El poeta venezolano Rafael Cadenas. / Fotografía de Lisbeth Salas

Rafael Cadenas y la belleza poética de la vida corriente

El poeta venezolano es uno de los escritores latinoamericanos contemporáneos más singulares. Su editor en España analizó su obra y la relación con su vida en un homenaje que le rindió el Instituto Cervantes de Madrid

Debería ser de todos conocido que al descrédito de las Humanidades le sucede el ascenso de los maximalismos. Y a lo que se ve, en ésas estamos, pese a que no pocos han sido los que nos han venido señalando, entre ellos Rafael Cadenas, no ya sólo esa inminencia, sino esa realidad. Sumad a ello el mal uso, además, de la lengua, y tenemos diseñada la tormenta perfecta. Sería pertinente también añadir en este breve preámbulo y a este mismo respecto que nuestro compromiso con el pasado es nuestro compromiso con el futuro.

“Que lo que existe exista es lo asombroso”: en esta máxima wittgensteniana puede sintetizarse una de las líneas maestras por la que se desliza la poética de Rafael Cadenas. Esa suerte de sorpresa ante la eterna novedad de la vida es la que ha mantenido viva la llama de la poesía en nuestro homenajeado, y la que le hará, sin duda, perdurable más allá del tiempo histórico que le ha tocado vivir a este gran poeta latinoamericano.

Para él, el poeta no tiene más asidero que la vida porque, ¿qué se espera de la poesía si no que haga más vivo el vivir? Es decir, lo importante en un poema no es lo que uno ha escrito, sino lo que uno consigue que vuelva mediante lo que ha escrito, pues la poesía es también la llamada que nos hacen las voces más antiguas germinadas en nosotros.

La poesía —y en eso estoy radicalmente de acuerdo con Rafael— no se escribe para un círculo de iniciados, no sólo se escribe para los que la leen o escriben, tampoco para la masa que siempre se equivoca, sino para el hombre común, desprejuiciado y que atiende a lo vivo; para aquel que asiste, entre emocionado e impertérrito, a su propia disolución en el tiempo y que busca en el fondo de sí mismo y también, por qué no, de la poesía, si ésta acaba por revelársele, revelaciones que lo ayuden a vivir. Hace falta, nos dice Cadenas en otro momento, mover al hombre en la dirección de lo gratuito, del goce del ocio, porque la poesía puede y debe acompañarlo, ya que el hombre está más solo que nunca. Pero no con la intención de consolarlo, aunque quizás también, sino para hacerlo más verdadero. ¿Y por qué puede hacerlo más verdadero? Pues por la simple razón de que la poesía mira al misterio, lo tiene presente. ¿Y por qué busca la poesía a ese ser desprovisto de prejuicios, libre de rémoras intelectuales? Pues porque si hay algo que tiene que ver con la poesía es la ignorancia fundamental, esa nube del no saber, según el Anónimo inglés del siglo XIV. De ahí lo inconcluyente de la poesía, pues se mueve en un borde donde no caben certidumbres rotundas. Ésa es su fuerza desconcertante, nos recuerda nuestro poeta.

En la poesía se ha de sentir el sabor de eso que, siendo lo más presente, no conocemos. El hombre, en su afán de progreso, perdió, si alguna vez lo tuvo, el sentido del misterio, con ello perdió también cierta perspectiva esencial de la vida, de lo que también ésta nos reclama. Los poemas son, en consecuencia, momentos, anotaciones iluminadas, si el poeta es obediente a la vida y en consecuencia tampoco espera nada. Cita nuestro poeta a este respecto una hermosa frase de R. H. Blyth en sus Anotaciones, que creo que ilustra bastante bien lo que acabo de referir: “La verdadera vida poética es la vida corriente de todos los días” (The true poetic life is the ordinary every day life).

A Rafael Cadenas, a su poesía, le ha importado siempre ver, comprobar la insondabilidad del mundo real, corriente, ordinario porque, como él mismo señala, un grano de arena es tan asombroso como un sol. La presencia, la conciencia de la presencia de un solo grano de arena implica un misterio que puede llevar a confundir la imaginación, decía el gran y olvidado Carlo Suarès, también citado por Cadenas.

Conciencia cívica

En fin, la expresión de la realidad es la realidad misma. Aunque también habrá de reconocerse que hay, sin duda, realidades suplantadoras de la verdadera realidad, por ejemplo, la del nacionalismo, siempre repugnante y a la que no escapamos por mucho que se hayan demostrado sus efectos letales en las sociedades en apariencia avanzadas, pero que en el fondo adolecen de una palmaria falta de cultura, origen además de esa suerte de cáncer excluyente que acaba por corroerla, haciendo retroceder cualquier avance cualitativo de la misma. Hoy campa por sus fueros la falta de conciencia de la proximidad de los otros, el desmedido afán de medro. Sólo tenemos que mirar alrededor y constatar la realidad suplantadora del belicismo campante por el mundo, la del odio interétnico o entre religiones —algo que ingenuamente se creía en vías de superación por el esfuerzo ecuménico de algunas doctrinas—, la del carácter psicótico, da igual el color ideológico, de la mayoría de nuestros políticos, la del descenso implacable, como consecuencia de todo ello, de la educación y, de matute, de la cultura. Todo esto, viene a decirnos Rafael, ha de sentirlo también la poesía si no está muerta, y más en el caso del país de nuestro poeta en la actualidad. La poesía, se entiende, debe estar siempre en el extremo opuesto de los sistemas. Nuestro poeta se ha considerado siempre un outsider, un artesano que ama esencialmente las palabras y que se encuentra alejado del poema como cosa de arte o, como diría mi amigo Ramón Gaya, como objeto artistizante. Hasta tal punto le repugna el poema fetiche que en determinadas ocasiones opta mejor por la prosa, es decir, por el apunte, el fragmento, incluso, el jirón; sólo hay que leer sus últimos libros para darse cuenta de ello. Aunque tampoco, todo hay que decirlo, quiere apartarse nuestro Rafael Cadenas de la voz en la que vive. El decir del alma, el más hondo, suele ser fácil, y el espíritu está reñido muchas veces con la brillantez; busca más bien veracidad, exactitud, fidelidad.

Su compromiso ético lo lleva a descreer —y eso es algo que me gusta mucho— de los academicismos rígidos que acaban inevitablemente por perpetrar determinados poetas que sólo tienen ojos para lo que ellos hacen, negando así la mayor. Es decir, esos que deciden qué es poesía y qué no lo es, y que en el fondo son unos monoteístas de sí mismos.

Rafael Cadenas durante la lectura de sus poemas en el homenaje que le rindió el Instituto Cervantes. / Fotografía de Lisbeth Salas

Lo moderno

Cadenas contrapone lo intemporal a lo moderno. Se pregunta qué es la modernidad. Y mientras se plantea esa cuestión, también se dice con sorpresa que los que viven hoy en el hoy ingenuamente creen saberlo muy bien. No sabe, en fin, cómo pueden sentirse tan seguros cuando en realidad eso sólo pueden decirlo, decidirlo, quienes todavía no han nacido. Además, ¿es tan importante eso de lo moderno? ¿Dónde queda lo intemporal? Lo que Rafael Cadenas entiende por novedad no es precisamente lo novedoso; para él la novedad es la novedad de la gota de agua. Lo esencial no pertenece a ninguna época.

Muchos de los modernos creen que la misión de la poesía es ocultar, poner en clave, hacer difícil el hallazgo del presunto tesoro. Y eso, más que una misión, es una sumisión, sin por ello descartar que tal vez cierta oscuridad sea inherente también a la poesía. Pero el misterio, se convendrá conmigo, hay que sentirlo, y quizá el mayor misterio sea que no hay ninguno. Todas las doctrinas quieren ponerle una horma al hombre.

El balbuceo

Cadenas no se siente incómodo en el balbuceo cuando escribe, nunca se ha sentido mal en el seno de esa pobreza, por decirlo de alguna manera. Llega a decir: “Desde que vi mi pobreza dejé de sentirme pobre”. Para él escribir es una fatalidad, algo que se le impone, a lo que además no debe ofrecer resistencia, contra lo que no debe luchar. Es su habla. Le irrita hacer literatura porque se supone que para hacerla tiene que elevarse artificialmente, cuando a lo que él aspira es a quedarse simplemente donde está, a no “levantarse”. Hoy sólo se puede escribir con pudor y —más en un país como Venezuela, que está sufriendo lo insufrible— yendo a contracorriente de lo literario. Rafael, me parece, siempre desconfió de la brillantez, le resultaría muy difícil escribir algo que no está cerca del habla, algo que no pueda decir sin rubor. Es absurdo, en fin, seguir escribiendo poemas poéticos, literatura “literaria”. Incluso llega a afirmar que en él ha ganado la prosa para bien de la poesía.

Cadenas no diferencia entre vida, realidad, misterio, religión, ser, alma, poesía, todas ellas palabras para designar lo indesignable. Lo poético, además, es la vivencia de todo eso, sentir lo que esas palabras tratan de decir.

Prosa

Nuestro poeta se siente prosa, habla prosa. La poesía, nos dice, está allí, no en otra parte. Y lo que él denomina prosa es el habla del vivir, que siempre está traspasado por el misterio. En un momento dado, se apercibe de que el aforismo, el apunte, el fragmento, se avienen más que otras formas a su modo de ser, y esto ha ido imponiéndose cada vez más en su obra hasta sus más recientes libros. Dan buena prueba de ello en su adelgazamiento, en su búsqueda de lo esencial. A Cadenas, podríamos afirmar, le atrae cada vez más una escritura cercana al diario porque para él en la poesía yace indiscutida otra poesía. En su opinión, tanto la poesía como la prosa deben remar en favor de lo que se forma de modo natural. Hay, en suma, que salirse de la obligación del poema, del género, de la clasificación, y escribir, sólo escribir. Hay que ir hacia una expresión que fluya desde nuestro vivir. A nuestro poeta lo que de verdad le importa es ser fiel a su necesidad, y que la vida lleve la voz cantante significa, ni más ni menos, respetar los hechos.

Conclusión

Quien no busca lo hace porque quien busca, busca al haber previamente encontrado. Lo más importante, pues, es lo que no puede ser hallado. Nada es nuestro, nada nos pertenece. Todo, absolutamente todo, forma parte de la realidad, que es, en última instancia, desconocida. Pero siendo desconocida, nos constituye, es nuestra, por lo que también le pertenecemos, lo cual nos confiere una dignidad que no percibimos y tampoco solemos buscar, pues ¿cuándo la tenemos presente con fuerza decisiva? Sólo cuando nos apercibimos de que hay algo escondido en lo más profundo de lo real, que es más real que lo real, se manifiesta en ello; y también es cierto que de lo que no se puede hablar es mejor no hablar. Pero es un hecho asimismo que, a través de la poesía, quien manifiesta un anhelo obsesivo, digamos, en los hombres, insiste en que sí es posible hablar de lo que no se puede hablar, basta con manifestar en la realidad de las palabras eso que es más real y que se halla oculto en la evidencia de lo real. El hombre es hechura del lenguaje. Éste está cargado hasta los bordes de tiempo. Nos sumerge en el pretérito o nos lo trae a nuestro hoy. Emociona pensar que las palabras que hoy pronunciamos son las mismas que pronunciaba Cervantes o que usaban nuestros abuelos. Es decir, es el ayer vivo de la lengua lo que no debe perderse. Cuando una comunidad conoce bien su lengua y está en condiciones de apreciarla y quererla, viene a decirnos Rafael Cadenas, puede recibir sin riesgos todos sus aportes. De otro modo, es posible no que ésta cambie, sino que nos la cambien fuerzas muy ciegas, sin que nos demos siquiera cuenta. De ahí que para él tener conciencia del lenguaje es una de las mejores defensas frente a las fuerzas que presionan contra la individualidad. O sea, la falta de una conciencia y conocimiento adecuado de una lengua convierte al individuo en presa de embaucadores. Vamos, y con esto acabo, que el deterioro de nuestro lenguaje forma parte del deterioro general que padece hoy en día la sociedad. Y no olvidemos que un descenso del lenguaje, consentido por demás, debilita y hasta puede cortar nuestros vínculos con el pasado, cuando nuestro compromiso con éste es nuestro compromiso con el futuro.

  • Encuentro con Rafael Cadenas. Mesa redonda, del 9 de octubre, en el Instituto Cervantes de Madrid. Participaron Juan Manuel Bonet, director del Cervantes; Manuel Borrás, editor de Pre-Textos, y dos especialistas en su obra: Juan Malpartida y Antonio López Ortega. El acto finalizó con la lectura del propio Rafael Cadenas.
  • En torno a Basho y otros asuntos de Rafael Cadenas. Editorial Pre-Textos.

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