El escritor mexicano Gonzalo Celorio publica la novela ‘Los apóstatas’ (Tusquets). /Fotografía de Elsa Chabaud – Cortesía Tusquets

Gonzalo Celorio: «Un lector es aquel que, al asomarse a la vida secreta de los demás, descubre sus propios secretos»

El escritor mexicano relata la historia de dos de sus hermanos que empiezan con vocación religiosa y terminan en destinos contrapuestos tras sendas utopías. Una novela valiente, dolorosa, conmovedora y denunciatoria que refleja una familia y una época

Descubrir la verdad y los secretos de los seres queridos tarde es un campo de minas de consecuencias imprevisibles cuyos ecos no se sabe cuándo terminarán. Gonzalo Celorio lo experimenta tras la escritura de Los apóstatas (Tusquets). Es el tercer volumen de la saga Una familia ejemplar, una novela ejemplar en su escritura, valiente y conmovedora. No en vano, la narración está precedida por esta frase que a medida que se avanza en el libro adquiere más sentido y comprensión del lector: “Maldita sea la hora en que se me ocurrió escribir esta novela”.

Gonzalo Celorio Blasco (Ciudad de México, 1948) ha hecho un viaje hacia el dolor desconocido del pasado que se vuelve presente para arrojar luz sobre su propia identidad en una familia de doce hermanos. A medida que investigaba la vida de sus hermanos Eduardo y Miguel descubría no solo historias secretas sino atroces a partir de que ambos intentaron una vocación religiosa que los llevó al fracaso. Los derroteros de sus vidas, diferentes pero unidas por utopías y sueños sinceros, los condujeron a la desgracia. Los apóstatas llega tras la escritura de Tres lindas cubanas (2006), indagación de su familia materna, y El metal y la escoria (2014), sobre su familia paterna. Sin pensarlo se topó con la de sus hermanos, en gran medida, consigo mismo y que sirve de espejo de una época.

“Acaso la madurez literaria no consista en otra cosa que en morigerar la ambición de los desmesurados proyectos juveniles, que pretenden abarcar la totalidad”, escribe Celorio en un pasaje de Los apóstatas. Al volver a leer esta frase el director de la Academia Mexicana de la Lengua amplía sus resonancias personales y literarias por correo electrónico desde México:

“No sé hasta qué punto mi experiencia personal pueda hacerse extensiva a la generalidad de los jóvenes escritores. Por lo menos es lo que suele ocurrir en numerosas novelas de aprendizaje en que el protagonista descubre su vocación literaria, desde el Stephen Dedalus del Retrato del artista adolescente de Joyce hasta el Jeromil de La vida está en otra parte de Kundera. El joven escritor desea crear una obra que dé cuenta de la totalidad del mundo; la totalidad del mundo exterior o la totalidad del mundo interior. En la vida ‘real’, esas desmesuradas ambiciones juveniles por lo general se quedan en un desideratum. En mi caso particular, a lo largo de mi carrera literaria he ido morigerando cada vez más mis proyectos. Cada una de las tres novelas que integran la saga Una familia ejemplar es menos ambiciosa que la anterior, por lo menos en lo que hace al ámbito histórico, pues abarcan temporalidades cada vez más acotadas. Ojalá que lo que han perdido en amplitud referencial lo hayan ganado en profundidad”.

Obras que ya no aspiran tanto a la mayor totalidad de tiempo y espacio como a condensar el mundo en un micromundo. Aquello que lo contiene todo. Y ahí es donde en otro pasaje de Los apóstatas deja entrever la clave: “Sí; la imaginación saca a la luz las imprevisibles verdades de la historia”:

“Lejos de lo que podría pensarse, creo que la imaginación no se opone a la realidad, sino que forma parte de ella, si consideramos el término ‘realidad’ en un sentido lato. Pero, además, la imaginación es un recurso imprescindible para cualquier indagación de la realidad. Los datos por sí mismos no hablan. Hay que interrogarlos y transformarlos en discurso. ¿Cómo? Con la imaginación. Mi querido maestro, el historiador Edmundo O’Gorman, decía en uno de sus famosos aforismos: ‘El reto del historiador es hacer inteligibles con la imaginación las zonas irracionales del pasado’. Si tal aseveración es válida para la historiografía, con mucha mayor razón lo es para la creación literaria, en especial para la novela. Con la imaginación, el escritor indaga en la realidad referencial, y en respuesta, ésta, transformada en discurso literario, le revela al propio escritor sus secretos ocultos”.

Bodas de plata de los padres de Gonzalo Celorio celebradas en 1948. El escritor es el niño en el regazo de su madre. Dos hermanos llevan hábitos religiosos: el de la izquierda es Miguel, dominico y uno de los personajes de la novela; el de la derecha, Carlos, que fue misionero del Espíritu Santo. El que está sentado abajo a la derecha es Eduardo, que muchos años después ingresaría a la Congregación de los Hermanos Maristas y que es el otro protagonista de ‘Los apóstatas’. / Fotografía cortesía de Gonzalo Celorio

Los apóstatas se levanta sobre temas y pilares humanos-literarios como amor, amistad, sentimientos, ternura, descubrimiento de la vida y del mundo rodeados de la religión católica y de carácter denunciatorio. Celorio cuenta que tras la apostasía de sus hermanos Miguel y Eduardo sus destinos tomaron rumbos diferentes: uno fue por los caminos de la teología de la liberación y trabajó en las comunidades indígenas de México y participó en el proceso político que acabó con la dictadura somocista de Nicaragua; el otro se dedicó al estudio de la arquitectura barroca mexicana y acabó poseído por una obsesión satánica. La pregunta es: cómo un escritor como Gonzalo Celorio se enfrentó al proceso de vivir la verdad a medida que investigaba y luego al momento de escribir:

“Esta novela transcurre por dos caminos en principio paralelos que al final convergen en la novela misma. Por un lado, cuenta la historia de los dos personajes que tuvieron en común la vida religiosa y que, cuando la abandonaron, siguieron rutas disyuntivas y aun opuestas; por otro, narra el proceso de construcción de la novela misma, que resultó tan o más dramático que la historia de los personajes, pues le descubrió al escritor (en este caso a mí) terribles vejaciones y dolorosos fracasos sufridos por los protagonistas. Es en esas consideraciones metaliterarias donde doy fe del milagro que me ha ocurrido en las tres novelas que constituyen la saga de marras: que al convertir en discurso los datos extraídos, mediante la imaginación, de la propia realidad histórica, la novela me cuente a mí, su autor, la ‘verdadera’ historia. Yo no hago distinción entre los dos momentos que señalas en tu pregunta: la investigación y la escritura. Es cierto, sí; le proporciono a la novela una serie de datos previamente investigados, pero en la escritura propiamente dicha, la novela ilumina las zonas oscuras de la historia que estoy contando. Y es que la escritura de una novela como las que yo escribo, de carácter histórico, no soporta las incongruencias discursivas y hace saltar todas las alarmas cuando se enfrenta a la inverosimilitud o a la mentira (mentira en un sentido literario, se entiende).

Coincido contigo. Los apóstatas se sostiene en los pilares del amor, la amistad, la ternura… Y adquiere una dimensión denunciatoria que jamás me hubiera imaginado que cobraría y que, muy a mi pesar, me he visto obligado a asumir a un precio todavía impredecible, pero sin lugar a dudas, alto, muy alto, pues hace temblar esos pilares que tú mencionas: el amor, la amistad, la ternura…”.

Gonzalo Celorio (México, 1948).

Ha sido un viaje por las vidas ajenas de sus dos hermanos para descubrir la propia. En el camino las referencias a la religión, sus huellas, detonante claro de sus vidas, que, como escribe, no se quitan pero sí se revelan en la escritura del libro.

“Mis primeros impulsos juveniles estaban enderezados a escribir una novela total, que abarcara la historia completa de mi genealogía, en la que la imaginación cubriera los huecos de la historia y rearticulara mi mundo. Con el tiempo, como he dicho, fui acotando la desmesura de mi proyecto inicial y al cabo de los años he concluido esta saga de tres novelas: una, Tres lindas cubanas, referida a mi familia materna, que habla de Cuba desde los tiempos coloniales hasta los revolucionarios; otra, El metal y la escoria, que relata la inmigración en el último tercio del siglo XIX de mi abuelo paterno, de origen asturiano, quien vino a ‘hacer la América’, y esta tercera, que narra la historia de dos hermanos que abrigaron la vocación religiosa y después desertaron, y en la que incluyo sus destinos opuestos, desde el satanismo hasta la revolución sandinista de Nicaragua. Estas tres novelas, escritas cada una de ellas con intervalos de siete años (soy un escritor muy moroso), me han hecho comprender mejor mi propia historia ancestral y han explicado buena parte de mis atavismos. Pero, aun así, no soy yo el destinatario principal de mi obra. Creo firmemente que las historias que relato, por su dramatismo, por su dimensión épica, por su referencialidad histórica y, sobre todo, por su condición humana, pueden ser del interés de cualquier lector, porque un lector de novelas es aquel que, al asomarse a la vida secreta de los demás, descubre sus propios secretos y aquilata su pertenencia al género humano.

Nací en una familia católica, guiada por la divisa evangélica de que hay que tener los hijos que Dios nos mande, para mi fortuna, porque soy el undécimo de los hijos y, de no haber sido así, no estaría respondiendo esta entrevista. Ese catolicismo exacerbado dio como resultado que tres de mis hermanos asumieran una vocación religiosa que en ninguno de los tres casos prosperó. Yo cuento en Los apóstatas dos de esos casos. Sin duda el ámbito familiar y mi educación en un colegio confesional fueron determinantes en mi vida. Pero yo también me incluyo expresamente en mi novela como uno de los apóstatas”.

La relación de Gonzalo Celorio con sus hermanos es entrañable, una obra de aprendizaje y de cómo existe una especie de transmigración de las emociones y los sentimientos entre hermanos:

“Mi padre murió cuando yo era niño, así que mi hermano mayor se convirtió en una especie de padre reemplazante. Sin duda, mi personalidad, mis gustos y hasta mi vocación literaria están modeladas por su tutela, aunque también me vi en un momento dado compelido a ejecutar el deslinde necesario”.

Los apóstatas

Por Gonzalo Celorio

Pasaje:

Al principio, Eduardo y yo nos íbamos juntos todas las mañanas a la parada del camión, casi sin hablar, pero acompasados por una hermandad tan esquiva como inocultable.

Un día, Eduardo se me adelantó. Cuando yo estaba listo para salir a la hora de costumbre, él, sin haberme dicho nada, ya había emprendido la caminata de las tres cuadras —una corta hasta Tecoyotitla, una muy larga hasta Artistas y otra cortísima hasta Insurgentes— que nos distanciaban de la casa de Gonzalo Casas. Lo divisé a lo lejos, a la mitad de la cuadra larga, pero ni aun corriendo lo hubiera podido alcanzar, así que me fui por primera vez solo y a mi propio paso.

A partir de ese día, Eduardo se fue siempre por su cuenta y casi siempre antes que yo. Si alguna vez de casualidad yo salía primero, él se retrasaba a propósito para que no coincidiéramos en el camino. No es que nos lleváramos mal, ni que se avergonzara de mí ni que yo representara un estorbo o una carga para él. Simplemente quería irse solo. Creo que la convivencia obligada con tantos hermanos, que impedía la más elemental privacidad, suscitaba el comprensible deseo de estar solo, aunque fuera por unos momentos, como los diez o quince minutos que invertíamos en ir hasta Insurgentes. Además, Eduardo y yo no sólo vivíamos en la misma casa y comíamos en la misma mesa, como nuestros demás hermanos, sino que dormíamos en el mismo cuarto, nos bañábamos en el mismo baño, nos peinábamos con el mismo peine, usábamos la misma ropa (bueno, yo usaba la suya cuando a él empezaba a quedarle chica), teníamos los mismos horarios, nos íbamos a la escuela en el mismo camión y estudiábamos en los mismos libros, que yo heredé durante toda la primaria y de cuyas páginas preliminares, año con año, tachaba su nombre para escribir el mío, con un sentimiento de intrusión y un malestar propio del inquilino que quisiera ser el dueño de la vivienda que habita.

Pronto me acostumbré a irme por mi cuenta. Una vez superados los primeros temores y aprensiones de andar solo por la calle a los ocho años, aprendí a disfrutar, como él seguramente lo hacía, la libertad de caminar a mi propio ritmo, de detenerme a ver lo que se me daba la gana, de elegir si me iba por el lado de las casas o por la ribera del río y, sobre todo, de jugar. Jugar con mi imaginación, jugar conmigo mismo —o contra mí.

Si escogía la acera, podía jugar a no pisar ninguna raya en la banqueta, a calcular los pasos que tendría que dar entre Tecoyotitla y Artistas, a ser ciego e ir adivinando, con los ojos cerrados y rozando con las yemas de los dedos de mi mano izquierda, las construcciones que se sucedían en el trayecto: la reja de la casa paredaña a la mía, a la que llegaban sólo dos o tres tardes por semana un señor de aspecto ejecutivo y una señora muy emperifollada en sendos chevrolets último modelo; los barrotes de la casa de los Romero; la pared rugosa de la esquina de Cedros y Tecoyotitla; los arcos invertidos, como columpios, de la mansión en la que vivían Picho y su familia; la barda Gorbea del terreno baldío; la vieja casa de Marco Antonio Durán, con sus argollas empotradas en las jambas de la puerta donde, en otros tiempos, se amarraban los caballos; la piedra volcánica pulida de la casa de los Palomar, la entrada al Sanatorio Fátima, la cortina metálica del estanquillo, cerrada a esa hora temprana de la mañana; la pared lateral de la residencia de Marga López y Carlos Amador, por quienes la calle que desemboca en Cedros se llamaba Artistas… Y cuando por fin llegaba a la parada y abría los ojos francamente (porque en el camino, sobre todo al cruzar las calles, los entreabría con disimulo), me topaba con los demás compañeros que esperaban el camión como nosotros, con Gonzalo Casas y su papá, por supuesto, y con Eduardo, que había llegado unos minutos antes que yo.

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