Muere Ricardo Piglia, el escritor argentino que creó una dimensión nueva entre realidad y ficción

El autor de Respiración artificial, Plata quemada y Los diarios de Emilio Renzi falleció a los 76 años. Fue también un gran crítico literario

El 3 de marzo de 1957 Ricardo Piglia, con 16 años, cogió un cuaderno de hule negro y empezó a escribir el proyecto donde fundiría vida y literatura: “(Nos vamos pasado mañana.) Decidí no despedirme de nadie. Despedirse de la gente me parece ridículo. Se saluda al que llega, al que uno encuentra, no al que se deja de ver”. Y le haremos caso ahora que ha muerto a los 76 años este 6 de enero. Es uno de los autores hispanohablantes más destacados de las últimas décadas.

Se ha ido aquel niño de cabello acaracolado que creció en ausencia de literatura, pero que tan pronto aprendió a leer tuvo la pulsión de ser escritor para encontrar el mecanismo que le revelara la magia de aquellas combinaciones de palabras que lo sacaban de este mundo.

Dio con ellas a los 16 años cuando empezó a escribir en secreto. Sin darse cuenta, eligió su vida para crear el juego literario de su universo creativo. Fueron los primeros pasos para zigzaguear entre la realidad y su ficción a través de unos cuadernos que abrieron la puerta de una nueva dimensión entre verdad e imaginación. Año y medio después de que comenzara a hacerlos públicos, a editarlos, Ricardo Piglia murió. Pero aquel día inaugural de hace ya casi 60 años y los que siguieron se quedaron con nosotros en sus libros y en el documental 327. Un diario cinematográfico, de Andrés Di Tella.

Lector, crítico, editor, guionista, profesor de literatura y, sobre todo, narrador, Piglia nació en Adrogué, provincia de Buenos Aires, el 24 de noviembre de 1940. Vivió entre Argentina, EE UU y la literatura. Pasó sus últimos años en Buenos Aires a causa de una esclerosis lateral amiotrófica (ELA) que afectó a sus músculos, pero no le quitó la lucidez intelectual y creativa, por lo cual trabajó hasta casi el último momento. Obtuvo muchos premios importantes, entre los que destaca el Formentor de las Letras, en 2015, concedido por ser un “autor de una obra narrativa que se desenvuelve armónicamente entre la originalidad y la cultura popular, y la tradición más exigente”.

Una de sus últimas declaraciones y análisis las dio tras conocer esta noticia: “La literatura persiste en nuestra época porque uno de sus horizontes es justamente contar cómo sobreviven los hombres en esta intemperie que no tiene fin. Malos tiempos para la lírica, dijo el poeta en un poema donde exaltaba el coraje y la ironía de los que perseveran sin transigir”.

Ricardo Piglia (izquierda) con Jorge Herralde, su editor de Anagrama, en el año 2013. Fotografía de Lisbeth Salas

Piglia es autor de tres libros de cuentos, cinco novelas, seis ensayos, una novela corta y dos volúmenes de diarios. Desde Respiración artificial, su primera novela (1980), ocupó un lugar destacado entre los autores latinoamericanos posteriores al boom. A esa historia sobre la dictadura militar de su país le siguieron 12 años de silencio, hasta La ciudad ausente. Cinco años más tarde, en 1997, su literatura llegó al gran público con Plata quemada. Otros 13 años de silencio fueron interrumpidos con Blanco nocturno (2010-Premio de la Crítica en España y Premio Rómulo Gallegos). A ello siguió una estela de premios. Su última novela fue El camino de Ida (2013). Toda su obra la edita Anagrama. Sus historias se caracterizan por ser tramas sentimentales o de bajos fondos que esconden algún secreto, rodeadas por un suceso policial que lo lleva a indagar sobre el poder y sus resortes.

En uno de sus ensayos literarios de referencia, Crítica y ficción, Piglia ofrece una clase magistral. Sus dos últimas obras nacen de los primeros textos que escribió, aquellos cuadernos de hule negro donde fundió realidad y ficción: Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación y Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices. El nombre del personaje que da título a estos diarios es el espejo y el desdoblamiento de él en su literatura. Nace en 1967, en el cuento La invasión. Es un alter ego, periodista y aspirante a escritor, cuyo nombre entresaca de su segundo nombre y segundo apellido: Ricardo Emilio Piglia Renzi.

En estos cuadernos, el autor argentino registraba su vida, privada y pública, como si fuera de otro. ¿Era otro? Se adelantó a reinaugurar una parte del siglo XXI literario. Esa moda actual del yo, del escritor que convierte su realidad en materia literaria y busca llevarla al extremo, hasta difuminar las fronteras de lo real y lo ficticio para crear una dimensión nueva.

Cuando su nieta Carlota Pedersen fue en 2015 a Mallorca, a recibir en su nombre el Formentro de las Letras, aclaró: “No, Ricardo no tiene dos caras. Él es su obra”. Ella viajó porque a él la enfermedad se lo impidió. Y aún en medio de esa batalla que Piglia libraba con el ELA, su nieta recordó el espíritu optimista de su abuelo: “Una persona con una actitud fascinantemente optimista ante la vida. Carece de esa visión romántica de que todo pasado fue mejor. Es alguien pendiente de la búsqueda”. Lo reconoció también Jorge Herralde en su texto de homenaje, cuando dijo que “gracias a esa enfermedad”, ha podido escribir el libro cómico que siempre quiso escribir. Sus diarios desde 1957. Esa etapa actual de reencuentro con sus diarios y de reescritura la llamaría “mis años felices”. Según Piglia, al volver a leer y transcribir esos diarios se divirtió viendo “lo ridículo que es uno: hice sin querer de mi experiencia una sátira de la vida en general y también en particular”.

Puedes leer un fragmento aquí de “Los diarios de Emilio Renzi”

Su mirada sobre la autoría la reflejó al comienzo de auellos cuadernos: “¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro)”.

Más adelante, el joven Ricardo Piglia da cuenta, a los 25 años, de su análisis del lenguaje: “Un lenguaje es un sistema arbitrario por medio del cual actúan entre sí los mismos miembros de una comunidad y así aprenden un determinado modo de vida. La realidad tal como la conocemos está condicionada por la categoría gramatical y sintáctica del lenguaje que usamos (decide el orden, la continuidad, los tiempos verbales, es decir, la conciencia de la distinción entre presente, pasado y futuro). La gramática ordena el orden del mundo y propone una morfología (que se ocupa de la estructura de las palabras) y una sintaxis (que se ocupa de la manera en que las palabras se combinan en oraciones y en frases)”.

Todas estas reflexiones, descripciones, análisis nacen en 1957, con 16 años. Fue cuando su familia, padres y hermano tuvieron que salir casi corriendo de Adrogué. Fue el inicio de sus cuadernos. Fue después de que su padre saliera de la cárcel, a donde había ido a parar tras la caída del Gobierno de Juan Domingo Perón, en 1955. Fue cambiaron de ciudad. “Viví ese viaje como un destierro. Después nunca me ha importado el lugar donde he vivido”, confiesa Piglia en el documental que hizo en 2015 sobre él Andrés Di Tella: 327 cuadernos, un diario cinematográfico. Una película sobre el encuentro de Piglia con sus diarios y la lectura que hace de ellos. Tres años de rodaje que muestran la evolución del proyecto de Piglia. “¿Dónde estoy yo? Invisible en el recuerdo soy el que mira la escena”, dice el escritor en la película.

327 cuadernos, de Andrés Di Tella, es un bonito y didáctico documento para ver y aprender de Ricardo Piglia en sus últimos meses. Ahí está una de las últimas imágenes del escritor para el recuerdo: Piglia mira al cielo mientras su cara refleja el baile de sombras de las hojas de un árbol mecido por el viento. Confirma que la memoria tiene vida propia, como el corazón, y nadie la manda. Allí vuelve al origen de su escritura. A esa que empezó en secreto con 16 años.

Era el domingo 3 de marzo de 1957. La tristeza lo invadía. Iban a mudarse de casa, de ciudad. Su mundo conocido iba a quedar atrás. Entonces cogió uno de sus cuadernos del colegio, lo abrió y empezó a escrinibr, sin saber, el proyecto de su vida con estas palabras, a las que haremos caso: “3 de marzo de 1957 (Nos vamos pasado mañana.) Decidí no despedirme de nadie. Despedirse de la gente me parece ridículo. Se saluda al que llega, al que uno encuentra, no al que se deja de ver”.

Lee un fragmento de Los diarios de Emilio Renzi:

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Vídeo de homenaje a Piglia por su 75 cumpleaños, Casa de América, Madrid

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