El español Alejandro Morellón gana el IV Premio Hispanoamericano de Cuento García Márquez

El galardón es por el libro 'El estado natural de las cosas', siete relatos del género fantástico en la cotidianidad. Un retrato del presente que replantea la llamada normalidad

Las historias cotidianas vistas de manera fantástica al replantear la llamada normalidad y poner en tela de juicio leyes de la física protagonizan el mundo literario hispanohablante. Uno de sus artífices, Alejandro Morellón Mariano (Madrid, 1985) es el ganador del IV Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez por su libro El estado natural de las cosas (Caballo de Troya). El ganador surge de 91 títulos postulados, luego fueron trece preseleccionados y finalmente cinco finalistas. Morellón recibirá cien mil dólares y su obra circulará en 1.445 bibliotecas de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas de Colombia.

El estado natural de las cosas es una colección de siete relatos que se adscriben en el género fantástico. En sus historias el jurado destacó “una atmósfera de un peligro que no acaba de revelarse, que acecha y no se resuelve”. Según el acta, “su tono es convincente, ocurrente y eficazmente irónico. La metáfora que reside en sus argumentos fantásticos refleja con gran exactitud nuestras preocupaciones cotidianas; los conflictos de pareja se concretizan en la división física  de la arquitectura de una casa; la tragedia de la pobreza cotidiana en nuestras sociedades está contada en la tragicomedia de un hombre que decide vender su mano izquierda; las catástrofes naturales tan presentes en nuestra época se enfrentan no como tragedias, ni dando lugar a la resignación, sino creando rituales que divinizan, por ejemplo, a un huracán, con ofrendas humanas”.

En el discurso de agradecimiento, el escritor recordó al Nobel colombiano Gabriel García Márquez como un “reflejo” en el que encontró una referencia literaria y añadió: “La palabra que más debería usar un escritor es ‘gracias’; tenemos que estar agradecidos por muchas cosas, la primera es porque se nos permite escribir y se nos lee”. Minutos después en la rueda de prensa, Morellón explicó que sus cuentos además de estar atravesados por la fantasía también abordan la violencia cotidiana: “Estamos, a nuestro pesar, rodeados de violencia y, quieras o no, el escritor no puede desligarse de esa sensación”. Antes de acabar dejó claro que le hace “especial ilusión que los colombianos tengan acceso” a su libro.

Estas historias son solo algunos de los planteamientos radicales y perversos de esta antología de relatos, “tan atenta a la fabulación más exigente como a la creación de unas resonancias sentimentales capaces de interpelarnos”, según la crítica. Los cuentos de El estado natural de las cosas no solo se adscriben al género fantástico sino que lo modulan y deforman para volverlo a su vez denuncia y retrato del presente.

Alejandro Morellón es un madrileño criado y educado en Palma de Mallorca. En 2010 fue becado por la Fundación Antonio Gala. Ha publicado el volumen de relatos La noche en que caemos (Premio Fundación Monteleón 2012) y El estado natural de las cosas, (Caballo de Troya, 2016). Algunos de sus textos han sido publicados en revistas como Quimera, Prosa inmortal, Eñe o Energehia. En 2015 quedó finalista del Premio Nadal por su novela Y he aquí un caballo blanco. Actualmente reside en Madrid.

El anuncio del IV Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez se hizo en el emblemático Teatro Colón de Bogotá, pasadas las once de la mañana de Colombia de este 1 de noviembre de 2017. En la ceremonia estuvieron los cinco finalistas junto a la ministra de Cultura, Mariana Garcés Córdoba, y la directora de la Biblioteca Nacional, Consuelo Gaitán. El jurado de esta edición estuvo integrado por Alberto Manguel (director de la Biblioteca Nacional de Argentina),  Vicente Molina Foix (España), Anne McLean (Canadá), Roberto Burgos Cantor (Colombia) y Vlady Kociancich (Argentina). La condición para aspirar a este galardón el libro debe estar publicado originalmente en español, por un solo autor y editado el año anterior a la apertura de la convocatoria.

Morellón fue elegido de una selección final de cinco autores: Liliana Colanzi (Bolivia) con Nuestro mundo muerto (El cuervo), Federico Falco (Argentina) con Un cementerio perfecto (Eterna Cadencia), Alejandro Morellón Mariano (España) con El estado natural de las cosas (Caballo de Troya), Soledad Puértolas (España) con Chicos y chicas (Anagrama) y Daniel Salinas Basave (México) con Días de whisky malo (Universidad Autónoma de Nuevo León).

El año pasado el premio lo obtuvo el colombiano Luis Noriega por Razones para desconfiar de sus vecinos (Penguin Random House); en 2015 la boliviana Magela Baudoin con La composición de la sal (Plural Editores); y en la primera edición, en 2014, el argentino Guillermo Martínez, con Una felicidad repulsiva (Destino). Este premio es una convocatoria del Ministerio de Cultura de Colombia y la Biblioteca Nacional de Colombia. Surge de la iniciativa del Plan Nacional de Lectura y Escritura “Leer es mi cuento”, que promueve el Gobierno Nacional de Colombia. Nació con la intención de aumentar los índices de lectura en el país, así como de respaldar y promover la calidad literaria de este género y ampliar el espectro de concursos literarios dentro y fuera de Colombia.

A continuación un relato de El estado natural de las cosas, cortesía de la Biblioteca Nacional de Colombia:

‘Elogio del huracán’, por Alejandro Morellón

Siempre he disfrutado de la violencia de lo cotidiano: por ejemplo, la de un vaso que se rompe en la oscuridad. A veces me pregunto si este recuerdo es realmente mío. Revivo la escena con una alegría difícil de contener: el objeto que cae y se desintegra y se hace estrépito sordo y luego tumulto de voces en mitad de la noche. Mi madre le da al interruptor para que se iluminen los vidrios desperdigados. Su mano abierta en el aire, por encima de mí. El sonido de la bofetada que no se parece en nada al sonido del cristal contra el suelo y la sensación de comprender que todo forma parte de la ceremonia. La violencia que empieza en un vaso y termina con el dolor que una madre le impone a su hijo.

Ya han pasado muchos años desde entonces y ya no hay vaso ni madre ni cristales desperdigados ni ese niño que era yo asumiendo el dolor de la bofetada. Ahora vivo en Ehio con el resto de mi congregación. Aquí, en este pueblo, hay violencia así como también hay armonía gracias a que pasa de vez en cuando Amalia, y todos queremos mucho a Amalia.

Sabemos cuándo vuelve por la densidad del aire, por el relinchar de los caballos, o por cómo nuestros hijos gritan sin ninguna explicación. A veces los niños son los primeros en saberlo y lloran, y nosotros creemos que es porque les duelen los dientes o porque tienen sueño, hasta que las contraventanas chocan contra la pared y la veleta del tejado empieza a chirriar; entonces caemos en la cuenta de que está aquí, otra vez.

Cuando llega Amalia la tierra roja del camino se desplaza, gira en remolinos y se esparce por el aire.

Cuando llega Amalia dos o tres de los nuestros entonan una canción.

Cuando llega Amalia nos santiguamos, le damos las gracias al viento y nos apresuramos a dejar nuestras ofrendas antes de que alcance la zona de las casas.

En estos quince meses desde que pasó por última vez apenas hemos tenido tiempo de restituir el ganado, de reforzar los cimientos, de reconstruir el muro, de cavar otros huecos para la gente que ha venido nueva este año. Cristian y los más jóvenes han construido un doble techo para todas las casas y el resto nos hemos ocupado de la comida y del agua. Los niños han dibujado unas líneas de colores en el camino para que ella se oriente. Todo el pueblo ha hecho ya su elección para la ofrenda: telas bordadas y pelo trenzado y metales preciosos y figuritas de madera y algunos dientes tallados. Este año, los de la tercera casa van a ofrecer a su tercer hijo, el más pequeño, que está enfermo. Se lo entregan a ella para que lo envuelva y se lo lleve a otro sitio donde no exista el dolor. También dicen, les he oído cuchichearlo en voz baja después de las reuniones, que creen que ella, Amalia, es el brazo invisible de Dios.

Lo dejamos todo en el camino y nos esforzamos de verdad para que quede bien presentado y dispuesto, para que ella lo vea y se lo quiera llevar consigo, aunque casi siempre se lo lleva todo. Otros años, cuando se ha dejado alguna cosa, el dueño de la ofrenda tiene que irse para que no caiga en desgracia toda la comunidad. Este año, a nuestra hija Sally se le ha ocurrido que nuestra ofrenda sea Gianfredo, el ternero, al que hemos pintado de rojo y atado a un poste adornado con flores. Está algo nervioso y no deja de berrear.

Aún tenemos tiempo para ver cómo desaparecen, a lo lejos, los primeros árboles. Nos quedamos todos juntos y nos damos la mano para observarla —una sombra blanca y espectral que repta sin dirección, aunque todos sabemos que se dirige a nosotros, siempre lo hace—. Observamos, también, los corrimientos de tierra, los primeros carruajes arrastrándose hacia la vorágine, los objetos menos pesados elevándose en el aire en círculos concéntricos.

“Oh, mensajero del cielo, Amalia, señora de todos los vientos: acepta nuestras ofrendas”.

Después de la oración, soltamos nuestras manos y encerramos a los animales que nos da tiempo a atrapar. Luego corremos a refugiarnos bajo el muro de hormigón y piedras, nuestro fortín, y nos colocamos de manera que cada uno pueda tener un agujero delante para mirarlo todo. Permanecemos juntos y esperamos en silencio. No hablamos entre nosotros porque nos gusta oír cómo se acerca, las cristaleras que estallan, miles de objetos rompiéndose, la primera casa que se desploma; oímos gritar —un grito débil, casi sin fuerzas— al hijo enfermo de los de la tercera casa. Al mirarles, vemos que están llorando y que sonríen al mismo tiempo. Puede que sea cosa mía, pero también me parece oír a nuestro Gianfredo, aunque, de todas maneras, llega un momento en el que solo se la escucha a ella. Todos nos acercamos más a nuestro respectivo agujero para mirar. Nadie quiere perdérselo.

Dentro de Amalia están todas las cosas que hemos dejado sobre el camino: tres vacas, un ternero, cinco caballos, una baraja de cartas, una bañera llena de leche, un niño enfermo, una escultura hecha de fruta, un instrumento de cuerda, una colección de libros, comida y agua en abundancia; están, además, todas esas cosas que no hemos dejado pero que Amalia se ha molestado en llevar consigo de todas maneras: cascotes de piedra, árboles, carruajes, casas enteras, peces del río, algunas ovejas perdidas, cerdos salvajes que ha encontrado a saber dónde, cinco personas ya muertas, los cuerpos transportados como por una nube de moscas.

Dicen —a mí nunca me ha tocado verlo— que estar justo debajo, en ese mismo punto en el que se origina el impulso, es como ver un túnel que conecta directamente con el cielo, y que en ese momento no hay ruido, no hay brutalidad, solo hay una música como de cosas que flotan, y todo se ralentiza. A los que les pasa esto les cambia la vida y se les da un mejor trato entre los vecinos. A mí, algún día, me gustaría verlo también, escuchar el vacío y entender esa plenitud de la que hablan. A lo mejor, lo que se oye dentro no es el silencio sino un cristal que se rompe en la oscuridad y el ruido de una bofetada bien dada. Todavía no lo sé. Quizá el año que viene, cuando vuelva Amalia.

Un comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *