Detalle de la portada de la novela ‘Los jardines secretos de Mogador’.

El eros de la biblioteca de Alberto Ruy Sánchez

El escritor mexicano cuenta qué es para él un libro y la biblioteca que posee con alrededor de 50.000 ejemplares. La FIL le rindió homenaje al creador de la revista 'Artes de México'

El siguiente es el discurso que Alberto Ruy Sánchez pronunció al recibir en la 31ª Feria Internacional del Libro de Guadalajara el Homenaje al bibliófilo, el pasado 28 de noviembre:

¿Cuántas formas de decir gracias existen? Una de ellas, sin duda, tal vez la más sencilla es una sonrisa, el gesto de alegrarse por lo que se recibe. Mi agradecimiento, hoy, aquí, es el horizonte de mi sonrisa.

Pero hasta la más simple muestra de alegría está llena de implícitos, de cosas que se dicen sin acabar de decirse. Con cada persona que está hoy en esta mesa me une una sonrisa que es eco de muchas otras. Con la mayoría de ustedes comparto historias que podrían llenar horas enteras. No por azar, todas esas historias tienen que ver con los libros. Con el oficio de armarlos y el beneficio de amarlos.

Alberto Ruy Sánchez. /Fotografía de Nina Subin

Hace más de treinta años uno de ustedes abrió en el centro de Guadalajara una librería llamada Don Quijote y me invitó a presentarla. La empresa, naturalmente quijotesca, no prosperó. Pero al decidir enfrentarse a molinos más grandes se convirtió en esta Feria. Donde muchos hemos crecido queriendo ser un poco de lo mejor que leemos. No puedo dejar de sentirme hoy como puente carnal entre aquel diminuto y muy afectivo delirio libresco y el inmenso que aquí felizmente compartimos. Gracias por haberme hecho cómplice del amor por los libros entonces y ahora.

Con Artes de México hemos estado todos los años en esta Feria. En la primera exhibimos tan sólo el proyecto pero vendimos las primeras suscripciones. Compartimos promesas de libros. Los lectores de Guadalajara han sido testigos constantes del crecimiento de un proyecto cultural tan cuesta arriba que a muchos parecía imposible. Gracias, entonces y ahora, no sólo a la Feria sino a tantas instituciones, empresas y personas de Jalisco, incluyendo a las bibliotecas de la Universidad de Guadalajara que por tres décadas han sido nuestros cómplices en esta aventura de un obstinado amor a México y a su diversidad a través del amor por los libros que lo exploran y lo comparten.

Han sido cómplices de nuestro afán por descifrar a México a través de lo mejor que tiene, su creatividad, capaz de transformar su naturaleza en cultura, sus rituales en artesanía, su memorial de agravios en objetos intensamente expresivos.

Entre nuestros lemas de batalla editorial hay uno que resume la naturaleza de nuestros libros: queremos sumar al placer de contemplar el placer de comprender.

Hace treinta años, como autor fui feliz leyendo y contando historias de los libros que amo a los niños de aquí con el mismo placer que lo hacía con mis hijos. Ahora, convertidos en jóvenes lectores de mis libros aquellos niños de Guadalajara vienen a la Feria con sus hijos para llevarse los libros infantiles que editamos. La anécdota circular es significativa y nada menor porque haber puesto al libro en la vida de varias generaciones ha transformado sin duda a esta ciudad. Ha mejorado en todo caso sus útiles para leer la vida.

Eso, a todos los niveles, en todos los sectores sociales, en cualquier persona produce una diferencia. El problema de un gobernante que no lea, por ejemplo, no es que no tenga cultura acumulada sino que le será más difícil leer su realidad y tomar mejores decisiones. Los libros conducen a la realidad por caminos que la enriquecen, no nos alejan de ella.

Pero hay que lograr algo más que saber leer: hay que saber dejarse leer por los libros. Es un nivel más evolucionado de alfabetización. Escuchar con atención sostenida lo que los libros nos dicen de nuestros límites, miedos, aspiraciones, fragilidades y posibilidades.

El libro es una voz que entra en la intimidad, nos toca a fondo y, si dejamos que su química se active en contacto con la nuestra, nos transforma, nos ayuda a vivir.

No todos los experimentos de lectura mutua son felices ni las transformaciones deseables. Los lectores de un solo libro, normalmente sagrado, terminan por volver veneno lo que leen y se enfrentan a la realidad con ojos tóxicos. Pero lo peor es que la voz viva del libro se vuelva materia muerta al entrar en contacto con el cuerpo del lector que no pudo serlo. Porque entonces esa persona estará dejando de activar una parte de sus posibilidades. Tendrá una dimensión humana en vías de atrofiarse.

En el extremo opuesto, quien lee íntimamente y abriéndose a todo lo posible parece que sólo usa los ojos pero toca y huele y piensa con ellos. Inmóvil viaja y baila, en paz pelea, hasta en silencio lucha y no se deja, se vuelve más real entre más imagina y más despierta entre más sueña. Ejerce, instintivamente, las más extremas posibilidades humanas porque imagina y reflexiona, piensa. Al dar vuelta a la página se descubre en otra parte simultáneamente. Y ama en los libros, a veces sin saberlo, esa multiplicación de su cuerpo. Es una experiencia erótica en el sentido más amplio del término, de contacto intenso con el mundo. El amor por los libros, para mí, es corporal, es amistoso y amoroso. Es eros, afirmación vital multiplicada.

El amor por los libros es muchas veces un amor correspondido en exceso. No es raro que los libros den mucho más de lo que reciben. Pero sin el amor de un lector, de uno por lo menos, los libros prácticamente no existen. Son bloques de papel entregados a la humedad, a la acidez, a la luz voraz, a los bichos y todo lo que acelera su edad: los aliados del lado obscuro del tiempo.

En materia de libros no hay equilibrio, lo suyo es la demasía: o son demasiados o tan ausentes que es demasiado lo que se les necesita, a veces sin darse cuenta. Amar a los libros es asumir esa desproporción creciente. Y asumir una actitud vital con ellos que se vuelva aliada del lado luminoso del tiempo, de su multiplicación, de su laberinto de asombros y sus promesas.

Aunque nunca he sabido cuantos son mis libros (Sergio López Ruelas, en una de sus generosas visitas a mi biblioteca, calcula 50 mil) sean los que sean, seguro son demasiados. Pero no están ahí atesorados, como algo adquirido: ni se han ganado todavía su quietud ni yo he acabado de merecerlos. Están vivos, están en mí hasta cuando no están conmigo, no porque los posea o los haya asimilado sino porque en cada uno de ellos, y en cada conjunto de temas y autores se abre para mí lo posible. Los libros que escribiré, las ediciones asombrosas que incitaré o coordinaré, las sugerencias para otros, los descubrimientos, los goces de todo tipo.

Cuando alguien me pregunta si he leído todos los libros de mi biblioteca lo primero que me viene es una especie de felicidad. Ninguna culpa. Trato de entender por qué y me doy cuenta de que, incluso en los libros que he leído hay mil cosas cosas que ya no recuerdo y sé que al releerlos descubriré sin duda muchas nuevas. Mi respuesta más sincera y verdadera sería: no he leído ninguno. Todos mis libros están a punto de leerse, siempre como la primera vez. El mismo gran reto de toda relación amorosa, renacer en ella. En el amor como en la biblioteca viva, cada día es el primero. La mala memoria nuestra aliada.

Mi biblioteca es no sólo lo que veo en ella, o lo que ella lee en mí, es también y sobre todo lo que miramos juntos. Sus libros me ayudan a ver, a oler, a pensar el mundo. Ella no deja de entretejer conmigo complicidades y desciframientos que no estaban ni en ella ni en mí.

En ese horizonte de acompañada lucidez hacia las sombras que nos rodean se encuentran todos los libros que sueño con escribir y que, como van cambiando cada día, seguro son ya tantos como los que hay en mi biblioteca. Mis proyectos, sus transformaciones, nunca se detienen. Y si desde hace poco me he preocupado por contar las veces que el manuscrito de un libro que he publicado se ha transformado (del último hubo 19 versiones, del anterior 15), de las versiones de mis anhelos pierdo naturalmente la cuenta. Pero todas ocupan un lugar en mi biblioteca.

De algunos libros deseados pero todavía inexistentes sé exactamente en qué libreros normalmente deben situarse. Y como suelo desplazar los libros y sacarlos de su orden alfabético para concentrarlos según mis proyectos inminentes, estoy rodeado de columnas sobre el suelo, de estantes o mesas en las que laten acompañados los libros que serán. Algunos libros están cerca de mí porque me sirvieron o leí en ellos algo que ya está en algún texto que acabo de publicar pero me cuesta trabajo regresarlos a su sitio alfabético porque sería como cortar abruptamente una conversación deliciosa. Se abren de pronto y me hablan de otra cosa, conducen mi interés por otros rumbos y prolongan su terquedad por quedarse a la mano.

El desorden de mis libros es un caos aparentemente incomprensible. Toma lógica en las noches, cuando los anhelos se activan y, parada sobre mi mesa se pone a bailar en mi escritorio la ilusión de hacer mucho más de lo que físicamente soy capaz.

El día del temblor, muchos libros salieron lanzados de los libreros mientras mi casa pujaba. Entre los amigos del extranjero que preguntaron cómo estábamos, uno solo, Eliot Weinberger se preocupó por los libros. “Lo bueno, me dijo, es que si todos tus libros salieron de los estantes y están por el suelo nadie se dará cuenta porque habrán quedado justo como siempre los tienes”. Le respondí que unos trescientos habían volado al suelo pero, en efecto, el desorden es el  mismo porque era como si todos ésos hubieran sido leídos en menos de un minuto por alguien tan desordenado como yo. “Me gusta la idea del terremoto como lector veloz”, me respondió. Eso somos algunos lectores, trepidatorios pero lentos.

Un mapa del desorden habitual de mi biblioteca mostraría las fallas geológicas y lógicas de mi personalidad, mis quiebres, las altas y bajas en el sismógrafo de mis lecturas y anhelos. Y, claro, las lagunas antiguas que mis libros mal llenan. Todo es fragilidad en una biblioteca viva, sacudimiento inminente de todas las ideas.

Durante mucho tiempo yo sabía dónde estaba cada libro. Tenía en el mismo estante a los autores afines: Elias Canetti con Weinberger, Alfonso Alfaro, Alberto Manguel, Lawrence Wenschler y Roberto Calasso, por ejemplo. Pero desde que los hijos comenzaron a usarla introduje un orden alfabético señalado por capitulares de cerámica artesanal de Ocumicho en las que cada letra rodeada de demonios se inspira de las capitulares que hizo el artista Joel Rendón para mi libro Los demonios de la lengua. Mis demonios tutelares y a la vez traviesos.

Ellos me cuidan y me descuidan. Cuando no encuentro un libro o una cita sé que ellos me la ocultan pero que terminarán entregándomela entre risas que a mí no siempre me parecen simpáticas, sobre todo cuando tengo urgencia. Sé que acabaré sonriendo con ellos, tomando distancia hasta de la solemnidad de esa urgencia. Mi biblioteca desata mis humores pero también los tempera.

Me doy cuenta de que tengo muchos libros sobre árboles y que entre las obras de arte que cubren los pocos muros sin libreros hay tres bosques. No es por azar, mi biblioteca tal vez sea más un bosque que un jardín. Un bosque en el que cada noche hablo con los espíritus que lo habitan. Entre los demonios de la lengua de mi biblioteca habitan mis fantasmas: no sólo los autores muertos con los que dialogo con frecuencia. También está la fauna y toda la naturaleza. Y fuera de los libros, una colección de insectos tropicales que he ido haciendo poco a poco despliega sus alas disecadas entre las letras. Como los que vuelan en La mano del fuego. Y otra colección de diminutas jaulas chinas y japonesas para grillos, como las de una sección de mis Jardines secretos de Mogador.

Mi biblioteca es un jardín donde me paseo y gozo. Pocos libros se quedan sin germinar y convertirse en más libros afines. Crecen en otras páginas sus ramas, sus flores, sus raíces. En mi biblioteca he sembrado muy poco a poco ideas, pasiones, inquietudes obsesivas que muchas veces crecen en los estantes a lo largo de los años. Algunas se han vuelto enredaderas trepadoras que cubren todo un muro. Otras se han quedado floreciendo en su esquina. Las hierbas malas tarde o temprano desaparecen. Todo en la biblioteca tiene una razón de ser, aunque haya sido para colmar un apetito caprichoso de lectura. “Tu biblioteca, dice Magui, podría recibir un Premio de Jardinería Salvaje”. ¿No es eso también este premio? Como todo jardín, el mío de libros tiene aspiraciones de paraíso. Como todo paraíso, no es algo dado para siempre: todos los días tengo que volver a ganármelo. De nuevo, como el amor.

Lo que uno nunca acaba de merecerse son los premios, pero se agradecen como los regalos más grandes que uno recibe, que alegran y, como decía Roland Barthes, la alegría no tiene que ver con el mérito, no lo necesita. Es un don que se agradece.

Cuando en mi libro Nueve veces el asombro (capítulo siete) inventé la biblioteca de Mogador debí haber imaginado que podría ser premiada en la Feria de Guadalajara, por bibliotecarios generosos y con más imaginación que la mía.

Aunque el placer de contar historias y el amor por los libros están tanto detrás de escribirlos como de editarlos, que son mis dos ocupaciones vitales, este generoso reconocimiento, tan significativo para mí, no lo es explícitamente por ellas. Magui, mi esposa, con quien comparto mis dos oficios como ya saben, y que, cómo ya lo he explicado antes, siempre tiene razón hasta cuando se equivoca un poco, me lo dijo claramente: “Tienes un solo vicio mayor y ahora te lo premian, es el colmo”.

Ella vio claramente que éste reconocimiento se sitúa entre lo que ella llama mis premios extravagantes. Le pregunto, ¿Cuáles? Ella me dice: “Todos los tuyos, como tu favorito: ser Capitán Honorario del barco de vapor más antiguo que navega los afluentes del Mississippi, ser condecorado Coronel de Kentucky o que el 24 de octubre sea declarado tu día en la ciudad de Louisville”. ¿Qué puede hacer uno para merecer eso?, amar exageradamente a los libros, por lo visto.

“Ya bastante extravagante es, insiste Magui, que te hayan dado el Premio del Festival de Singapur o el del Festival de Poesía de Lugano. No digamos el Premio de los Lectores de San Petersburgo. O sencillamente el premio de mirar a las jóvenes lectoras de Vietnam o de Sarajevo o el Cairo emocionadas con sus lecturas mogadorianas. Pero que te den un Premio por tu adicción a los libros, debe darte más gusto todavía. Si los premios por tu obra o tu persona halagan tu narcisismo, éste debe gustarte más, es un golpe bajo, derecho al vientre o al corazón”. Es cierto.

¿Cuántas formas de decir gracias existen? Una de ellas es regalar un libro que tenga implícita una parte de mi biblioteca, un libro y un ejemplar de Artes de México, dedicados en esta ocasión a cada quien en la mesa.

Alberto Ruy Sánchez en el set de WMagazín en la FIL 2017. /Fotografia de WMagazín

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