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Monumento al triunfo de la guerra en Bagdad.

Ahmed Saadawi usa la sátira para mostrar la tragedia de la guerra de Irak

Con 'Frankenstein en Bagdad' el escritor iraquí creó una de las obras más arriesgadas y premiadas de la década en lengua árabe. WMagazín avanza un pasaje de esta novela que retrata y denuncia con humor negro la tragedia de un pueblo y de las personas entre dos fuegos

Presentación WMagazín Contar la guerra, las esquirlas de la barbarie en la población y el sacrificio de los sobrevivientes con humor y sátira y salir victorioso no es fácil. Y menos aún jugando con una obra clásica. Pero el escritor iraquí Ahmed Saadawi lo ha logrado con Frankenstein en Bagdad (Libros del Asteroide). Es una de las novelas en árabe más galardonadas de la década: Premio Internacional de Ficción Árabe (2014),  Grand Prix de L’Imaginaire, en su categoría de novela extranjera (2017), y finalista del Man Booker International.

WMagazín avanza en primicia el comienzo de esta novela que saldrá en septiembre y será una de las novedades destacadas del otoño-invierno. Saadawi (Bagdad, 1973) junta sus dotes de poeta, novelista y cuentista al servicio del humor negro para mostrar la dolorosa y compleja realidad de las personas que sobreviven entre los diferentes fuegos de la guerra. Lo hace a través de la historia de alguien que recolecta restos humanos esparcidos en la calle tras atentados y combates para formar con ellos un solo cadáver y darle sepultura, pero el cuerpo cobra vida. Entonces, el lector conocerá el pasado de las personas, y ventanas de Irak, que conforman este nuevo cuerpo y lo que motiva en realidad este proyecto.

Ahmed Saadawi (Bagdad, 1973).

Con este elemento de un cuerpo hecho de muertos, es decir de pasado y memoria como resurrección, Ahmed Saadawi cuenta la vida de varias personas y su manera de enfrentarse a ella entre el humo de la guerra. Con el comienzo conmovedor de Frankenstein en Bagdad seguimos nuestro especial de agosto de adelantos literarios en primicia de obras que protagonizarán el otoño:

'Frankenstein en Bagdad'

Por Ahmed Saadawi

La explosión se produjo dos minutos después de que partiera el microbús Kia en el que viajaba la anciana Elisua Um Daniel, la madre de Daniel. Los pasajeros se volvieron de golpe y vieron aterrados, a través del cristal posterior del vehículo, como una inmensa nube de humo oscuro se elevaba por encima del aparcamiento junto a la plaza Tayerán, en pleno centro de Bagdad. Vieron a jóvenes correr hacia el lugar de la explosión y varios coches amontonados en la isleta central o que habían chocado a consecuencia del pánico y del caos. Después oyeron una barahúnda de voces entremezcladas, gritos crispados, gemidos y cláxones.

Las vecinas de Elisua del Pasaje 7 explicarían más tarde que la anciana había salido del barrio de Batauín para asistir a misa en la iglesia de San Odicho, cerca de la Universidad Tecnológica, como hacía cada domingo por la mañana, y que por eso se produjo la explosión. Aquella mujer tan beata, según la gente del barrio, tenía el don de impedir el mal allí donde se encontrara. Por eso parecía lógico que aquella mañana, tras su marcha, hubiera sucedido lo que sucedió.

Elisua estaba sentada en el microbús Kia, pensando en sus cosas, como si hubiera perdido el habla, o no estuviera allí ni oído la tremenda explosión que se había producido a unos doscientos metros. Sentada con el frágil cuerpo apoyado en la ventanilla, miraba sin ver, absorta en el sabor amargo de su boca y el peso que desde hacía días le oprimía el corazón.

Aquella amargura tal vez desaparecería al comulgar, al final de la misa, en la iglesia de San Odicho. Al oír la voz de sus hijas y nietos por teléfono, quizás se desvanecería la oscuridad que velaba su corazón y brillaría una luz en que su móvil empezara a sonar para comunicarle que Matilda la llamaba; si su hija no llamaba, Elisua aguardaba una hora antes de pedir al cura que le marcara el número. Este ritual se repetía cada domingo desde hacía al menos dos años. Antes, las llamadas no eran tan regulares y se recibían en el teléfono fijo de la iglesia. Sin embargo, desde que los norteamericanos habían bombardeado la central de telecomunicaciones y entrado en Bagdad -dejando la red telefónica inutilizada varios meses y la ciudad asolada por la muerte, la llamada semanal de las hijas de Elisua se había convertido en una cita ineludible. Al principio, tras los meses más difíciles, las llamadas llegaban a un teléfono de la compañía Thuraya, proporcionado por una ONG japonesa a la iglesia de San Odicho y a su joven párroco asirio, el padre Yosiah. Después, tras el restablecimiento de las redes móviles, el padre Yosiah consiguió un teléfono y Elisua hablaba con sus hijas con él. Al terminar la misa, los feligreses hacían cola para escuchar las voces de sus hijos e hijas repartidos por el mundo. A menudo llegaba gente -cristianos de otras confesiones e incluso musulmanes, al barrio de Garay Al-Amana, donde se encontraba la iglesia, para llamar gratis a sus familiares en el extranjero. Más adelante, con la proliferación de los móviles, bajó la demanda del teléfono del padre Yosiah, ya que mucha gente acabó comprándose uno. No fue el caso de la anciana Elisua, que continuó ciñéndose al ritual de la llamada dominical.

Elisua Um Daniel agarraba con su mano arrugada y reseca el pequeño Nokia, se lo llevaba a la oreja y escuchaba las queridas voces de sus hijas. La angustia desaparecía al instante y su corazón volvía a encontrar sosiego. Aquel día, a primera hora de la tarde, tras la llamada dominical, Elisua tomaría de vuelta el microbús en dirección a la plaza Tayerán. Encontraría el lugar como lo había dejado por la mañana. Las aceras estarían de nuevo limpias y los coches quemados habrían sido retirados. Los muertos habrían sido trasladados al centro de medicina forense y los heridos al hospital de Al-Kindi. Es probable que hubiera aún cristales rotos, algún poste manchado de hollín, algún socavón y otras secuelas de la explosión. Pero Elisua, de vista un tanto borrosa, no podría distinguirlo.

Terminada la misa, Elisua esperó sentada una hora más en la sala contigua a la iglesia. Como cada domingo, unas feligresas colocaban en una mesa los platos que habían preparado. La anciana se acercó y se entretuvo comiendo con las demás. El padre Yosiah hizo un último intento desesperado de llamar a Matilda, pero su móvil estaba fuera de cobertura. Seguramente Matilda habría perdido el teléfono o se lo habrían robado en la calle o en algún mercado de la ciudad australiana de Melbourne, donde vivía. Quizás se había equivocado al marcar el número del padre Yosiah o lo había apuntado mal en la agenda. El cura no sabía bien qué podía haber pasado, y se quedó hablando un buen rato con Elisua Um Daniel, tratando de tranquilizarla. Cuando todos salieron de la iglesia, Nádir Chamuni, el sacristán, se ofreció a llevarla a casa en su viejo Volga. Um Daniel no dijo nada. Era la segunda semana que no conseguía hablar por teléfono con sus hijas. De hecho, no añoraba en exceso sus voces. Quizás era que se había acostumbrado a hablar con ellas solo una vez a la semana… pero en esas llamadas había algo importante. Con sus hijas podía hablar de Daniel. Nadie, aparte de ellas, le prestaba atención cuando hablaba de su hijo, desaparecido hacía veinte años. Solo sus hijas la escuchaban, además de san Jorge mártir -al que rezaba continuamente por el alma de su hijo, su santo predilecto, y también el dormilón de Nabu, su viejo gato. Las mujeres de la iglesia se mostraban hurañas si ella les hablaba de su hijo, caído en la guerra. La anciana no contaba nada nuevo: repetía siempre la misma historia, como todas las ancianas del barrio. Algunas beatas ya ni recordaban cómo era Daniel, aunque sin duda lo habían conocido. En todo caso, era un difunto más en la larga memoria de muertos. Con el paso de los años, Elisua había ido perdiendo apoyo entre los que antes la habían secundado en su extraña certeza de que su hijo Daniel, cuyo ataúd estaba enterrado en el cementerio de la iglesia de San Odicho, seguía con vida.

Así que Elisua no volvió a hablar con nadie de sus presentimientos. Esperaba simplemente la llamada de Matilda y de Hilda. Ellas escuchaban con paciencia el relato de la anciana, por muy extraño que pareciera. Las dos sabían que su madre se aferraba al recuerdo de su hijo difunto para seguir viviendo. No hacía falta explicárselo a la pobre mujer, bastaba con com placerla.

Nádir Chamuni, el viejo sacristán, la llevó en su Volga hasta la entrada del Pasaje 7 del barrio de Batauín, a unos pasos de la puerta de su casa. El lugar estaba tranquilo, pues la fiesta macabra había terminado hacía horas, aunque algunas huellas seguían siendo visibles. Había sido, posiblemente, la explosión más fuerte ocurrida en la zona. El anciano estaba consternado. No le dijo nada a Um Daniel mientras aparcaba junto a un poste de electricidad en el que había manchas de sangre y restos de cuero cabelludo. Los restos, a unos palmos de su nariz y de su espeso bigote blanco, revelaban que eran humanos. Un escalofrío de horror le recorrió el cuerpo.

Um Daniel bajó del coche y se despidió del sacristán con un gesto de la mano, sin decir palabra. Entró en el callejón en calma. Solo se oía el andar pausado de sus pies sobre la grava. Pensaba en lo que le diría a Nabu, cuando el gato sacara la cabeza por la puerta y preguntara: ¿Qué? ¿Qué noticias traes?

  • Frankenstein en Bagdad. Ahmed Saadawi. Traducción de Anna Gil Bardají (Libros del Asteroide).

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