La escritora española Eider Rodríguez, en Madrid en otoño de 2019. /Fotografía de WMagazín

Eider Rodríguez: “La ideologización a veces eclipsa lo que deseamos y eso es esquizofrénico”

La escritora vasca publica en español sus cuentos 'Un corazón demasiado grande' en los que indaga en las fronteras de lo sano y lo insano y la razón y los sentimientos detrás de lo que la gente muestra. Un mundo de contradicciones

“Para cuando cumplí los quince años, El guardián entre el centeno se había convertido en mi libro de cabecera. Yo también deseaba estar encerrada en un internado, sufrir tanto como él, sentir tanto dolor como para querer huir. Lo leí traducido al euskara, a un idioma extraño para mis padres y mis abuelos. No podían sospechar que acababa de hallar placer en el dolor. Hasta entonces, saciaba la necesidad de dolor con pinzas: las de madera eran las mejores. Las ponía en la punta de mis dedos y me escondía bajo las mantas para que nadie me viera. Al principio me bastaba con dos o tres minutos, pero en la medida en que me iba iniciando en el dolor, tenía que aguantar más y más para poder alcanzar el placer. Los dedos se amorataban, las yemas se volvían blanquecinas, y cuando esa blancura se extendía al resto de la mano, empezaba a soltar las pinzas, una a una, lo más lentamente posible.

La lectura y posteriormente la escritura se convirtieron en el método sofisticado para obtener aquel placer: El señor de las moscas, Flores en el ático, El color púrpura, Rebelión en la granja, Anna Frank… Los protagonistas me despertaban compasión, y quien la haya sentido alguna vez sabe que ni el amor ni el odio pueden superarla en durabilidad. Convertida en una experta en tragedias, durante largo tiempo, el resto de géneros me parecieron tibios”.

Esta salida literaria que encontró Eider Rodríguez (Rentería, País Vasco, España, 1977) al dolor le sirvió también para explorar e indagar aquel territorio de sombras y convertirlo en literatura. Relatos que habitan una zona fronteriza entre lo sano y lo insano, como ella misma dice. Lo hace con una prosa depurada que ahonda en las emociones, los sentimientos y las relaciones como se aprecia en el volumen de cuentos Un corazón demasiado grande (Literatura Random House), premio Euskadi de Literatura y Euskadi de Plata 2017. Un libro que es una antología al reunir sus cuentos del último libro y de algunos de los anteriores volúmenes donde está a punto de estallar una emoción fuerte.

Eider Rodríguez busca traspasar las puertas y ventanas de la vida de sus personajes, lo que hay detrás de lo que se ve. “Personajes a menudo fronterizos y contradictorios, tan antihéroes como antivillanos, inseguros pero fuertes, vulnerables pero con capacidad para hacer daño”. Ahí está el centro de su narración, el ojo de un torbellino que, como este parece, está en calma mientras a su alrededor todo se mueve y desordena lentamente.

El tiempo detenido está presente en sus historias, la muerte, las relaciones y vínculos familiares, la naturaleza, la relación entre madres e hijas… Y el comportamiento de los hombres vascos con fama de expresar poco los sentimientos. A ese estereotipo se acerca esta escritora, licenciada en publicidad y doctora en literatura en un hotel madrileño a dos calles de una plaza que lleva el nombre de la capital de su comunidad: Bilbao:

Hay cierta parquedad de palabra en ciertos estratos del País Vasco, y los hombres son más propensos a esa parquedad. Se ha escrito mucho de los vascos y vascas y se ha hecho desde ese estereotipo. Quise luchar contra todo eso y sus clichés. No lo veo tanto como un estereotipo”.

En estos cuentos de Un corazón demasiado grande se refleja esa parquedad y parte de ese estereotipo en una especie de incapacidad de expresar las emociones sobre todo las positivas.

“Esta parquedad me interesa porque me interesan los silencios al escribir. Por ejemplo, un escultor trabaja con los vacíos, como Oteiza para quien el vacío es tan importante como la materia. Y yo que soy vasca también soy bastante parca en palabras en mi vida cotidiana y se cumple ese estereotipo, ese tópico.

El silencio me sirve para contar y esculpir. Me interesa mucho el diálogo con quien me va a leer. Yo no escribo porque me gusta escribir. Yo escribo para que me lean y utilizo silencios para que esa persona que me lee pueda aportar a la interpretación del texto. Además, tiene que ver con la economía del lenguaje a la que doy mucha importancia, me sobran los adornos, busco la sobriedad, busco que las palabras no estén ahogadas, que sean poquitas y digan aquello que en su origen querían decir. Tengo obsesión por buscar siempre la palabra más simple; decir lo máximo con lo mínimo, además de sencillez en el léxico”.

Una sobriedad de palabras poblada de sentimientos y emociones que muchas veces desdicen los actos, el abismo que hay entre lo que sus personajes querrían hacer y no hacen.

“Por un lado está el cerebro y por otro el cuerpo; por un lado está la razón y por otro los sentimientos; por un lado la ideología y por otro lado la emoción; y, muchas veces, se contradicen. Esto me interesaba mucho. La ideologización que es importante, y yo también la he cultivado, a veces eclipsa lo que realmente deseamos, y eso es muy esquizofrénico.

Me he interesado en saber qué es lo que realmente sentimos, deseamos si es que todavía nos acordamos de qué es lo que deseamos. Uno de las cosas que me propuse fue escribir con todo el cuerpo, quiero que todo el cuerpo esté presente a la hora de escribir. Quiero recordar en todo momento qué es lo que quiero escribir, a dónde quiero llegar con eso que escribo y quiero acordarme de por qué escribo. Siento que estoy creando algo y siento una excitación. Quise tener los cinco sentidos muy despiertos».

Eider Rodríguez. /Cortesía de Literatura RAndom House

Para lograr todo esto y no desenfocar la ruta, Eider Rodríguez se preguntaba todo el tiempo qué era realmente lo que quería contar; y se decía, también, que por muy bueno que ella creyera que era su relato a algunas personas no les iba a gustar.

“Hay que tener humildad, es muy importante. Al final se trata de un oficio muy antiguo y muy humilde este de contar historias”.

Ella ya ha dicho por qué escribe y al escuchar la razón por la cual lo hace un autor como Richard Ford con tantos libros y autores buenos queda encantada: “Para continuar el diálogo”.

“Yo quiero contar historias. Eso aparta un poco el ego”.

La muerte es otro de los temas presentes, de manera directa o sutil, en los cuentos de Un corazón demasiado grande:

“No me había dado cuenta de eso, pero la verdad es que sí… Además, están las heridas… Hay muchas clases de heridas y hay todo tipo de cicatrices. Físicamente me gustan, son como un abismo al que dan ganas de acercarse. He querido mirar lo que había en el fondo. He tratado de bucear en el alma humana, aunque suene un poco pretensioso. Y la muerte he intentado tratarla con mucha naturalidad, haciéndola formar parte de la vida«.

El tiempo detenido es otro de los aspectos sutiles de estas historias. Personajes y situaciones que avanzan, pero en un tempo estancado lo que otorga una sensación extraña.

“Como he dicho, he escrito el último libro con todo el cuerpo. Escribo a mano la primera versión, en cuadernos a rayas y creo que esto da una lentitud al relato. Yo leo una novela y digo: ‘Esto no ha sido escrito a mano. Todo va muy rápido’. Otra figura que siempre me ha perturbado es la del agua estancada, como símbolo del tiempo estancado. No me había dado cuenta hasta ahora”.

Y, finalmente, bajo todo lo anterior están las relaciones entre madres e hijas.

“Hemos leído tanto y escrito de otras mujeres y madres como personas absolutas y totalitarias… En ese afán han salido muchas madres diferentes. El capital cultural crea un abismo entre madre e hija”.

Los cuentos de Eider Rodríguez tienen finales que el lector debe cerrarlos, en los que ella dialoga con él.

“No me gusta hablar de finales abiertos o cerrados, prefiero hablar de relatos con oxígeno. Como eso que decía Ford tan bonito para que, de alguna manera, ese diálogo continúe. Necesito que los finales puedan fluir y quede en manos de la gente que lee».

Así son las historias de una escritora que tiene entre sus referencias cuentísticas a autores como Julio Cortázar o autoras contemporáneas como Samanta Schweblin y Mariana Enriquez, Alice Munro, Lucía Berlin y algunas más que le permiten escribir pasajes como estos:

«-Papá -dijo Madalen-. Papá -siguió, una y otra vez, consciente de que era una palabra a punto de caducar, saboreándola por última vez»

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