La escritora francesa Laurence Debray, la primavera de 2019. /Fotografía WMagazín

Laurence Debray: «El piso más arriba de la felicidad es el de la libertad»

La hija del filósofo francés Régis Debray reconstruye en 'Hija de revolucionarios' la vida de sus padres y la propia de una manera crítica. Es una de las invitadas a las Conversaciones de Formentor del 20 al 22 de septiembre

“Desde pequeña los libros siempre han sido mis mejores compañeros porque no tenía amigos ni estaba rodeada de niños, pasaba mucho tiempo sola. Mis padres son dos intelectuales y en casa había muchos libros. Recuerdo que con unos 11 o 12 años me encerraba de noche en el cuarto de baño a leer para que mis padres no me chillaran con que me fuera a la cama, y yo lloraba mientras leía La princesa de Cléveris, o a Balzac, o a Zola. A veces, por las mañanas, decía que estaba enferma para no ir al colegio y seguir leyendo en mi cama. La verdad es que la literatura francesa en el sentido de su lengua es un júbilo para mí, y lamento no poder leer así en otros idiomas. Más tarde comprendí que más que un país habitaba una lengua. Como digo en el libro: ‘Tengo una patria literaria que me sirve de patria tangible”.

Tras esa compañía inseparable en que Laurence Debray convirtió la lectura la transformó en su revolución. Ella también, a su manera, ha trastocado su entorno con el libro Hija de revolucionarios (Anagrama) con varios premiso en Francia. Allí sacó a relucir el ADN de desobediencia en busca de lo que cree como digna hija de sus padres, aunque a ellos no les haya hecho mucha gracia su libro: el filósofo francés Régis Debray y la antropóloga venezolana Elizabeth Burgos.

Laurence Debray (París, 1976) reconstruye la búsqueda de su identidad y de su vida a partir de la de sus padres que abrazaron en los años sesenta, antes de que ella naciera, la lucha revolucionaria de Cuba, con Fidel Castro, y de América Latina con el Che Guevara, aunque luego el padre fue acusado de traición y encarcelado durante cuatro años. De eso no se hablaba en su casa. Laurence Debray decidió contar su vida como un mosaico a partir de preguntas. Un libro entre ajuste de cuentas y homenaje al idealismo, compromiso y libertad que practicaron sus padres y, de alguna manera, le legaron a ella.

Después de todo aquello, de una infancia donde por su casa pasó la clase intelectual francesa, su nombre lo eligió Yves Montand, Laurence Debray dice que la relación con América Latina está en sus genes. Lo explicó en la pasada Feria Internacional del Libro de Bogotá de una manera cálida y en un español aprendido desde pequeña en varios lugares. Esta semana será una de las invitadas especiales a las Conversaciones Literarias de Formentor (España), del 20 al 22 de septiembre de 2019.

«Mi relación con Latinoamérica viene, sobre todo, por el lado de mi madre que es venezolana y que ha vivido por todos lados en América Latina. Mis padres, después de que su gran epopeya latinoamericana, no tienen tanta relación con este continente. No quieren meterse en la política de ahí, no quieren opinar, ya lo hicieron y sin consultar a esos ciudadanos. Mi relación viene de la sangre de mi madre, es algo más sentimental y muy emocional.

De lo que ellos hicieron no tuve ecos por parte de ellos porque no me contaron nada. Solo tenía, y me impresionaba muchísimo, cuando escuchaba las historias de los exiliados latinoamericanos que llegaban a París y había que ayudar”.

Laurece Debray lo expresa con un gesto de preocupación. Y sale a relucir uno de sus recuerdos reflejado en el libro: “El sofá del salón veía desfilar a muchos exiliados. La fraternidad política suponía una solidaridad absoluta. En aquella época los refugiados no llegaban masivamente”. Todo eso visto y vivido por una niña y adolescente empieza a modelar su identidad de la que no era muy consciente hasta que empezó a escribir Hija de revolucionarios.

La escritura de este libro me ha ayudado a definir mi identidad. Fue una búsqueda de pertenencia. Este libro me permitió saber cuáles eran mis orígenes. Yo me construí, como mucha gente, en contra de mis padres, y de manera un poco básica, me voy de banquera a Estados Unidos. Rechazaban lo que decidí estudiar, Finanzas, y el capitalismo, pero yo después de esa rebeldía adolescente necesitaba ir más lejos. Mi identidad es complicada porque fui educada por mis abuelos paternos que eran unos grandes burgueses parisinos, luego tenía el lado de mi madre de Venezuela, la sangre latina, y luego estaba mi padre que en ese momento era consejero de Miterrand y era un intelectual franco nacional. Además, vivimos en España, yo me fui a estudiar a Londres, pasé unas vacaciones en Cuba… Tuve que construirme poco a poco, creo que me construí muy tarde… pero menos mal que llegó».

Y deja escapar una risa entre tímida y sorprendida. Guarda silencio mientras parece recapitular las palabras con las que acaba de toparse… Y guarda otro momento más de silencio ante la pregunta de por qué cree que llega tarde a descubrir su identidad.

…Creo que quería huir de toda esa historia, quería escaparme de toda esa predestinación que tenía…  No quería hacerme preguntas, quería avanzar, no darme la vuelta y ver de dónde venía… Entre otras cosas porque eran unos temas dolorosos para mis padres… Ellos no me hablaban de aquello. Me costaba mucho abordarlos. Había un silencio en casa al respecto, era un poco incómodo».

Laurence Debray en al Feria del Libro de Bogotá. /Fotografía WMagazín

De niña recibía regalos de actores o de políticos como Castro. Hasta que crea en su casa un péndulo, sus padres luchan por la izquierda revolucionaria y ella opta por las finanzas y se va a trabajar a Wall Street.

“Fue una decisión lenta. Fueron oportunidades. Yo era buena alumna y los buenos estudiantes podían ir a Wall Street a trabajar, además, tenía la excitación de hacer algo prohibido en mi casa”.

De la misma manera que sin un plan establecido ha tomado un camino también andado por sus padres, no en el sentido ideológico sino en el cultural. La hija rebelde que cuestiona los caminos de sus padres sigue ahora una vía paralela en otro campo.

“Sí, es verdad… me autoricé a hacerlo. Antes lo sentía como algo prohibido. No quería seguir la misma ruta de mis padres porque son personajes tan potentes y tan fuertes y omnipresentes que… pero esa es la vía con la que quería expresarme y no podía darme la espalda. Lo hago por mí, y tenía desde pequeña esas cosas del rey de España…”.

Se refiere al episodio de su adolescencia cuando de niña, tras regresar de unas vacaciones en España, puso en la pared un póster del rey Juan Carlos. Entonces su padre se lo quitó y lo cambió por uno de Miterrand. Años después Jorge Semprún la animaría a que escribiera su primer libro que sería la biografía Juan Carlos de España.

En este repaso de su vida destacan algunos conceptos que ella realza en el libro y que, precisamente, parecen resquebrajarse: Compromiso, coherencia, desobediencia, libertad y democracia. Laurence Debray se refiere a cada uno de ellos entre la anécdota y la reflexión.

Compromiso.

“Para mí el compromiso absoluto es el de mis padres. En aquel momento es un compromiso íntegro, total. No es la pequeña política, es la gran política. Tengo esa fascinación de una entrega total y al mismo tiempo no la entiendo. En muy ambiguo para mí.

Creo que mis padres necesitaban montarse en el tren de la gran historia, tener un impacto. No solo, como todos sus compañeros, hablar de revolución en el Barrio Latino de París sin salir de allí. Mi padre fue el único en pasar a la acción y saber lo que era el compromiso político con todas sus consecuencias de violencia, de muerte y de cárcel.

Coherencia.

“Siempre tuve la necesidad de tener una cierta coherencia. Lo que para mí fue complicado fue tener unos personajes públicos como padres y moralizadores y con grandes principios. La leyenda no es la leyenda en casa. En lo cotidiano no es tan heroico. Eso es para mí lo más complicado de aceptar. Y es muy difícil contarlo también porque te dicen: ‘bueno, atacas la leyenda’; pero yo tengo un padre, no una leyenda, la parte íntima. Siempre hay una pugna”.

Desobediencia.

“Es algo genético. Ya mis abuelos estaban en la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial. Mis padres son unos maestros de la desobediencia… Yo también soy muy desobediente. Hay una anécdota, mi hijo de 9 años es muy desobediente y la maestra se quejó, yo le dije: ‘Bueno, es que es algo familiar”.

Libertad.

“Mi madre probó la libertad que es como lo máximo y es el aspecto más fundamental de la vida: libertad de pensar, libertad de decir lo que se piensa, libertad de actuar, libertad de construirse como uno quiere y libertad de poder hacer este libro. Es la libertad que me transmitieron mis padres. Eso es una cosa, pero mis padres no están en los sentimientos y en la intimidad, no es su rollo. Yo reivindico que somos seres humanos, al final no es solo la gran política, pero creo que eso no lo entienden. Hay un fragmento del libro que recuerda a mi madre, es un pasaje de Félicien Marceau citado por Alain Finkielkraut en su discurso de ingreso en la academia:

“-Ante todo, ¿Cómo esta?

-Está muy bien.

-¿Es feliz?

-Es libre.

-¿Eso es distinto?

-Es un piso más arriba”.

Yo creo que es eso, el piso más arriba de la felicidad es el de la libertad. Y es por eso que me meto mucho con el asunto de Venezuela porque allá no hay libertad verdadera.

Democracia.

“Yo nací en la democracia y me parecía algo inamovible, pero la democracia es muy frágil. Mira los movimientos populistas en Europa. Hay que cuidar la democracia, la generación de mis padres no era muy…

Debemos ser muy vigilantes, ser ciudadanos. A veces nos olvidamos ser ciudadanos que significa tener deberes y derechos. A veces, queremos solo los derechos y no los deberes. Hay que tener un sentido del bienestar nacional del país. Y en Venezuela se ha perdido luchar para un país. Europa son naciones muy viejas, incluso en naciones viejas las democracias son frágiles, imagínate, entonces, en países nuevos.

Y ella es hija de revolucionarios en un mundo diferente en el cual reivindica valores clásicos. Su voz ha contado la historia y la intrahistoria de unos personajes importantes en los años sesenta, setenta y ochenta. Un acercamiento serio, crítico y noble al mismo tiempo en el cual sabe que después de la felicidad está la libertad.

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