Ramón Andrés, poeta, filósofo, musicólogo, humanista y ensayista autor de ‘Filosofía y consuelo de la música’ (Acantilado). /Fotografía de Lola Josa-cortesía a WMagazín

Ramón Andrés: «Occidente ha sido y es un pulso entre la razón y el espíritu, entre el deseo de conquista y el nihilismo”

'Filosofía y consuelo de la música' es el nuevo gran libro del poeta, ensayista, musicólogo e intelectual español. Un viaje maravilloso por la historia de la música y una biografía del ser humano a través de los hechos y voces de múltiples creadores. Como preámbulo su poemario 'Los árboles que nos quedan'

Algarabías de bandadas de aves en cielos azules y entre nubes andariegas, voces indescifrables del viento entre las calles que en las montañas hacen danzar a los árboles, susurros de lloviznas que pasan en un suspiro a la alegría vibrante de los aguaceros, noches orquestadas de silencios que alientan la imaginación, crujir de hojas y ramas bajo sus pisadas en el bosque…

A orillas de la naturaleza donde empieza todo y nace el tema de su libro, Ramón Andrés terminó su última travesía musical-literaria de unos cuantos milenios en diálogo con la historia cultural y del pensamiento: Filosofía y consuelo de la música (Acantilado). Una biografía de la vida humana desde la esquina de la música, desde el lugar que más conecta a las personas con su propio ser, con los demás y con la existencia misma. Una historia hecha relato, donde el conocimiento y la sabiduría son tratados con mimo, transparencia y armonía narrativa y deja escuchar las voces de docenas de creadores a lo largo del tiempo. Un desandar por el mundo, sus épocas y el devenir a través de la música y cómo ha modelado al ser humano.

De la naturaleza viene la música, y a ella ha ido este poeta, filósofo, humanista, musicólogo, ensayista e intelectual al irse de Barcelona a vivir a Elizondo, en el Valle de Baztán, a unos sesenta kilómetros de Pamplona (Navarra, España) donde nació en 1955. “En un rincón limítrofe, Atlántico, se renace en una nueva forma de retiro”, escribe este hombre prudente y sabio hacia el final de esta obra importante para entender no solo una parte de la naturaleza de la música sino también el rastro de su ADN en las personas y su influjo en los sentimientos y el ánimo.

Una suerte de guía que empieza en los presocráticos y llega hasta la Ilustración. En total, 1.118 páginas de un viaje maravilloso por lo que cuenta y cómo lo cuenta en una mezcla de narrativa, poesía y ensayo entreverado con las voces de tantos y tantos músicos, filósofos y creadores en general. Con todos ellos, Ramón Andrés recuerda que la música siempre ha estado ahí y estará; siempre cerca de las personas, siempre anhelada, siempre una buena compañía, un refugio con poderes, incluso, para salvar.

Filosofía y consuelo de la música lo escribió entre 2016 y 2019, pero es el resultado del viaje de toda su vida, testimonio generoso de su pasión y conocimiento. En ese rincón en las faldas de los Pirineos, Ramón Andrés habla de su libro, del tema de su vida, por correo electrónico. Empieza por sus primeros recuerdos de la música, aquel primer contacto con una historia muy personal:

“Fue en casa, mi padre tocaba el violín como aficionado. Veneraba a Wagner y sus óperas sonaban todo el día. Las notas y el sonido de aquel instrumento me iniciaron en la música. Algo había en ella que me salvaba. Lo digo porque crecí en un hogar de mucha discordia. Mis padres libraron una gran batalla durante casi toda su vida. Yo fui un niño desolado y la música me defendió, por así decir, de aquella permanente hostilidad. Hasta muy tarde, he de reconocerlo, no pude escuchar a Wagner. Cuando era adolescente descubrí a Bach y ahí empezó mi despedida de los conflictos y el dolor. Después, claro está, vinieron otros”.

Filosofía y consuelo de la música podría verse como una trilogía de obras que se complementan y a la vez son autónomas: El mundo en el oído. El nacimiento de la música en la cultura (2008) y Diccionario de música, mitología, magia y religión (2012). Aunque en su reciente obra traza el arco desde los orígenes hasta la Ilustración; la presencia del mundo clásico griego parece impregnarlo todo, o casi todo:

“Guste o no, el mundo clásico, su filosofía, su mentalidad, nos ha configurado y determinado. Nuestra civilización tiene su raíz en Grecia, sobre todo en Jonia. Del cruce de este legado con el judaísmo y el cristianismo nace Europa. Esto hace que nuestra historia sea tan compleja como contradictoria y violenta. Occidente ha sido y es un pulso continuo entre la razón y el espíritu, entre el deseo de conquista y el nihilismo”.

Ramón Andrés (Pamplona, 1955). /Fotograía de Lola Josa-cortesía a WMagazín

El Tiempo entra en juego también en la música. ¿Evolucionan las artes o viven en un solo tiempo? Ramón Andrés que ha viajo por las diferentes épocas de la música hace una reflexión y crea un juego de ideas:

“Sí, las artes evolucionan, pero esto no entra en contradicción con la idea de que viven en un mismo y único tiempo. La mano que marcaba con pigmentos las paredes de las cuevas prehistóricas es la misma que esculpió en el siglo XV las obras de Nicolás de Leyden y la que pintó La vista de Delft, el cuadro de Vermeer que tanto gustaba a Proust. Los caballos de Fidias en el friso del Partenón son los mismos que corren en los lienzos de Géricault. En este sentido, hay un solo tiempo que está al margen del suceder cronológico. Por eso, de pronto y de manera fugaz, nos sentimos eternos al contemplar una obra que nos despierta y sitúa en otro estadio de la mente”.

Y la música ocupa un lugar especial. Está y acompaña a cada persona, refugio, también. ¿Acaso la música es el gran hallazgo del ser humano para encontrarse consigo mismo, para estar consigo mismo, y vislumbrar su ser?

“La música nace de la imitación de la naturaleza. El viento, el canto de los pájaros, el rugido de los animales, el propio pulso cardíaco que nos hace rítmicos, el movimiento corporal que llegará a ser danza, la reverberación de las voces en las cavernas, están en el origen de lo que un día se llamará música. Tanto como la vista, el oído ha sido un órgano decisivo para que el ser humano tomara conciencia de sí mismo como lugar que es de resonancia interior. No olvidemos que las antiguas revelaciones divinas se producían a través del oído, porque los dioses no se ven. Sólo es visible su representación. En cierto modo, el hecho de tocar una flautilla de hace casi cincuenta mil años ―me refiero a las flautas descubiertas en Suabia, en Alemania― significaba haber resumido la naturaleza en una melodía. Los primitivos no podían pensarlo así, pero inconscientemente el sonido organizado, esto es, la música, los acompañaba y ayudaba a entender su entorno y la relación distinta que se establecía entre los miembros de una comunidad cuando sonaba”.

En esos sonidos, en esos ritmos y movimientos que suscitaba y sugería también se refleja la inclinación al hallazgo de lo individual, del individualismo, escribe Ramón Andrés, y consuelo y compañía. Traza la línea del tiempo del yo que ha emergido con fuerza en los últimos siglos.

“La historia de la música occidental, que es a la que me refiero en el libro, obedece a un largo proceso que ha tendido a la necesidad de expresarse a través de la melodía. Cuando en el Renacimiento empieza a darse importancia al poema, la melodía se vuelve decisiva y se adapta porque debe hacer posible, a través de su articulación y su dibujo, la comprensión del verso, su contenido. La ópera, que nace en los primeros años del siglo XVII ―el Orfeo de Monteverdi es de 1607―, representa la culminación de dicho proceso, pero también su punto de partida formal. Tanto es así, que incluso la música instrumental, sobre todo a partir del Clasicismo, tiene mucho de escénica y está profundamente influida por la palabra y la retórica. La evolución melódica ha supuesto un camino de introspección y, por lo tanto, se ha convertido en un modo de expresión que favorece la intimidad del oyente”.

Una dimensión que ofrece, a su vez, el milagro de encontrar la empatía natural entre las personas. Lo individual que se expande y busca el diálogo como lo explica el escritor.

“El de la música es un lenguaje innato en el ser humano; lo comprendemos bien porque nos armoniza. Nuestro cerebro a menudo necesita reordenarse, huir del caos, y la recepción de frecuencias sonoras regulares posibilita esa reorganización. En Mesopotamia, en el antiguo Egipto y después en Grecia la música se utilizaba para sanar, tanto enfermedades de la mente como dolencias corporales, una musicoterapia del pasado, por así decir, que tuvo un fuerte arraigo según se reconoce en algunos de los más antiguos tratados pitagóricos, y que son de capital importancia. La empatía la estimula esa sensación de bienestar que sentimos al escuchar una música apacible. La música nos dice al oído todo lo que sabe para sobreponernos a las adversidades”.

Dentro de ese diálogo, “la música sensible es anterior a la música previa”, escribe el poeta y filósofo. Y aquí entra en escena el lugar donde está, la cercanía al origen de todo, en una de sus orillas.

“No recuerdo en qué contexto escribí esta afirmación, pero imagino que debía referirme a los primeros sonidos de la naturaleza, sonidos que el ser humano trataba de reproducir sin lograr un orden, me refiero sin la intervención del ritmo ni de una estructura que suponga el dibujo de una melodía, por rudimentaria que ésta sea. Fueron los primeros balbuceos que duraron milenios hasta no alcanzar un estado previo que desembocará en la música. Llamo música previa a la que está a punto de eclosionar”.

Luego de eclosionar y organzarse en al cabneza de las personas evoluciona y aparece la idea de la autoconquista de uno mismo y la música. El papel que ésta juega allí  Ramón Andrés lo ve así:

“En cierto modo esta pregunta podríamos relacionarla con lo que hemos comentado al referirnos a ese proceso de articulación y estilización melódica que toma una notable fuerza en el Renacimiento. Es a partir de entonces cuando el arte, la filosofía y también la literatura se dirigen directamente a una conciencia ya muy individualizada, muy consciente de lo personal, de la intimidad, que será una necesidad creciente a partir del siglo XV. Si acudo al término de ‘autoconquista’ es porque la cultura cambió de sentido, en términos generales, y tomó el camino que conduce a la revalorización del individualismo, que ha potenciado la errónea y pobre idea de que somos el centro, únicos, exclusivos. Este acontecimiento es una enseña de la Modernidad, como lo es también, pasados los siglos, la decepción al descubrir un ‘yo’ interior sublimado, pero limitado, frágil e inestable”.

Ramón Andrés escribe en Filosofía y consuelo de la música que “las palabras, las melodías, los ritmos, recrean el escenario que la vida propone”. Esto lleva a preguntarle si encuentra acorde la música contemporánea con la recreación que hace del escenario que la vida propone hoy.

“Cuando de muy joven escuché por primera vez la obra de Anton Webern percibí un arte que reflejaba como ninguna otra música la soledad y la desorientación del ser humano. De hecho, ésta ha sido la tónica de uno de los siglos más sanguinarios, malvados y delirantes de la historia. Masas de gentes perdidas, masas de almas ‘desconcertadas’, sometidas a una alienación, paradójicamente cómoda, dirigidas por un sistema que ha diseñado poblaciones obedientes y carentes de madurez y, por lo tanto, de responsabilidad. La ausencia de melodía en la música compuesta después de 1945, el de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, es significativa. Fue entonces cuando surgió la necesidad de fragmentación, una atomización también en las artes plásticas, en la filosofía y la literatura, que expresaba la refutación hacia las ideas únicas y totalitarias. El individualismo es expresión de este flujo de poder, en el fondo dictatorial. De ahí nace el creciente deseo de escapar de las viejas molduras. Ahora se habla de cambiar el paradigma, que es algo que el pensamiento, la música y las artes suscitaron hace ya mucho, en los días de Nietzsche”.

Es la música como composición, sonido, ritmo, danza y sentimiento… Ramon Andrés lo sabe no solo como estudioso, teórico y amante de escucharla y sentirla, sino también como hacedor de ella cuando cantaba música antigua hace ya mucho tiempo.

“Podríamos decir que estos cinco puntos sólo pueden reunirse en la música, por razones obvias. En cierto modo es el arte de la totalidad, porque el sonido puede alcanzar una gran plasticidad, simular en nuestra mente un bailarín imaginario, evocar la desolación de una página de Tolstói, mostrarnos el patetismo de los dibujos de Kätte Kollwitz, evocar nuestro propio pasado, hacernos caer por una rasgadura de Lucio Fontana”.

Es que la música es una forma de filosofía, como decía Platón, según recuerda el poeta navarro.

“Es cierto, así lo proclamaba. Intuyó que eran dos lenguajes que, sin dejar de ser lógicos, van más allá de la razón. El mundo occidental tiene una noción muy restringida de la razón, y eso ha causado estragos y enfermado a una civilización entera que ha erosionado su presente bajo la promesa de un futuro utópico, no necesariamente mejor. Desplazarnos idealmente en el tiempo, erradicarnos de un presente vivido de manera consciente, ha sido uno de los logros más efectivos del sistema: aplazarnos siempre”.

¿Qué es, entonces, para Ramón Andrés la música? ¿Qué ha significado y significa?

“Una voz interior que no me da siempre la razón, pero me explica el porqué. ¿Qué ha significado y significa? Una tabla de salvación que me hace ver menos trágico el naufragio”.

Es el milagro y la belleza de la música. Sobre qué significa la belleza el poeta y miembro de la Reial Acadèmia Catalana de Belles Arts de Sant Jordi reflexiona:

“No lo sé seguro, pero creo que la belleza tiene que ver con el orden de la naturaleza. San Agustín definió la belleza como splendor ordinis, el esplendor del orden. Quizá se trate de esto. Buscamos el orden y la simetría desde los inicios del homo sapiens; es una necesidad que viene dada por la estructura de nuestro cerebro. El haber intelectualizado esta necesidad tal vez nos ha llevado al concepto de belleza, que es equívoco y escurridizo. En la cultura china, por ejemplo, no existe este concepto, como bien explica François Jullien”.

Y la música hecha palabra se ve en el reciente poemario de Ramón Andrés, Los árboles que nos quedan (Hiperión). Poemas salidos de su vida en aquella orilla de la naturaleza donde vive ahora, por ahora. Los sonidos, las músicas, los pensamientos, las emociones que moldean al ser hecho de memoria y utopías, de Tiempo y naturaleza como recuerda en los primeros versos de Árboles finales:

Los árboles que nos quedan son aquellos,
los todavía no alcanzados. En sus claros se decide
qué sombra infundir en cada uno de nosotros.

Tienen, a su modo, una voz llamada hacia arriba,
como el que arquea las manos en torno a la boca
para ser oído en lo más alto y pedir que alguien
se haga cargo de los que estamos aquí. Ultimados.

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