Puentes para el archipiélago del mundo hispanohablante

Los escritores y editores deben apostar más por editar en sus países antes que en España. Es una de las soluciones a los numerosos obstáculos de la circulación del libro intercomunitario

Muchos buenos escritores latinoamericanos tienen el país por cárcel porque sus libros no logran trasponer las propias fronteras, y cuesta mucho que un autor boliviano, por ejemplo, sea leído en Paraguay, o un hondureño en Guatemala, a pesar de que compartimos un idioma común, una ventaja siempre desaprovechada.

Para curar este mal en Centroamérica, fundamos en 1968 una editorial centroamericana que funcionó desde Costa Rica, patrocinada por las universidades de la región, EDUCA. Ha sido el experimento más exitoso que se ha logrado hasta ahora. Publicamos más de 150 títulos con altos tirajes que circulaban en los seis países del área, y aún en México. Duró un cuarto de siglo, y se cerró por desidias, para quedar ahora sólo como una leyenda.

Con los libros latinoamericanos pasa lo mismo que con las películas latinoamericanas, deben estar en los grandes circuitos de distribución para que se vean; los autores deben entrar en los grandes circuitos editoriales para ser leídos, y no quedarse en las publicaciones domésticas. Pero es un hecho que no todos pueden llegar a Random House y Planeta. Es una carrera competitiva, porque el número de escritores se ha multiplicado, y cada nueva generación reclama el espacio de la anterior.

Vivimos en una verdadera selva de libros, y es difícil orientarse en la espesura. Basta entrar en una librería de Madrid o de México para darse cuenta. Esos autores que están allí llegaron por fin a los estantes y a las mesas de novedades, pero no saben cuánto tiempo pueden sostenerse antes de ser empujados fuera. Sólo muy pocos se quedan.

Y hay libros muy buenos, que no tienen atractivos comerciales, o no son valorados con justicia, y permanecen presos en sus países, o apenas se oye hablar de ellos, sin haber podido salir hacia España, que sigue siendo el gran santuario, como lo era en tiempos de Rubén Darío.

Hay que apoyar a las pequeñas editoriales independientes que proliferan hoy en el continente, las editoriales alternativas que buscan salida a los escritores jóvenes, y a los escritores olvidados. Y hay que hacerlo en el papel, porque el libro impreso en lugar de desaparecer, está logrando nueva vida, sin despreciar por eso los libros electrónicos.

Pero no sólo eso, hay que lograr que se creen redes de editoriales, para que los libros puedan ir de un país a otro. El ejemplo de EDUCA es aleccionador. Me encantaría empezar de nuevo con un proyecto semejante en Centroamérica, si los recursos existieran.

  • Sergio Ramírez acaba de publicar Ya nadie llora por mí (Alfaguara).

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