Muere Tom Wolfe, uno de los pioneros del “Nuevo periodismo”

El periodista y escritor estadounidense murió en Nueva York a los 88 años. Es uno de los autores más influyentes en las técnicas que mezclan literatura y reporterismo. Llegó al gran público con su novela 'La hoguera de las vanidades'

El joven que quiso ser beisbolista, luego dibujante y que terminó convertido en uno de los periodistas y escritores más influyentes del último medio siglo ha muerto: Tom Wolfe. Tenía 88 años y se negó a dejar su estela de dandi a las puertas de un gran coctel vespertino.

Hasta sus últimas apariciones públicas su aspecto seguía detenido en los años sesenta sureños, a su manera: traje blanco-marfil, chaleco del mismo tono y blazer casi nunca abierto para que su camisa y corbata llamativas fueran un pequeño triángulo donde la mirada ajena siempre se posara; y, según que situaciones, tocado por un sombrero, preferiblemente de fieltro color,¡sí!, beig.

Ese era el aspecto eterno del reportero que en 1963 ayudó a mover el suelo del periodismo. Corrió sus fronteras de manera audaz al empezar a narrar informaciones en las que los detalles y los trazos visibles  y sicológicos de los personajes e interpretaciones suyas cobraron relevancia para crear un fresco novelado de la realidad. Frases de chistera, metáforas curiosas, la literatura embarrada de realismo, dardos a lo políticamente correcto y a la progresía.

Wolfe fue uno de los padres del llamado Nuevo periodismo en unos años de grandes transformaciones para el mundo que parecía reclamar otro ritmo, otra mirada, otro pulso más acorde a los latidos de los nuevos tiempos que venían de prisa. Un hecho tras otro, tras otro, en un carrusel de reinvención de la vida en una prosa rápida y acerada, con algunos meandros.

Cuando Truman Capote andaba casi solitario en los años cincuenta con sus piezas periodísticas y perfiles que empezaban a borrar las fronteras del periodismo y la literatura, Tom Wolfe era un tímido y ambicioso reportero del Springfield, de Massachusets, luego del The Post y en el año crucial, 1963, ya estaba en el Herald Tribune. Por esos años nacerían sus vínculos con Esquire donde publicó artículos y reportajes de la cultura pop y  alrededores.

Wolfe era un hombre competitivo a quien más que interesarle los temas le obsesionaba el estilo, el cómo tenía que contarlo, quería crear su estilo; como su vestuario con el que pretendía decir simple y llanamente: “Aquí estoy”. Su aspecto atildado, a destiempo, barroco y con detalles insoslayables eran un reflejo de su escritura, o al revés.

Su estilo era tan abrumador que enmascaró lo que no estaba allí: durante las turbulentas décadas de 1960 y 1970, evitó escribir sobre la guerra en Vietnam, los derechos civiles, el movimiento de mujeres, la política exterior o la política. Rara vez escribía sobre celebridades”, recuerda The Washington Post, donde también trabajó en sus inicios.

“Temía que le gustara más a los lectores por los temas que abordaba y no por mi escritura”, confesó a The Post en 1979, según recuerda The Washington Post.

Su éxito fue primero en el periodismo y sus ecos impregnaron los ámbitos culturales, pero no fue hasta 1987 con su novela La hoguera de las vanidades que llegó al gran público. Luego seguirían Todo un hombre, Soy Carlotte Simmons y Bloody Miami.

Wolfe pertenecía al grupo de autores que renovaron el periodismo como Joan Didion, Gay Talese, Jimmy Breslin, George Plimpton, Hunter S. Thomson y el mismo Norman Mailer.

Como buen periodista, Wolfe generaba frases como titulares, frases para ser recordadas, frases como sacadas de un salero:

“Hay que hacer un mundo protegido de la hipocresía”.

“La muerte es el último viaje, el más largo y el mejor”.

“La sanación más segura para la vanidad es la soledad”.

“La tarea del escritor consiste en mostrar cómo el contexto social influye en la psicología personal”.

“La soledad es y siempre ha sido la experiencia central e inevitable de todo hombre”.

“Un intelectual es alguien que sabe sobre un asunto, pero que, públicamente, solo habla de otras cosas”.

“Los deconstruccionistas me afeaban, empleando un argumento esencialmente marxista: “¿No entiendes que el establishment te controla hasta tal punto que controla tu vocabulario? Crees que dices la verdad, pero en el fondo solo estás usando sus palabras”.

“En mis inicios escribía sobre temas llamados pop. Gracias a Dios, esa palabra ha pasado de moda. Ya sabe, la gente era joven y hacía cosas salvajes y locas, y se asumió, por lo que escribía, que yo debía ser muy progresista. Pero un buen día decidieron que no, que yo era un conservador. Y eso aún permanece”.

Tom Wolfe nació el 2 de marzo de 1930 en Richmond y murió el 15 de mayo de 2018 en Nueva York. Su madre fue un ama de casa con inquietudes artísticas y su padre un agrónomo editor de una revista para agricultores. De esas aspiraciones maternas y raíces terrenales paternas surgió Tom Wolfe.

El juego del reportaje, el nuevo periodismo

El comienzo del famoso libro de Tom Wolfe, El nuevo periodismo, es un autorretrato profesional, creativo y personal. Una declaración de intenciones. Estas son sus palabras:

“Dudo de que muchos de los ases que ensalzaré en este trabajo se hayan acercado al periodismo con la más mínima intención de crear un «nuevo» periodismo, un periodismo “mejor”, o una variedad ligeramente evolucionada. Sé que jamás soñaron en que nada de lo que iban a escribir para diarios o revistas fuese a causar tales estragos en el mundo literario… a provocar un pánico, a destronar a la novela como número uno de los géneros literarios, a dotar a la literatura norteamericana de su primera orientación nueva en medio siglo… Sin embargo, esto es lo qué ocurrió. Bellow, Barth, Updike —incluso el mejor del lote, Philip Roth— están ahora repasando las historias de la literatura y sudan tinta, preguntándose dónde han ido a parar. Malditos sean todos, Saul, han llegado los Bárbaros…
Dios sabe que nada nuevo abrigaba mi mente, y mucho menos en cuestiones literarias, cuando conseguí mi primer empleo en un periódico. Me impulsaba un ansia desatada y artificial hacia algo completamente distinto. (…)

En cualquier caso, al conseguir mi doctorado en literatura norteamericana en 1957, yo me hallaba en las garras crispadas de una enfermedad de nuestro tiempo cuyos pacientes experimentan un arrollador deseo de incorporarse al “mundo real”. Así empecé a trabajar en los periódicos. En 1962, después de unas tazas de café aquí y allá, llegué al New York Herald Tribune… ¡Ése debía ser el lugar!… Contemplaba la oficina del Herald Tribune, a cien polvorientas yardas al sur de Times Square, con una especie de atónito embeleso bohemio… O eso es el mundo real, Tom, o no hay mundo real… El lugar parecía el cepillo de limosnas de la iglesia de la Buena Voluntad… un confuso montón de desperdicios… Escombros y fatiga por doquier…

(…)

El ruedo en que lidiaban los expertos del reportaje difería del de los periodistas de escuela también en otro sentido. La competencia no consistía necesariamente en que trabajaras para otra publicación. Podría resultar igualmente probable tener que competir con gente de tu propio periódico, lo que hacía aún menos probable que sintieras deseos de hablar sobre el asunto.
Así que allí me encontraba frente a la mitad de la competencia de Nueva York, justo en la misma oficina que yo, porque el Herald Tribune era como la plaza de toros principal de Tijuana para los especialistas del reportaje… Portis, Breslin, Schaap… Schaap y Breslin tenían su columna, lo que les permitía mayor libertad, pero yo imaginé que podía vencerles a los dos. Había que ser valiente. Encima, en el Times, estaban Gay Talese y Robert Lipsyte. En el Daily News estaba Michael Mok. (Había otros  competidores también en todos los demás periódicos, incluyendo el Herald Tribune. Menciono únicamente a los que recuerdo con mayor claridad. ) Mok y yo habíamos sido rivales antes, cuando yo trabajaba en The Washington Post y él en el Washington Star. Mok era un duro competidor, porque, por cualquier cosa, no vacilaba en arriesgar su pellejo con el mismo valor insensato que más tarde mostró en sus reportajes sobre el Vietnam y la guerra arabe-israelí para Life.
(…)

El caso es que al comenzar los años sesenta un nuevo y curioso concepto, lo bastante vivo como para inflamar los egos, había empezado a invadir los diminutos confines de la esfera profesional del reportaje. Este descubrimiento, modesto al principio, humilde, de hecho respetuoso, podríamos decir, consistiría en hacer posible un periodismo que… se leyera igual que una novela. Igual que una novela, a ver si ustedes me entienden. Era la más sincera fórmula de homenaje a La Novela y a esos gigantes, los novelistas, desde luego. Ni siquiera los periodistas que se aventuraron primero en esta dirección dudaban por un momento que el escritor era el artista soberano en literatura, ahora y siempre. Todo cuanto pedían era el privilegio de revestir su mismo ropaje ceremonial… hasta el día en que se armaran de valor, se mudaran a la cabaña y lo intentaran de veras… Eran soñadores, es cierto, pero no soñaron jamás una cosa. No soñaron jamás la ironía que se aproximaba. Ni por un momento adivinaron que la tarea que llevarían a cabo en los próximos diez años, como periodistas, iba a destronar a la novela como máximo exponente literario”.

Su último libro de ensayos lo publicará en septiembre la editorial Anagrama: El reino del lenguaje. Un libro que salió en 2016 en Estados Unidos.

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Un comentario

  1. Una gran pérdida. Su legado periodístico y literario es valioso y de gran utilidad para todo periodista y más aún para quienes se inician en esta hermosa carrera por la verdad y la justicia.Descansa en paz, Tom Wolfe, gran Maestro del nuevo periodismo.

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