El escritor rumano Mircea Cartarescu durante la FIL 2017. / Fotografía de WMagazín

Una feria con la energía de una banda de rock

La narradora, poeta y traductora relata su primera visita a la FIL de Guadalajara, la fiesta más importante del libro en español

Cuatro días apenas dan para intentar registrar unas pocas instantáneas de una Feria que se reproduce a sí misma de modo incesante, que se desdobla en muchos planos, y en donde en todo momento está sucediendo algo crucial. Tras haber pasado cinco días en Ciudad de México, en lo que fue el primer contacto con un país que lo desborda todo, Guadalajara parece un lugar más frágil, más abarcable, que todavía está creciendo, madurando, sumido en una juventud rebelde. Todo el mundo me había dicho que allí las cosas, incluso las más humildes, tienen el halo raro de los grandes acontecimientos. Que se trata, año tras año, y lleva treinta y uno, de un evento donde lo aparentemente pequeño se codea con lo irrepetible, y que la energía es comparable a la de un grupo de rock que actúa cada noche con la misma e incansable intensidad. Y la impresión fue exactamente esa: la ciudad de Guadalajara es una cuadrícula que se derrama por las colinas circundantes, un cráter que se traga a las personas y las devuelve convertidas en pura energía. Un llano atestado de gente y de coches y de masas lanzadas a unas calles, que conducen, todas, irremediablemente, a la FIL.

El día de la inauguración acompañamos a Mircea Cartarescu al salón Juan Rulfo para asistir a la apertura oficial de la Feria, y nos abrimos paso entre la muchedumbre para ir a dar a la comitiva de políticos y guardaespaldas que entraba a toda velocidad en la sala. Cerrando el río de trajes oscuros, avanzaba Emmanuel Carrère, tan asombrado y titubeante como nosotros, los recién llegados. Tras esa primera impresión, descubrimos que la FIL es una ciudad en sí misma, cuyo centro, a modo de plaza mayor, está ocupado por el stand de Madrid, un inmenso cilindro negro violentamente iluminado por dentro, recorrido de gradas, como un ágora de color blanco. Allí el conferenciante se siente deslumbrado y, sobre todo, sorprendido y maravillado ante la cantidad de público que hay para cada acto. Mientras, en la calle, los escritores y los periodistas se pierden en un infinito bucle de idas y venidas entre el Hotel Hilton y el recinto de la Feria, obligando a los policías a parar el tráfico de la carretera que separa ambos lugares.

Tras las entrevistas y los encuentros en el mismo lobby por el que deambulan Irvine Welsh o Paul Auster, llega el momento de abrazar y felicitar a Juan Casamayor, que ha venido a Guadalajara para recibir el Premio al Mérito Editorial. La ceremonia de entrega de su premio cierra mi viaje: he de regresar a Madrid el día siguiente, sabiendo que en esa gran civilización que es la FIL seguirán pasando cosas únicas, envueltas en un runrún que nunca cesa.

  • La vida sumergida (Galaxia Gutenbegr, 2017) es la última novela de Pilar Adón. Es editora de Impedimenta.

 

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