El escritor estadounidense Joshua Furst en Madrid, en otoño de 2019. /Fotografía de WMagazín

Joshua Furst: «El mercado incorpora muy bien a su sistema cualquier cambio que quiera alterarlo»

En días de rebeliones, revueltas y marchas, Joshua Furst publica 'Revolucionarios', un retrato crítico y poético sobre los años sesenta y setenta que lo quisieron cambiar todo desde la contracultura. "Los revolucionarios radicales tuvieron que crear nuevos sistemas para no destruirse entre ellos"

El camino hacia las utopías y los ideales está poblado de contradicciones. Y quienes mejor dan testimonio son los hijos de esos idealistas. Lo saben, por ejemplo, aquellos que nacieron y crecieron entre los años sesenta y setenta cuando el mundo vivió algunos de los principales cambios sociales, culturales, familiares y políticos a punta de disturbios, marchas, rebeliones y reivindicaciones en nombre de la libertad y la igualdad. En el Estados Unidos de esa época posa su mirada Joshua Furst para recrear una parte de la historia inspirado en la vida de una de las leyendas de la contracultura: Abbie Hoffman que acabó con su vida a los 52 años, y quien la narra es su hijo Freedom, o mejor, su supuesto hijo en la ficción de Revolucionarios (Impedimenta).

Hoffman, llamado aquí Lenny Snyder, es un hombre con un «rostro ruborizado de vida» que evangeliza a su hijo y a quien quiera escucharlo diciendo que «lo único que te detiene eres tú mismo». Así avanza en la vida por la calle de en medio entre ensoñaciones, ideales, paradojas y sin importar tanto su familia y sí creer, sobre todo en sí mismo, porque «la libertad es un estado mental». Eso lo lleva a creerse un héroe lleno de grietas descritas por Joshua Furst (Estados Unidos, 1971) con crítica y comprensión que muestran las sombras de la condición humana y cómo esa búsqueda mal gestionada se puede convertir en un peligro.

Y a los pies de Lenny un niño que observa, siente, quiere, espera y sufre. Es él, Freedom, quien ya adulto echa la vista atrás para reconstruir la vida de su padre, de una época y ver, por fin, de dónde viene.

La narración se abre con un homenaje a la literatura estadounidense que, a su vez es metáfora de lo que quiere contar: “Llámame Fred”, en referencia a Moby Dick, de Herman Melville. Como si en este caso la ballena fuera la cultura y la revolución perseguida por Lenny.

“Eso fue intencional. Las ideas que mis personajes persiguen son más grandes que ellos mismos”.

Eso muestra Joshua Furst en esta novela muy bien recibida en su país que llega en días de rebeliones, disturbios y reivindicaciones de toda naturaleza en Latinoamérica, España y medio mundo. Tuvo una visión larga porque la escribió en la era Obama. Una novela basada en hechos reales y enriquecida con la ficción de una escritura suelta, ágil, poética y esparcida de reflexiones acerca de la vida, de las emociones, de los sueños, de la cultura… Palabras que persiguen el rastro del idealismo, la utopía, los desposeídos. Cinco décadas después flota la pregunta de qué ha quedado de la contracultura:

“El acto de intentar cambiar la cultura se ha convertido en algo menos peligroso que entonces. Las fuerzas del mercado han incorporado muy bien a su sistema cualquier cambio que quiera alterarlo. Lo que vemos ahora como grandes cambios de la cultura no son así”.

Y resulta paradójico porque justo Internet promete facilitar y alentar estos cambios y garantizar la libertad en la creación, la comunicación y demás ámbitos:

“En los primeros años de Internet se dijo eso. Sin embargo, nos hemos dado cuenta de que esos espacios de libertad que parecían que no pertenecían a nadie resulta que sí tienen propietarios”.

La libertad, la búsqueda de ella se siente en cada página de Revolucionarios. Palabra y concepto pedido, peleado y manoseado que ha tenido un cambio desde entonces.

“La idea de libertad que quería reflejar en esta novela es una idea muy radical de libertad. Era una idea peligrosa en la que existen consecuencias porque no hay responsabilidad entre la persona que ejecuta la acción y la acción. Intentaban reflejarla y contra lo que se luchaba era contra esa parte interna de la persona de responsabilidad con la sociedad. El resultado histórico es que los revolucionarios radicales de los sesenta y setenta tuvieron que crear nuevos sistemas para no destruirse entre ellos mismos. En parte lo que ahora vemos como una libertad tan radical es porque la profundidad en que fallaron nos ha enseñado una lección tan importante y dura que la gente tiene miedo de intentarlo de nuevo”.

El libro llega a España y Latinoamérica en días de manifestaciones y reclamaciones por varios países y en que se proyecta en los cines la película Joker que ha generado debates alrededor de la violencia y cómo una libertad radical mal llevada puede propiciar más violencia.

“Históricamente en todas las películas de Batman el Joker ha sido una figura del anarquismo; y como en todas las películas de superhéroes el anarquista es el enemigo. La mitología del superhéroe enseña a la gente a conformarse. Sé que no responde a la pregunta, pero es una reflexión”.

En cuanto a la función de las obras de arte de perturbar al espectador, tipo películas como La naranja mecánica o las obras de Haneke, Joshua Furst es claro.

“Hay dos partes: una es sobre la violencia en sí misma y la diferencia que veo es que entre el radicalismo y de los personajes y el Joker es que él no tiene detrás una comunidad. En otro aspecto de la pregunta de si el arte debe poner incómoda a la audiencia creo que el arte tiene que hacer más eso, incomodar. En parte la culpa de que todos estemos dormidos es por que el arte nos ha hecho creer que debería hacernos sentir cómodos, y, sin embargo, el arte es mucho más poderoso y debe usarse de manera correcta”.

En Revolucionarios se ve el comportamiento del padre a través de los recuerdos del hijo, y donde este ve a su padre como testigo de lo que hizo y como ciudadano.

“La personalidad de Freedom no es el arco de la acción de la novela. La historia de Lenny es el arco de acción de la novela. Pero en esa búsqueda por parte de Fred de tratar de comprender las acciones de su padre vemos otro desarrollo del personaje y del propio Fred. Vemos muchas verdades humanas que son contradictorias pero humanas”.

La nostalgia parace inevitable. La soledad está presente. Parecen que no pueden escapar de ellas.

“Es un acto de nostalgia por parte del personaje, pero aunque es una historia de nostalgia no me gustaría que se leyera desde ese lado de que quieren aferrarse al pasado, me interesa que se vea la oscuridad. Y Fred tiene que convertirse en alguien lo suficientemente honesto consigo mismo para admitir que echa de menos eso.

En cuanto a la soledad, está la profundidad de soledades individuales en el contexto. Todos tenían en parte cierto grado de enfermedad mental y cuando están solos no pueden escapar de la enfermedad de la soledad, mientras que cuando están con otras personas sí pueden escapar de sí mismos”.

Es la presencia de la libertad en sus mil formas y máscaras. Pero ¿qué es la libertad para Joshua Furst?

“La propia idea del libro era encontrar respuesta a eso. Para mí la libertad es tener la capacidad de hablar y pensar sin ser condenado por ello. Actuar en el mundo con buenas intenciones, pero habiendo fallado sin que por ello me condenen”.

La novela recuerda que en los años setenta la Iglesia Católica era la propietaria casi literal de Nueva York y Columbia, pero hoy ese poder adaptado al mundo contemporáneo lo tienen los grandes colosos tecnológicos como Amazon y Google.

“Hoy estamos en manos de las grandes empresas digitales. Es bastante peligroso cuando las corporaciones que no tiene ninguna responsabilidad salvo a sí mismos y a su propio beneficio tienen más poder que la ley”.

No han cambiado mucho los tiempos y las estrategias del mundo que recrea Joshua Furst. Nació en mitad de todo aquello, en Colorado en 1971. Y cuando toda esa época se diluía, a la edad de 8 años, se enamoró de la literatura. Fue a través del teatro. Lo eligieron para un papel de niño en Esperando a Godot. Pero descubrió que lo que le gustaba no era el teatro en sí, si no la conexión profunda que había entre la obra y la potencia del texto. Así es que entre más pensaba en ello parecía que surgía un impulso que lo llevaba a escribir palabras en un papel. “Era como si las palabras salieran solas. Y, de repente, un día te haces escritor. Es una especie de adicción y una manera de entender las cosas”.

De aquello hace cuarenta años. De aquel debut teatral y vía hacia la literatura y luego la escritura. Sin embargo, antes de dedicarse más de lleno a escribir hizo mucho teatro por el que fue conocido en Nueva York. Luego estudió en el Taller de Escritores de la Universidad de Iowa. En 2003 publicó su volumen de cuentos Short People y en 2007 su primera novela, The sabotaje. Ahora ha publicado esta segunda que ha titulado Revolucionarios. Una novela escrita en los años del gobierno de Barak Obama en Estados Unidos antes de todo este presente caldeado, un hilo entre el pasado y el presente.

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