La escritora española Imma Turbau este verano, en Madrid. / Fotografía de Lisbeth Salas

Imma Turbau: “El amor demuestra que la capacidad de fabulación nos ayuda a sobrevivir”

La periodista y gestora cultural crea en 'El rostro del tiempo' un juego de espejos entre lo real y lo imaginado a través de la historia de dos personas que el azar junta para unirlas con el pasado

Soy Imma Turbau. Antes de saber escribir ya contaba historias, que los mayores insistían en llamar mentiras y para mí eran el condimento imprescindible para poder tragar la gris realidad de la infancia de provincias en la España de los 80. Leía muchísimo, por la misma necesidad de evadirme. Crecí, me descubrieron, dejé de mentir, empecé a escribir. Y no he parado. Escribo para pensar y para ganarle tiempo al tiempo, escribo para que la vida no se me escape sin reparar en ella. Escribo porque las palabras son mágicas sin necesidad de trucos, porque me conectan con los demás, porque los relatos están en el germen de todo lo que aprendemos y amamos”.

Para demostrarlo explora en ese germen hecho de historias que no son más que Tiempo hecho palabras, cuyos caminos conducen a un mismo destino: el amor, los amores como medidores del Tiempo. La imaginación y los sentimientos construyen el mundo, las palabras le dan vida y lo visibilizan. Eso es El rostro del tiempo (Navona), la segunda novela de Imma Turbau (Gerona, España, 1974) que parece tutelada por la idea del destino. “En el fondo creo en el destino, pero porque el carácter es destino… Supongo que como eres determina mucho de lo que vas a ser”, dice la narradora que también es periodista, especialista en gestión cultural y exdirectora de Casa de América, en España.

Juegos de espejos y binomios se despliegan en esta novela sobre la realidad y la ficción, la identidad, pasado-presente-futuro y los sentimientos. Dos caras de un mismo ser, empezando por sus dos personajes: Carlos y Carla, seres antagónicos, en apariencia, pero idénticos en su principal deseo, complementarios en la vida. ¿Uno solo? El azar los junta en un lugar aislado, la convivencia los enamora, el amor los descubre a sí mismos y una historia del pasado de la Guerra Civil española los unirá… Sentimientos, anhelos y acciones diferentes que en El rostro del tiempo pueden ser vistas como un solo cuerpo a través de la historia de sus dos personajes: él arquitecto, ella pintora, que terminan dependiendo el uno del otro en alguna casa a las afueras de todo. Están en un territorio fronterizo impregnado de la pregunta de si acaso los sueños y deseos son tan reales como la vida real, explica la escritora:

“Los sentimientos son hijos de la razón. No es que broten en el corazón, por mucho que queramos creerlo. No es que sea inevitable, no es que broten de ningún lugar, salen de tu cabeza también. Otra cosa es cómo el razonamiento, como las emociones, no dejan de ser un modo de reaccionar a las situaciones en la vida. Los sentimientos, como los sueños, son realidades que construimos. La gran suerte de las personas es la capacidad de fabulación y la capacidad de ficción y de crear un relato con sus vidas. Sin él, sin esa capacidad, estaríamos muertos… Y el amor demuestra que la capacidad de fabulación o de ficción nos ayuda a sobrevivir”.

En El rostro del tiempo cada uno de los dos personajes lleva su vida real y su vida sentimental construida a cuestas. La una sostiene a la otra. Turbau, sentada en un sofá de su oficina, se explaya en la imbricación de esa realidad imaginada, deseada y especulada con los hechos reales que cada individuo debe lidiar. Ella misma como escritora se ha puesto en la cabeza de un hombre.

“En esa estructura me apetecía el reto de ponerme en la piel de un hombre en primera persona. Estamos más habituados a que sean hombres quienes se metan en la piel de mujeres, ahí está ‘Madame Bovary’, por ejemplo. Quería que ella fuera contada a través de él. Aunque la novela es muy dialogada, Carla siempre pasa por el centro de Carlos. Hay un territorio difuso en el cual nos solemos mover sin ser muy conscientes de ello. Donde mezclas tus expectativas y tus sueños con tus realidades, con tus defectos, con tus bajezas y mezquindades, y puede que hagas el esfuerzo por reconocerlas”.

Dos décadas ha tenido Turbau esta historia en su cabeza y en su vida. Otro juego de espejos. En mitad de esa historia publicó en 2005 su debut novelístico: El juego del ahorcado. Doce años después decidió traer a este lado El rostro del tiempo. Diferentes versiones ha escrito en este lapso, dependiendo de la esquina desde la cual se mire.

“Somos como nos ven. Pero es en la ficción donde realmente disfruto. En la anterior novela era una voz femenina en primera persona.  Supongo que después de haber escrito mucho desde una óptica femenina me apetecía cambiar de registro, sin dejar de ser tremendamente feminista. Aunque creo que no hay tantas diferencias entre los hombres y las mujeres. Social y culturalmente nos educan de un modo diferente desde que nacemos. Al final, las grandes ansias o los grandes temas o las cosas que nos suceden y nos duelen son iguales”.

Imma Turbau debutó en 2005 con ‘El juego del ahorcado’. / Fotografía de Lisbeth Salas

Hay una frase del libro que da pistas sobre la historia y temas de la novela: “La obsesión es hija de la necesidad”. En este caso cuando Carlos, de repente, descubre que se siente atraído por Carla. Un sentimiento surgido en medio de la soledad, física y existencial. El sentimiento como necesidad de asirse a algo, lo cual hace pensar al lector sobre si los hechos narrados son contados desde el lado de la realidad o del lado de la imaginación.

“Cuantas veces nos hemos mentido al menos en una parte, porque difícilmente alguien se miente en todo. Esas mentiras, esas ficciones o pactos que haces a veces con algo y sabes que no deberías pactar. Pero crees que hay otros aspectos que te compensan. En la novela es inevitable que haya una parte de ficción que aquí está muy acentuada, no quería que el lector dejase de ser consciente de que era Carlos quien contaba la historia. A Carla la quería colocar en un plano más irreal. Su voz la oímos solo cuando habla con él, quería que el lector la imaginara a partir de esa voz y de las ideas de él.  A lo mejor publico una versión donde quien hable sea ella. No lo sé”.

Carlos narra su presente a la vez que se topa con un libro antiguo que parece adelantarse a los hechos de su vida. Esa es una segunda voz que ordena y clarifica y, tal vez, muestra lo que él no quiere ver o reconocer, a la vez que muestra parte del pasado de ellos.

“Es el rincón que encontré para escribir las cosas que no podría sostener durante todo un libro, ni por estilo ni por el nivel de hermetismo o semiprosa poética, pero que me permitía marcar el sentimiento o el estado de ánimo en el que quería incidir en el capítulo. La novela transcurre en siete días. Es una fábula clásica, siete días con siete estadios del amor y son siete fragmentos que guían de modo direccionista, conductista, la historia”.

Es el resultado de casi veinte años de convivencia de Turbau con sus personajes. Su narración avanza pausada con dosis de suspense que mezcla novela de intriga, novela existencialista y novela de amor donde el tiempo construye y destruye en un bucle sin fin. Y Carla trata de capturar ese rostro del tiempo en su pintura.

“Estamos obsesionados con el tiempo y con cómo pasa. Todo es tan rápido, tenemos tantas interrupciones y además nos crían para pensar que el tiempo pasa, cuando, en realidad, el tiempo no se va. El Tiempo, todo lo que tú has vivido está dentro de cada uno. Tenemos un sentimiento de pérdida por algo que nunca se ha ido, porque sigue permaneciendo. Sé que el lugar del Tiempo termina siendo, al fin y al cabo, cuerpo y de ahí todo el tema de la piel, de ese lugar donde acabe residiendo, probablemente, el tiempo. Creo que hacerse mayor no es tan tremendo como lo pintan. Es tremendo la actitud física, es tremendo un montón de cosas que probablemente con otra educación tendríamos otro tipo de receptividad y nos costaría menos aceptarlo”.

A ese Tiempo inmortal y a la vez que se refleja en la piel, se suma en la novela la vulnerabilidad de los hombres, del género masculino, para aceptar emociones o sentimientos fuera de lo establecido o de lo que indica la educación tradicional. Carlos y Carla comprueban el amor no solo como medidor del Tiempo, sino como un dios de la paciencia que no se cansa de dar oportunidades con la ventaja de que el amor siempre es adolescente, pero reclama su búsqueda, como escribe en su novela Imma Turbau, en otro juego de espejos:

“Pero ¿cómo saber si existe alguien más allá de uno mismo? ¿Cómo estar seguro de que está inventando al amor de nuevo? ¿Qué es el sentimiento de verdad, y no otra vulgar jugada de la imaginación, o peor aún, de la razón, que se cansó ya de la rutina de unos brazos, de unos ojos que ya no brillan al vernos?

En el peligroso lance de decirle a alguien te amo suele haber algo dañino, pero no decirlo… si no se dice quizá nunca se pueda saber si es real, si puede llegar a suceder…”.

 

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