parte de la Universidad de California Riverside, así como una maestría por parte de la Universidad de California Irvine. Ha recibido apoyos de la Soros Fellowship for New Americans, así como de la beca Jóvenes Creadores del Fonca. Es autora del poemario Controlled Decay (Black Goat Press/Akashic Books, 2008) y Leash Seeks Lost Bitch (Song Cave, 2016) y coautora de Taller de Taquimecanografía (Tumbona, 2011).  Es cofundadora y editora de sur+ ediciones.

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