Venecia, donde transcurre `Al otro lado del río y entre los árboles’, de Hemingway.

Hemingway, al otro lado de la vida

El desencanto de un coronel retirado ante su mundo y su inesperado amor en Venecia contado por el Nobel estadounidense, en 'Al otro lado del río y entre los árboles', vuelve en una nueva traducción

El mayor problema de Hemingway es Hemingway. Esa mezcla de whisky y testosterona que le abrió tantas puertas durante su vida resulta ahora una máscara risible, una máscara cándida, tediosa; un ruido que se superpone a su escritura y la distorsiona hasta convertirla en un momento remoto del pasado.

La paradoja es que para salvarnos de Hemingway lo mejor es leer a Hemingway (1899-1961). Virtuosismo absoluto en el género del cuento, donde sus elipsis, su economía verbal y su laconismo, construyeron verdaderas piezas de genial sugerencia y resonancia. Vértigo humano, profundidad y brillante uso del diálogo en varias de sus novelas, como es el caso de Al otro lado del río y entre los árboles, una de las piezas narrativas más desconocidas del autor estadounidense y que fue felizmente reeditada el año pasado por Debolsillo.

En este hermoso libro, un derrotado y agónico coronel comienza a despedirse de los paisajes donde experimentó muchos de sus momentos heroicos. Cacerías, rememoraciones de antiguas batallas, comentarios sobre bebidas y comidas, reflexiones sobre el valor y la amistad; la novela despliega sus recursos y hechizos con elementos comunes a otras obras de Hemingway pero que en esta historia adquieren una inesperada ternura porque quien los profiere habla desde un inmenso cansancio humano. Una fatiga que se percibe en la lentitud del pensamiento del protagonista, en la necesidad continua de escapar hacia el pasado, en la reiteración de su exaltación yoica. Un yo continuo que se celebra sin entusiasmo, que mira y mira con melancolía los lugares donde vivió el horror de la guerra, de la muerte, pero que intuye en ellas una rara exaltación de la vitalidad.

A esta enumeración hay que sumar además una historia de amor, la del protagonista con una mujer treinta años menor que él. Dentro de este idilio se suceden diálogos deliciosos que rozan el absurdo, la confusión, el malentendido, la dulzura más infinita. El Coronel no puede dejar de representar su papel de hombre duro y guerrero invencible, pero esa misma impostura lo resquebraja frente a los ojos exaltados de la jovencísima mujer y de los lectores que cada tanto no podemos dejar de sonreír al contemplar los afanes del personaje por ser figura de una sola pieza, silueta inquebrantable, ferrosa.

Hay momentos que apetece gritarle a Hemingway que no olvide lo que alguna vez dijo el escritor Blaise Cendrars  al resaltar “el arte de saber explotar de risa en la plenitud de lo patético”. Porque en esta historia la posibilidad humorística pareciera estar siempre allí, como una invitación que un autor como Hemingway quizá jamás supo entender o aceptar.  Pero finalmente, la amorosa, la imposible historia que une a esa jovencísima italiana y a ese decadente coronel Cantwell se despliega con tersura, con chispazos sorpresivos, con cavilaciones impagables sobre el encuentro, la existencia, la memoria. Así, el deseo del lector frente a estas páginas es que se expandan hasta el infinito, que nunca se acabe el encuentro entre estos dos amantes y que ese exceso permita saltarse de tanto en tanto algunas de sus frases para alcanzar otras espléndidas e inolvidables. La imperfección de este encuentro, de esta perfecta novela imperfecta que es Al otro lado del río y entre los árboles, es ni más ni menos un imán del que parece imposible escapar.

Vienen así las inevitables conexiones con esa maravillosa película de Chaplin: Candilejas, o con la biografía apasionada de una Edit Piaf enamorada de un jovencísimo Théo Sarapo. Referencias que no forman parte de la novela (ambas son posteriores en el tiempo) pero sí del universo de esos intensos años del siglo XX cuando se pensaba, como dice el epitafio de la tumba de Sarapo, que: “El amor conquista todo”.

Al otro lado del río y entre los árboles, publicada en 1950, no tiene la precisión y la economía anecdótica y verbal de El viejo y el mar, aparecida dos años después; pero es indispensable admitir que en su divagación y en su ocasional extravío resulta una pieza inolvidable, suprema. La voz de su enfermo coronel perdura siempre, pervive, nos acompaña mucho más allá de sus páginas. La fragilidad de su protagonista conserva el recuerdo penetrante de esos martinis muy secos con que Cantwell y su joven amante celebran su encuentro, un encuentro que es plenitud, pero que es también inevitable despedida.

Lo dicho: para salvarnos de Hemingway lo mejor es leer a Hemingway.

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2 comentarios

  1. Qué estupenda reseña de un libro magnífico. Imprescindible antes de un viaje a Venecia. Lo leí con 15 años y me pareció una delicadísima historia de amor. Lo he releído hace meses y me he topado con una elegía a la muerte. Desde la vida vivida y la sabiduría acumulada a golpes. Hemingway es un grande, pero hay que dejar a un lado los prejuicios que él mismo fomentó para leerlo a fondo. Con enorme placer.

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