La escritora colombiana Piedad Bonnett. / Fotografía de Lisbeth Salas

Piedad Bonnett: “En la pérdida de mi infancia y a instancias del dolor se gestó mi poesía”

La autora colombiana da las claves de su obra poética. Publica su ‘Poesía reunida’ y cuenta en un vídeo el origen de sus temas

La orfandad de seis tulipanes de colores en un hotel se parece a los inicios poéticos de Piedad Bonnett. “En la pérdida de mi infancia y a instancias del dolor se gestó mi poesía”, confiesa la escritora colombiana junto a un florero perdido de la mano de Dios en un hotel madrileño.

Seis tulipanes cerrados que dejan entrever sus colores, amarillo, rojo, blanco… Es la única decoración que acompaña a Piedad Bonnett. De fondo, el murmullo de los huéspedes que llegan o se van. La poeta, narradora y dramaturga ha estado en  Madrid en el Festival Poemad donde presentó su libro Poesía reunida (Lumen).

Por la noche dará un recital. Aún no sabe que lo hará bajo unas luces azuladas que romperán la oscuridad del auditorio, mientras leerá poemas con los cuales trazará su arco literario donde reflejará su vida.

Aún falta para eso. Ahora es una mañana veraniega en mitad del otoño. Bonnett (Amalfi, Antioquia, 1951) se sorprende al descubrir que ya son 27 años desde su primer poemario: De círculo y ceniza. Sabe que fue en 1989, “pero no había hecho cuentas del número de años”. Al descubrirlo, sus cejas se encaraman tras sus grandes gafas y sonríe. Es una mujer pequeña, de cabello corto muy fino cuyo corte rejuvenece su cara redonda.

 

La escritora colombiana Piedad Bonnet cuenta cuándo fue que sintió la inclinación por la literatura.

No le gusta la literatura estridente, huye de la palabra ruidosa. Prefiere la frase desnuda, seca, sin adornos. Teme a lo sentimentaloide, a lo sentimental. Busca la médula de la emoción verdadera. Del sentimiento a la palabra sin tránsitos pirotécnicos. Contención y sobriedad que la colocan como una de las poetas y de los poetas hispanohablantes más destacadas del siglo XXI.

No hay cicatriz, por brutal que parezca,
que no encierre belleza.
Una historia puntual se cuenta en ella,
algún dolor. Pero también su fin.
Las cicatrices, pues, son las costuras
de la memoria,
un remate imperfecto que nos sana
dañándonos. La forma
que el tiempo encuentra
de que nunca olvidemos las heridas.

Emoción y valentía, humildad y rebeldía transmiten sus poemas de Nadie en casa, El hilo de los días, Ese animal triste, Todos los amantes son guerreros, Lo demás es silencio, Las herencias y Explicaciones no pedidas, libro por el que obtuvo el XI Premio Casa de América de Poesía Iberoamericana en 2011.

“Agradezco que la poesía me siga acompañando. Los poetas tenemos miedo de perder el aliento de escribir, de no sentir ese impulso. En la juventud tuve crisis de sequedad. Me paralicé. Pero ya nunca más. Aunque no descarto que vuelva al desierto. Es fácil que la poesía se escape. Cuando escribo novela o periodismo es más pragmático todo. Ahora que he terminado un poemario, después de cinco años, la pregunta es: ¿Y ahora qué sigue?”.

Y cierra el interrogante a la vez que levanta ligeramente la cabeza. Ese poemario al que se refiere llega después del suicidio de su hijo Daniel, en 2011. Un dolor al que es imposible bautizar, pero que ella describió en un libro hermoso titulado Lo que no tiene nombre (Alfaguara). Comprobó que literatura y vida son un solo ser en su mundo. Y puso a prueba su contención y sobriedad.

“No quería hacer una obra de una mamá llorando sobre un libro. Lo inédito de ahora es eso también, espero. Cuando la editorial me propuso publicar toda mi poesía reunida me emocioné. ¿Qué veo? Veo mi propia vida. No hay nada más ligado a tu vida que la poesía. Incluye un elemento autobiográfico. Reviví todo el proceso”.

Y lo que vio lo cuenta como si se lo estuviera contando a sí misma.

“Vi una cosa que ya sabía. Es mi voz, pero cambia, con cambios deliberados.

Vi algún libro muy ingenuo. Espontáneo, que no pensaba publicar. Vi otro libro donde contaba cotidianidades. Vi otros más transparentes, en los que exploraba el mundo, la casa, un tono más sereno. Vi un libro sobre el cuerpo. Cuando supe que necesitaba una palabra más metafórica. Lo otro que vi es cómo a partir de cierto momento mi voz cambia sin proponérselo y me vuelvo con los dos últimos libros más sentenciosa”.

Es como si avistara una tragedia insondable en su vida. Poemas que leídos hoy parecen escritos después de la muerte de su hijo.

“En ellos ya había una tragedia en mi vida. La voz se depura. Hay más sequedad y una orfandad de la dignidad, pero que se acentúa. La vida es un conjunto de azares. Siempre he sido descarnada”.

Bonnett se dio cuenta de que su poesía sí manejaba algo muy buscado por ella: salirse de la norma gramatical. Algo que, dice, le viene de César Vallejo y del Pablo Neruda de Residencia en la Tierra.

“Mi poesía comunica. Ese es un problema que se plantean los poetas. Hasta dónde los poetas pueden poner obviedades o ser complacientes con el lector, con lo que este quiere oír. Siempre he temido al aplauso, me asusta la manipulación de la palabra, pero a la vez quiero conmover. ¿Dónde está esa línea? Con la novela anterior fue una prueba. Y el próximo poemario es eso”.

Piedad Bonnett, durante el recital de Poemad, en el Centro Conde Duque, de Madrid, en otoño de 2016.

La poesía de Bonnett habla de sentimientos, de la cotidianidad, de la incertidumbre, de la pérdida, de lo buscado y no alcanzado sin dejar su ronroneo en el alma. Para ella escribir poesía es diferente a escribir prosa.

“Para mí la poesía no es de reescritura. Yo me siento y trabajo con gran lentitud. Prácticamente no me corrijo. Cuando sale, sale. La poesía nace de una parte de palabras que no sabes que tenías. Escribo versos. Hay que dar rienda suelta y debes dejarlos salir a través del lenguaje. El poder del inconsciente es brutal. Ahí está la clave. En cambio, en la prosa sí hay reescritura”.

En sus versos el miedo es medular. Se intuye su temblor. Apenas se pronuncia. Tal vez para no darle poder. Piedad Bonnett tiene tres o cuatro temas latentes en su obra desde el comienzo. Amor. Dolor. Pérdida. Valentía.

El amor amor, y los amores de toda estirpe están allí.

“El amor atraviesa toda mi obra. No hay poema sin amor. Y aparece como un territorio resbaladizo tanto en lo personal como unido al conflicto, o a la posibilidad de la pérdida, más que a la plenitud. Es algo incompleto”.

Ahora,
apenas si el recuerdo,
no del amor,
sino de aquella forma en que te amaba.
Ahora,
ya no el dolor sino la certidumbre
de la dolida forma en que dolías,
del vacío iracundo y de la pena
de la rama cortada.
Ahora
la sed, no de tu lengua
sino de aquel deseo de tu lengua,
la sed, no del oasis de tus ojos
sino de aquellas lágrimas caídas
sobre el desierto gris que me esperaba
.

Junto al amor, el dolor. Todo tipo de dolores, presentes y pasados, privados, íntimos, familiares, públicos, patrios…

“El dolor es un elemento fundamental de la escritura por el cual empecé a escribir. Fue a raíz de la pérdida de Dios. También es el dolor de la sensibilidad de una niña que se da cuenta de que su papá es muy castigador y a ella le asusta la injusticia. De ahí viene la idea de que soy una persona desarreglada. Era una niña inquieta, rebelde, tal vez indomable a los ojos de mi padre, por eso a los 14 años me envía a un internado. Como si dijeran: Que me arreglen allá. Es todo un poco en disonancia”.

No me culpes.
Por rondar tu casa como una pantera
y husmear en la tierra tus pisadas.

Por traspasar tus muros, por abrir agujeros para verte soñar.
Por preparar mis filtros vestida de hechicera,
por recordar tus ojos de hielo mientras guardo
entre mis ropas un punzón de acero.
Por abrir trampas
y clavar cuchillos en todos tus caminos.
Por salir en la noche a la montaña
para gritar tu nombre
y por manchar con él los blancos paredones
de las iglesias y los hospitales.
Hay en mí una paloma
que entristece la noche con su arrullo.
Mi noche de blasfemias y de lágrimas.

Y esa pareja de amores y dolores engendra el sentimiento de pérdida, de orfandad, y también de la pérdida por lo que se soñó y no se tuvo, por lo que pudo ser.

“He perdido cosas importantes a lo largo de mi vida. En la pérdida de mi infancia se gestó mi poesía. Vivía en un mundo de ilusión fantástica, de hadas, gnomos y seres mágicos. Me dio duro cuando supe que no existían. Ya era grande, tenía unos 9 años. A eso se sumó la pérdida de Dios y de algunas relaciones humanas que he dejado atrás”.

Una vez fuiste un ángel,
mi más bello demonio.
Horas hubo en que ardí en tu luz
y horas
en que fui por tus llamas arrasada.
Después fue la memoria.
Por ella fui y volví como un buscador de oro
que se atreve al rastreo por terrenos minados.
El tiempo y yo limamos tus aristas.
Te hicimos un altar, te consagramos.
Pero la vida quiso que volvieras:
en pleno mediodía la calle te hizo humano,
sin alas y sin cuernos,
y tristemente helado.

Y amores, dolores y pérdidas convertidas en versos que transmiten valentía. Puede que el miedo esté ahí, pero los poemas se enseñorean y miran pa’lante. Llorar o quejarse sin dejar de caminar.

“La palabra que más he oído es valiente. Y es algo que nunca me planteé. Descubrí una fuerza que no sabía que tenía. Esa fuerza siempre ha estado ahí, ha sido una fuerza creativa. Es abrirse camino en el miedo”.

Tenía miedo de tu miedo
y miedo de mi miedo.
De tu castigo justiciero,
del brazo en alto que pretendía
detener mi llanto.
Cómo he temido luego
la furia de los débiles.
Me regalaste un pájaro monstruoso
de alas sombrías y pico carnicero.
Alimentarlo
fue mi mejor manera de quererte.
El pájaro vigilaba mi jaula como un verdugo ávido.
Yo pensaba que el mundo era cosa de hombres,
mientras mis senos
crecían en abierta rebeldía.

No escapa estos días Piedad Bonnet a hablar de la paz en Colombia. De cómo su país dejó pasar una oportunidad al no aprobar en referéndum el acuerdo del Gobierno con la guerrilla de las FARC. “De la miopía de los creadores y de los intelectuales que no supimos ver al país verdadero”, lamenta. Ahora están en manos ajenas. Cambia de tema, se inclina, sin darse cuenta, hacia ese florero extraviado con seis tulipanes para ir al corazón del origen de su poesía.

Por la noche, diez horas después, Piedad Bonnett está sola en un escenario. Sentada bajo un rectángulo de luces azules y blancas que la aíslan de la oscuridad. Lee unos poemas. Su vida en verso. Cuando evoca la partida de su pueblo a la ciudad, la voz se le quiebra; cuando recuerda a su familia, la voz le titubea; cuando habla de su hijo fallecido… la voz le tiembla; cuando habla de amores o sueños prometidos que nunca llegaron la gente que tiene delante en la oscuridad aprieta los dientes y, a veces, rompe el protocolo para aplaudir.

  • Poesía reunida. Piedad Bonnett. Editorial Lumen. 488 páginas.

3 comentarios

  1. Bella, Piedad enseña a través de su incesante aprendizaje esa resiliencia que la vida, ácida e implacable, talla en mi memoria, al fin de cuentas lo que soy, palabras incompletas con ansia de establecer puente… quizá no lo cruce por temor a descubrir que ya no tengo más opción.

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