Peter Handke, en el Instituto Goethe de Madrid. / Fotografía de Lisbeth Salas

Peter Handke, en el Instituto Goethe de Madrid. / Fotografía de Lisbeth Salas

Peter Handke, sus luchas perdidas con la escritura y las amenazas que vive la literatura

El escritor austriaco será investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alcalá de Henares. “He leído el proyecto de Cataluña y da miedo”, dice en una rueda de prensa

Peter Handke confiesa una batalla perdida con la escritura: “No puedo luchar contra las frases largas”. Lleva más de medio siglo escribiendo y sus frases se crecen y se crecen a medida que pasan los años, al igual que su prestigio. Por eso, cuenta Handke, “me alegro cuando después de diez frases largas consigo escribir una corta”. Aunque desconfía de las frases cortas, “de esos libros que cada dos frases abren un nuevo párrafo”. Está convencido de que la realidad solo se puede captar “si haces como si lanzaras una soga al aire”, dice mientras su brazo derecho gira como si fuera un vaquero.

Es la pequeña revelación de un dramaturgo, poeta, narrador, ensayista y guionista de cine que lleva medio siglo a la caza del alma del lenguaje. Medio centenar de libros en los cuales Handke (Austria, 1942) no ha cesado de explorar la candencia, la sonoridad, el ritmo de un lenguaje al servicio de una historia.

Lo dijo en voz baja delante de unos periodistas en el Instituto Goethe, de Madrid, poco antes de terminar la rueda de prensa que lo ha traído a España, donde este miércoles 24 será investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alcalá de Henares. Una veintena de periodistas a la caza de sus opiniones literarias y políticas. Y él toda la vida a la caza del alma del lenguaje.

Media hora antes, Handke, hacia las 6 y 40 de la tarde, estaba delante de los fotógrafos en el jardín del Instituto Goethe. “Más al fondo, más al fondo”, le decían para que se acercara a una pared verde florecida de pequeñas flores blancas. Y Handke, uno de los autores más inaccesibles, obedecía a los fotógrafos con una sonrisa. “Ahora siéntese aquí, por favor”. Y Handke se sentaba. “Mire a este lado”, y Handke miraba. Aunque después de cinco minutos de fotos dijo con su español claro y con humor: “Hay bastantes fotos ya, ¿verdad?”. “Sí, sí”, respondieron los fotógrafos, a la vez que el escritor se levantaba con una sonrisa mientras decía: “Es como el Festival de Cannes”.

Peter Handke en los járdines del Instituto Goethe, de Madrid, este mayo de 2017. /Fotografía de Lisbeth Salas
Peter Handke en los jardines del Instituto Goethe, de Madrid, este mayo de 2017. / Fotografía de Lisbeth Salas

Cruzó unas puertas de cristal y en el salón lo esperaban los periodistas. Lo presentaron Georg Pichler, que lo acompañará esta semana en España, y Cecilia Dreymüller que, tras dar algunas claves de su obra, presentó dos títulos inéditos: Handke y España (Alianza, con edición de Dreymüller) que reúne sus escritos sobre este país; y Contra el sueño profundo (Nórdica Libros, traducido por Dreymüller), y que reúne sus ensayos sobre literatura, arte y política. Se suman a títulos como Los avispones (Nórdica Libros), Desgracia impeorable (Alianza), La noche del Morava (Alianza) o la obra de teatro El pupilo quiere ser tutor.

Tras esta presentación se abrió la rueda de preguntas. Unos 40 minutos en los que Handke hablaría casi todo el tiempo en un español pausado. La primera pregunta hacía relación a que en el año 2002 él había escrito: ‘No tengo nada que decir, por eso escribo’. ¿Piensa igual?

– Sí…

Así, sin más palabras, contestó Peter Handke. Quedó claro. Segundos después enlazó diciendo que nunca ha hablado español, aunque sí entiende y puede leer periódicos y libros. Reflexionó sobre la diferencia entre hablar y decir y escribir. “Aunque, a veces, puedo decir algo de forma directa, y el teatro es el medio apropiado”.

Pronto llegaron las preguntas políticas para alguien de origen esloveno, que escribe en alemán, vive en Francia hace muchos años y desde la guerra de los Balcanes, a comienzo de los años noventa, ha expresado opiniones que para muchos no dejaba claro de qué lado estaba. Cuando su lado siempre ha sido el de la justicia por parte de un bando o de otro, ante las injusticias y crueldades por parte de unos y de otros. Y, claro, eso ha dado titulares y titulares de prensa hasta tal punto que de ser considerado un gran escritor y abanderado de la izquierda y el progreso pasó a ser casi ignorado por los reconocimientos literarios. Aunque vista la realidad del mundo real sus palabras empiezan a encajar en el puzle geopolítico y él a ser distinguido con premios.

Al sentir que podía ser emboscado por preguntas políticas aclaró que no era un autor de la actualidad. Pero se le escapó el titular de la noche:

-He leído el proyecto de Cataluña y da miedo…

-¿Por qué?

-Buena pregunta… No tengo respuesta…

Así, sin más palabras. Handke se refería a que había leído esa mañana en el diario español El País la información sobre la ley para declarar la independencia que tiene preparada algunos partidos de Cataluña. Lo dice él, que conoce la situación de Europa y los dramas nacionalistas.

“No soy un escritor que fomente la opinión política”, afirmó. Pero en un juego sutil, a lo Handke, pasó a hablar de lo sospechoso de cierta alegría en estos tiempos: “Si uno aspira a la alegría es mejor comprar unas zapatillas Adidas”.  Reconoció que nunca ha tenido anhelos, “solo sueño y trabajo”.

Fue cuando empezó a dejar claro que no es ni pesimista ni optimista, “eso no tiene nada que ver con la literatura”. Y de eso era de lo que quería hablar este escritor contemplativo que huye de las estridencias del mundo, que prefiere el silencio y la soledad. Ya su infancia y adolescencia le dejaron dolores imborrables, y la madurez lo ha hecho testigo de la tragedia humana.

Peter Handke prefiere la literatura, la lectura, la escritura, la charla alrededor de los creadores. Así salieron a relucir frases sobre Shakespeare, Antonio Machado o Cervantes.

Alguien trató de enlazar todo esto con la política para preguntarle su opinión sobre si existían las marcas nacionales en un idioma, en la literatura. “Toda lengua es maravillosa, y cada lengua es diferente, tiene su seña de identidad”, fue lo primero que contestó. “Uno de los tesoros de la humanidad es que existen mil y una lenguas”. La diversidad. La riqueza de la pluralidad es su discurso. Su credo.

Advirtió del temor de la internacionalización de la literatura, de la homogenización de las lenguas a la hora de escribir, que lleva a crear una forma estándar de escritura en diferentes países e idiomas. Insistió en la importancia de “la búsqueda del ritmo del alma del lenguaje distinta en cada uno”.

Cervantes, Goethe.  A ellos los puso como ejemplos de la diferencia de ese alma reflejada en la belleza de sus creaciones.

Handke lleva más de medio siglo en busca de ella en sus escritos. Cuando se le preguntó sobre cuáles podrían ser los principales cambios en su relación con el lenguaje y su búsqueda del alma en este medio siglo atinó a señalar que “los lectores son los que deben decirlo”. Tras una breve pausa y una media sonrisa, confesó una batalla perdida:

-Mis frases se hacen cada vez más largas. No puedo luchar contra ellas. Solo se puede captar la realidad si haces como si lanzas una soga. Desconfío de las frases cortas, de esos libros que cada dos frases abren un nuevo párrafo. Me vuelvo loco. Eso no es una lectura.

Luego, entre bromas, añadió: “Me alegro cuando después de diez frases largas consigo escribir alguna frase corta”.

Un rato después, Peter Handke volvía a los jardines del Instituto Goethe en una de sus actividades preferidas: contemplar, observar. Con la cabeza levantada debajo de un árbol miraba una cotorra. Buscaba entre sus ramas esos pájaros que parecen invadir estos días Madrid. Ahí se entretuvo. Contemplar, observar, para convertir lo sentido y vivido en palabras escritas dotadas de un alma.

Peter Handke busca una cotorra en los árboles del Instituto Goethe, de Madrid, acompañado de Sophie Semin. /Fotografía de Lisbeth Salas
Peter Handke busca una cotorra en los árboles del Instituto Goethe, de Madrid, acompañado de Sophie Semin /Fotografía de Lisbeth Salas

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