El escritor francés Philippe Claudel.

Philippe Claudel: «La petición de los gobiernos a los inmigrantes para recoger cosechas es cínica, no es humanitaria»

El autor de 'El archipiélago del perro', una fábula sobre la insolidaridad y los prejuicios hacia la inmigración, reflexiona sobre el llamado que hacen algunos países a esos inmigrantes desdeñados para que les ayuden en la crisis sanitaria

Los inmigrantes indocumentados que ayer eran desdeñados, o incluso perseguidos, en Europa y Estados Unidos hoy son requeridos. El Covid-19 ha cambiado las políticas migratorias. Hoy son los gobiernos los que piden a esos mismos inmigrantes que ayuden a recoger las cosechas o trabajen en diferentes labores del campo o que ejerzan sus profesiones relacionadas con áreas de la salud que antes no aceptaban pero ahora sí con la promesa de que solucionarán su situación, o parte de ella. El Covid-19 los ha vuelto necesarios y ha recordado su importancia en pilares de la sociead y de la vida.

La necesidad de cooperación, solidaridad y las vueltas que da la vida son líneas temáticas de El archipiélago del perro (Salamandra), de Philippe Claudel (Nancy, Francia, 1962). En la primera página de la novela el narrador dice:

“El egoísmo os engorda. Dais la espalda a vuestros hermanos y perdéis el alma. Vuestra naturaleza está hecha de olvido. ¿Cómo juzgarán vuestra época los siglos futuros?”.

Philippe Claudel escribió su novela como una gran fábula de la realidad europea sobre las políticas, los prejuicios y el trato de mucha gente hacia los inmigrantes. No es la primera vez que se interesa por ellos o por los refugiados en su literatura. Ha influido el hecho de haber nacido y que vive en una zona de frontera entre Francia y Alemania donde es testigo de lo delicada de la situación.

De ello habló en febrero en el Hay Festival de Cartagena de Indias (Colombia) antes de conocer la nueva realidad planetaria ante el Covid-19. Una problemática que se ha agudizado porque la inmigración es uno de los segmentos más vulnerable y necesaria a la vez. Sobre esta situación inesperada e inédita, Philippe Claudel responde por correo electrónico una pregunta sobre la petición de diferentes gobiernos de solicitar a los inmigrantes indocumentados que pueden ayudar a la recolección de cosechas a cambio de regularizarles parte de la situación, o incluso han pedido a médicos y profesionales de la salud sin permiso de trabajo que se pueden incorporar a los programas sanitarios oficiales ante la crisis:

«Podríamos acoger con beneplácito esa decisión. Pero desafortunadamente en la petición de los gobiernos a los inmigrantes vemos todo el cinismo: lo que guía al gobierno en este caso no es el sufrimiento, la situación precaria de las personas frágiles y explotadas como esclavos, sino la razón económica, la necesidad imperiosa de que el sistema económico-capitalista no colapse. Por lo tanto, no hay nada humanitario al respecto. Incluso, si al final alguno o algunos se beneficiaran de ello no serán ‘salvados’ porque sean personas, sino porque son armas. Es un poco como tomar la decisión de evitar que los migrantes se ahoguen porque el motor del barco de la guardia costera ha fallado y se necesitan muchos hombres para remar y llegar a tierra».

La realidad ha querido conectar este presente y esta última frase de Clauden con el comienzo de El archipiélago de perro: la aparición de los cuerpos de inmigrantes en la playa de una isla. La primera persona que los ve es una anciana. Luego se enteran el alcalde, el médico, un pescador, un maestro y un cura. Seis personas que le permiten al escritor y cineasta francés empezar su viaje a las zonas sombrías de la condición humana. De la manera como una sociedad se aísla y con ello empieza a vivir una implosión mientras creen que hacen lo mejor. Sobre esto habló Philippe Claudel en uno de los amplios corredores del hotel Santa Clara, de Cartagena de Indias, el 1 de febrero de 2020:

Una de mis intenciones era reflexionar y mostrarle al lector la manera como actuamos de manera egoísta frente a los inmigrantes, a los refugiados, a la gente que huye de sus países, cuando nosotros en Europa en muchos momentos de nuestra historia hemos necesitado de ellos y somos lo que somos, en parte, gracias a esa acogida que hemos dado.

Desde joven me he identificado con esta problemática. En esta novela traté de mezclar preguntas contemporáneas importantes sobre la inmigración con ese acercamiento diferente que proviene del mito y nos cuenta. No soy periodista, ni historiador, sino escritor y soñador. Intento componer esta versión para explorar el comportamiento humano”.

Philippe Claudel ha escrito una veintena de libros como Petites mécaniques, premio Goncourt 2003, Almas grises, Premio Renaudot 2003, La hija del señor Lihn, El informe Brodek, estas dos últimas donde aborda temas de personas que deben abandonar su país. Un asunto que abordó como director de cine en Hace mucho que te quiero.

“Me asombra que la sociedad se muestre indiferente ante esta gente que muere todos los días por tratar de mejorar su vida cruzando el mar o viajando semanas por carreteras y bosques.

Nadie puede ignorar lo que pasa, hay gente que se muere cada día queriendo cruzar el Mediterráneo en busca de una vida mejor. Como todo eso lo vemos cada día contado por los periodistas opté por contar eso mismo, pero desde la fábula, convertir lo real en algo simbólico donde estuvieran los ecos de la mitología. De esta manera hablar del presente a través de la inmigración para hablar de nosotros mismos”

El olvido, la insolidaridad y el egoísmo son temas presentes en El archipiélago del perro. Las contradicciones dl ser humano en su cotidianidad, en los actos pequeños que le permiten al autor francés acercarse al ser humano contemporáneo.

“La razón por la que escribo es muy compleja, no tiene una sola respuesta. Me interesa analizar cómo construimos lo bueno y lo malo y tenemos la capacidad de destruirlo. Trato de entender, al mismo tiempo, nuestro lado oscuro y negativo. Lo más importante es entender y analizar esa actitud egoísta que nos caracteriza. El ser humano solo se preocupa por el fantasma de las murallas, como Donald Trump que quiere que su país, Estados Unidos, sea una isla. La frontera cerrada de un país es la frontera cerrada de la mente. Para un autor es muy emocionante escribir y tratar de entender por qué somos como somos. Estamos obsesionados con la seguridad y rechazamos la otredad; no vemos al que sufre, al que tiene que emigrar, al que tiene condiciones de pobreza o económicas muy difíciles y solo nos enfrascamos en nosotros mismos sin mirar al otro”.

La narración audiovisual es otra de las pasiones de Philippe Claudel. Por eso le preocupa la bulimia de consumo audiovisual en que ha entrado la humanidad, consumir sin digerir. Trata de encontrar respuesta a esa ansiedad.

“El ser humano se siente muy mal metafísicamente. Está asustado del tiempo presente. Por eso necesitamos estar ocupados todo el tiempo. Las plataformas y canales que ofrecen los productos audiovisuales nos da esos productos y no pensamos. Ese es el problema de nuestra condición humana: nos negamos a pensar. Como decía Pascal, es imposible aceptar la condición humana, si pensamos en ella con profundidad nos volvemos locos porque es imposible aceptarla tal cual es.  El problema es que somos perezosos y nuestra meta más importante es hacer nada porque pensar nos duele.

Necesitamos entretenimiento. Estamos atrapados en el puro entretenimiento, esa es nuestra verdadera ocupación. Hay una guerra que se libra en nuestro interior porque las plataformas audiovisuales lo que quieren es tomar posesión de nuestra mente. Nos hemos vuelto esclavos sin posibilidad de revelarnos o crear una revolución ni cuestionar estos tipos de vida de la bulimia audiovisual. Es hora de parar y de romper esta condición perversa.

A mí me gusta cuando estoy en un café o en un parque, pero veo que la gente está todo el tiempo conectada absorta y tenemos miedo de estar solos en este mundo hiperconectado”.

Una situación que el Covid-19 ha potenciado. De la misma manera que la realidad es otra y ha puesto a los inmigrantes en la mira, pero esta vez con intensiones interesadas por parte de los gobiernos europeos y de Estados Unidos que ahora sí deben recurrir a ellos para garantizar la recolección de cosechas y poder atender la demanda de alimentos a la población.

«Desafortunadamente vemos allí todo el cinismo: lo que guía al gobierno en este caso no es el sufrimiento, la situación precaria de las personas frágiles y explotadas como esclavos, sino la razón económica, la necesidad imperiosa de que el sistema económico-capitalista no colapse. Por lo tanto, no hay nada humanitario».

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