Elena Poniatowska: “Las mujeres no eran consideradas ciudadanas, ni siquiera almohadas… Son colchones”

Pocas escritoras y periodistas han contado la vida de las mujeres anónimas a través de sus propias voces como la autora mexicana y premio Cervantes 2013. Con ella y su libro 'Las indómitas', WMagazín abre el homenaje a una semana feminista

Mucho antes de que el archipiélago de voces se convirtiera en coro y luego en un corro que reivindica los derechos de las mujeres, Elena Poniatowska ya alzaba su voz a través de las voces de las mujeres para hacerlas visibles y denunciar las desigualdades e injusticias. Eran los años cincuenta. Fue una pionera.

“Desde mis comienzos como periodista, por allá por 1953, tú no habías nacido, siempre recuerdo que a las mujeres las barrían con la escoba fuera de todo; las barrían para volverlas a meter en su casa. Incluso recuerdo que de las soldaderas que habían estado en la Revolución Mexicana se decía que no valían para nada, que eran galletas de capitán o colchón de tripas de capitán. Conocí en los años sesenta a Josefina Bórquez, la Jesusa Palancares de Hasta no verte Jesús mío. Me parecía un ser humano bueno, formidable, único. No había oído nunca hablar a una mujer así. Por eso empecé a visitarla todos los miércoles. A través de ella me enteré mucho de la situación de las mujeres y de cómo las ven tan injustamente la sociedad, los hombres y las propias mujeres”.

“No eran consideradas ni siquiera como ciudadanas ¿Pero sirven para dormir, no? Ni siquiera almohadas… Son colchones. Y me dije: ¡¿Cómo es posible, cómo es posible?! Es extraño. Había un gran rechazo en un país donde se hace un gran culto a la madre. El Día de la Madre es una locura, se vacían las tiendas, pero todos regalos para el hogar. Estamos muy lejos de… Siempre se piensa que la mujer consiguió algo y yo creo que es cosa de América Latina. ¿A través de la cama, no? La cama es sinónimo de mujer…”.

“Es verdad que en todo el mundo pasan cosas parecidas, el maltrato está en todas partes. La injusticia está a la orden del día. Siempre se subestima a las mujeres. Es una cosa horrible”.

“Acuérdate de las cuatrocientas mujeres de Chihuahua, es increíble. La desaparición, el maltrato o la no existencia o la existencia a través del amante poderoso que las impuso… Antes los políticos les daban a sus mujeres un diamante, una joya, y ahora todos les dan un puesto gubernamental”.

Videochat con Elena Poniatowska en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2017.

Elena Poniatowska, que nació el 19 de mayo de 1932 en París, es una princesa de Polonia que prefirió andar por la orilla de la vida a través del periodismo y la literatura. Su último libro, Las indómitas (Seix Barral) es una muestra más de su lucha permanente por darle a la mujer el lugar que le corresponde. Por abrir los ojos a la sociedad. Las indómitas es un resumen de muchas o de las principales preocupaciones suyas como ciudadana, como periodista y como escritora, al narrar la vida de ocho mujeres unas conocidas, otras no tanto, y dar un noveno capítulo a las criadas, a las sirvientas, a aquellas mujeres que crían a los niños de los patrones y mantieen sus casas. Mujeres siempre en el punto de desamparo de la vida con ellas y de la sociedad con ellas.

“México es un país contradictorio. Adoran a la madre, quieren a la mujer pero la maltratan y veneran a la virgen. La Virgen de Guadalupe es la gran revolucionaria de México. Por ejemplo, el culto a Frida Khalo no es tan importante como la Virgen de Guadalupe. En el caso de Frida primero fue reconocida fuera, y entonces ya la quisieron aquí”.

“Esa falta de darle visibilidad a las mujeres es un atavismo de siglos… La mujer es santa, madre, mártir, prostituta, pero casi no es un ser pensante… En este libro están Nellie Campobello, Josefina Vicens, Rosario Castellanos, Rosario Ibarra de Piedra, Alaíde Foppa, Marta Lamas y todas aquellas que sirven en las casas… Pero faltan muchas mujeres…”.

“Uno de mis recuerdos más impactantes, hace muchos años, fue ver a un hombre golpear a su mujer en la Avenida Insurgentes, la avenida más larga de México. Rápidamente fui a decirle que no la tocara, que no la golpeara… Entonces ella se volteó hacia mí y me miró con odio y me dijo: “¡Usted que se mete. Él es mi marido. Qué le importa!”. Ella defendía al que la estaba atacando… La suerte de las mujeres en América Latina también, muchas veces, tiene que ver con eso”.

“La educación que han recibido no es la correcta. No es de igualdad entre hombres y mujeres y sí más de servicio al hombre… Por ejemplo, en una familia hay un presupuesto y todo el dinero se destina al hombre que va a ser universitario, y aunque ella sea más inteligente o más capaz, ella no va a tener oportunidad por el solo hecho de ser mujer. Los padres deben erradicar todo el maltrato y desigualdad hacia la mujer, y, en parte, es función de la madre asegurarse de educar bien a sus hijos y a sus hijas en la idea de igualdad para romper el atavismo de siglos de la mala educación dada hasta hoy”.

“Mi familia llegó a México cuando yo tenía unos diez años. Estudié en varios colegios y hasta fui jefa scout e intendente. Fui la encargada de preparar a los niños y niñas a la primera comunión, todo muy religioso. Era un grupo de Francia y éramos solo mujeres. En esa época no notaba que las mujeres fuéramos desplazadas. Eso lo sentí cuando me inicié en el periodismo; allí decían que a las mujeres les ponían al lado de su nombre MMC (mientras me caso), es decir, que ibas a estar ahí poco tiempo mientras te casabas. Eso en el periódico Excélsior. Ahí te ponían MMC, mientras me caso, así que mientras tanto no invertían un centavo en ti. Nada de reportajes ni separatas, tú eras mujer y te ibas a casar. Tenían poca fe en la mujer”.

“En el Excélsior empecé a hacer crónicas y reportajes y ver la realidad entre hombres y mujeres. Tampoco podías denigrar de México. Era la sensación de inseguridad sobre la identidad. ¡Que no vayan a descubrir la verdad! ¡Qué no nos vayan a quedar mal! Eso es muy latinoamericano”.

Contar es el verbo preferido de Elena Poniatowska. Contar lo que le cuentan los demás. Contar su vida, contar sus reflexiones. Contar sus experiencias. Contar cuentos a sus nietos y contar hechos y cruzar las voces como el gran fresco de testimonios de La noche Tlatelolco. Contar vidas ajenas para hacerlas visibles o más visibles aún como Tinísima, Leonora o este mismo Las indómitas. Voces reales y destinadas al olvido que Poniatowska convierte en literatura.

“Mi incursión al periodismo fue poco a poco… Mi hermana se casó con un mexicano a los 18, muy chiquita. Entonces mis padres dijeron: ‘¡Ay no!, Elena que se vaya a Francia, que se case con un francés y no sé qué’. Entonces dije: ‘¡Ah no!, y si voy a Francia a todos los bailes y esas cosas sociales yo quiero hacer algo allá’. Y, pensaba: ‘Qué tal si no me sacan a bailar. Voy a ser lo que llaman una flor de pared ¿sabes? No quería estar a la espera de que un galán me dijera: ‘¿Quieres bailar conmigo? No, no. Y me dije: Voy a ser como mi abuelo que conocía a mucha gente y voy a hacer entrevistas. Así fue como mis padres me dijeron que sí. Entonces recorrí todo París haciendo entrevistas con gente conocida. Tenía alrededor de 20 años. Luego regresé a México”.

“Hay un dicho en México que dice: Cuando esa víbora pica no hay remedio en la botica. Y eso es el periodismo ¿no? Te pica, pues seguramente tú lo has sentido, te quieres salir y siempre te jala la gente de afuera o tú mismo casi inconscientemente vas y haces lo que ya hiciste antes. Era algo que no tenía en mi familia, pero lo que sí tenía era el interés por los libros, la lectura”.

“Yo le tengo un poco de rencor al periodismo a veces, porque estoy atada a él como si fuera el potro del alcohol. A pesar de todas las cosas siempre me quiero salir, pero siempre me dicen: ‘Ay no, no lo hagas’… No porque sea yo importante, sino porque siempre hay alguien que me retiene. Por ejemplo, ahora estoy en el periódico La Jornada, que es de izquierda, y quiero apoyar. Escribo todos los domingos y es tremendo, es una esclavitud”.

“Quiero más tranquilidad, poder leer con calma, asomarme al jardín y ver si salió una rosa y no esta trepidación interior… Solo adrenalina. Y cada vez que te quieres ir dices no, pero dentro de un mes sí. Llega el mes y sale alguien a decir ‘Mira lo que pasó’ (risas) y así. En este país siempre asesinan a alguien, siempre hay cosas importantes que contar o denunciar y nunca te puedes ir… Fuentes por eso se fue, y Octavio Paz también estuvo de alguna manera en Inglaterra”.

“Lo malo de vivir en un país de América Latina es que sientes que es una realidad que te absorbe, que entra por tu ventana, te traga y es imposible, muy difícil aislarse de la calle, en España y Europa eso no sucede con tanta intensidad”.

Así es como Elena Poniatowska se convirtió en una de las periodistas y escritoras más comprometidas con la sociedad. Una mujer que da voz a otras mujeres para crear conciencia sobre la situación de las mujeres. La pregunta es: ¿Cómo es que una niña bien, una princesa europea cambió su rumbo y decidió apearse de la comodidad para andar por la vida real? Magdalena Castillo tuvo mucho que ver.

“Magdalena Castillo fue mi nana. Le enseñé a leer. Magdalena fue importantísima en mi vida. Y fíjate qué chistoso porque fue en mi vida importantísima, pero nada en la de mi hermana.

“Fue importante por su poesía y su manera de ver todo. Además, sentía que mi hermana y yo teníamos todas las oportunidades y Magdalena ninguna. Recuerdo que nosotras tomábamos clases de piano y esgrima y de todo lo de las niñas bien. Un día, cuando tenía unos 12 años no fui a la escuela porque me enfermé, y estando en mi cama pude oír a Magdalena tratando de tocar el piano en vez de barrer, y me dije: ¿Por qué yo puedo ir a tomar clase de piano y ella no? Y la escuché, hacía un gran esfuerzo con el piano. Estuvo fácil 25, 30 minutos tratando de sacar una melodía o algo…. Y yo escuchándola en la cama pensaba: ¿Por qué yo puedo hacer unas cosas y ella no? ¿Por qué ella nos acompaña y nos espera y a nosotros ni nos importa la clase ni vamos a seguir tocando y a ella que le gusta tantísimo cómo no lo va a poder hacer? Además, cuando yo iba por la calle con ella platicábamos y a la hora de llegar a la casa yo me iba a sentar a la mesa y ella se iba a la cocina. ¿por qué? me preguntaba”.

“Magdalena no tenía muchos más años que yo. Si yo tenía unos 12 ella debía de tener 14 o 15. Ella nos dio su vida y nosotros pues… Ella entregó todo y ¿qué recibió a cambio? nada, más le bailamos encima”.

“Yo la fui a enterrar hace como dos o tres años. Vivía en Tomaclán. Tenía un hermano, pero nunca se casó. Toda su vida fue dársela a dos niñas, cebarlas, como becerritas de pan, darles su desayuno, lavarles sus calzones, contarles historias en la noche. Esa fue su vida”.

Y la de Elena Poniatowska ha sido y es contar esas otras vidas de mujeres conocidas, anónimas o silenciadas, pero siempre a contracorriente. Vidas hechas de voces artísticas porque para ella la literatura lo es casi todo, por lo cual ha sido distinguida con galardones como el Premio Cervantes en 2013.

“La literatura es mi modo de estar sobre la tierra, ya no puedo hacer ninguna otra cosa. Casi soy una máquina de escribir. A mí me preguntan ¿a qué horas escribes? Yo digo, bueno, lo único que hago es escribir… Bueno, tengo 10 nietos… Tengo tres hijos… Pero ellos siempre me van a buscar a donde está la máquina de escribir, saben que ahí estoy… Aunque ahora ya es computadora, pero es una computadora viejísima. Vivo atornillada a una silla para crear palabras con las teclas”.

Videochat con Elena Poniatowska en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2017.

 

 

 

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