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Ilustración para el avance del libro ‘La nueva desinformación’, de Ignacio Jiménez Soler, en WMagazín.

Cuando la desinformación desestabiliza a la sociedad y erosiona el futuro

El experto español en comunicación estratégica y conocimiento digital reúne en un volumen 20 ensayos que reflexionan y trazan un retrato sobre uno de los problemas capitales del mundo contemporáneo

Presentación WMagazín «La desinformación es ya el principal elemento de desestabilización geopolítica y empresarial. Su morfología imprecisa la hace más interesante para sus promotores y más difícil de identificar para los que la combaten. Es un fantasma que ya está presente en cualquier parte del mundo». Esta reflexión y constatación de Ignacio Jiménez Soler en la introducción su libro La nueva desinformación. Veinte ensayos breves contra la manipulación (Universitat Oberta de Catalunya) resume buena parte del panorama del mundo y del objetivo de su texto que arroja luz sobre esta problemática.

El libro de Jiménez Soler pivota sobre seis conceptos unidos entre sí: aprendizaje, conocimiento, inteligencia, estudidez, manipulacion y responsabilidad. La paradoja es que en tiempos de mayor información y acceso a ella la gente parece estar más desinformada y confundida. Y, en parte, es por culpa de los medios de comunicación y diversos canales informativos tradicionales y digitales y redes sociales.

WMagazín publica un pasaje del capítulo Amorfos en el cual Jiménez Soler traza un retrato acertado del problema y la sociedad actual. El libro recuerda que cada uno es responsable de lo que hace y, a su vez, de que todos somos corresponsables de la situación, y es ahí donde entran los medios de comunicación y canales digitales. Fuentes informativas que muchas veces parecen olvidar que una de sus funciones principales y el motivo por el que tienen buena parte del respeto de la sociedad es por su labor educativa y de guía, y no solo por dar la información, sino por aportar los elementos necesarios para que la gente evalúe y valore cada información y se forme su propio criterio. Pero son tiempos en que esta función ha sido sustituida por la búsqueda del clic fácil o la caza de los Me gusta, de información que linda con lo sensacionalista o que potencia lo que sus lectores simplemente quieren escuchar.

Ignacio Jiménez Soler. /Cortesía Endesa

La nueva desinformación abre ventanas de reflexión, nada más y nada menos que veinte, que es el número de capítulos del libro con temas como masas, algoritmos, televisión, mentiras, periodismo, libertad, influencers, posverdad y responsabilidad. Este último concepto tan olvidado a nivel social y colectivo que tiende a ser aplastado por el de libertad mal entendida que hace que muchas personas expresen opiniones sin ser responsables.

Ignacio Jiménez Soler expone estos temas de manera profunda con un lenguaje claro y sencillo. Una mirada nada complaciente, una mirada crítica y autocrítica. Este es el tercer libro de Jiménez Soler, los otros dos son Comunicación e innovación y El efecto holograma. Se trata de un experto en difusión de innovaciones, comunicación estratégica y conocimiento digital aplicado al posicionamiento de empresas e instituciones. Es docente y ha sido director de estrategia de comunicación y marketing de empresas como Liberty Mutual Group, BBVA, Telefónica y actualmente en Endesa.

Una invitación al debate y a pensar soluciones sobre cuestiones como esta: «La caída de la confianza en las instituciones o en los medios de comunicación, antaño claves del sistema, está generando corrientes muy potentes de desconfianza en el sistema».

Puedes leer el pasaje de un capítulo del libro a continuación:

'La nueva desinformación. Veinte ensayos breves contra la manipulación'

Amorfos

Por Ignacio Jiménez Soler

Vivimos en una sociedad amorfa. Somos amorfos porque existe un desajuste enorme entre lo que creemos que sabemos de las cosas y lo que realmente sabemos. No hay peor osadía que la que emerge de la ignorancia. Y este es exactamente el signo de nuestro tiempo: amorfos por tener una percepción errónea de lo que sabemos del mundo que nos rodea.

Todo es una paradoja sublime. Tenemos las herramientas, los canales y el acceso a la información más sofisticados de la historia de la humanidad. Sin embargo, somos más vulnerables que nunca al abandono intelectual y al abandono de la memoria.

Todo esto viene, como decía George Steiner, porque «ya no tenemos tiempo de tener tiempo».

-Nunca la aceleración casi mecánica de las rutinas vitales ha sido tan fuerte como hoy […] hay que tener tiempo para buscar tiempo y otra cosa: no hay que tener miedo al silencio […] solo el silencio nos enseña a encontrar en nosotros lo esencial.

Lo que afirma Steiner es esencialmente una consecuencia del frenesí de la interconexión. Vivimos en múltiples micromomentos de concentración silenciosa, pero que emite gritos continuos hacia el exterior interconectado a través de los canales sociales. Sin embargo, este silencio fragmentado no es productivo: no es constructivo. No se enfoca a desentrañar el porqué de las cosas. Se orienta a amplificar la señal y las consignas sobre las que tenemos opinión, pero no juicios críticos. Ese es el origen del problema ¿Qué pasa cuando nos limitamos a opinar y no tenemos juicios críticos y constructivos sobre las cosas relevantes que acontecen en el mundo? Que nos volvemos vulnerables a la manipulación. Pasamos de una autopercepción de que somos globales, y, sin embargo, vuelve lo local, lo nacional, lo regional, el pueblo en el sentido más endogámico del término.

Para no ser amorfos, deberíamos aprovechar todas las oportunidades que nos ofrece la tecnología y ponerlas al servicio no solo del entretenimiento, sino también de la creación. Para mí, un ser constructivo y productivo es aquel que está dispuesto a mejorar y compartir la mejora de todo aquello que encuentra y comparte en su entorno y en el ecosistema digital. Volviendo a Steiner, cuando le preguntaban qué es ser judío, él respondía: «un judío es un hombre que, cuando lee un libro, lo hace con un lápiz en la mano porque está seguro de que puede escribir otro mejor». Básicamente se trata de una afirmación evocadora de la responsabilidad y de la oportunidad que todos tenemos para mejorar nuestro entorno a través del conocimiento.

Más allá de lo acertado o no de la cita de Steiner, lo interesante es explorar el potencial de mejora que habita en cada uno de nosotros y ponerlo al servicio de la gente y del conocimiento productivo. Solamente así empezaremos a reducir ese gran hueco abierto entre lo que creemos que sabemos y lo que sabemos de verdad.

Esta exploración es un ejercicio de responsabilidad que debe realizar cada uno de nosotros. No será sobrevenido. No hay ni habrá estructura política, institucional o empresarial que suplante el esfuerzo personal por cerrar las brechas que están generando disonancias cognitivas, manipulación, desestabilización y corrientes negativas.

Steven Pinker subraya en su libro En defensa de la Ilustración que durante la segunda década del siglo XX hemos asistido al surgimiento de movimientos políticos que describen sus países como sociedades abocadas a una infernal distopía por facciones malignas a las que solo puede hacer frente un líder fuerte que retrotraiga enérgicamente el país a su pasado con el fin de hacerlo «grande de nuevo». Esta alusión directa a Donald Trump o a Vladimir Putin, entre otros, no es más que una constatación de un fenómeno que es fruto de la desconfianza. Una desconfianza que ha venido fraguándose durante años fruto, en gran medida, de las desigualdades. No hablo de las desigualdades económicas y sociales. A estas dos ahora hay que añadirle otra tipología: la desigualdad digital.

El avance tecnológico está dejando fuera a millones de personas. Personas que experimentan con incertidumbre la desaparición de trabajos de los que habían vivido hasta ahora, personas que no procesan con criterio un volumen arrollador de datos e información con el que se ven impactados cada día, personas que rehúyen la complejidad en beneficio de la simplicidad. Este fenómeno lleva erosionando la confianza de los ciudadanos en las instituciones, en los medios de comunicación, en las empresas e incluso en las organizaciones no gubernamentales. Según el Trust Barometer que la agencia Edelman presenta todos los años en el mes de enero en Davos, los índices de confianza están generando movimientos populistas que explican muchos de los fenómenos a los que nos enfrentamos hoy en día.

La caída de la confianza en las instituciones o en los medios de comunicación, antaño claves del sistema, está generando corrientes muy potentes de desconfianza en el sistema, lo que genera miedo e incertidumbre en millones de personas. Los movimientos populistas o desestabilizadores aprovechan esa debilidad propiciada por la incertidumbre para incidir en procesos políticos y sociales de países o zonas geográficas enteras. Este circuito de desconfianza y desestabilización se amplifica en una suerte de caja de resonancia que hace reverberar lo negativo frente a lo positivo.

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