El escritor colombiano Giuseppe Caputo (Barranquilla, 1982). / Fotografía de Lisbeth Salas

Giuseppe Caputo: “El sexo no solo es lugar de placer, también puede ser de destrucción”

El autor colombiano debuta con 'Un mundo huérfano', una novela sobre el amor y las dependencias afectivas entre un hijo y su padre y la homofobia. Laberinto, metamorfosis, máscara y miedo en el lugar sombrío de un gay

“Cada vez que tengo que presentarme, me pregunto si debo decir ‘Soy Giuseppe’ o ‘Me llamo Giuseppe’. Siempre termino escogiendo la segunda opción, quizás porque me aterra o me cuesta mucho decir ‘Yo soy’. No me interesa fijarme en algo y prefiero pensar la identidad como algo más poroso que amurallado. Me llamo Giuseppe y el libro que más leí de niño fue ‘Canción de Navidad’, de Charles Dickens, que para mí es, al igual que el relato original de la Navidad, una historia sobre la bondad en medio de un contexto de mucha precariedad económica y adversidad radical. La historia del milagro de la bondad. Cuando pienso en la lectura, pienso en las olas del mar: a veces, como las olas, te deja algo. A veces, como las olas, se lleva algo que tenías. A veces, como las olas, no te deja nada. En este momento, mi gran amor literario es Herta Müller. Me hace recordar, página a página, que todos los narradores deberíamos ser poetas”.

Algo tiene Giuseppe Caputo de eso en la dura y lírica Un mundo huérfano (Literatura Random House):

“Era un mundo huérfano, sin sol, y la noche, por tanto, era perpetua”.

“Ahora es más urgente desperderte, o no perderte más, o no seguir perdiéndote”.

“Anoche soñé con mi padre vivo. (…) Vivo dormido para soñar con él”.

Y de un sueño despierto salió Un mundo huérfano. Una primera novela que no parece un debut por una estructura al servicio de la hondura temática en una narración con un gran uso del lenguaje en un tempo sereno engendrado de poesía melancólica, triste, tierna, esperanzadora. Un mundo sombrío cuya narración da luz a la orfandad de los sentimientos y las máscaras con que, a veces, se suplen o se niegan.

Muestra una oquedad del alma hecha de miedo.

Giuseppe Caputo (Barranquilla, Colombia, 1982) ha escrito una novela sobre un padre y un hijo homosexual que en medio de la pobreza, la soledad y la necesidad de amor se tienen solo el uno al otro. Alrededor la homofobia. Alrededor el mundo que lo ofrece todo, lo niega todo, cuando solo es promesa de felicidad. Vida y muerte, muerte y amor, amor y amores, amores y sexo, sexo y búsqueda, búsqueda y sueño-ensueño… Ilusión. Espera.

Al contrario que la atmósfera de su novela, Caputo habla de ella en Madrid (España) bajo un cielo celeste, luminoso, rodeado de la vegetación de la Plaza de Olavide que celebra el verano. Un mundo huérfano es la sombra de la pérdida del padre. Y el resultado de las clases de talleres de escritura creativa en la Universidad de Nueva York, con profesores como Antonio Muñoz Molina, y en la de Iowa, donde se especializó en estudios queer y de género.

“Era una beca. Esos talleres me dieron el espacio para poder escribir. Yo me demoro mucho escribiendo, así que valoré poderme dedicar a la novela mañana, tarde y noche. Creo que el taller te convierte en un mejor lector, aprendes a entender cuál es el deseo de cada autor y de cada texto. También me enseñaron cómo salirme de los decálogos; que no hay reglas y que la literatura es un espacio de felicidad y libertad, no por eso exento de rigurosidad”.

Y entre escritura y lectura, Caputo es gestor cultural. En la actualidad es el director cultural de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo), y profesor de clases de escritura en el Instituto Caro y Cuervo y la Universidad de Los Andes, de Bogotá. En mayo, el Hay Festival lo incluyó en su lista de Bogotá 39, los escritores latinoamericanos menores de 40 años más prometedores.

Giuseppe Caputo, el pasado mes de junio en Madrid./Fotografía de Lisbeth Salas

Laberinto

La verdad es que Caputo ya había escrito esta novela; la tenía en el cajón y, tras el taller, la escribió de nuevo. Al hacerlo tuvo en cuenta tres historias, tres libros: Frankenstein, Pinocho y el Mito de Ícaro en la versión de Ovidio. A partir de ahí la narración se vertebra sobre cuatro pilares: laberinto, metamorfosis, máscara y miedo. Todo resultado de un sentimiento solitario: amor, amor presente, amor anhelado, amor ausente, orfandad de amor.

“Los tres libros que tuve en cuenta tienen en común que son historias de padre e hijo sin madre y de estar perdidos y de perderse. Al comienzo de mi novela está la literalidad del laberinto con la sucesión de escenas de sexo en diferentes espacios, libertinaje y desenfreno. Pensaba que si el minotauro es la amenaza cuál es la amenaza en este laberinto. Por un lado está la violencia física y moral de la violencia homófona física y la enfermedad. Si pensamos en Pinocho, está ese momento en que Pinocho está en su forma de burro y se tira al mar para salvarse, pero el mar y los peces empiezan como a comerse toda la piel del burro y él queda restaurado en su forma original. Sigue nadando y lo devora el monstruo, ahí creo que está esa metáfora del mar: lo que te sana y también te devora. En ese monstruo que lo devora cuando está en la oscuridad y perdido ve una luz y es su papá. En mi novela la gran ciudad devora a los personajes, se pierden, y aparece esa luz que es el papá… Luego está Frankenstein, huérfano, sin nadie que le explique el mundo pero desarrolló su propia manera de entenderlo… Son historias con padres e hijos que no son suficientes el uno para el otro. Y, sin embargo, son como una pareja, forman una dialéctica, están perdidos, perdidos incluso dentro de la propia casa”.

Metamorfosis

Un laberinto físico por parte del personaje principal que sirve para adentrar al lector en su laberinto existencial, de su propia búsqueda. Con la camisa blanca arremangada, Caputo sigue hablando entusiasmado de estos tres libros. Mientras en el suyo el muchacho homosexual está en su propio laberinto de afectos y sentimientos que encuentra el sexo como vía de escape, como prueba de lo que decía García Márquez: “El sexo es el consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor”.

“Sí… En ese capítulo queda también instaurado que su pareja es el papá y que todos los hombres para él son intercambiables excepto el papá. Creo que es una exploración del deseo y el deseo, ya sabemos, es deseo de todo y deseo de nada. No es solo una acumulación de escenas de sexo, en ese sentido es una búsqueda de lo que los hombres quieren, pero también un catálogo de emociones y sus transformaciones. Es ahí cuando entra este enrarecimiento de todo el colectivo LGTB en el sentido de que se pasa por el placer, pero también se pasa por la vergüenza, se pasa por el aburrimiento, se pasa por la culpa, se pasa por el hastío y en todo esto que se avanza se ve un progreso innegable y genial cuando en realidad todo es mucho más enrevesado. Él vive una metamorfosis”.

Máscara

En la orfandad afectiva que aborda Caputo sus personajes no son conscientes de ella y la enmascaran. El muchacho frente al padre no tiene máscara pero sí frente al placer y el deseo que usa en una sola búsqueda sin saberlo: amor.

“Él está intentando encontrarse en el sexo, y para encontrarse en el sexo hay que pasar por muchos lugares y entender que el sexo no solo es un lugar de placer sino que también puede ser un lugar de destrucción, de aburrimiento, de decepción, de rutina, de ansiedad… Otra máscara es la desnudez, esa facilidad de la desnudez es una máscara… Yo también tuve una época en la cual quise recuperar el tiempo perdido…”.

La novela logra una atmósfera en la que no se sabe si lo narrado es real o un sueño, está contada desde esos segundos en que se oye el rumor del mundo real mientras entra el de los sueños, y en el zigzagueo entre la cordura y la locura, la infantilización y la madurez.

“Para el hijo y para el padre pueda ser la imaginación, como una inventiva pero que en realidad carece de principio de realidad. Por ejemplo, estas ideas del papá para salir de la olla (de la pobreza)… Ellos son sujetos que producen imaginación, eso es lo que producen. Y en ese sentido eso es algo que los dignifica y les da un estatus artístico que se conceden así mismos y que los viste socialmente”.

Amor

La metamorfosis que vive el muchacho no es otra que la de los sentimientos hacia el amor, la de algunos estereotipos del homosexual que tienden a genitalizarlo todo. Y crea una especie de arquetipo de alguien en orfandad amorosa.

“Alguien me dijo: ¿y por qué tiene que ser promiscuo el personaje? Y me dije: ¿y por qué tiene que ser monógamo? Es decir, ¿cuál sería el no cliché del gay? Creo que en la gran liberación…. Me preguntan por ejemplo que en el capítulo del sexo hay una liberación, yo no creo que se pueda hablar de deseo y de liberación porque el deseo siempre va a ser algo más y uno no se libera del deseo. Lo que sí es es una liberación, es el narrarse como él quiere y no tener una respuesta permanente a alguien o lo que la convención de la heterosexualidad pueda pensar de él; por eso era la importancia para mí de ese capítulo. No me gusta el uso de la palabra promiscuo como antónimo de monógamo. Son distintas. Promiscuo tiene una carga condenatoria moral que la monogamia no tiene. Lo contrario a monógamo sería polígamo, poliamoroso. Lo contrario de promiscuo tendría que ser una palabra que tenga una connotación condenatoria tipo: reprimido, mojigato, algo así. Lo que sí está clarísimo es que el papá, el gran amor de la vida del muchacho, no es suficiente y que el hijo no es suficiente. En cuanto a ellos dos, puede ser. Que no tenga un nombre no significa que no exista… Nadie me había dicho eso… me parece muy interesante”.

Un mundo huérfano es sobre todo una historia de amor y amores, con el padre, con los amigos, con la vida, y de los miedos que intenta secuestrar ese sentimiento en la intimidad.

“Estoy repensando toda la novela… Puede ser que él protagonista no haya logrado conjugar la intimidad sexual y la intimidad emocional, lo intenta pero no lo logra… Aunque existe el deseo de conciliar la intimidad sexual con la afectiva”.

Giuseppe Caputo. /Fotografía de WMagazín

Violencia

Un momento clave de Un mundo huérfano, y que es una grieta en la historia, es una masacre que el propio autor explica así:

“Es un capítulo sobre la violencia y la representación de la violencia. La pregunta anterior a cómo se representa la violencia podría ser qué le produce la violencia a las personas. Comparto la teoría de que la violencia convierte en objetos a las personas que la reciben. En ese sentido lo que pensé es que iba a equiparar los objetos de la casa con estos cuerpos o con estas personas que fueron convertidas en objetos y que también son presencias ausencias. Es una experiencia latinoamericana la de recibir o ser testigos de víctimas. En la novela, el protagosnita llega cuando ya la masacre ha ocurrido; siento que, también, es una manera simbólica sobre los muertos de la violencia física y moral homófoba. Siento que pertenezco a una generación ensanduchada en ese sentido, que fui muy chiquito para haber vivido como adulto toda la epidemia del sida, pero también muy viejo para haber salido del clóset en el colegio. He sentido que al crecer fui recibiendo al oír todo esto como una estigmatización. La pregunta es: ¿Qué hace uno con todas esas personas que han sido víctimas de todo esto?”.

Giuseppe Caputo continúa sus reflexiones sobre la violencia, sobre las violencias y agreciones a los homosexuales y la incomprensión de la sociedad que luego no asume su responsabilidad colectiva. Un mundo huérfano hable de eso y de cómo la gente tiende a genitalizar las relaciones homosexuales cuando en el centro de todo, como entre los heterosexuales, están los sentimientos y la necesidad de amar y ser amados.

 

Es una carta al padre y a la sociedad, y a él mismo. En pleno proceso de escritura de esa novela que estaba en el cajón su padre falleció, en febrero de 2015. Un año después se publicó esta obra que abre y cierra con los versos de dos poetas cuyas palabras contienen el latir de Un mundo huérfano.  Abre Marosa di Giorgio:

Bajó una mariposa a un lugar oscuro;
al parecer, de hermosos colores;
no se distinguía bien.

Y cierra Alda Merini:

Yo adoro la noche y las estrellas,
pero tú eres el canto de mi amanecer.

Y en mitad de sus páginas las palabras de Giuseppe Caputo tras la muerte de uno de los personajes:

“Salimos del entierro, lleno yo de hielo negro, adentro, y sin querer pensar. El niño me dio una patada. Me dijo: ‘Corre, a ver si me alcanzas’, y se puso a brincar entre las tumbas”.

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