Auge de libros inéditos póstumos: ¿aporte literario o negocio?

La edición de obras tras la muerte de su autor es casi una subcategoría. Este otoño coinciden títulos resucitados de Lowry, Juan Ramón Jiménez, Bolaño, Woolf, Piglia, Aleixandre, Whitman... Albaceas, agentes literarios y editores reflexionan sobre este fenómeno

“Quizá siempre desandemos con nocturnidad el trecho que fatigosamente hemos ganado bajo el sol del verano”: Rilke.

Este es el epígrafe que Malcolm Lowry puso a su legendaria novela Rumbo al mar blanco (Malpaso) cuyo manuscrito se hizo cenizas entre las llamas de su cabaña mexicana en 1944. Nunca se repuso de esta tragedia. Sesenta años después de su muerte se edita la novela por el ¿milagroso olvido? de Lowry porque él mismo había dejado, en 1936, una copia del libro en casa de su suegra de entonces.

Quizá siempre los lectores quieran desandar otros veranos luminosos de sus autores preferidos.

Pero la duda siempre acecha sobre la pertinencia o no de la publicación de un inédito literario póstumo. De si en verdad arrojan luz y enriquecen la obra del escritor o es mero oportunismo o negocio. Hay inéditos de toda estirpe. Y, siempre, son un acontecimiento literario.

Junto a Lowry, esta temporada hay inéditos de Roberto Bolaño, Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre, Ricardo Piglia, Lampedusa, Dario Fo, Philip K. Dick… Autores que se suman a las recientes obras inéditas de Walt Whitman (su novela anterior al poemario Hojas de hierba), Virginia Woolf (relatos de infancia), Carlos Fuentes, José Saramago, Sandor Marai…

Y todos ellos, a su vez, a los casos clásicos de autores como Nabokov, Capote, Nemirovski, Salinger o el paradigmático ejemplo de Franz Kafka, porque buena parte de su obra clave se conoce debido a que su amigo y albacea, Max Brod, decidió no hacer caso al autor de quemar sus libros.

Este es un viaje por la ruta de algunas obras póstumas famosas y sobre el destino que previó su autor. Como prólogo, las opiniones de un albacea literario, dos editores y un agente literario.

Capítulo Lowry

En estas fronteras movedizas “no todo es válido”, afirma Malcolm Otero Barral, editor de Malpaso y responsable del inédito de Lowry (1909-1957). “El caso de Rumbo al mar blanco es especial porque su autor trabajó en esa novela muchos años y pensaba que iba a ser su mayor obra. Aunque en el momento del incendio faltaban correcciones y un desenlace, el libro, sin duda, arroja luz y forma parte del corpus de la obra del escritor inglés”, explica Otero Barral. Es verdad, reconoce el editor, que “hay una tendencia a inéditos póstumos menores que no enriquecen la obra. El límite está en la dignidad del autor. Siempre debes hacer que el escritor crezca, mejore. Todo no vale”.

“Lo que no es ético es publicar libros que el autor dejó dicho expresamente que no quería”, afirma Carmen Hernández-Pinzón, sobrina nieta y representante de los herederos de Juan Ramón Jiménez. Sobre las excepciones, Juan Milá, de Salamandra, dice: “Cuando hay que ser respetuoso con la voluntad del autor es en el caso en que la decisión de impedir que un texto se publique busque proteger a personas que viven todavía”.

Agentes literarios, editores y expertos como Luis Miguel Palomares Balcells, de la Agencia Literaria Carmen Balcells, Joan Tarrida, de Galaxia Gutenberg, Juan Milá, de Salamandra, y Julio Ortega, de la Universidad de Brown, coinciden en señalar que todo depende de los herederos o del albacea literario.

Capítulo JRJ

En España uno de los escritores que vive un renacer de inéditos es Juan Ramón Jiménez (1881-1958). Cuando el poeta y Nobel español murió el 70% de su obra estaba sin publicar, recuerda Carmen Hernández-Pinzón. “Lo que nosotros hemos hecho es cumplir su voluntad de divulgar toda su obra y tal como él mismo la había concenido, e incluso diseñado sus libros. Estos años sus poemas han vuelto a interesar después de estar medio ensombrecida. Antes a los editores no les interesaba la obra inédita de Juan Ramón”.

El semestre pasado se editaron El silencio de oro (poemario) y Monumento de amor (cartas). Hace pocas semanas fue el turno de Historias (Fundación José Manuel Lara), un libro con varios poemas entre ellos 27 inéditos de su época de Moguer y Platero y yo, entre 1905 y 1912. Es el JRJ más sencillo, natural, intenso, puro y luminoso. El poeta corrigió el libro en 1921 y algunos de los textos del mismo formaron parte de sucesivas antologías, pero otros quedaron inéditos y pendientes de publicación conforme al guion revisado que fijaría en su exilio de Puerto Rico. La colección Vandalia se acerca de nuevo a la obra del Premio Nobel andaluz, gracias a la colaboración  de Hernández-Pinzón e incluye un estudio introductorio y un cuaderno gráfico con fotos y facsímiles de los manuscritos, trabajo que ha sido coordinado por la profesora Rocío Fernández Berrocal, una de las grandes especialistas en la obra juanramoniana.

“Son inéditos de JRJ, pero que él dejó preparados y quería que se dieran a conocer. La familia cumple con su deseo y se busca un experto que aborde el tema”, explica Ana Gavín, directora general de la Fundación José Manuel Lara. Las familias o herederos son los primeros responsables de dichas publicaciones, agrega Gavín, y añade: “pero es verdad que hemos visto mucha novela o libro inédito o poemario entre comillas que el autor no quiso publicar en vida. Pero la pregunta es por qué no los destruyó. Ahí tengo dudas. Es difícil saber dónde está el límite. Las fronteras son movedizas dependiendo de cada caso. Lo cierto es que siempre habrá un editor dispuesto a publicar esos inéditos. Así es que ante la duda de que lo publique un editor diferente al habitual y que no se sabe cómo la hará, entonces es mejor que lo haga su editorial de siempre que garantizará una edición digna”.

Capítulo Bolaño

El chileno Roberto Bolaño (1953-2003) acaba de completar este otoño once inéditos en 14 años que lleva muerto. Lo hace con Sepulcros de vaqueros (Alfaguara) que reúne tres nouvelles. En su prólogo, Juan Antonio Masoliver-Ródenas, explica que allí se aprecia la ruptura del autor chileno con “la lógica de la tradición decimonónica, un gesto de rebeldía ya marcado desde el primer texto”. Lo que justificaría una publicación como esta al enriquecer el universo bolañiano. “Hablar de las novelas y los cuentos de Roberto Bolaño como fragmentarios resulta parcial, puesto que cada fragmento depende de una unidad en constante movimiento, en un verdadero proceso de creación que es al mismo tiempo consolidación de un universo”, escribe el crítico y escritor.

El año pasado de Bolaño se publicó El espíritu de la ciencia-ficción (Alfaguara), una novela de iniciación literaria y confesión personal, y posible antecedente de Los detectives salvajes, y donde podría residir parte del secreto de 2666, su gran obra póstuma. Pilar Reyes, su editora, dijo entonces, que lo publicaron porque creían que “era un texto de indudable interés, que los lectores apreciarían y que podría ser una formidable puerta de entrada al universo Bolaño para quienes aún no le hubieran leído”. Los anteriores libros inéditos de Bolaño fueron publicados por Anagrama.

Catálogos de inéditos póstumos

 

Las rutas que siguen estos inéditos póstumos hasta llegar a las librerías son muy diferentes. El siguiente es un catálogo de clases o categorías sobre algunos de estos títulos con sus intrahistorias recientes y famosas:

Obras originalmente anónimas y luego identificadas. El ejemplo reciente es el de Walt Whitman (1819-1892) con Vida y aventuras de Jack Engle empezada a publicar por entregas en el Sunday Dispatch, el domingo 14 de marzo de 1852. La primavera pasada un investigador estadounidense dio con ella y en España la publicó Ediciones del Viento. La obra es una especie de eslabón entre la niñez del poeta y su vida adulta, a la vez que ayuda a entender ese monumento poético que es Hojas de hierba que empezaría a publicar tres años después.

Obras que se publican siguiendo el destino establecido por su autor. Es el caso del escritor argentino Ricardo Piglia (1940-2017) y la serie de Los diarios de Emilio Renzi (Anagrama), alter ego del escritor. Este otoño se acaba de publicar la tercera y última entrega: Un día en la vida, según lo previsto por su autor para su trilogía iniciada en 2015. Piglia sigue en estas páginas la exploración de un periplo vital y creativo, la indagación en la escritura y sus mecanismos, la reflexión sobre la literatura a través de lecturas muy diversas. Asoman encuentros, películas, la convulsa situación política argentina, la tarea profesoral en Estados Unidos…  Otro caso parecido al de Piglia es el del poeta español José Ángel Valente con Palais de Justice, en edición de Andrés Sánchez Robayna, editado por Galaxia Gutenberg.

Obras acabadas a las que se suman inéditos. Es uno de los casos más frencuentes, sobre todo de poetas. Esta temporada será el caso del Nobel español Vicente Aleixandre con su Poesía completa (Lumen). Una manera de celebrar los cuarenta años de la concesión del Nobel en cuyas páginas los lectores tendrán algunas inéditos y el prólogo y edición a cargo de Alejandro Sanz, presidente de la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre.

Obras primerizas donde palpita el autor futuro. Ahí está de Virginia Woolf  Las aventuras agrícolas de un cockney y Las aventuras de un padre de familia, editadas en un solo volumen por Nórdica Libros con ilustraciones de Maite Gurrutxaga y traducción de Ainize Salaberri. El libro recoge su debut literario donde ya se vislumbran sus temas y deja ver una faceta desconocida. El año pasado fue el turno de Truman Capote con Relatos tempranos (Anagrama), con uno cuentos escritos en su infancia y adolescencia donde asoma el Capote que habrá de ser.

Obras formadas de documentos dispersos. Es el caso de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957) Viaje por Europa Correspondencia (1925-1930) (Acantilado), traducción de Juan Antonio Méndez. Se publicó por primera vez en 2006, en Italia. Son las cartas que el autor de El gatopardo intercambió con sus primos, Casimiro y Lucio Piccolo, en las que describió sus viajes por Europa, cuando descubrió la “belleza mítica” de París o la “perversa fascinación” de Berlín. Un asomo a su gran sensibilidad para apreciar el mundo.

Obras que el autor deja prácticamente en imprenta. José Donoso y La cola de la lagartija (Alfaguara) son un ejemplo. Julio Ortega, crítico y profesor de la Universidad de Brown, encargado de terminar la obra, lo explica así: “Pepe dejó el libro inacabado pero listo para su publicación. Esto es, vendió el manuscrito a Princeton en orden, listo para su publicación, aunque era una novela abandonada y menor, pero de mucho encanto y tema muy actual. Cecilia García Huidobro acaba de publicar un tomo de sus Diarios, que están en Iowa, y donde vemos tanto la espontaneidad del género como la mirada del futuro lector, que Pepe, no sin dominio escénico, incluye en su recuento novelesco”.

Obras que, acabadas, el autor archiva y olvida. Hace dos años se publicó Los caprichos de la suerte (Espasa), de Pío Baroja. “Esa novela siempre estuvo localizada en mi familia, pero no se había publicado por varios motivos: primero por temor a la censura franquista; luego en 1972 empezamos la edición de toda su obra hasta que apareció en 2006 Miserias de la guerra, censurada por la dictadura a comienzos de los años 50, hasta que hace tres años, cuando José-Carlos Mainer preparaba la biografía de Baroja, le propusimos la edición de esta obra que cerraba Las saturnales”, contó Pío Caro-Baroja Jaureguialzo, sobrino nieto del escritor.

Obras inacabadas en las que el escritor trabajaba cuando falleceAquiles o El guerrillero y el asesino (Alfaguara), de Carlos Fuentes es un ejemplo. Su viuda Silvia Lemus sabía en qué trabajaba Fuentes, así es que le dio ese libro a Julio Ortega para que hiciera la edición final. Fuentes, recuerda Ortega, “había escrito Aquiles primero como una crónica, hasta que descubrió que la novela sería más creíble que la crónica”.

También es el caso de Alabardas (Alfaguara), de José Saramago. El nobel portugués escribía meses antes de su muerte este libro acerca de la violencia ejercida sobre las personas y las sociedades, que las convierte en víctimas. La edición tiene ilustraciones de Günter Grass y textos de los escritores Roberto Saviano y Fernando Gómez Aguilera.

Obras resucitadas en alguna carpeta olvidada por el autor. En 2014 apareció el botín más grande de textos de Pablo Neruda que se convertiría en Tus pies toco en la sombra y otros poemas inéditos (Seix Barral). El hallazgo literario más importante del Nobel chileno con una gran presencia del tema amoroso y erótico. A su lado, versos sobre la naturaleza o Chile que aguardaban ser encontrados en el archivo de la Fundación Pablo Neruda, en Santiago de Chile. Son poemas dispersos a lo largo de más de una década que aún no se sabe por qué no entraron en los libros de la época.

Obras que el autor pide borrar del mapa pero sus albaceas no hacen caso. Aquí figuran desde Franz Kafka, bendita la hora en que su amigo Max Brod no quemó esos libros, hasta los diarios de Susan Sontag. La escritora estadounidense los tenía guardados, pero pidió que no se publicaran. Su hijo David Rieff los leyó y consideró que tenían un gran valor para comprender mejor la obra de su madre y enriquecer su figura personal e intelectual. Así surgieron Renacida. Diarios tempranos y La conciencia uncida a la carne (Literatura Random House).

Obras hechas de retazos, de fichas de trabajo que el autor pide destruir. Este es el caso de Vladímir Nabokov y El original de Laura (Anagrama) que su hijo Dimitri publicó desobedeciendo a su padre. Como la obra no estaba ni remotamente acabada, Dimitri lo que hizo fue crear un libro-facsímil. Una pieza que no dice mucho a la mayoría de lectores, pero que arroja luz sobre la mecánica de trabajo del autor de Lolita. Sobre las rutas que tomaba en busca de una obra maestra.

 

Luces o sombras sobre los autores, alegrías o tristezas para los lectores, Luis Miguel Palomares Balcells, responsable de la Agencia Carmen Balcells, asegura que “hay herederos muy escrupulosos. Los editores nos proponen un libro, lo analizamos y lo comentamos con sus herederos. A veces no casan con los designios del autor, y otras solo muestran el interés de vender libros. La propuesta, también, puede salir de la Agencia”. Lo que está claro, explica, es que “mantener la memoria del autor es difícil de rechazar. En último caso es el lector quien decide si es acertado o no”.

La sombra de Lowry es alargada. Por Ignacio Villaro

Cuando, a principios de marzo de 2016, y por mediación de Olivia de Miguel, recibí de Malpaso el encargo de traducir In Ballast to the White Sea (¡una novela inédita de Malcolm Lowry!), no pude recibirlo con más entusiasmo. La traducción de la “alta literatura” es un coto bastante exclusivo y, aun siendo consciente de que no sería una labor fácil y sí, probablemente, frustrante en mayor o menor medida, me las prometía muy felices ante la perspectiva de probar mi valía. Mal podía imaginar que la navegación de este texto de trasfondo marinero resultaría una travesía tan poco apacible, con mar de leva.

Las aguas que había de surcar ya eran procelosas de por sí: una sintaxis endemoniada, salpicada de malabarismos verbales y juegos musicales onomatopéyicos, a lo que se añadía una densidad insospechada de referencias literarias e históricas (que podrían haber pasado desapercibidas de no ser por las exhaustivas notas que incluía la edición original, académica y erudita). En definitiva, un texto de una dificultad de traducción mayúscula, por su ambición formal, por su especificidad geográfica, histórica y cultural. Ante las previsibles dificultades que me aguardaban abordé la traducción con cierto respeto reverencial.

Lo que no había previsto es que la versión castellana fuera a quedar (aparentemente) atrapada en la órbita de la infausta estrella del autor, como por obra de alguna ley de gravitación mística, o como si las palabras de Lowry tuvieran la virtud de un aciago conjuro. Sin entrar en patéticos detalles, un desprendimiento de retina, dos intervenciones de cirugía ocular y una larga recuperación dieron al traste con el calendario de publicación previsto, y la fecha de entrega se pospuso indefinidamente, en lo que se diría una prolongación de la accidentada historia del original, sesenta años después de la muerte de Lowry.

He de agradecer a los editores de Malpaso su comprensión y apoyo durante todo el proceso. Quisieron que acabara yo lo que había empezado. A la postre, creo que la calamidad redundó también en beneficio de la obra, al hurtarla a la presión habitual de los plazos señalados, que en la traducción literaria siempre se figuran cortos, y dar al traductor la calma, y el tiempo, que la novela merecía: un pálido reflejo del tiempo que le dedicó el autor: cuarenta años para dejarla inacabada. Confío en que el forzado reposo al que se ha visto sometido el texto le habrá dado también más poso, haciendo justicia al original, para disfrute del lector.

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