La escritora sueca Eva-Marie Liffner. / fotografía de Daniel Pedersen (Nordisk Samarbeid)

Eva-Marie Liffner explora la herida de la vida

La escritora sueca plantea una historia en la que juega con los roles de género con una persona de comienzos del siglo XIX y educada bajo los influjos de Rousseau

Esta vez la escritora sueca Eva–Marie Liffner (Gotemburgo, 1957), que elige como escenario de sus obras tiempos pasados, reconstruidos con gran acierto, crea en Lacrimosa (La rosa silvestre) la historia de una herida: la de la vida; de una búsqueda: la de la venganza y, satisfecha esta, la de un deseo: el de la muerte. Una historia atravesada desde el principio hasta el final por el amor, en todas sus posibilidades: ausencia, encuentro, pérdida, búsqueda.

La novela, traducida por Carmen Montes Cano, con el sello de la editorial Nórdica Libros, y terminada de imprimir el 28 de junio de 2017, día del aniversario de nacimiento de Jean-Jacques Rousseau, cuenta la vida de Ross o Rose, según el momento, una criatura sin origen conocido, nacida a principios del siglo XIX y que se define a ella misma como “una cría trocada de algún trol, ni humana ni animal”, en el más puro espíritu del Emilio, de Rousseau, a quien la autora rinde homenaje al traer a su narración a Carl Jonas Ludvig Almqwist, un personaje real, que en la novela funciona como el maestro e inductor de Ross o Rose.

Vida y obra

Eva Marie-Liffner nació en Gotemburgo en 1957. Ha sido ganadora del premio Swedish Academy of Crime Writers y Nominada al Premio de Literatura del Consejo Nórdico por Lacrimosa.

Escrita con las técnicas de la novela negra, el planteamiento de un misterio que deberá resolverse a lo largo de sus 287 páginas, Liffner teje la trama de manera que el lector pueda impregnarse del espíritu de la época. Entra así con Ross o Rose al Teatro Real en Estocolmo, conoce las profundidades de sus secretos y, como si se tratase de un voyeur, observa sus pasadizos secretos, sus personajes, sus vestuarios y sus historias, siempre con el trasfondo del asesinato de Gustavo III de Suecia cuyo crimen la autora reinterpreta.

De su mano, el lector va desde Finlandia al corazón de Estocolmo, en el que elige como lugar a Klara, el antiguo centro histórico de la ciudad, donde recrea su atmósfera, sus calles y casi hasta sus olores, antes de llevarlo a Londres y finalmente a Génova, luego de la segunda mitad del siglo XIX, geografía en la que Ross, ya nunca más Rose, que ha experimentado todas las fases de una vida atada a la venganza, añora ya la muerte.

A lo largo de la historia, Ross y sus transformaciones en Rose, o viceversa, hace pensar al lector en Orlando, el de Virginia Woolf, sólo que este, o esta, se mantienen dentro de una sola época recreada de manera detallada y minuciosa; y que Liffner, en una atmósfera que a mí me recuerda a Guy de Maupassant, le crea un compañero para sus últimos años, Nino, un niño que también puede ser un niño-lobo. ¡Rousseau de nuevo!

Nutrida, llena de referencias históricas y literarias, clásicas y de la península nórdica, desarrollada en veintidós capítulos, algunos de ellos titulados en latín, y otros con alusiones a la poesía, la música, la mitología y el arte, Lacrimosa (La rosa silvestre) es una novela reto para el lector. Una novela que habla de la venganza, pero también de la muerte. Lacrimosa es el canto final de un Réquiem y el camino al Reino de la Muerte que el padre le muestra a Orfeo en las cuatro últimas líneas de la novela. Allí quiere ir Ross o Rose.

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