La máquina de escribir en la que García Márquez escribió ‘Cien años de soledad’ junto a la novela. Cortesía de Biblioteca Nacional de Colombia. /Fotografía de Lisbeth Salas

El legado de ‘Cien años de soledad’ y la feliz peste de los recuerdos por García Márquez

MACONDO ÚLTIMO DÍA Un recorrido por algunos de los objetos míticos del escritor colombiano: su máquina de escrirbir, la primera edición de su obra cumbre o el diploma y la medalla del Premio Nobel que recibió en 1982 guardados en la Biblioteca Nacional de Colombia

Pocos libros han convertido la vida del autor, los orígenes del libro escrito, el proceso de escritura y el impacto de su publicación en una leyenda, en una nueva historia sobre la que se ha escrito mucho y siempre sus lectores quieren saber más. Eso es Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Eso es Macondo. Esa es la ficción que conquita la realidad. Hace medio siglo de aquella primera edición que llegó a las librerías el 5 de junio de 1967 en Buenos Aires (Argentina). El escritor colombiano tenía 40 años; lo que narraba lo había vivido treinta años atrás y en la escritura de esa novela llevaba veinte años.

Es como si la familia Buendía que padeció la peste del olvido en Macondo ahora enviara a sus lectores la peste de los recuerdos.. Partes de esos objetos que protagonizaron aquellos meses prodigiosos que dieron como resultado una obra maestra y su reflejo en el mundo se conserva en la Biblioteca Nacional de Colombia, en Bogotá.

Lo más preciado es el obsequio de la esposa de García Márquez, Mercedes Barcha, y sus hijos Rodrigo y Gonzalo: la máquina de escribir eléctrica Smith-Corona. El aparato con 27 letras del alfabeto en la que la tuvo que poner la letra Ñ. A esa máquina con su estuche y todo se suman el diploma y la medalla que le entregó en 1982 la Academia Sueca al concederle el Premio Nobel de Literatura.

Recuerdos del poeta García Márquez

Biblioteca Nacional de Colombia. / Fotografía de Winston Manrique-WMagazín

A los pies del frío Cerro de Monserrate, a 2.600 metros de altura, en la sabana de Bogotá, está la Biblioteca Nacional de Colombia. Su silencio de duermevela guarda algunos de los objetos importantes de Gabriel García Márquez (1927-2014) y su novela Cien años de soledad:

  • Foto del joven García Márquez de 1946, cuando se graduó del bachillerato, y supo que quería ser narrador y no poeta.
  • Máquina de escribir en la que escribió Cien años de soledad.
  • Edición original de Cien años de soledad firmada por su autor.
  • Medalla y diploma del Premio Nobel de Literatura que recibió en 1982.
  • Diferentes ediciones de la novela y otras obras en diferentes idiomas y libros sobre el escritor.
Foto del álbum de graduación de bachiller de García Márquez en 1946. /Fotografía de Winston Manrique-WMagazín

Tras ser criado por sus abuelos maternos, hasta los ocho años, en Aracataca, García Márquez fue a vivir con sus padres y entre 1943 y 1946 estudió en el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá, cerca de Bogotá. Eran los años en que quería ser poeta. Allí se graduó como bachiller. En 1947 empezó a estudiar Derecho. Por esos meses leyó La metamorfosis, de Franz Kafka, que la cambió la perspectiva de la literatura y quiso ser narrador. En septiembre de ese año publicó en el diario bogotano El Espectador su primer cuento: La tercera resignación. A finales de esa década empezó a escribir la histora de su infancia con sus abuelos en una obra que tituló La casa.

Máquina de escribir en la que García Márquez escribió ‘Cien años de soledad’. / Fotografía de Lisbeth Salas

García Márquez empezó a trabajar como periodista en 1948 en el diario El Universal, de Cartagena de Indias; de ahí pasó a El Heraldo, de Baranquilla, y después volvío al frío de Bogotá a trabajar en el El Espectador. En 1955, tras publicar su gran crónica por entregas Relato de un náufrago, viajó como corresponsal a Europa, después trabajó en Nueva York en la agencia Prensa Latina y en 1961 se fue a vivir a Ciudad de México. En todo ese tiempo siempre que podía trataba de escribir La casa, y cargaba con sus cuartillas a todas partes. Mientras escribía aquel libro interminable publicó las novelas como La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba y La mala hora y varios cuentos, alguno recopilados en Los funerales de la Mamá Grande. En Ciudad de México trabajó en agencias de publicidad y como guionista de cine.

Una primera edición de ‘Cien años de soledad’, fechada por la editorial Sudamericana. Cortesía de Biblioteca Nacional de Colombia. /Fotografía de Lisbeth Salas

Un día de julio de 1965 García Márquez tuvo una especie de revelación: descubrió, después de casi veinte años de darle vueltas, cómo debía ser aquella novela que lo tenía obsesionado. La de su vida en Aracataca durante sus primeros ocho años en la casa de sus abuelos maternos: el coronel Nicolás Ricardo Márquez y Tranquilina Iguarán Cotes. Un Edén literario en el cual convivían la razón y la imaginación: la travesía por la Guerra de los Mil Días en palabras de su abuelo, el duelo de este y la explotación estadounidense de las bananeras cerca de Aracataca con las perpetuas procesiones de historias de difuntos y ánimas de su abuela, y la manera como contaba ella las cosas con cara de palo que hacía verosímil lo que fuera. Los esquemas económico, social y cultural de la aristocracia cataquera en que se movían los Márquez Iguarán sirvieron de modelo a la nueva obra.

Medalla de la Academia Sueca por el Nobel a García Márquez conservada en la Biblioteca Nacional de Colombia. /Fotografía de Lisbeth Salas

Tono, estructura, perspectiva, enfoque…. Estilo. Un mundo nuevo emergió de todo ese tiempo destilado después de unos cinco años de escribir poesía, veinte de hacer periodismo y escribir cuentos y novelas y toda una vida de lecturas, sobre todo gracias a la asimilación de obras como Las mil y una noches y de autores como Franz Kafka, Sófocles, William Faulkner, Virginia Woolf, John Dos Passos y Juan Rulfo.

Diploma del Nobel de 1982 a García Márquez, conservado en la Biblioteca Nacional de Colombia. /Fotografía de Lisbeth Salas

En 1965 García Márquez vivía con su mujer Mercedes Barcha y sus dos niños, Rodrigo y Gonzalo, en Ciudad de México, en el barrio San Ángel Inn. Estaba en arriendo en una casa de dos plantas, en cuyo salón, al fondo, había cerrado con madera para crear su estudio: La Cueva de la Mafia, lo llamó. Era un espacio mínimo pero iluminado, de unos tres metros de largo por dos y medio de ancho, con un bañito, una puerta y una ventana al patio, un diván, una estantería con libros y una mesa de madera con una máquina de escribir.

Varias ediciones internacionales de ‘Cien años de soledad’, conservadas en la Biblioteca Nacional de Colombia. /Fotografía de Winston Manrique-WMagazín

Todas las mañanas se refugió en La Cueva de la Mafía con la enciclopedia británica, toda clase de libros, papel y su máquina eléctrica. Al frenético tac-tac de la máquina García Márquez añadió los Preludios, de Debussy, y Qué noche la de aquel día, de los Beatles, que ponía a toda hora. Una vez logró redondear la primera frase: “Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo” la novela empezó a llegarle sola. Unos quince meses después la terminó. Para entonces ya la editorial Sudamericana, de Argentina, se la había comprado. El 30 de mayo de 1967 la novela salió de la imprenta.

Depósito de la Biblioteca Nacional con la obra de García Márquez. /Fotografía de Winston Manrique-WMagazín

Cien años de soledad llegó a las librerías bonaerenses el 5 de junio de 1967 con una tirada de ocho mil ejemplares. En dos semanas se agotaron. Imprimieron rápidamente otros veinte mil y pronto otros más porque la noticia de una novela maravillosa se había regado como la pólvora por Latinoamérica y España. Un año después se tradujo al francés y al italiano y después a múltiples idiomas hasta completar más de treinta hoy en día.

Cortesía de la Biblioteca Nacional de Colombia. /Fotografía de Winston Manrique-WMagazín

A esta obra siguieron las novelas El otoño del patriarca y Crónica de una muerte anunciada. En 1982 obtuvo el Premio Nobel de Literatura. En 1985 publicó El amor en los tiempos del cólera, en 1989 El general en su laberinto, en 1994 Del amor y otros demonios, en 2002 sus memorias Vivir para contarla y en 2004 Memorias de mis putas trsites. Gabriel García Márquez murió el 17 de marzo de 2014. Era un Jueves Santo, como el día en que muere en Cien años de soledad Úrsula Iguarán, la mujer que representa a su abuela y que le dio el tono de su obra cumbre.

En la entrega del Nobel de Literatura en Estocolmo (Suecia), García Márquez, vestido de Liquiliqui, leyó un discurso que resumió el alma literaria perpetua del adolescente y el adulto escritor. En esas breves palabras está el corazón y las claves de por qué enamora y es inolvidable su obra. Lo tituló Brindis por la poesía:

“…Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de arbitrios tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Querio creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el agobiante inventario de las naves que enumeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que la empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan evidente como milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte”.

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