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La escritora española Clara Usón, ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2018 de la FIL Guadalajara. /Fotografía de Iván Giménez

Clara Usón pide a las mujeres no callar y que se reconozca su calidad literaria sin cortapisas

La escritora española recibe en FIL Guadalajara el premio Sor Juana Inés de la Cruz con un importante y necesario discurso reivindicativo de género y advirtiendo que algunos mandatarios quieren volver a meter a las mujeres en tiempos oscuros. Un premio por su novela 'El asesino tímido'

Discurso de recepción del premio Sor Juana Inés de la Cruz

Por Clara Usón

Buenas tardes a todos. Hoy es un gran día para mí; hace tiempo que quería venir a la FIL, la gran feria literaria del español de la que tanto y tan bien me habían hablado, lo que no esperaba era hacerlo de esta forma, con el premio Sor Juana Inés de la Cruz, por el que doy efusivamente las gracias a Ana García Bergua, a Claudia Piñeiro, a Daniel Centeno y a Laura Niembro. México es un país que me entusiasma; es la tercera vez que lo visito y no será la última, tenedlo por seguro. Además, da la casualidad de que México es uno de los protagonistas de mi “Asesino tímido”, la novela que me ha traído a Guadalajara, y de que tengo familia mexicana, una cuñada, Lizet Pérez Cárdenas, que está aquí, y dos sobrinos encantadores. ¿Cómo no voy a estar feliz?

La noche en que Laura Niembro me dio la maravillosa noticia de que había ganado este premio, tuve una experiencia proustiana, un momento magdalena de Proust; me vino a la memoria un sucedido de mi infancia; yo tenía once o doce años, viajaba no recuerdo adónde con el resto de mi familia, en el coche de mi padre, y de repente, con claridad absoluta, vi en mi imaginación lo que sería de mayor: iba a ser- no necesariamente por este orden-, campeona mundial de esquí, campeona mundial de tenis, campeona mundial de ping pong, cantante de fama internacional y novia de Julio Iglesias, con quien entonaría un dúo que haría llorar de emoción al público; en último lugar, y como por añadidura, también iba a ser escritora. Yo era una niña tan ambiciosa como insensata: apenas sabía jugar al tenis o al ping pong, como esquiadora era una medianía y como cantante, abominable, la única alumna de mi clase que tenía vedado participar en el coro, por más empeño que puse en ello; por contra, era una lectora apasionada, obsesiva, febril, pero si a la niña soñadora que yo fui le hubieran augurado que años después iba a recibir este premio por una novela suya e iba a pronunciar un discurso ante un público tan numeroso y tan distinguido, no lo hubiera creído.

Yo no era tan ingenua como para dar crédito a mis fantasías y era consciente de que recibir premios y dar discursos eran cosas de hombre, como un brandy que se anunciaba así en la televisión: “Brandy Soberano es cosa de hombres”. En la España franquista de mi infancia todo lo interesante era cosa de hombres: las mujeres se casaban y tenían hijos y se ocupaban de ellos y de su marido, su destino era doméstico y servicial. De hecho- y eso lo supe después- hasta 1975 una mujer en España no podía trabajar, abrir una cuenta corriente, pedir un pasaporte, aceptar una herencia, alquilar o comprar un inmueble, sin permiso de su marido. El Generalísimo- título que Franco, con encomiable modestia, se otorgó a sí mismo- había dispuesto que la mujer española sólo podía ser una res de crianza (los anticonceptivos y el aborto estaban prohibidos) y esa función asignó a las generaciones de españolas que padecieron su despotismo: la de vacas reproductoras. El resultado fue un boom demográfico en la España de los años 60 en el que me incluyo, aunque hubiera preferido formar parte del coetáneo boom de la literatura latinoamericana.

La España de Franco era gris, opresiva, desesperante, pero yo me escapaba de ella mediante los libros, y vivía otras vidas, tenía otras experiencias, conocía otras culturas, otras naciones, otras épocas, sin moverme de mi cuarto; por supuesto, me identificaba siempre con los protagonistas que eran, indefectiblemente, hombres, porque la mayor parte de las novelas que devoraba tenían autores varones y protagonistas masculinos; el papel de la mujer en esas ficciones era secundario: eran las novias, las madres, las abnegadas esposas, y sus vidas subalternas estaban desprovistas de fuego y de aventura; yo no quería ser la sufrida Penélope que aguarda con paciencia infatigable a que Odiseo regrese de sus vagabundeos, mientras rechaza pretendientes y teje y desteje el sudario de Laertes; yo quería ser Odiseo y enfrentarme a Polifemo, Penélope no me interesaba nada.

Ya adolescente, cuando me embarqué en la lectura de los clásicos, Sor Juana fue un descubrimiento feliz: ¡una mujer que escribía como un hombre!, tan buena como Góngora o Lope o Calderón, o puede que mejor; una mujer con voz propia, con carácter, inteligentísima, que llama necios a los hombres y se ríe de ellos. Sor Juana fue mi primer referente literario femenino; también estaba Santa Teresa, por supuesto, pero Santa Teresa era santa y mística, mientras que Sor Juana era la peor de todas y escribía poesía y comedias profanas.

Voy a dar un salto en el tiempo de cuatro siglos, no es mi intención hacer un pormenorizado recuento de las grandes autoras de la literatura, ni siquiera me detendré en Jane Austen, por quien siento predilección, una delicada, certera y sutil analista de la condición humana, cuyas novelas, llenas de agudeza y humor, tienen un único argumento: encontrar un buen marido a la atribulada heroína. Un personaje como Sor Juana hubiera hecho las delicias de Jane Austen: guapa, inteligente y con una posición social digamos que complicada; Jane Austen hubiera proporcionado a Sor Juana un partido tan atractivo y ventajoso que nuestra poeta mexicana no hubiera tenido más remedio que casarse, si bien Jane Austen nunca se casó.

Dejo a Miss Austen con sus intrigas matrimoniales y me planto aquí, en esta sala, en el siglo XXI, y quiero dejar constancia de que sin el ejemplo de Sor Juana y el de otras grandes escritoras que me han mostrado el camino y me han enseñado que “sí, se puede”, que las mujeres podemos hacer cosas de hombres, no estaría aquí, no habría escrito El asesino tímido, una novela en la que me atrevo a hablar de mí– ¡como si fuera un hombre!: la mujer ideal del franquismo era discreta y humilde, casi anónima-, y en la que escribo sobre mi generación, la de los españoles que estrenaron a la vez la juventud y la democracia, y sobre Sandra Mozarovski, una actriz de “destape”, de cine erótico, que murió en plena juventud de forma trágica y misteriosa, y también sobre mi madre y sobre el anterior rey de España y sobre Wittgenstein, Pavese y Camus, que convierto en personajes y con los que me permito todas las licencias, porque para algo es mi libro; una novela que es como un puzle en el que acaban por encajar todas las piezas, buscando crear una ilusión de sentido que nos consuele del caos y el absurdo de la existencia humana (en palabras de Camus), y en la que procuro indagar en el que, según Faulkner, es el único asunto de la ficción literaria: la contradicción del corazón humano consigo mismo.

Celebro que en la actualidad una niña o una joven española o latinoamericana con inquietudes literarias no se halle huérfana de modelos o referentes femeninos; se cuentan por millares las escritoras contemporáneas, muchas de ellas autoras excelentes, como Ida Vitale, flamante ganadora del premio de la FIL, y como Ana García Bergua, Claudia Piñeiro y el resto de las Sor Juanas que me precedieron en este premio, creadoras que contribuyen a enriquecer la literatura con una voz que hasta fechas recientes apenas se oía, o no se escuchaba: la de las mujeres, la mitad de la humanidad. No sólo eso: la educación de las mujeres, que ya en el siglo XVII reclamaba Sor Juana en su famosa carta a Sor Filotea de la Cruz es, por fin, una realidad, y una de las venturosas consecuencias de ello es que son más numerosas las lectoras que los lectores; puede afirmarse que, de no ser por las mujeres, la industria editorial se encontraría en un serio aprieto, así como nosotros, los escritores, mujeres y hombres: un libro que no es leído es, en el mejor caso un objeto decorativo, en el peor, un estorbo, un peso muerto; es el lector- la lectora- quien, al leerlo, insufla vida al texto.

De modo que, ¿podemos ya sentirnos satisfechas, renunciar a la lucha? No del todo, aún no podemos lanzar las campanas al vuelo. Sor Filotea- que era el obispo de Puebla-, en la carta que dirigió a Sor Juana, antes de recomendarle que dejara de escribir, se permitió elogiarla en estos términos: “Minerva de América, grande ingenio limitado con la cortapisa de mujeril…” Esta “cortapisa de mujeril” a las escritoras se nos continua reprochando; nuestras obras suelen ser juzgadas con más severidad, teñida de condescendencia; se admite- los críticos varones admiten- que ya sabemos escribir, pero la excelencia, ¡ah, eso, como el brandy Soberano, es cosa de hombres!- salvo en el caso de unas pocas autoras, casi todas muertas; la excepción, es sabido, confirma la regla-, de forma que todavía nos queda por pelear eso, el reconocimiento; lograr que los hombres comprendan que la “cortapisa de mujeril” está en sus cabezas, no en nuestros cerebros.

A esta reserva yo añadiría otra: la extendida presunción entre los hombres de que los libros escritos por mujeres no les conciernen, pues tratan de asuntos de mujeres que sólo interesan a otras mujeres; hemos de persuadir a los hombres, como dijo aquí Almudena Grandes, de que también podemos contar sus vidas; si nosotras, con nuestra “cortapisa de mujeril”, disfrutamos y nos emocionamos con los libros que escriben ellos, ¿por qué ellos, sin cortapisa alguna, no van a poder hacer lo propio con los nuestros? Salvo estos reparos, ¿podemos decir que vamos por el buen camino, ser moderadamente optimistas? Todos recordáis lo que le sucedió a Sor Juana cuando se atrevió a replicar a Sor Filotea en su célebre carta, afirmando su derecho, con independencia de su sexo, a escribir versos y comedias y a dedicarse al estudio de la ciencia y de las humanidades, al igual que los varones: la mandaron callar, la forzaron a renunciar a su biblioteca, la tacharon de mala religiosa, de soberbia, por querer parecerse a los hombres y ostentar su misma libertad, ¡llegaron a recriminarle que tuviera letra de hombre!, y la obligaron a malearla adrede, como se lamentó ella. La iglesia y el patriarcado de la época la pusieron en su sitio: “Las mujeres callan en las iglesias porque no les es dado hablar”, sentenció San Pablo; ya San Antonio dijo que la ignorancia es santa.

Bueno, pues ahora, en pleno siglo XXI, cuando menos lo esperábamos, ha vuelto Sor Filotea: se llama Donald Trump, Jair Bolsonaro, Duterte, Salvini, Orban o Morawiecki, predica el odio al diferente, al inmigrante, al que ha nacido en otro país, tiene otro color de piel, reza a otro Dios, o no es heterosexual; desdeña la verdad, el conocimiento, la cultura, la libertad de expresión, hace apología de la ignorancia y de la crueldad, y su inquina y su desprecio se extienden, cómo no, a todo el género femenino. Si el franquismo dividía a las mujeres entre putas y santas, Bolsonaro lleva al extremo el reduccionismo y distingue entre mujeres susceptibles de violación y las que no merecen ser violadas y es fama que Donald Trump se ha jactado de unos métodos de seducción propios de un orangután, primate al que el presidente de los EEUU recuerda en muchos otros aspectos.

Todas estas nuevas Sor Filoteas reprueban, por descontado, la ideología de género, y quieren retrotraernos a aquellos oscuros tiempos en que el macho alfa por excelencia, el varón blanco heterosexual, era el rey del universo al que todos los demás rendían pleitesía; quieren hacer con nosotras lo que hicieron con Sor Juana, silenciarnos. Sor Juana, aunque valiente y pugnaz, estaba sola, no tuvieron problema en someterla, pero ahora somos muchas las mujeres que no estamos dispuestas a seguir calladas como lo estuvimos durante más de dos mil años; el año próximo habrá otra Sor Juana, a la que sucederán más Sor Juanas en los años venideros; vamos a continuar escribiendo, vamos a seguir reivindicando nuestros derechos y no renunciaremos a ellos, estos nuevos aspirantes a déspotas no nos van a callar por más que nos amenacen con la fuerza bruta, con la violencia, nos defenderemos de ellos con la más poderosa de las armas: la palabra.

  • El asesino tímido.Clara Usón (Seix Barral).
Algunas de las escritoras que han ganado el Premio Sor Juana Inés de la Cruz. De izquierda a derecha y siguiendo las manecillas del reloj: Clara Usón, Nona Fernández, Gioconda Belli, Ana García Bergua, Claudia Piñeiro, Cristina Sánchez-Andrade, Cristina Rivera Garza, Margó Glantz, Angelina Muñiz-Huberman y Tatiana Lobo Wiehoff. /Fotografía cortesía de FIL Guadalajara -Bernardo de Niz

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