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Cerca de Cirencester está el National Arboretum de Westonbirt, con árboles de todo el mundo, que “remite a aquellos años oscuros de miedo y supervivencia en los que terminó una era y comenzó otra”, según Guillermo Altares.

Así fueron los años oscuros de miedo y supervivencia del origen de la Europa actual

En el año 407, cuando Roma deja Cirencester (Inglaterra), nace la Europa de batallas eternas de buscarse, fundirse y resquebrajarse. Si entonces el continente abandonó la isla, hoy es ella la que se marcha. En días de un Consejo Europeo crucial, WMagazín avanza un pasaje de 'Una lección olvidada'

Presentación WMagazín En un momento en el que Europa parece terminar una era y empezar otra, en el que los territorios parecen reclamar sus fronteras y espíritus pasados, en el que la civilización y la barbarie muestran su duelo moderno con intolerancias y desigualdades, en el que Inglaterra abandona la Unión Europea, cuando en  el año 407 fue el imperio romano el que la abandonó, llega de manera oportuna Una lección olvidada. Viajes por la historia de Europa (Tusquets). Se trata del libro de Guillermo Altars en el cual el periodista de El País, crea, más que un ensayo sobre el pasado del continente, una narración multidisciplinar que es libro de viajes, de historia, de sociología, de cultura y creación artística todo entrelazado e indisosiable como una construcción, híbrida, como lo es la propia Europa.

Son veinte capítulos que no solo muestran el pasado del continente para llegar hasta el presente, sino que deja ver la delicada colcha de retazos nacionales que es Europa. Un viaje a las diversas semillas europeas escenario del cruce de caminos de todo el mundo y su Historia. WMagazín avanza un pasaje de este libro en una semana crucial: la de la semana del Consejo de Europa donde se tomarán medidas clave sobre los derroteros del continente y de las relaciones de Inglaterra siempre en tensión. Por eso el capítulo elegido es El vacío que deja un imperio. Cirencester, año 407. El momento histórico en que Roma abandona Inglaterra y cómo aquella marcha abre una nueva etapa para la isla y para el continente que aún hoy sigue activa.

El pasado de Europa, escribe Altares en el prólogo, “es un proyecto en construcción porque su presente es siempre móvil. Sin embargo, como los accidentes geológicos, permanece en forma de capas sobre las que se van asentando otras capas, a veces de olvido, a veces de recuerdo”. Una lección olvidada será presentado este jueves  18 de octubre en la Librería Méndez, de Madrid, a las 19.30. Bienvenidos a la lectura de este viaje por Europa que parece probar que el Tiempo solo es uno y que todo convive a la vez:

 

Cirencester, sur de Inglaterra.

Una lección olvidada
El vacío que deja un imperio. Cirencester, año 407

Por Guillermo Altares

Una de las leyendas fundacionales de Europa surgió de una huida, de una ausencia. Inglaterra, abandonada por los romanos a principios del siglo V, se encontró engullida por los enfrentamientos entre los bretones nativos y los invasores sajones. En ese universo caótico, que se creaba sobre las ruinas de un imperio difunto, nació el relato de Arturo, el rey que fue capaz de sacar la espada de la roca y de hacer frente al invasor, y que trató de darle sentido a un mundo sumido en la violencia y la división. Es una historia que también revela lo que estaba ocurriendo en toda Europa entre el siglo V y el año mil: grandes movimientos de población, invasiones, violencia, una notable crisis económica e intelectual. Mientras tanto, se establecía lentamente el cristianismo en el que se apoyarían los nuevos reinos que iban a crearse para proporcionar una legitimidad divina a sus monarcas: en tiempos de Roma los emperadores acababan por transformarse en dioses, unos siglos más tarde serían elegidos por un único dios.

Uno de los mejores retratos de ese mundo que cambia se puede buscar en un espacio insospechado, en los Cotswold, Gloucestershire, una de las zonas más turísticas del sur de Inglaterra por sus impecables pueblos de tarjeta postal rodeados de bosques, prados en los que pastan magníficos caballos y mansiones campestres que parecen sacadas de una serie de la BBC. Se puede conducir durante horas por carreteras secundarias jalonadas por muros de piedra y majestuosos árboles, atravesando de vez en cuando una localidad perfecta de casas de piedra medievales. El lugar en concreto es un extraño parque, formado por una hondonada con forma de almendra, rodeada de lo que parecen montículos de hierba y a la que se accede por una abertura en uno de los extremos. Está situado junto a uno de esos clásicos barrios ingleses de viviendas unifamiliares adosadas de ladrillo. En realidad, es un parque que ha crecido sobre los restos de un anfiteatro romano, uno de los más grandes de Inglaterra, aunque nunca ha sido totalmente excavado. El pueblo es Cirencester, la antigua Corinium. Después de Londres, entonces Londinium, fue la segunda ciudad en superficie de Inglaterra durante la dominación romana y llegó a sumar entre diez mil y doce mil habitantes. Su coliseo podía acoger a ocho mil espectadores y, hasta el siglo XX, la ciudad no alcanzó un nivel de población similar al que tenía mil seiscientos años antes (actualmente tiene diecinueve mil habitantes y es la cabeza de la comarca, lo que los británicos llaman Market Town).

Kazuo Ishiguro imaginó el mundo que el Imperio en retirada dejó atrás en su novela de 2015 El gigante enterrado, una fábula en la estela de J.R.R. Tolkien, situada en una Inglaterra imaginaria, cuando las legiones ya se habían ido pero su presencia era todavía un recuerdo vivo.

En 407, cuando las tropas romanas abandonaron Inglaterra, Cirencester desapareció del mapa. Los historiadores creen que no fue abandonada totalmente, pero se convirtió en un pueblo pequeño, tal vez en una aldea con un puñado de personas que decidieron jugársela en vez de desvanecerse en el campo para protegerse de posibles malos encuentros. Resulta difícil imaginar a los pocos habitantes que se quedaron vagando entre las abundantes ruinas que dejaron atrás las legiones: una basílica de considerable tamaño —cuyos cimientos fueron excavados a finales del siglo XIX—, murallas, el foro, los templos… El anfiteatro fue utilizado como fortaleza hasta el año 577, cuando los sajones se apoderaron de la ciudad. La mayoría de las villas romanas de la región, algunos de cuyos asombrosos mosaicos están en el museo romano de Corinium, también quedaron abandonadas, lo que significó un evidente golpe económico. En una escala muy diferente, ocurrió algo parecido en la misma Roma: gran parte de la ciudad quedó desierta, con rebaños pastando sobre los restos de lo que alguna vez fue la ciudad más importante del mundo. La población que quedó se estableció en la orilla izquierda del Tíber, lo que hoy es el Trastévere. Por eso los nativos de este barrio dicen que son los romanos auténticos, los únicos que jamás abandonaron la ciudad durante su decadencia. Kazuo Ishiguro imaginó el mundo que el Imperio en retirada dejó atrás en su novela de 2015 El gigante enterrado, una fábula en la estela de J.R.R. Tolkien, situada en una Inglaterra imaginaria, cuando las legiones ya se habían ido pero su presencia era todavía un recuerdo vivo, en la que un matrimonio de ancianos decide desafiar los peligrosos caminos de su tiempo —en los que un viajero se puede topar con gigantes, troles, dragones y otras criaturas sobrenaturales— para ir en busca de su hijo. El mundo que imagina el premio Nobel británico, atrapado en una niebla que hace que desaparezcan los recuerdos, está dividido entre pueblos sajones y pueblos bretones. Siempre están presentes las ruinas del pasado, como recuerdos de piedra que van desvaneciéndose en la memoria. “Podríais haber pasado un buen rato tratando de localizar esos serpenteantes caminos o tranquilos prados por los que posteriormente Inglaterra sería célebre. En lugar de eso, lo que había entonces eran millas de tierra desolada y sin cultivar; aquí y allá toscos senderos sobre escarpadas colinas o yermos páramos. La mayoría de las vías que dejaron los romanos ya estaban en aquel entonces destrozadas o en mal estado, en muchos casos devoradas por la naturaleza”, escribe en el primer párrafo. Más adelante, cuando sus protagonistas ya están en el camino, deciden refugiarse de una tormenta en un edificio en ruinas. “La villa debió de haber sido espléndida en los tiempos romanos, pero ahora sólo una pequeña sección seguía en pie. Lo que fueron magníficos pavimentos ahora están expuestos a los elementos, desfigurados por charcos y malas hierbas que se han apoderado de los mosaicos. Los restos de los muros, que a veces no superan la altura del tobillo, revelan la antigua estructura de las habitaciones. Un arco de piedra domina la entrada que conduce a la zona del edificio que había logrado sobrevivir”. Este bello texto de Ishiguro nos describe un paisaje afectado por la presencia de un pasado que, poco a poco, va siendo olvidado, pero, sobre todo, nos habla de un mundo peligroso e inhóspito.

Georges Duby, el medievalista francés y uno de los grandes exponentes de la historia de las mentalidades y de la vida privada, imaginó —como imaginan los científicos sociales, basándose en todos los datos a su alcance, imaginar no es inventar— ese mundo en uno de sus primeros ensayos, Guerriers et paysans (Guerreros y campesinos), una investigación sobre la economía europea entre los siglos VII y XII. El autor de La época de las catedrales calificó ese momento como “profundamente salvaje” y explica que “el nivel de la civilización material es tan bajo que lo esencial de la vida económica se reduce a la lucha, la que el hombre, para sobrevivir, debe llevar a cabo cotidianamente contra las fuerzas de la naturaleza”. “Es un periodo que escapa en gran medida a la historia. En las regiones donde en tiempos se utilizó abundantemente la escritura, su uso estaba en vías de perderse. Penetra, de hecho, muy lentamente. Los textos que nos quedan son muy escasos”, prosigue el historiador, que reconoce la dificultad para encontrar documentos en los que apoyar su trabajo. Duby divide Europa entre el mundo bizantino y árabe, donde se conserva una estructura económica y administrativa eficaz, similar a la que existió bajo el Imperio romano, y el resto del continente, sobre todo el norte, donde todo debe ser construido de nuevo y cuya estructura económica, sencillamente, se ha desvanecido.

La Edad Media estuvo dominada por los árboles y por el bosque que, como explica Georges Duby, aparece en todas las representaciones medievales del universo, desde los cuentos populares hasta la decoración de las iglesias.

Ese periodo fundacional, el de las grandes invasiones, el de los movimientos de población y los pueblos que fueron conquistando nuevos territorios y que forjaron el mapa del continente, está sintetizado en Cirencester. Llegué allí siguiendo a uno de los grandes autores de viajes, Bill Bryson. Además de generosas raciones de carcajadas, Bryson, estadounidense de Iowa afincado en el Reino Unido (“Nací en Desmoines, a alguien le tenía que ocurrir” es la primera frase de su primer libro, The Lost Continent: Travels in Small-Town America [El continente perdido. Viajes por la América de provincias]), es una mina de información. Autor de entretenidos libros de divulgación científica, como su célebre Breve historia de casi todo, de estudios sobre la lengua inglesa, sobre la vida privada y la estructura de lo que llamamos hogar; es, sobre todo, un gran escritor de viajes. En los años noventa realizó un largo recorrido por el Reino Unido, desde Dover hasta John O’Groats, la localidad más septentrional de la isla principal, en el norte de Escocia, titulado Notes from a Small Island; a finales de 2015 publicó la segunda parte, un nuevo viaje británico veinte años después, The Road to Little Dribbling. More Notes from an Small Island, centrado en los abundantes cambios que ha experimentado el país en estas dos décadas. Aquel primer viaje lo llevó a los Costwolds y a Cirencester, donde visitó el museo de Corinium y una antigua villa romana situada en los alrededores. No parece que haya cambiado mucho desde que estuvo Bryson por allí: Cirencester es una tranquila ciudad, bastante orientada al turismo, con unos cuantos restaurantes, uno de ellos un italiano más que decente —un habitante de Ancona se enamoró de una chica local y acabó abriendo en Inglaterra un oasis de aceite de oliva en la tierra de la mantequilla y de la grasa para freír—. Como en casi todas las calles comerciales de Europa es inevitable toparse con las franquicias de turno, pero también con unas cuantas tiendas auténticas. (…)

A pocos kilómetros del centro se puede visitar un lugar bellísimo, que también remite a aquellos años oscuros de miedo y supervivencia en los que terminó una era y comenzó otra: el National Arboretum de Westonbirt. Un Arboretum es un jardín botánico formado sólo por árboles, incluso podría definirse como un zoológico de árboles, ya que estos grandiosos seres vivos están atrapados en un espacio que no es el suyo —han sido traídos desde todo el mundo— para disfrute de los visitantes que se pasean por sendas trazadas entre ellos. La Edad Media estuvo dominada por los árboles y por el bosque que, como explica Georges Duby, aparece en todas las representaciones medievales del universo, desde los cuentos populares hasta la decoración de las iglesias. Los bosques son lugares inquietantes, mágicos, que inevitablemente hay que atravesar para viajar de un lugar a otro. Nadie comprendió mejor lo que ese mundo vivo significaba que J.R.R. Tolkien en El señor de los anillos, con sus ents, árboles vivos que pertenecen a un mundo que se muere porque hace siglos que no se encuentran ents femeninos. Muchos se quedan dormidos y se convierten entonces en plantas. “Hasta el siglo XII, la proximidad de un enorme espacio forestal influía en todos los aspectos de la civilización”, escribe Duby en la obra citada. “Se puede descubrir su huella tanto en la temática de las novelas cortesanas como en las formas que inventaron los artesanos del gótico. Para los hombres, los árboles representan la manifestación más evidente de la naturaleza vegetal”. El National Arboretum, que ocupa doscientas cuarenta hectáreas y que se puede recorrer a través de casi veinticinco kilómetros de caminos, acoge especies de árboles de todo el planeta. Es un bosque increíble en el que se pueden pasar horas sorprendiéndose por su diversidad. Sin embargo, en una tarde tormentosa de verano, es un lugar cuya belleza remite a la lejana inquietud de otros tiempos, cuando los árboles representaban la vida, pero también eran el máximo símbolo de aquello que no podía dominarse. Además, compartían su espacio con todo tipo de seres extraños y casi nunca amistosos, como se pone de manifiesto en muchos cuentos tradicionales europeos. A partir del siglo XII, la vida vuelve a las ciudades, pero el bosque sigue siendo esencial durante centenares de años. En el XVI los árboles empiezan a sufrir, como explica el historiador francés Michel Pastoureau, cuyos libros, que nos encontraremos varias veces en estas páginas, son a la vez una fuente de diversión y conocimiento, ya que tratan los asuntos más diversos, desde el origen de los colores hasta la relación de diferentes sociedades con animales como el oso o el cerdo. El motivo tiene que ver con la industria, pero también con el descubrimiento de nuevos mundos: la construcción de barcos acarrea un enorme consumo de madera. Sin embargo, la catástrofe arbórea llega en el siglo XIX, con la revolución industrial, cuando los bosques comenzaron a ser destruidos de manera masiva en busca del carbón que alimentaba la máquina que abriría una nueva era: el vapor. Las revoluciones de 1848 tuvieron como origen, entre otros, el acceso a los recursos forestales, mantiene Jürgen Osterhammel en su monumental historia del XIX, La  transformación del mundo. (…)

Toda esa historia comenzó con el vacío que dejó en Occidente la desaparición de un imperio. Con su lengua, su comercio, sus monumentos, su estructura económica, su agricultura, dominó el mundo conocido.

Según Steven Pinker, Europa tenía cinco mil unidades políticas en el siglo XV, quinientas en la época de la guerra de los Treinta Años en el siglo XVII, doscientas en los tiempos de Napoleón en el XIX y menos de treinta en 1953. La Unión Europea une en la actualidad a Estados muy diferentes, y otros, como Suiza y Noruega, pese a no formar parte de esa unidad política  y económica, mantienen abiertas sus fronteras. Para alguien que no lo haya conocido, resulta difícil imaginar lo que fue una vez el continente, lleno de fronteras y divisiones, de aduanas y barreras, no solo en los tiempos oscuros, cuando sus escasos habitantes se encontraban a merced de  invasiones, saqueos y todo tipo de violencia, sino también en los tiempos anteriores a 1945 o, incluso, antes de la caída de Muro de Berlín. Toda esa historia comenzó con el vacío que dejó en Occidente la desaparición de un imperio. Con su lengua, su comercio, sus monumentos, su estructura económica, su agricultura, dominó el mundo conocido, primero el Mediterráneo tras su victoria contra Cartago en las guerras púnicas, y luego también una parte considerable del norte del continente, hasta el Rin, más allá del Danubio y hasta la barrera que el emperador Adriano mandó construir en el norte de Inglaterra. Ese mundo, que se desmoronó con la llegada de los bárbaros desde los cuatro puntos cardinales, tardó siglos en recomponerse y lo hizo en forma de Estados que lentamente se convirtieron en naciones bajo una misma idea, la cristiandad. De allí surgió Europa, de esos inmensos y muchas veces brutales movimientos de pueblos que, por un motivo u otro, buscaban nuevas tierras en las que establecerse. Y esas tierras acabaron convirtiéndose en países. Pero con la consolidación de los Estados llegó también una nueva forma de violencia: la presecusión de los herejes.

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