Presentación: El infierno del Gulag contado por las mujeres a Monika Zgustova

La autora de origen checo reconstruye el horror del sistema carcelario soviético con testimonios de sobrevivientes en un libro necesario: 'Vestidas para un baile en la nieve'

Presentación WMagazín: “La amistad y la literatura fueron los dos refugios de las mujeres rusas desterradas en el Gulag”, escribe Monika Zgustova en el que será uno de los libros importantes del año: Vestidas para un baile en la nieve (Galaxia Gutenberg). La escritora checa, nacionalizada española, reconstruye una de las más terribles tragedias humanas creadas por el propio ser humano: el Gulag, o el sistema soviético penal de los campos de trabajos forzados para castigar a opositores políticos y criminales creado por Stalin en 1930 y que funcionó hasta 1960.

Vestidas para un baile en la nieve es un coro de voces de mujeres sobrevivientes de aquel infierno del totalitarismo. Durante más de cinco años, Zgustova visitó a varias de estas mujeres en sus hogares de Moscú, París y Londres para mostrar cómo siguieron viviendo después de esa tragedia, mientras ellas le compartieron sus recuerdos en aquellas sombras. Entre las mujeres entrevistadas figura el último amor de Borís Pasternak, Irina Emeliánova, en quien se inspiraría el escritor para el inmortal personaje de Lara en Doctor Zhivago. Tras la muerte del novelista, Irina Emeliánova y su madre fueron enviadas a uno de esos campos.

Con estas narraciones sobre el horror que es capaz de infligir el ser humano a otro ser humano, los resquicios de la esperanza y la belleza los deja este fin de semana WMagazín en su espacio dedicado a  Avances literarios exclusivos.

Páginas que dan testimonio de una parte vergonzosa de nuestra historia, conmovedoras en sus voces reconstruidas aquí con delicadeza y que a la vez son un canto a la vida y, dentro de esa vida, la cultura, la literatura y la belleza como salvadoras.

 

La escritora Monika Zgustova.

Vestidas para un baile en la nieve, de Monika Zgustova

1. La mujer de Lot Zayara Vesiólaya

Zayara Vesiólaya. Este es el nombre que llevo escrito en un trozo de papel cuando me dirijo a la primera entrevista con una mujer que estuvo en el gulag. Subo al metro en el centro de Moscú, en Maiakóvskaya, cerca del lugar donde me alojo. Bajo casi en la última estación, en la periferia, y al salir de la boca del metro me parece que me encuentro en otro país que no tiene nada que ver con el centro de Moscú: me rodean rótulos chillones de tiendas y de cines, a mi alrededor se erigen bloques de pisos prefabricados que parecen a punto de caerse, además de paradas de fruta o de comida de las repúblicas asiáticas de Rusia. Me hallo en una avenida ancha, construida en la época de Jruschov.

Las hojas de los árboles empiezan a teñirse de colores otoñales y algunas flotan en el aire. Estamos a mediados de septiembre y he tenido que ponerme un chaquetón guateado con cuello de piel, unos vaqueros de invierno y botas altas. En sentido contrario se acerca un hombre; sopeso si preguntarle si camino en la dirección correcta o no. Me informa de que puedo seguir andando dos o tres kilómetros más o bien tomar un autobús y bajar en la tercera parada. Antes de despedirnos, no puedo contenerme y le pregunto si es normal que haga tanto frío a mediados de septiembre. “Al contrario: para ser septiembre, este año la temperatura es relativamente buena», sonríe el señor, y se encoge de hombros como si pidiera perdón por el clima de su ciudad.

Por el camino compro unas rosas blancas. Luego, tras equivocarme una y otra vez, acabo por encontrar el edificio en el que vive Zayara Vesiólaya. El bloque de pisos se halla en mal estado, la entrada está muy sucia y maloliente, y el ascensor me parece de cartón. Sin embargo llego a mi destino y llamo a la puerta. ¿Cómo será la mujer a la que enviaron a hacer trabajos forzados?

Me abre una señora sonriente, ágil, de piel morena y pelo salpimentado que me invita a pasar. Hasta donde alcanza la vista hay libros, y en las paredes cuelgan obras gráficas y pinturas originales enmarcadas. Zayara Vesiólaya me presenta a su marido, un anciano de barba blanca sentado en el salón que escucha un cuarteto de Schubert; al cabo de unos instantes reconozco La muerte y la doncella.

–‍Nosotras dos nos acomodaremos aquí en el estudio –‍dice la mujer tras conducirme a una habitación llena hasta el techo de libros y cuadros originales de distintos artistas rusos. Y sonriendo ampliamente de nuevo, me explica–‍: Muchos de nuestros conocidos son pintores académicos; todo esto son regalos suyos.

“Nos sentamos al escritorio frente a frente y mientras ella sirve té de una antigua tetera de porcelana y cubre la mesa con platos con mantequilla, tostadas y caviar, observo las plantas del alféizar de la ventana. Los geranios en flor están dispuestos ingeniosamente de manera que por lo menos en parte tapen la vista, desde ese sexto piso, del interminable número de edificios de paneles prefabricados que los rusos llaman jruschovki, refiriéndose al plan de Jruschov de ensanchar Moscú.

“Empezamos a degustar las maravillas que Zayara ha servido sobre el escritorio y yo pongo en marcha la grabadora; la anfitriona me sugiere que no la interrumpa durante su narración y que le haga las preguntas al final.

2

“–‍Fue un viernes. Mi hermana mayor Gaira y yo compramos embutido, queso, salchichas y sobre todo mucho pan. Por supuesto, ¡también vino! Una vez en casa, cubrimos la mesa con un mantel limpio sobre el que dispusimos todas esas delicias que nos podíamos permitir tan solo en raras ocasiones (de otro modo, la beca para estudiantes no nos habría llegado a final de mes), así como tazas y vasos para el vino caliente. Gaira colocó en una botella de leche vacía, que había llenado con agua, una rama primaveral en la que verdeaban varias hojitas de abedul; entonces nos retiramos un poco para deleitarnos con la imagen de esa mesa festiva. La celebración de la defensa exitosa de la tesis de Gaira estaba planeada originalmente para el sábado, pero por algún motivo irracional yo insistí en que la hiciéramos el viernes. Al final me salí con la mía, como si supiera que el sábado sería ya demasiado tarde para todo.

“Aquella noche de viernes de 1949, los invitados empezaron a llegar poco a poco. Gaira y yo estábamos acostumbradas a las visitas. Desde que hacía diez años, en los tiempos de las grandes purgas, arrestaran y después fusilaran a nuestro padre, el escritor Artiom Vesioly, considerado enemigo del pueblo y, hacía unos años, enviaran a nuestra madre a un campo de concentración por ser su esposa, mi hermana y yo vivíamos juntas en una habitación de una komunalka, un piso comunal. Y como nuestro hogar estaba en el mismo centro de Moscú, en el barrio de Arbat, por las noches la habitación solía llenarse de estudiantes. Allí se recitaban poemas, principalmente de Mayakovski, que yo me sabía de memoria, y también escuchábamos música y bailábamos. Se servía té y, con él, tostadas y galletas sencillas; no había dinero para más. Salvo que Minka, mi mejor amiga, que vivía en casa de sus padres y disponía de toda la beca para sus gastos, trajera algo para picar.

“Los primeros invitados ya se habían sentado a la mesa, Gaira y yo nos pusimos a preparar el vino caliente. En una olla bien limpia vertimos una botella de vino barato, le añadimos un poco de agua y azúcar, y lo especiamos con canela, clavo, nueces y piel de naranja que habíamos pedido en la frutería y habíamos dejado secar. El elixir hervía desprendiendo un vapor aromático. Los invitados, alrededor de la mesa, aspiraban el aroma dulce y especiado del alcohol con ganas de probarlo.

“La velada transcurría de maravilla, con poesía y baile, y nadie tenía ganas de abandonar la fiesta para volver a su casa, pero el metro solo funcionaba hasta las doce, así que la mayoría de los invitados se levantaron justo antes de medianoche. Se quedaron cinco: además de nosotras, las dos anfitrionas, permanecieron Minka y dos chicos, Oleg y Dima. Cuando se terminó el vino caliente, preparamos té negro, fuerte y dulce. Los que se quedaron tomaron el té entre risas y debates, como si quisieran pasar la noche entera allí charlando, escuchando música y bailando.

“De repente se oyeron unos enérgicos golpes en la puerta.

“El reloj marcaba las dos y cuarto. Gaira y yo nos miramos: así, de madrugada, habían llamado cuando vinieron a buscar a mi madre para detenerla y llevársela.

“Fui a abrir. Al regresar a la habitación, me acompañaban cinco miembros de la policía armada, y detrás de ellos iban el portero y la portera.

“Un policía joven se presentó:

“–‍Soy el comandante Potápov. –‍Miró a su alrededor y bromeó–‍: ¿Estáis celebrando la Pascua?

“A mí no me hizo ni pizca de gracia. ¿Por quién nos tomaba? ¿Acaso éramos unos ancianos para celebrar la Pascua?

“–‍Celebramos que hemos aprobado los exámenes –‍repuso Gaira.

“–‍Ajá, muy bonito –‍dijo el comandante–‍. Y ¿cuál de vosotras es Zayara Artiómovna Vesiólaya?

“El comandante me mostró la orden de arresto.

3

“–‍Aquello no me sorprendió demasiado; en cambio, Gaira se estremeció.

–‍Espere, pero no han venido a buscar a Zayara, ¿verdad? ¡Han venido a detenerme a mí!

“El comandante negó con la cabeza lleno de asombro.

“–‍Está claro –‍afirmó Gaira convencida–‍, se han confundido de nombre.

“–‍¡No, no! No hay ninguna confusión –‍la sacó de dudas con determinación el comandante Potápov. Y mientras Gaira seguía empeñada en que tenía que tratarse de un error, el comandante me ordenó que buscara alguna pieza de vestir para ponerme–‍: No te lleves mucha cosa, solo algo de ropa interior. Lo imprescindible. Sobre todo no olvides un abrigo bien grueso y dinero, si es que lo tienes.

“Me tuteaba. Como a una niña, pensé molesta. Su voz, sin embargo, mostraba solicitud.

“Uno de los invitados, Dima, blanco como el papel, empezó a balbucear que normalmente no frecuentaba esa casa, que aquel día estaba allí solo por casualidad y ni siquiera conocía mucho a las chicas de la casa. Gaira y yo refrendamos sus palabras; nos dio pena. Y nos pareció ridículo. Oleg guardó silencio aterrorizado, aunque seguía los acontecimientos con gran curiosidad. Minka vertió del monedero todo el dinero que llevaba y lo desplazó hacia mí, y al ver que buscaba en vano algo de ropa, se escondió detrás del armario y se quitó primero una camisola de seda que llevaba debajo del vestido y después también las medias nuevas, transparentes según dictaba la última moda.

“–‍Y ¿cómo volverás luego a casa sola, sin camisola y sin medias? Estamos en abril y por la noche todavía hiela –‍protesté.

“Pero Minka le quitó importancia.

“–‍¿Lo tienes todo ya? Pues despídete –‍dijo el comandante.

“Me fui de casa vestida como para un baile. Llevaba una falda estrecha negra hasta las rodillas, una elegante blusa roja con muchos botoncitos y zapatos de tacón.

“Dos policías bajaron las escaleras conmigo. Los demás, con el comandante al frente, se quedaron en el piso para registrarlo. Yo descendía la escalera con una mano en la barandilla cuando uno de los policías se colocó entre el hueco y yo para que quedara junto a la pared. Me sentía como una espía de una película de detectives a la que se llevaban, y la situación me parecía emocionante.

“Cuando hube salido a la calle pensé en mi madre, a la que un policía también había mostrado una orden de arresto hacía un par de años. Después de la guerra, mi madre había trabajado como enfermera y, una vez, hablando por el teléfono que había en el pasillo del piso comunal, le aconsejó a un paciente: “Intente conseguir penicilina americana; actúa mejor y más rápido que la de aquí”. Uno de los vecinos de la komunalka la oyó y la delató. Todas las delaciones iban a misa, no se cuestionaban. El sistema entero se fundamentaba en ellas.

“La declararon culpable de agitación antisoviética y la condenaron a diez años en los campos de trabajo. Cuando me vinieron a buscar a mí, mi madre había cumplido ya sus dos primeros años de condena.

“En la calle estaba aparcado un gran coche negro, el llamado “cuervo”. Me abrieron la puerta y me encontré sentada entre dos policías. El coche atravesó las estrechas calles de Arbat, cruzó la despoblada plaza del Manège y se detuvo en el número 3 de la plaza Dzerzhinski, frente al temible edificio penitenciario llamado Lubianka.

4

–‍Meses después, en la calle volvía a esperarme un cuervo negro. Me abrieron la puerta y me sentaron entre dos policías. Seguía llevando la misma falda estrecha y negra hasta las rodillas, la blusa roja con los botoncitos y los zapatos de tacón que me había puesto tantas semanas atrás para bailar en la fiesta. No tenía nada más. El coche salió de la prisión de Butyrka, adonde entretanto me habían trasladado desde Lubianka. El cuervo negro cruzó a todo gas la plaza del Komsomol.

“Una vez en el vagón del tren, me concentré para no ver cómo iba de abarrotado de ruinas humanas que suspiraban y gemían. Me hice la promesa de que hasta Novosibirsk miraría solo por la ventanilla enrejada, y desde allí hasta que llegáramos, hacia el techo. Pensé en Natasha, mi amiga de la cárcel; ¿cómo le iría con su embarazo?

“Durante los días que duró el viaje a Novosibirsk, compuse mi primer poema.
¡No mirar más que por la ventanilla!
Olvidar la sed y las voces tristes,
todo lo que desde ahora queda
excluido, borrado:
el sol que se pone sobre bosques tenebrosos,
un campo de centeno con un pequeño sendero entre las espigas.
Con hierro candente marcaron una cruz,
les negaron la vida; se la enrejaron.

“En el navío de carga que nos llevaba a los presidiarios desde Novosibirsk hacia el norte, al pueblo siberiano al que nos dirigíamos para trabajar, se acercó a mí un joven musculoso con los brazos tatuados”.

“–‍Escucha, ¿sabes qué río es este?

“–‍Lo sé. El Obi.

“–‍Correcto. Y ¿hacia dónde fluye?

“-Hacia el norte.

“–‍Correcto. Desemboca en el océano Glacial Ártico. Y discurre por la taiga siberiana. Y ¿sabes qué será de nosotros?

»–‍No lo sé.

“–‍¡Nos pegarán igual que pegaron a los terratenientes! ¡Como a los kulaks, nos pegarán en el culo y luego nos destrozarán!

“Dejé de respirar.

“–‍¿Igual nos fusilan como los fusilaron a ellos?

“En aquel momento se acercó un hombre delgado con un violín en una mano.

“–‍Me llamo Nikolái Bilétov –‍se presentó.

“El joven musculoso y tatuado lo miró. Entonces me echó un vistazo y se alejó.

“–‍¿Es usted violinista?

“–‍Toco por placer. Soy pintor.

“Nikolái me contó que prefería llevarse a Siberia el violín que un abrigo de invierno. De inmediato sentí confianza por él porque me había ayudado a librarme del chico musculoso. Seguí preguntando y averigüé que tenía treinta y siete años y que desde pequeño había sido perseguido por ser hijo de un sacerdote; conocía todo tipo de campos más allá del círculo polar: el periodo más largo, catorce años, lo había pasado recluido en Kolymá.

“–‍¿De verdad que nos van a hacer bajar en medio de la taiga y allí nos castigarán o incluso nos fusilarán? Es lo que ha dicho el hombre tatuado.

“–‍Veremos –‍repitió varias veces con melancolía–‍. Ve- remos, pero sobre todo no debemos caer en el desánimo. ¿Sabes qué llevaba grabado en un anillo el rey Salomón?

“Reflexioné, pero no se me ocurrió nada.

“–‍Era una inscripción: “También esto pasará…”.

“Después me trajo del bar un puñado de caramelos.

“Me toma por una criatura, me dije agriamente. Me tutea y me trae caramelos.

“Adopté una expresión terca.

“Nikolái Bilétov me miró fijamente sin pasar por alto ninguna de mis expresiones.

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