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Priamo suplica a Aquiles que le devuelva el cadáver de su hijo Héctor. /Detalle de la obra de A. Ivanov

Claves de la fascinación que despiertan Homero, ‘Iliada’ y ‘Odisea’ después de dos milenios

La belleza y eternidad de las dos epopeyas homéricas se mantienen intactas. Sylvain Tesson les rinde homenaje con un libro en el cual las repasa de manera didáctica, profunda y amena. WMagazín publica varios pasajes de esta obra que trata de desvelar el hechizo de los dioses

Presentación WMagazín Casi todo lo que habría de venir y vendrá lo escribió él, Homero (siglo VIII a.C). De eso hace veintiocho siglos y sus epopeyas Iliada y Odisea mantienen intacto su hechizo literario y conocimiento del ser humano. Cada lectura es una lectura nueva por la que no han pasado los tiempos. Esa es su grandeza. Ese su misterio. Una llama que jamás se apaga y revela a todos la belleza y la tragedia en aventuras impensables, pero reconocibles.

Leer a Homero siempre es un viaje fascinante. Y WMagazín te invita a hacerlo con el libro Un verano con Homero (Taurus) del escritor y viajero Sylvain Tesson que acaba de llegar a librerías. Un recorrido por un territorio que parece familiar pero que esconde tantos enigmas como el doble o triple de posibles respuestas.

Sylvain Tesson ha escrito un libro en el que cuenta y analiza el universo homérico con una estructura fragmentada parecida a la de los dos grandes poemas épicos, solo que aquí en lugar de cantos hay nueve capítulos subdivididos, a su vez, en un total de 65 apartados o episodios.

El primero da las claves de la obra: ¿De dónde proceden esos misterios?. Le siguen otros como La Iliada, poema del destino; La Odisea, el orden de los días antiguos; y La hibris o la perra rabiosa. El último hace un análisis literario que titula Homero y la belleza pura. Dice por ejemplo:

“El estilo de Homero responde a dos características fundamentales, que hacen que el texto resplandezca como fulge el Mediterráneo bajo el sol. Gracias a ellas, reconocemos la música de Homero.

Una es el recurso permanente a los epítetos; la otra, el uso de analogías.

El epíteto fortifica el nombre. La comparación reactiva el ritmo. (…)

Cuando convoca la perfección de la organización natural, la gracia de las bestias, la gloria de los fenómenos y el vigor de las plantas, Homero está esbozando uno de los rasgos de lo divino. Será divino aquello que se atiene a la presencia pura, a la explosión de la realidad. Lo divino reverbera en la complejidad inmanente de la naturaleza, forma parte de ella”.

WMagazín te invita a disfrutar de esta lección veraniega sobre el padre de la literatura de Occidente. Publicamos tres subcapítulos: Cercanía de las obras eternas, La oscuridad de los orígenes y El consejo de los dioses.

Aquiles en un ánfora del Museo Vaticano.

Un verano con Homero

Por Sylvain Tesson

Cercanía de las obras eternas

La Ilíada es el relato de la guerra de Troya. La Odisea narra el regreso de Ulises a su reino de Ítaca. Uno describe la guerra, el otro la restauración del orden. Ambos trazan el perfil de la condición humana. En Troya: la avalancha de las masas rabiosas manipuladas por los dioses. En la Odisea: Ulises circulando entre islas y buscando una escapatoria. Entre los dos poe- mas, una violentísima oscilación: maldición de la guerra aquí, posibilidad de una isla allá. Por un lado, el tiempo de los héroes, por otro, una aventura interior. En estos textos cristalizan toda una serie de mitos que, hace dos mil quinientos años, difundían los aedos entre la población de los reinos micénicos y de la Grecia arcaica. Nos parecen extraños, a veces monstruosos. Están llenos de criaturas horrendas, de h chiceras hermosas como la muerte, de ejércitos en desbandada, de amigos intransigentes, de esposas abnegadas y de furiosos guerreros. Se desatan tempestades, se desmoronan murallas, los dioses hacen el amor, las reinas sollozan, los soldados enjugan sus lágrimas en túnicas ensangrentadas, los hombres se sacan las tripas…, hasta que una delicada escena interrumpe la matanza y las caricias detienen la venganza.

Preparémonos: atravesaremos ríos y campos de batalla. Nos veremos inmersos en refriegas e invitados a la asamblea de los dioses. Soportaremos tempestades y aguaceros de luz, seremos nimbados por brumas, penetraremos en alcobas, visitaremos islas, nos asentaremos sobre arrecifes.

Habrá en ocasiones hombres que muerdan el polvo hasta morir. Otros alcanzarán la salvación. Siempre con los dioses velando. Y cada vez volverá a resplande cer el sol para revelar la belleza mezclada con la tragedia. Habrá hombres que lo darán todo por llevar su empresa a buen puerto, pero un dios jugará sus cartas tras cada uno de ellos. ¿Tendrá el hombre libertad para tomar sus propias decisiones o se someterá a su destino? ¿Será un simple peón o una criatura soberana?

Islas, cabos y reinos conforman el escenario de estos poemas. En la década de 1920, el geógrafo Victor Bérard lo localizó de forma muy precisa. Del Mare nostrum brotó una de las fuentes de nuestra Europa, hija tanto de Atenas como de Jerusalén.

¿De dónde vienen estos cantos, surgidos de las profundidades, que estallan en la eternidad? ¿Por qué nos siguen sonando tan inconfundiblemente familiares? ¿Cómo explicar que un relato de dos mil quinientos años resuene hoy con un brillo nuevo, con el centelleo de las aguas de una pequeña cala? ¿Por qué estos versos de inmortal juventud siguen iluminando el enigma de nuestro futuro?

¿Por qué esos dioses y esos héroes parecen tan amistosos?

Los héroes de estos cantos siguen viviendo en nosotros. Su arrojo nos fascina. Sus pasiones nos resultan familiares. Sus aventuras han forjado expresiones que usamos a diario. Son nuestros hermanos y hermanas evaporados: ¡Atenea, Aquiles, Áyax, Héctor, Ulises y Helena! Sus epopeyas han engendrado lo que somos, nosotros, los europeos: lo que sentimos, lo que pensamos. “Los griegos civilizaron el mundo”, escribió Chateaubriand. Homero sigue ayudándonos a vivir. Hay dos hipótesis para ese misterio de la presencia de Homero.

Puede que los dioses existieran de verdad e inspiraran a su hagiógrafo, que le insuflaran una presciencia. Lanzado al abismo de los tiempos, el poema sería premonitorio, estaría destinado a encontrar nuestra época.

O puede que no haya nada nuevo bajo el sol de Zeus y los asuntos que atraviesan los poemas —la guerra y la gloria, la grandeza y la dulzura, el miedo y la belleza, la memoria y la muerte— sean el combustible de la hoguera del eterno retorno.

Yo creo en esto último: en la invariabilidad del hombre. Los sociólogos modernos están persuadidos de que el hombre es perfectible, de que el progreso lo desarrolla y la ciencia lo mejora. ¡Bobadas! El poema homérico es imperecedero, porque el hombre, si acaso, cambió de vestimenta, pero sigue siendo el mismo personaje, igual de miserable o de grandioso, igual de mediocre o de sublime, ya vaya ataviado como un guerrero en la llanura de Troya o espere el autobús bajo una marquesina del siglo XXI.

La oscuridad de los orígenes

‘Iliada’, grabado de John Flaxman.

A pesar de las consideraciones de ciertos poetas, la guerra de Troya ocurrió.

La Ilíada nos acoge de golpe, Homero no se anda con rodeos. El lector no se precipita desde las murallas de Troya, sino directamente en el décimo año de la tempestad. Abrir Homero es recibir la bofetada de los temporales y las batallas. Sorprendemos a los griegos en plena asamblea, celebrando un consejo, aunque nada sabemos sobre las causas de la discordia. Homero es a la literatura lo que un aqueo a la guerra: corta en carne viva. El tema de la Ilíada es Aquiles, su cólera y las catástrofes que provoca.

Así lo muestra la invocación de los primeros versos:

Canta, diosa, la cólera aciaga de Aquiles Pelida,

que a los hombres de Acaya causó innumerables desgracias

y dio al Hades innúmeras almas de intrépidos héroes cuyos cuerpos de presa sirvieron a perros y pájaros de los cielos.

Ilíada, I, 1-5

Para conocer las causas de la guerra habrá que esperar unos cantos o trasladarse a otro lugar: explorar otras tradiciones literarias. No cabe duda de que los griegos del siglo VIII, cuando oían al aedo dar inicio a su poema, conocían muy bien las diferencias que tuvieron troyanos y aqueos cuatro siglos antes.

Pero nosotros, lectores, ¿qué sabemos nosotros? ¡Han pasado más de veinte siglos y el viejo antagonismo entre los hombres de Príamo y los súbditos de Agamenón no nos resulta familiar! Más adelante, en el poema, al azar de un verso, Aquiles dirá:

¿Por qué los argivos movieron guerra contra los teucros? ¿Por qué trajo aquí a tantas

huestes el Atrida? ¿Fue por la de hermosos cabellos, Helena?

Ilíada, IX, 341-343

Luego, una vez revelada esta breve explicación —donde los argivos son los griegos y los teucros, los troyanos—, se retira a su tienda y deja que sus compañeros vayan cayendo a manos de los troyanos. Y eso es todo cuanto Homero consiente en decirnos sobre los orígenes del conflicto.

Sin embargo, para entender el desencadenante de la guerra hay que remontarse a antes de la existencia de Helena. Los responsables fueron los dioses. Siguiendo la voluntad de Zeus, la diosa Tetis se casó en el monte Pelión con un mortal: Peleo.

A la boda acude Eris, diosa malvada, campeona de la discordia. Le propone al joven pastor Paris que escoja a la más bella de las divinidades. Puede elegir entre Atenea, diosa de la victoria; Hera, encarnación de la soberanía; y Afrodita, reina de la voluptuosidad. Tal como hubiesen hecho la mayoría de los hombres, el muchacho escoge a Afrodita. Como recompensa, obtiene a Helena, la más resplandeciente de las mortales, que para entonces era la prometida de Menelao, rey de Lacedemonia y hermano de Agamenón. La guerra está servida.

Para el griego antiguo, la belleza del cuerpo es ese “sublime don” baudelairiano, manifestación de la superioridad y expresión de la inteligencia. Sin embargo, la belleza puede resultar fatal, y la de Helena, hija de Zeus y de Leda, está envenenada. Los aqueos no pueden soportar que la mujer de uno de sus reyes le sea arrebatada por un troyano. Helena se convierte en la llama que enciende la guerra.

Estas referencias provienen de fuentes griegas y latinas posteriores al poema homérico. Jean-Pierre Vernant las estudió para dárnoslas a conocer.

El consejo de los dioses

Ulises y la sirenas, de John William Waterhouse.

El relato de las aventuras marítimas comienza con el canto IX, ante la asamblea de los feacios, isleños pacíficos, que recogieron a Ulises cuando fue arrastrado hasta sus orillas. Más tarde asistiremos a la reconquista del reino expoliado.

Antes se despliega una extensa introducción en la que se alternan las conversaciones de los dioses para determinar la suerte de los hombres, y las aventuras de Telémaco.

¡Qué extraña construcción! Qué de flashbacks, diríamos, si acudiésemos a lenguas bárbaras. ¡Cuántas inversiones y relatos dentro del relato! Ulises da inicio a la evocación de sus peripecias cuando, durante el banquete feacio, escucha a un aedo hablando de él. Hasta entonces, iba de incógnito. Sin embargo, de repente, el aedo le da vida al hombre, lo saca del anonimato. El verbo se hace carne. Y Homero nos confirma —incluso antes de que existiese— que la literatura da cuerpo a la vida.

El poema se abre entonces a una imagen. Mientras los otros guerreros abandonan la llanura de Troya, Calipso, diosa esplendorosa, retiene a Ulises. ¿Conseguirá Ulises regresar? Los dioses —exceptuando a Poseidón— acuerdan que el héroe sea liberado. Poseidón, en cambio, no perdona a Ulises por haber mutilado al cíclope, que es hijo suyo. Sin embargo, según Zeus: “Tendrá Poseidón que aplacarse”.

El tema filosófico de este canto I se entrecruza en la trama de los versos: al hombre siempre le quedará una parte de libertad. Puede redimirse, incluso después de haberse comprometido. Los dioses no están en contra de los hombres, o por lo menos no siempre. Y el hombre conserva su libre albedrío incluso dentro del destino que los inmortales le trazan.

Con la autorización de Zeus, Atenea vuela a Ítaca para encontrarse con Telémaco y anunciarle que su padre sigue vivo. La diosa le ordena al joven heredero que salga en busca del padre. Lo primero es calmar a los pretendientes que se disputan el trono. Hay que ganar tiempo, y después embarcar; es decir, para un griego, hay que “actuar”. El hombre es una lanzadera, libre de moverse en la elevada urdimbre de un destino tejido… Como el navegante que determina su propio rumbo, pero siempre en los límites del mar profundo y cobalto.

Telémaco zarpa. Sale a buscar al padre. Los pretendientes se oponen a su partida. A lo largo del relato, muchas serán sus villanías. Usurpan el lugar del rey, cortejan a la reina, la toman con el hijo. Por pretendientes, hay que entender cortesanos.

Eso son, como tartufos: marqueses empolvados y arribistas de corte que llenarán luego la Historia con sus múltiples avatares. Siempre adocenados ante las puertas del poder, del mismo modo que, vulgares e insolentes, se afanaban a los pies de Penélope, merodeando alrededor del trono de Ítaca. Hoy sus reencarnaciones se disputan los manes de las repúblicas.

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