De arriba abajo y de izquierda a derecha: detalles de las películas ‘La naranja mecánica’, ‘Funny Games’, ‘V de Vendetta’, y’Joker’. /WMagazín

‘Joker’ y otras películas y libros que indagan en las raíces del mal como generadores de un arte necesario

Varios escritores analizan la importancia de obras que descolocan y perturban a la gente al mostrar las fronteras movedizas de la ética, la moral o la responsabilidad. Obras que recuerdan los males de la sociedad, del individuo y la importancia de no banalizar el bien

En un mundo bipolar, el interés por conocer las raíces del mal, la violencia o del malvado fascina cada vez más. Ante la incapacidad de la razón para hallar las respuestas claras, las artes como la literatura y el cine tratan de dar una solución poética y cada vez que lo hacen de manera contundente suelen generar polémica. Obras inquietantes o turbadoras que en algunas personas crean un cortocircuito mental sobre la ética, la moral o la responsabilidad ante la aparición de sensaciones de ambigüedad, perturbación, desasosiego o, incluso, identificación o justificación con ciertos actos malvados en la línea de que el fin justifica los medios.

El caso más reciente de ese cóctel de sensaciones lo ha despertado la película Joker, dirigida por Todd Phillips, y protagonizada por Joaquin Phoenix, sobre el origen de uno de los enemigos de Batman. Es uno de los temas más comentados por quienes la han visto al ver las fronteras movedizas de ética, moral o responsabilidad del personaje y la reacción de sus seguidores en la película.

Joaquin Phoenix como Joker, de Todd Phlillips.

Antes que Joker otras películas basadas en libros suscitaron controversias similares: La naranja mecánica, de Anthony Burgess, llevada al cine por Stanley Kubrick; o el comic V de Vendetta, de Alan Moore con ilustraciones de David Lloyd, adaptada por James McTeigue; o El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, filmada por Francis Ford Coppola como Apocalipse Now; o libros de Patricia Highsmith donde reina la ambigüedad moral y los personajes son puestos ante tesituras complejas que también se plantea el lector-espectador; o películas de Michael Haneke como Funny Games y otras adaptadas de libros sobre ámbitos más personales pero que incluye a la sociedad en general.

“El arte debe hacer más eso, incomodar a la audiencia, no debe ser complaciente y llevar a la gente a reconsiderar algunas ideas”, reclama Joshua Furst, el escritor estadounidense que ha recibido excelentes críticas por su novela Revolucionarios (Impedimenta), sobre un activista incendiario de los años sesenta y setenta. Furs cree que “parte de la culpa de que todos estemos dormidos es del arte porque se nos ha hecho creer que este se ha hecho para hacernos sentir bien y la verdad es que el arte es mucho más poderoso”. Apuesta por la creación artística que indague, pregunte y haga sentir incómoda a la gente si hace falta.

Joker toca en el individuo unas teclas especiales: el tratamiento de la violencia de lo real y representaciones de lo real sirven para crear una sensación desasosegante, afirma la escritora Marta Sanz. “No es catártica ni para aplaudir. Es violencia que aparte de un relato nos habla de la realidad de la asistencia social, de la precariedad laboral. Pone las lacras del sistema y explica la violencia en función de ese caldo de cultivo. Otro maestro en hacer estas cosas en Haneke. Puede hacer películas explícitas, violentas como Funny Games, La cinta blanca o Amor sobre la violencia terrible de la naturaleza humana”. Son películas que replantean los prejuicios desde la zona de confort. Por eso le interesa la adaptación cinematográfica de La pianista, basada en la novela homónima de la Nobel de Literatura Elfriede Jelinek. Para la escritora española, paradójicamente, Joker deja una pregunta: “¿De qué nos reímos? Y cómo aplicamos pensamiento positivo para encubrir máscaras reales”.

Fotograma de 'La naranja mecánica', de Stanley Kubrick.

Kubrick era un experto en este campo de la controversia y la pregunta desde el arte. En los años setenta su adaptación al cine de La naranja mecánica llevó el tema de la violencia a la calle, al gran público. El escritor peruano Santiago Roncagliolo ha visto esta película unas catorce veces y leído un par la novela. Y cada vez que lo hace, confiesa Roncagliolo, se ha sentido identificado con el protagonista, “ese salvaje adicto al sexo, la ultraviolencia y Beethoven. En esta historia, él es el bueno”. Sospecha que ahora esa película sería muy difícil de estrenar: “Nos hemos vuelto más mojigatos en este siglo que en el anterior. No queremos recibir mensajes negativos ni saber de gente mala. Lo que me pregunto es entonces para qué queremos las historias… o el arte en general“. Roncagliolo sabe de lo que habla, pues ha escrito libros como Abril rojo, la novela sobre la violencia que desencadenó en su país el grupo terrorista Sendero Luminoso, y La cuarta espada. La historia de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso.

Le gusta pensar en la narrativa “como un ensayo para la vida, que nos pone en los zapatos de gente diferente de nosotros, y nos hace entender a los humanos desde puntos de vista alternativos”. Su propio trabajo como escritor, reconoce, “es una exploración de las situaciones en las que gente buena hace cosas terribles. Cuando no entendemos a una persona le ponemos una etiqueta que nos exime de intentarlo: loca, psicópata, mala. Las historias -ficticias o reales- nos proponen imaginar -en un entorno controlado- que nosotros mismos somos esa persona, para comprender con más profundidad los lados oscuros del ser humano. En el camino, los libros y las películas nos enseñan empatía. Y en el mundo maniqueo en que vivimos, donde la política tiende a la polarización y las redes sociales a intercomunicar a la gente que piensa igual entre sí, esa es la única cualidad que puede hacernos mejores personas”.

Los clásicos pueden ayudar a eso, según Máriam Martínez-Bascuñán, politóloga y Jefa de Opinión del diario español El País. Lo expresó en un artículo, a propósito de Joker, al señalar que “los clásicos enseñan que explorar las raíces del mal evita que banalicemos el bien, algo a lo que nos han malacostumbrado tantas previsibles figuras de héroes hipertrofiados empeñados en salvarnos de ‘los malos”.

Natalie Portman, en 'V de Vendetta'.

La búsqueda de la genealogía del mal debería volver a ser uno de los temas de la filosofía moral y la teoría sociológica, pidió el sociólogo Salvador Giner en un reportaje en Babelia en 2014: “En un mundo presa del terrorismo, de los daños evitables y los horrores innecesarios, esa es hoy la tarea de la razón”.

La reacción de la escritora Claudia Salazar Jiménez al ver Joker condensa parte de lo que le ha sucedido a algunos espectadores: “Me tuvo oscilando entre la fascinación y el fastidio, aunque sigo sin comprender completamente el porqué. La reacción del público fue peculiar, especialmente en una escena donde irrumpe en una risa casi tan fuera de lugar como la que pesa sobre el protagonista. La muerte y la risa. Este Joker de Joaquín Phoenix que se nos presenta como una víctima del sistema, no es el de Heath Ledger que destripaba el conflicto entre el bien y el mal. La película Joker no es una obra maestra, pero sí es un síntoma que mira de frente a una contemporaneidad plagada de violencia y polarizaciones provocada por tensiones sociales cada vez más crecientes. Al terminar, me dejó con una extraña sensación de vacío, mientras que en las afueras del cine había una camioneta de la policía neoyorquina”.

Fotograma de 'Funny Games', de Michael Haneke.

En The New York Times, Dan Brooks escribe que el pánico sobre Joker es realmente un pánico sobre la ambigüedad moral: “Las películas legítimas son sobre protagonistas complicados que combinan buenas y malas cualidades. Las películas de superhéroes tratan sobre dos tipos, uno bueno y otro malo. Al combinarlos en un solo hombre, ¿no hará esta película que los tontos piensen que el Joker es bueno? Hacer la pregunta es argumentar que los matices son peligrosos. Al preocuparse por las cualidades comprensivas de Arthur Fleck (el Joker), los críticos de mentalidad progresista exigen el mismo tipo de línea brillante entre el bien y el mal que hace que las películas de cómics sean tan aburridas”.

Lo que ha cambiado es la metamorfosis que ha vivido el mal al haberse hecho más atractivo a algunos ojos, ha dicho Amelia Valcárcel: “Hay una tendencia hacia la fascinación por él. Esa cercanía aumenta desde el Romanticismo”. Una situación que se amplía en la era digital.

Y así mundo analógico y digital muestran cómo el ser humano zigzaguea sobre la línea entre la cordura y la locura y las artes están ahí para recordarlo.

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Marlon Brando en 'Apocalipse Now', de Francis Ford Coppola.

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