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Carta abierta a Europa: un continente atrapado en el destino del Dr. Jekyll y Mr. Hyde ante el mundo

El poeta búlgaro ha sido el elegido por el Festival Días de poesía y vino, de Eslovenia, para dirigirse a los europeos. Lamenta que el continente dé la espalda a sus valores y a las regiones que explotó para su bienestar y reclama solidaridad. WMagazín es uno de los medios seleccionados por el Festival para publicar esta Carta Abierta que invita a la reflexión

Presentación WMagazín Cada año el Festival Días de Poesía y vino, celebrado en Ptuj, Eslovenia, del 18 al 24 de agosto de 2019, designa un autor para que escriba una Carta Abierta a Europa. En esta edición el elegido ha sido el poeta búlgaro-alemán Ilija Trojanow quien aborda temas como la corrupción económica, la violación de derechos humanos por parte de la Unión Europea, la trata de personas en África, las mala situación de países del Sur mientras la UE les da la espalda cuando en otra época se benefició de ellos. El recurso literario que Ilija Trojanow utiliza para referirse a la conducta de la UE y muchos europeos es el clásico del Robert Louis Stevenson El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

Una carta que llega en días críticos y complejos ante la crisis del buque de la ONG Open Arms con 107 inmigrantes africanos frente a las costas italianas cuyo gobierno le prohíbe desembarcar, después de tres semanas en altamar.

La Carta abierta a Europa del año 2017, escrita por  la puedes leer en este enlace. A continuación puedes ver la carta que dirije a los europeos Ilija Trojanow:

Una carta abierta a Europa

Estimados europeos y europeas, estimados cómplices, estimadas víctimas.

Hace poco recibí un correo electrónico de Ayesha el Gadafi, la única hija del ex dictador de Libia. Aunque no nos conocíamos, la señora Gadafi me escribía muy confiadamente diciéndome que pretendía transferirme 27,5 millones de dólares si yo la ayudaba a invertir ese dinero en mi país. Ella me recompensaría como a un príncipe con una comisión del 30 por ciento y me pedía que me pusiera urgentemente en contacto con ella.

Por supuesto que no creí que fuera realmente la señora Gadafi la que me escribía. No era la primera vez que me contactaban de ese modo. Es probable que también ustedes hayan recibido, al menos una vez en la vida, una misiva como ésa, que antes llegaban en forma de carta, por poco tiempo por fax y desde hace ya bastante tiempo llegan por correo electrónico. La trama de una estafa.

Los nigerianos la llaman el “419”, en alusión al correspondiente artículo del Código Penal de aquel país: usted recibe una carta de una persona que se hace pasar por alguien con acceso a impresionantes cantidades de dinero (malversado), alguien que recaba su ayuda para extraer ese dinero de Nigeria (o de Rusia, Brasil o de cualquier otra parte). Algunos emprendedores nigerianos envían millones de correos de esa índole, y cuando alguno de los destinatarios cae en la trampa, reclaman modestos pagos de la administración antes de forrarse. Al que se preste para acudir a un encuentro, le tomarán el pelo de buena manera.

Los europeos hablan o escriben casi siempre de esos casos de “419” en el contexto de la legendaria corrupción reinante en países como Nigeria, y lo hacen en un tono medio indignado o, incluso, divertido. Pero un tema poco abordado es el relacionado con la actitud de los destinatarios de esa estafa, casi siempre considerados víctimas, aunque en realidad se trata de cómplices. ¿Cómo a los que envían tales correos se les puede ocurrir la abstrusa idea de echar un cebo a alguien en Europa con esas insólitas historias sobre oro y joyas? El cebo, además, funciona porque ambas partes consideran obvio que los nigerianos, los libios o los iraquíes confíen su dinero sucio a una persona limpia en Europa (sea hombre o mujer) para que lo ponga a resguardo o lo lave. A nadie le asombra la obviedad con la que se confía ciegamente a unos europeos los millones robados. Es evidente que esa es una de nuestras tareas en la repartición global del trabajo: los otros roban, nosotros encubrimos, un dólar lava al siguiente.

Cada correo del tipo “419” indica que la corrupción en el Sur Global sólo es posible porque el dinero robado acaba, al acabar la jornada delictiva, en algunos de nuestros países, ya sea en Londres, en Zúrich, en Chipre o en Liechtenstein.

No obstante, nos indignamos por el grado de corrupción reinante en el Sur Global: unos 50 mil millones de dólares son desfalcados cada año en los países más pobres del planeta, y ese capital fluye hacia el Norte. El responsable de esa tonalidad fraudulenta del capitalismo globalizado no está tan claro como pensamos muchos de nosotros. Transparency International, por ejemplo, afirma que Somalia es el país más corrupto del mundo, pero el afamado autor italiano Roberto Saviano, que se ha ocupado durante décadas de las estructuras mafiosas, opina que Gran Bretaña es el Estado más corrupto del planeta (Londres se ha convertido en el terreno de juego urbano para estafadores llegados de todos los rincones del mundo). Ambos tienen razón. Pero como ciudadanos y ciudadanas de Europa deberíamos ocuparnos antes de nuestra propia esquizofrenia: exigimos good governance y lavamos dinero sucio. Hacemos las dos cosas al mismo tiempo: tenemos el corazón en el cielo y el culo grasiento en un cómodo sofá.

A finales del siglo XVIII, vivía en Edimburgo un hombre llamado William Brodie, un elegante gentleman que era propietario de una carpintería y gozaba del respeto de sus conciudadanos. Por el día prestaba sus servicios en el consejo municipal y cumplía con eficiencia todos los pedidos. Por las noches, irrumpía en las casas de sus clientes y los desvalijaba. Hasta un día en que fue atrapado y condenado a la horca.

Hace tiempo que nos habríamos olvidado de William Brodie si el autor Robert Louis Stevenson no hubiera reconocido en su persona el símbolo extremo de una inquietante capacidad humana: la escisión de la personalidad. Stevenson escribió en tres ocasiones sobre Brodie, las primeras dos fueron piezas de teatro que no tuvieron éxito alguno; la tercera vez fue todo un éxito de ventas, la trepidante novela titulada El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde.

“Nací […] heredero de una gran fortuna, dotado con excelentes cualidades; mi naturaleza me inducía al trabajo, estimaba mucho la consideración de aquellos de mis compañeros que me parecían prudentes y buenos, en una palabra, hasta donde era posible creerlo, poseía las condiciones necesarias para tener un porvenir honroso y distinguido”.

Así escribe el doctor Jekyll al inicio de su confesión en el último capítulo del libro. Es un médico distinguido, alguien que cura, que estima la cultura y el saber, un importante miembro de la sociedad. Pero al mismo tiempo es un caso de narcisismo brutal y desalmado, un hombre con el nombre de señor Hyde. No es que exista el doctor Jekyll por una parte y el señor Hyde por otra. Sólo existe una misma criatura “destinad[a] a una profunda duplicidad en [su] manera de vivir”. Una criatura cuyas “dos naturalezas […] parecían satisfechas en la extensión de mi conciencia, aunque hubiese podido realmente ser la una y la otra, […] únicamente porque, en absoluto, tenía o poseía las dos a la vez”.

El doctor Jekyll no es inocente ni ingenuo, tampoco está ciego. Reconoce al enemigo que habita en su interior. Y hasta desearía derrotarlo. Pero, al final, depone las armas. La historia nos trae directamente al presente. Lo que vale para las personas en su condición de individuos, puede valer también para sociedades enteras. Europa, o más exactamente, la Unión Europea, es el doctor Jekyll y el señor Hyde.

En el año 2017, el presidente de la Comisión de la Unión Europea, Jean-Claude Juncker, se manifestó horrorizado con la situación de los campamentos de refugiados en Libia. “No puedo dormir tranquilo pensando en lo que les ocurre a esas personas que buscan una vida mejor y han encontrado el infierno en Libia”. Europa no debería “callarse ante estos increíbles problemas que tienen su origen en siglos pasados”. Decía estar “en estado de shock” con las noticias según las cuales los refugiados en Libia eran subastados como esclavos. “Hasta hace dos meses no sabía que el problema tenía tal envergadura. Se ha convertido en un fenómeno urgente”. Resulta fácil comprender la indignación de Juncker. En Libia encierran hasta treinta refugiados en celdas que no tienen ni cinco metros cuadrados y en las que pasan hambre, porque sólo les dan de comer cada tres días. Según un informe de la organización humanitaria Médicos sin Fronteras, sus condiciones de vida han empeorado visiblemente. En el centro de detención de Sabaa, en la capital Trípoli, casi una cuarta parte de los refugiados está
desnutrida, entre ellos muchos niños.

Según estimados de la Organización Mundial para las Migraciones (IOM), en este momento hay unos 670 000 refugiados en Libia. La embajada alemana en Níger describía ya en un informe del 2017 enviado al ministerio de Asuntos Exteriores lo que ocurre con los refugiados enviados de vuelta: “Ejecuciones de los emigrantes que no pueden pagar, las torturas, las extorsiones y los abandonos en el desierto están a la orden del día. Algunos testigos han hablado de cinco fusilamientos semanales en una de las prisiones: con anuncio y siempre los viernes, para hacer sitio a los recién llegados”.

Un estudio de la organización Women's Refugee Commission ha llegado a la conclusión de que casi cada mujer que huye a través de Libia es víctima de violencia sexual. Algunos sobrevivientes hablan de violaciones con palos, de quema de los genitales, de penes cortados, de hombres que fueron obligados a violar a sus hermanas. Hablan de crueldades inconcebibles. Y todo ello ha ocurrido en los últimos dos años.

Pero ¿qué ha hecho Juncker contra esa situación espantosa?
¡Nada!
¿Qué podría hacer?
Mucho.

Porque lo que ocurre en Libia tiene lugar no sólo con la tolerancia de la Unión Europea, sino con su financiamiento directo: los guardias fronterizos libios deben impedir por todos los medios la huida de esas personas que buscan auxilio. De modo que esos refugiados que sufren y mueren en Libia debido a unas condiciones terribles, ello ocurre como una consecuencia directa de una bien calculada política de la Unión Europea.

Pero sería erróneo reprochar hipocresía a algunos representantes de esa política, como Jean-Claude Juncker. Su indignación era sin duda sincera y sentida. Él es heredero de una tradición europea que ha llevado por el mundo, desde la Revolución Francesa, ideales de solidaridad y de empatía, que abolió la esclavitud e hizo un aporte decisivo a la hora de formular la Carta de los Derechos Humanos Universales. El doctor Jekyll da en el clavo cuando dice: “A pesar de ser en modo tan absoluto un hombre de doble faz, no era hipócrita en la acepción que se da a esta palabra; las dos partes de mi yo eran ambas verdaderamente serias. No era más yo en realidad, cuando arrojando todo freno, obraba vergonzosamente, que cuando, a la luz del día, trabajaba para aumentar mis conocimientos, o cuando procuraba aliviar a los desgraciados y a los enfermos”.

La Unión Europea declara que “apoya a las autoridades nacionales para fortalecer su capacidad de combatir ese tráfico ilegal”. En realidad, la diferencia entre las autoridades libias y las bandas de traficantes de personas es todo menos clara.

“Los gobiernos y las instituciones de Europa siguen diciendo que trabajan con vistas a poner fin al arresto arbitrario de los refugiados, pero no han tomado ninguna medida decisiva para garantizarlo”, declara Matteo de Bellis, de Amnistía Internacional.

Los políticos europeos hablan como el doctor Jekyll y actúan como el señor Hyde. El ministro alemán de Cooperación Económica y Desarrollo, Gerd Müller, está siempre planeando, por ejemplo, salvar el mundo, pero al final de su jornada en el cargo han ocurrido pocas cosas positivas.

El ministro desearía que las sociedades occidentales cambiasen de forma radical su estilo de vida: “No debemos basar nuestro bienestar en el trabajo esclavo ni infantil, tampoco en la explotación del medio ambiente”. En su libro Unfair [Injusto] escribe: “Tenemos que alcanzar un estado en el que todos los seres humanos del planeta puedan vivir con dignidad. Nos corresponde satisfacer por fin, para todas las personas, las necesidades básicas como el alimento, el agua, la vivienda y el trabajo, lo cual significa, para los países industrializados que ya se han labrado ese bienestar, la obligación de aprender a compartir de un modo nuevo. A la larga, no debemos ni podemos seguir creciendo a costa de otros”.

Hace un año, en un discurso conmemorativo en honor de Misereor, la Obra episcopal de la iglesia católica alemana, declaraba: “El ‘Yo me apiado’ tendría hoy que significar ‘Yo asumo responsabilidad’ por lo que esté en mi poder. ¡Y tenemos ese poder! Como consumidores. Como empresas que producen en todo el mundo. Como creadores de las políticas de las grandes potencias económicas”.

A continuación, cita afirmativamente la exigencia del cardenal Frings de hablar a las conciencias de quienes deciden en las condiciones políticas, económicas y sociales. Todo ello es muy honroso. El ministro Jekyll plantea una clara misión ética que cualquiera de nosotros siente en un momento de empatía. Mi hija aprendió en la escuela que un suizo acomodado consume tanto como toda una aldea africana. Si estuviéramos en una balsa no se permitiría ese comportamiento parasitario y asocial.

Pero la práctica política es muy distinta. En todos los gremios internacionales se obstaculiza la necesaria reestructuración del sistema financiero y económico globalizado. Hace cuatro décadas que en los distintos niveles administrativos de las Naciones Unidas se intenta vincular la acción económica a los derechos humanos y establecer normas obligatorias. Últimamente, el grupo de trabajo interestatal para la economía y los derechos humanos (IGWG) presentó hace un año un proyecto de tratado vinculante sobre esa materia. Ese “Proyecto Cero” —llamado así para insinuar que es provisional y variable— fue el resultado de varios años de negociaciones entre los ponentes. Ahora debe ser “sometido a discusión”, un eufemismo para amortiguar toda norma rigurosa y obligatoria sobre el modo de proceder de las multinacionales en los países más pobres, a menudo brutal y casi siempre abocado a la explotación.

Al mismo tiempo, por el veto del Norte Global, incluido el de Alemania, fracasaron también los esfuerzos del Sur para ser acogido en la comisión de políticas tributarias dominadas por la OCDE. Ese habría sido el camino para “elevar las posibilidades fiscales de los países más pobres a través de medidas reguladoras a nivel internacional, por ejemplo, el cierre de los oasis fiscales, la lucha contra la evasión de impuestos y de la carrera por el dumping tributario”.

Hace todavía dos décadas, el recorte de la deuda a los países más pobres era un tema político al que se prestaba mucha atención. Todo hablaba en favor de la condonación de las deudas de los países en desarrollo. Todo, menos la codicia y el egoísmo. Hoy se defienden los privilegios con uñas y dientes. Cuando hace poco el ciclón Idai destruyó partes de Mozambique, las desgarradoras peticiones para que se condonara la deuda chocaron con oídos sordos. Según datos del FMI, Mozambique está entre las 35 naciones que se hayan en crisis existencial por causa de la deuda: está atrasado con los pagos y no está en condiciones de servirse de los créditos pendientes.

Cuando se trata de dinero, de “nuestro” bienestar, el señor Hyde saca su fea cabeza y sabotea la lucha por la dignidad humana y una vida decente para todos. En lugar de normas obligatorias, la Unión Europea y el gobierno alemán (también el ministro Müller) apuestan por las iniciativas voluntarias en los estándares relacionados con el medio ambiente y el bienestar social. Tomemos el ejemplo del aceite de palma. Hace un año, estuve dos horas viajando por el norte de Borneo. A ambos lados de la carretera sólo había palmeras hasta donde alcanzaba la vista, en un sitio donde una generación atrás florecía la jungla. Lo que allí se ve son monocultivos que emplean fertilizantes químicos, un crecimiento que lleva hacia la muerte (al cabo de dos décadas esos suelos estarán agotados). En la Declaración de Ámsterdam, sin embargo, se anima a las multinacionales del comercio, la agricultura y la alimentación, que desde hace décadas son las corresponsables de la insólita destrucción de la naturaleza, a que se acojan voluntariamente al marco de plataformas de múltiples partes interesadas (modelo multi-stakeholder), con estándares más rigurosos, y a que adapten sus modelos de negocios a un rumbo más sostenible. Pero esa antigua idea tiene una desventaja: no funciona.

Y es la agricultura el sector donde el señor Hyde se desfoga y hace sus mayores estragos. Aunque el más reciente informe de la IAASTD exige un modelo agrícola
radicalmente distinto, la Unión Europea y los países miembros más poderosos siguen imponiendo la ampliación de la agricultura industrial junto con el empleo masivo de abonos, pesticidas y semillas industriales con licencia. Ello sirve sobre todo a los intereses de beneficios de las multinacionales involucradas. Sin embargo, apenas se tienen en cuenta otros métodos de cultivo agroecológicos y sostenibles.

Uno podría tirarse de los pelos ante esta profunda esquizofrenia, pero también hay esperanzas. A finales del siglo XVIII, la esclavitud era algo tan obvio como lo son hoy los cargueros repletos de contenedores. Cuando en Inglaterra algunos pequeños grupos empezaron a cuestionar la esclavitud, su declaración ética fue rechazada, ya que la trata de esclavos a través del Atlántico era sumamente rentable para Gram Bretaña. Garantizaba puestos de trabajo, generaba fortunas y mantenía el abastecimiento de bienes de consumo. Era, por ello, legítima. Como lo es hoy la flagrante desigualdad social y la destrucción del medio ambiente. Los argumentos del señor Hyde muestran una asombrosa continuidad. Pero, aun así, al cabo de cincuenta años de lucha se consiguió abolir la esclavitud en Europa.

Eso también forma parte de la tradición europea. En su enérgica denuncia titulada Crisis de la civilización, dirigida contra el dominio británico en la India, el poeta Rabindranath Tagore se esforzaba por diferenciar entre la resistencia contra el imperialismo y el rechazo de la civilización occidental. Por un lado, la India se asfixiaba “bajo el propio peso del gobierno británico”, pero, por otro lado, no se debía olvidar nunca “lo que se había ganado con los dramas de Shakespeare y la poesía de Byron”, y, sobre todo, “con el generoso liberalismo de la política inglesa en el siglo XIX”. La tragedia, decía Byron, consistía en que “lo mejor de su propia civilización, la preservación de la dignidad en las relaciones humanas, no contaba en los asuntos del gobierno”.

Como se sabe, la historia del doctor Jekyll y el señor Hyde acaba mal. Resulta notable la exactitud con la que Robert Louis Stevenson, el escocés que tanto había viajado, captó esa doble esencia de Europa: “Había instantes en que Enrique Jekyll estaba horrorizado de los hechos de Eduardo Hyde; pero la situación se hallaba fuera de las leyes ordinarias, y gradualmente la influencia de la conciencia se fue relajando. Después de todo, Hyde era el culpable, únicamente Hyde. Jekyll no era peor que antes; sus buenas cualidades se despertaban y aparecían en él sin haber disminuido, y procuraba cuando le era posible, remediar los daños causados por Hyde; y así, su conciencia dormitaba”.

Traducido por José Aníbal Campos

  • La Carta abierta a Europa del año 2017, escrita por  la puedes leer en este enlace.

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