Detalle de ‘Eco y Narciso’, de John William Waterhouse, en la portada de ‘El sacrificio de Narciso’, de Florencia Abati.

‘El sacrificio de Narciso’, de Florencia Abadi, como reflejo de esta sociedad digital y de amores y sexo en la red

RESCATES DE LA CUARENTENA Pocas figuras como este mito griego representan de manera tan acertada al ser humano contemporáneo. WMagazín arroja luz sobre obras eclipsadas por la Covid-19

Narciso es el mito que mejor personifica este tiempo de hedonismo, audiovisual, digital, de redes sociales, del Yo, de la imagen y de búsquedas de amores y sexo en la red. Aquel joven cuya belleza admiraban hombres y mujeres, pero incapaz de amar a los demás al punto que su desdén condujo a la ninfa Eco a una cueva por toda la eternidad, mientras él era incapaz de desprenderse de su propia imagen reflejada en el estanque hasta que quiso abrazarla y terminó ahogado en las aguas de su propio deseo.

Estas son algunas resonancias del ensayo de Florencia Abadi El sacrifico de Narciso (Punto de Vista Editores). La autora argentina, doctora en filosofía, analiza este mito desde diferentes frentes. «De allí que este libro pueda constituirse como un erudito y admirablemente sutil estudio del mitologema narcisístico y, al mismo tiempo, sea la piedra basal de una auténtica mitología de Narciso para los tiempos contemporáneos», señala en el epílogo Fabián Ludueña Romandini.

Al contrario de la idea de este mito en el imaginario universal, «Narciso no se ama a sí mismo. Se enamora de su imagen, y se suicida en el intento de abrazarla. Le entrega así nada menos que su vida. Narciso es, en el fondo, una figura sacrificial: sacrifica su vida a su imagen», recuerda Punto de Vista Editores.

Una figura desestructurada con capítulos como Deseo y odio, La desconfianza, Envidia y venganza, Misterio femenino y misoginia o El miedo a la locura: Narciso versus Eros. Una de las ideas más interesantes que desarrolla Florencia Abadi, y que da pie a más reflexiones en el lector, está recogida en el siguiente pasaje:

«Narciso opera como contrafigura de Eros: rechaza a todos aquellos que lo pretenden. La belleza de Narciso está destinada a la contemplación; Eros, en cambio, no se deja ver jamás por su mujer (la visita solo por las noches y tiene sexo con ella en la oscuridad). La perfección ideal de Narciso se opone a la carencia propia del deseo. El engreimiento, presunta causa de sus rechazos, oculta su falta de pulsión sexual: no puede poner en juego su deseo, y teme por lo tanto quedar atrapado (poseído) en el deseo del otro. Se trata, una vez más, del temor a perderse, del temor a la locura».

Florencia Abadi es investigadora del CONICET y docente de Estética (Departamentos de Filosofía y de Artes, UBA). Ha publicado Conocimiento y redención en la filosofía de Walter Benjamin y los libros de poesía Malaluz (Persé, 2001), Otro jardín (Bajo la luna, 2009) y Corinne (Alción, 2014).

Te invitamos a leer un pasaje de El sacrificio de Narciso (Si quieres apoyar a tu librería de España puedes comprar esta y cualquier otra obra en Todostuslibros.com ):

 

Fragmento

‘El sacrificio de Narciso’, una de las apuestas literarias de WMagazín sobre libros eclipsados por la Covid-19.

«El hambre es más que una metáfora del deseo carnal. El deseo de poseer y el de destruir muestran su copertenencia en el acto de comer, que destruye el objeto en su misma incorporación (lo devora, lo consume).

Los enemigos de Eros se niegan a ser poseídos. Siendo una niña, Artemisa le ruega a su padre, Zeus, que le permita conservar siempre la virginidad. El dios le concede el deseo, y le brinda también un séquito de vírgenes para su culto. En un universo mítico en que el rapto y el estupro gobiernan las relaciones sexuales, la figura de la virgen (cazadora y guerrera) representa, por un lado, a la mujer que no acepta ser objeto; por otro, alude a la perfección, la autosuficiencia, la completud, que no puede sino rechazar la castradora locura erótica (el estar poseído). Paradójicamente, para no ser objeto, la virgen no debe llegar a ser sujeto (del deseo).

La disputa entre Artemisa y Aura, una de las mejores cazadoras entre sus siervas, condensa este conflicto. Aura observa a Artemisa mientras se baña y le hace un comentario burlón: le dice que tiene los pechos muy grandes y blandos, «puede que seas más idónea para utilizar las flechas de Eros. Nadie pensaría, al verte, en la inviolable virginidad» (Nono). La ofensa que supone para la virgen esta asimilación con lo erótico es de extrema gravedad, al punto que decide para su súbdita insolente un castigo también extremo: la manda a violar. Será Dionisio quien lleve a cabo el estupro, mientras Aura duerme. Al despertar, ella advierte la situación y corre por los bosques desesperada, gritando y lanzando flechas a pastores y vendimiadores que riegan de sangre su paso; llega al templo de Afrodita y destruye su estatua, quiere sacarse el semen de adentro, intenta infructuosamente hacerse devorar por una leona; propiamente enloquece. En la lógica de la virgen, Eros es mancha, imperfección, pérdida de la dignidad, humillación, demencia.

También Narciso opera como contrafigura de Eros: rechaza a todos aquellos que lo pretenden. La belleza de Narciso está destinada a la contemplación; Eros, en cambio, no se deja ver jamás por su mujer (la visita solo por las noches y tiene sexo con ella en la oscuridad). La perfección ideal de Narciso se opone a la carencia propia del deseo. El engreimiento, presunta causa de sus rechazos, oculta su falta de pulsión sexual: no puede poner en juego su deseo, y teme por lo tanto quedar atrapado (poseído) en el deseo del otro. Se trata, una vez más, del temor a perderse, del temor a la locura.

El deseo nos expone a las peores pesadillas; la palabra incompletud no alcanza para dar cuenta del sufrimiento de Aura. Se trata de la pérdida de la identidad, de la humillación, de la risa respecto del propio sufrimiento, de sufrir sin recibir compasión. Ya vengada, Artemisa se le aparece a Aura y se burla de su embarazo, que no le permite cazar como antes. La pesadilla es el ridículo, el ridere ajeno frente a nuestro dolor (que deberá entonces permanecer íntimo). Ese ridículo tiene su representación más clara en la caída (we fall in love, on tombe amoreux). «Hacer de la caída un paso de danza», apuesta Pessoa, en un rapto de optimismo»

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