“¿Qué hubiera sido de Bogotá39 sin la mochila de Izara? Ahí se guardaban todas las direcciones de los locales, el programa especificado, dos transmisores, horarios de prensa, lapices de labios, pastillas, papel higiénico y kleenex, un espanta-ladrones, agüita de azahar, café instantáneo, un destornillador, plano general del Suite Jones, de Bogotá y de Colombia, fotos de la familia de todos los invitados y la mandarina fosilizada que sobró del almuerzo delivery de Alvaro Enrigue”, escribió Iván Thays en el Fotoblog de Moleskine literario.

El clima de Bogotá en 2007, o la apuesta futurista de Bogotá39 diez años después

El escritor peruano evoca cómo vivieron los autores latinoamericanos menores de 40 años la primera lista del Hay Festival, a su paso por la ciudad colombiana. Un cuadro, mientras los seleccionados en 2017 clausuran este miércoles 31 la cita literaria

Fue romántico, pero también fue triste.

Así describió un amigo un encuentro literario, el primero al que asistí, en un pueblito de Málaga en 1993. Éramos jóvenes.  Estábamos llenos de romanticismo y un poco de tristeza natural por aquellas cosas que acaban y las despedidas.

La frase me sirve para describir Bogotá39.

Gonzalo Garcés firmando libros y autógrafos.

El clima ciclotímico de Bogotá siempre me ha llamado la atención. Llueve y hace sol, hace calor y frío, no de manera simultánea sino uno detrás de otro. Imposible predecirlo. El último día del encuentro todos estábamos muy cansados y se echó a llover. Una lluvia intensa, un diluvio para un limeño acostumbrado a la garúa. Cerrábamos el evento hablando en el Parque Nacional. Creo. El recuerdo se ha hecho borroso con los años, todo es borroso. Era un parque enorme, eso sí, y nos hicieron trepar a una tarima con 38 asientos (el asiento 39, el de Junot Díaz, nunca se llenó, en muchos sentidos). Todos teníamos un minuto para decir algo. No creo que ninguno haya dicho algo memorable. Wendy Guerra cantó algo de Silvio Rodríguez. Alvaro Enrigue contó su minuto de atrás para adelante. Alejandro Zambra recitó un poema de Violeta Parra (Una vez que me asediaste. Dos juramentos me hiciste. Tres lagrimones vertiste. Cuatro gemidos sacaste. Cinco minutos dudaste. Seis más porque no te vi…) Había poca gente, o quizá eran demasiados considerando la lluvia. Yo tomaba fotos en una Sony pocket azul. Cuando acabó el evento empezaron a pedir autógrafos. Las niñas de un colegio perseguían al guapo de Gonzalo Garcés como si fuera un cantante pop. En México usan la palabra “guapérrimo”. Tengo fotos de Gonzalo y sus fans. En realidad, tengo fotos de todo aquello. Tengo fotos de todo. Cientos de fotos. Fotografiar era mi refugio, mi máscara, mi modo de estar ausente sin irme. Luego subimos al cerro de Monserrate y almorzamos vorazmente. ¿Fue ese día o fue otro día el del funicular? Ya he dicho que no lo recuerdo. Hay muchas cosas que recuerdo y otras que, lamentablemente, he olvidado pasados diez años.

Pero hay ciertas cosas imposibles de olvidar.

Antes de ese encuentro había asistido a decenas de ferias y encuentros de escritores, incluyendo el mítico encuentro en Sevilla organizado por Planeta (mítico porque fue el último al que asistió Roberto Bolaño, quien murió semanas después). Luego de ese encuentro, además, he asistido también a muchísimas ferias y más encuentros, incluso varios organizados por el propio Hay Festival.

Pero Bogota39 fue único.

¿Por qué?

No lo recuerdo.

Sí sé que con el tiempo han existido autores que han renegado de Bogotá39, que no quieren formar parte de él, que insultan a los que nos sentimos felices ahí. Incluso hay una autora que lo ha borrado de su biografía, según me dijeron. Un esfuerzo inútil. Bogotá39 nos marcó a todos los que asistimos, así se resistan o abjuren. No hablo de generaciones ni grupos ni clanes. Hablo de una fuerza centrífuga que nos condujo irremediablemente hacia su centro.

De izquierda a derechas, los autores peruanos Daniel Alarcón, Santiago Roncagliolo e Iván Thays.

Podemos discutir semanas, años enteros, si la lista realmente representaba lo que ofrecía: los mejores autores latinoamericanos menores de 39 años. ¿Alguien puede realmente llegar a un consenso en un tema como ese? Lo que sí es indiscutible es que la elección fue una apuesta a futuro. Y si cuantificamos esa apuesta –“estadísticas, estadísticas” dice Cristiano Ronaldo cuando lo comparan con Messi- podemos decir, definitivamente, que fue correcta. Muchos autores que generaban cierta expectativa luego la consolidarían con premios importantes (El Alfaguara Juan Gabriel Vásquez, Andrés Neuman y Jorge Volpi, este 2018), el Herralde Antonio Úngar, Guadalupe Nettel, Alvaro Enrigue); otros han ganado prestigio y excelentes críticas con reconocimientos en Estados Unidos y en Europa, como Daniel Alarcón, Alejandro Zambra, Santiago Roncagliolo o Eduardo Halfon. La mayoría de los primeros Bogotá39 –al menos aquellos a los que no les he perdido el rastro- han publicado luego del 2007 sus mejores libros: Pedro Mairal, Antonio García Ángel, Pilar Quintana, Karla Suárez, Wendy Guerra, Joao Paulo Cuenca, Rodrigo Hasbun, Rodrigo Blanco, Alvaro Bisama, Ronaldo Menéndez.  Menciono solo a los que han publicado los últimos años y he podido leer gracias a las librerías limeñas que han mejorado mucho estos años.

Pero esto no puede ser una lista.

No se le puede pedir a alguien con mi memoria que haga un recuento de todos los que pasaron por ahí y en qué andan ahora porque de Bogotá39 solo me quedan sensaciones, espectros: una puerta que se cierra, un largo pasadizo con alfombra, una fiesta en casa de Marianne Ponsford en donde, de pronto, para mí, todo empezó a iluminarse y mi obtusa mente de escritor hosco y solitario se entregó por completo a la felicidad de ser parte de un grupo.

Wendy Guerra maquilla a Pilar Quintana.

Bogotá 39 fue una apuesta, repito, pero no pudo salir mejor.

No solo he participado de muchos encuentros, también soy un gran fan de novelas que tratan sobre estos. Incluso escribí mi tour de force, La disciplina de la vanidad. Recomiendo mucho Las bellas extranjeras de Mircea Cartarescu y mi favorita: Cuaderno de Feldafing de Rolando Sánchez Mejías. Sin embargo, nada iguala a Bogotá39.

¿Por qué?, repito.

No sé si fue la intensidad de los conversatorios (íbamos cruzando el horrible tráfico de Bogotá, almorzando apresurados sánguches en los autos, de una biblioteca a un colegio, de norte a sur), o el interés de los oyentes, o el entusiasmo de las organizadoras Cristina e Izara, o las fotos de Daniel Mordzinski, o las noches en que nos reuníamos en discotecas a escuchar salsa (descubrí ahí a Ismael Rivera y fue una experiencia mística) o las madrugadas en que nos quedábamos conversando por horas y horas en cualquier rincón de un bar o el mismo hotel (tengo una foto hermosa sobre esas reuniones, una especie de última cena, que debe estar colgada en un blog por ahí). No lo sé. Solo puedo afirmar que fuimos piezas de un rompecabezas que encajó perfectamente, solo en ese momento, solo en ese lugar preciso, solo en esa hora donde nos tocaba ser libres y estar alegres sin más.

O quizá fue el clima de Bogotá.

Desde luego, la respuesta que le daba sentido al encuentro nunca fue respondida. Recuerdo una foto del ubicuo Daniel Mordzinski (acompañado siempre del blogger Gastón García Marinozzi y su cuaderno Muji) en la que se nos preguntó “¿hacia dónde va la literatura latinoamericana?” y todos señalaron a diversos lados. Brazos en alto, arriba, abajo, al sur, al norte. Pregunta capital, pero inútil. Nadie está en capacidad de responder esa pregunta, esa pregunta solo existe como pretexto para poder reunirnos, para juntar a un grupo de escritores en torno a una mesa larga y decirles “creemos en ustedes” y ese grupo de elegidos al azar, en la medida de sus posibilidades, devolver esa fe con obras y perseverancia, la única moneda con que los escritores pueden pagar lo impagable que es recibir la confianza de sus críticos y sus lectores.

Bogotá39 fue irrepetible, romántica y triste, como un bello amor pasajero y sin necesidad de palabras.

Pasajero perdurable.

Fue un sueño, pero yo lo soñé.

 

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