El libro más vendido en Europa es una novela de suspense de Charlotte Link

Con '¿De quién te escondes?', de la escritora alemana, WMagazín cierra sus Avances literarios de las vacaciones. Esta sección pasará a los domingos

Presentación WMagazín: Uno de los best sellers de la próxima temporada será ¿De quién te escondes?, de Charlotte Link, que acaba de editar Grijalbo. La escritora alemana que ha vendido más de 26 millones de ejemplares de sus libros es considerada una maestra del suspense psicológico. Los libreros de su país la han premiado y ha sido finalista del Deutscher Buchpreis, el máximo galardón a la mejor novela alemana.

¿De quién te escondes? empieza cuando una chica, Nathalie, huye de una casa en la que corre peligro, se topa con Simón en la playa, él le da refugio sin conocer su pasado, pero terminará envuelto en una espiral de hechos extraños y violentos en los que ellos son el blanco. ¿Es Nathalie víctima o culpable de todo? ¿Y víctima o culpable de qué?

Con esta novela de lectura rápida y absorbente, WMagazín cierra sus Avances Literarios Exclusivos de las vacaciones. Una sección que será fija a partir del próximo domingo 10 de septiembre. Es el regalo de este magazín para despedir cada semana o empezarla, según se mire. Ustedes tednrán el placer de ser los primeros en poder leer los mejores o más esperados libros de la semana que se avecina. Por lo pronto, lee aquí los avances literarios publicados este verano en WMagazín.

La escritora alemana Charlotte Link (Fráncfort, 1963).

¿De quién te escondes?, de Charlotte Link

Gousainville, Francia Lunes, 7 de diciembre.

Necesitó tan solo unos segundos para abrir la puerta. Utilizó un alambre que había doblado tal y como años atrás le había enseñado Boris, su hermano mayor. En aquel entonces ella era una niña mientras que Boris era ya casi adulto; cualquiera que conociera sus peculiares aficiones habría apostado a que algún día sería un criminal: se entretenía forzando cerraduras y abriendo ventanas con una palanca, y llegó a adquirir mucha destreza. Sin embargo, acabó siendo un carpintero muy formal y jamás en la vida había infringido la ley.

Selina empujó la puerta y se coló rápidamente en la habitación; cerró tras de sí y se apoyó en ella un instante. Por el momento todo estaba saliendo según el plan, había logrado no hacer ruido. Sin embargo, sabía que podían descubrirla y que, si eso pasaba, estaría perdida. Si Igor y Sergei la pillaban intentando escapar, ya podía darse por muerta.

Sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Había una farola en la calle, al otro lado de la valla del jardín, pero un árbol impedía el paso de la luz. Entre las sombras reconoció el contorno de los muebles: un escritorio, estanterías, un archivador. El despacho de Taisia. Ella era la peor. Igor y Sergei eran unos matones, pero esa mujer era la cabeza pensante; fría, despiadada y sin el menor escrúpulo. En esa casa mandaba ella. Y todos la obedecían.

Selina había visto aquella estancia una vez, de pasada, aprovechando que la puerta se había quedado abierta unos minutos. Así fue como se dio cuenta de que allí, a diferencia del resto de la casa, las ventanas no tenían rejas. La puerta principal estaba reforzada con barrotes y habían desenroscado las manillas de todas las ventanas. Era imposible escapar, había demasiadas dificultades y suponía hacer mucho ruido. Eso frustraba cualquier plan de huida.

La única posibilidad de fugarse estaba en aquella habitación: el despacho de la jefa. Por lo visto no le gustaban las rejas ni las ventanas sin manillas, tal vez quisiera ventilar el despacho de vez en cuando. No obstante, siempre mantenía la puerta cerrada con llave. Y seguro que la llevaba siempre encima.

Taisia ya se había acostado y las demás chicas no se encontraban en la casa. Igor y Sergei jugaban a las cartas en la salita junto a la cocina. Selina sabía que tenían prohibido tomar alcohol, así que no podía esperar que se emborracharan y bajaran la guardia o perdieran reflejos. Estaban sobrios y en alerta como perros de caza. Si se les ocurría revisar su habitación…

Solo de pensarlo le entraron sudores. No podía permitirse pensar en eso: le temblarían las rodillas, caería presa del pánico y terminaría cometiendo algún error. Aún tenía el alambre en la mano, así que se agachó y lo escondió debajo del archivador. Lo acabarían encontrando, pero daba igual que descubrieran cómo lo había hecho. Si lograba escapar, estaría ya muy lejos. El alambre lo había extraído de un corsé, descosiendo las costuras pacientemente con las uñas. A las chicas no se les permitía tener siquiera una lima de manicura, y mucho menos unas tijeras; cuando estaban en la casa debían entregar hasta las horquillas. Resultaba casi imposible hacerse con cualquier tipo de objeto.

Pero Selina lo había conseguido.

Porque era astuta. Y porque, además, contaba con ayuda. Llevaba el móvil en el bolsillo de los vaqueros. Haber burlado todos los controles con éxito rozaba el milagro. En parte, aquel logro se debía a que, en el poco tiempo que llevaba en la casa, todavía no habían efectuado un registro de las habitaciones. Las otras chicas le habían contado que los hacían sin previo aviso y que lo dejaban todo patas arriba. Comprobaban cada grieta de la pared, cada recoveco, cada compartimento del armario. Pero lo peor de todo eran los cacheos, de los que Taisia se ocupaba personalmente. Selina se ponía mala solo de pensar en aquella repugnante mujer examinándole todas las cavidades del cuerpo. Aparte de que encontraría el teléfono, y no quería ni imaginarse las consecuencias que eso podía acarrear. Sin duda sería el final de su salvación. Por eso era crucial que aquella noche todo saliera bien. Sabía que era su única posibilidad. Debía conseguirlo ese día. No habría una segunda vez.

Finalmente se atrevió a avanzar por la habitación. Muy despacio, para no tropezar. No debía tirar, tocar ni mover nada, no debía desplazar ni una silla. De pronto cayó en la cuenta de que no sabía si la ventana estaba protegida con un sistema de alarma. El miedo la hizo detenerse y reflexionar. Como no había manera de comprobarlo, su única opción era correr el riesgo. O bien abortar la misión y regresar a su habitación. Pero retirarse la atemorizaba tanto como continuar. Había tenido la inmensa suerte de bajar los dos tramos de escalera y cruzar el pasillo de la planta baja sin que nadie la viera. Era casi imposible que volviera a lograrlo, pues Igor y Sergei hacían rondas aleatorias. Podía encontrárselos de frente en cualquier momento. En tal caso, que Dios se apiadara de ella.

Así que debía correr el riesgo de que sonara la alarma. A lo mejor conseguía salir y perderse a toda prisa entre las sombras. De pronto oyó un ruido extraño, pero enseguida reconoció que eran sus dientes que entrechocaban. No sabía que la expresión “castañetear los dientes” respondiera realmente a un reflejo físico. Estaba aterrorizada, pues era consciente de que aquello era una locura y de que la probabilidad de no sobrevivir a aquella noche era muy alta.

Rodeó la mesa. El portátil de Taisia reposaba cerrado sobre el escritorio. Se trataba de un modelo pequeño. Lo cogió sin pensárselo demasiado, era muy fácil llevárselo. Quién sabía lo que podía contener. Sin duda lo fundamental era huir, escapar de aquella locura, pero, oculto tras el más puro y genuino instinto de supervivencia, latía otro deseo: vengarse de aquella gente. Quizá algún día. De algún modo.

Cuando alcanzó la ventana, estaba sofocada. Desde que abrió la puerta hasta aquel instante habían transcurrido tres minutos escasos, pero tenía la sensación de haber realizado un trayecto eterno y extenuante. Estaba empapada en sudor y el jersey se le pegaba al cuerpo. Se sentía lúcida y electrizada, y a la vez agotada. Al borde del colapso.

Y en ese momento no podía permitirse tener un colapso. Alargó el brazo hasta la manilla de la ventana, la agarró y tiró de ella con cuidado. Esperaba que se disparara el estridente pitido de la alarma, pero todo permaneció en silencio. Giró la manilla.

Silencio total.

La ventana se abrió.

Un aire frío y húmedo invadió la habitación. Inspiró profundamente. ¿Cuánto llevaba sin salir y sin respirar otra cosa que el olor a cerrado de aquella vieja casa? A pesar de que en aquel suburbio industrial de la periferia de París no había más que unos pocos árboles y arbustos, sin apenas verde, Selina sintió la fragancia de la tierra, de las agujas de pino, de la madera. Las lágrimas inundaron sus ojos porque, durante unos segundos, la invadieron los recuerdos: los paseos con sus padres cuando era niña y, luego, también con su novio Sarko. Los domingos salían a dar largas caminatas con el perro del chico bajo las espesas ramas de los árboles. En los bosques el olor era idéntico al que percibía ahora.

¿Cómo había podido despreciar a Sarko y su tímido amor? ¿Cómo había podido rechazarlo sin pestañear?

“Nada de llantos —se amonestó—. ¡Ahora no!” Trepó al alféizar de la ventana y miró hacia abajo. Pese a que se trataba de un bajo elevado, había poca altura. Eso sí, debía tener cuidado al caer para evitar torceduras, ya que todo dependía de la rapidez con que pudiera alejarse de allí. Por un instante pensó en dejar el ordenador, ya que podía complicarle el salto, pero al final decidió llevárselo.

Selina se dejó caer. Aunque aterrizó sobre tierra blanda, tuvo la impresión de hacer muchísimo ruido. Cualquiera en diez kilómetros a la redonda habría oído a una mujer saltando desde una ventana. Solo que en diez kilómetros a la redonda no había nadie salvo Igor, Sergei y Taisia. Ya no vivía nadie por allí. Había comercios vacíos, un taller de vehículos abandonado y un centro comercial a medio construir. Aparte de eso, nada. Desde los horribles atentados terroristas de noviembre, en París había una gran presencia policial y militar, al menos eso le habían contado. Pero allí no había ni rastro de la policía.

Igor y Sergei podían matarla en aquel jardín y nadie se enteraría.

No se oían ruidos en el interior de la casa. Aún no habían notado nada.

Atravesó el jardín corriendo y saltó la valla, que por fortuna no supuso un gran obstáculo. Se atrevió a mirar atrás: todo seguía a oscuras. Debía de haber llovido, porque la calle estaba mojada. Negra como el carbón y brillante, bañada por la luz de las pocas farolas que aún funcionaban. Había memorizado el camino: debía seguir recto y girar a la izquierda en el primer cruce. Después de unos doscientos metros llegaría a las obras abandonadas del centro comercial. Él la estaría esperando en el aparcamiento. Era lo acordado: alguien la recogería con un coche. Solo podía rezar para que fuera puntual, porque esa persona, y sobre todo ese automóvil, eran su única esperanza. Echó a correr con todas sus fuerzas.

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