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Un dibujo de Carlo Levi de la muestra ‘Blind Visions’, en Casa Italiana Zerilli Marimò, New York University en 2019.

El miedo a la libertad y la pulsión autodestructiva de la civilización, según Carlo Levi

La recuperación del ensayo del intelectual antifascista italiano permite al autor del artículo analizar la vigencia de esta obra y su mirada apocalíptica por la tendencia del ser humano a idolatrar a las instituciones y a la masa

Presentación WMagazín Setenta y cinco años después la visión apocalíptica de Carlo Levi (Italia, 1902-1975), tras la Segunda Guerra Mundial, cobra vigencia. El escritor, pintor e intelectual italiano antifascista habló de un mundo de pesadilla que potencia la idolatría no solo de la religión y sus derivados, sino también del Estado que llevarían la civilización a la autodestrucción. Análisis recogidos en Miedo a la libertad que recupera Altamarea Ediciones.

WMagazín avanza el prólogo del ensayo a cargo del filósofo italiano Giorgio Agamben. «Estrechamente conectados al Estado y a la guerra hay dos fenómenos que alcanzan su desarrollo extremo en la modernidad: la masa y las grandes ciudades», escribe Agamben. Una reflexión surgida tras un pasaje de Levi: «Esclavitud y divinidad del Estado son lo mismo: la divinidad del Estado es esclavitud, y la esclavitud no podría existir sin la divinización del Estado: porque el dios y la víctima coinciden».

Carlo Levi, escritor, pintor e intelectual italiano.

Carlo Levi, de origen judío, fue un importante pintor e intelectual italiano. Opositor de Benito Mussolini, se unió al movimiento antifascista GiusDzia e Libertà lo cual le valió una condena al exilio en Lucania, asolada región de la Italia meridional. De esa experiencia nació su libro más famoso: Cristo se paró en Éboli.

Levi escribió Miedo a la libertad en la II Guerra refugiado y huyendo de Mussolini en la playa de La Baule. Lo que ve, señala la editorial, «es la aterradora, fulgurante imagen de una civilización abocada a la autodestrucción, engullida por las tinieblas de sus propias contradicciones irreconciliables y nefastas».

El escritor analiza la religión (que transforma lo sagrado en sacrificio), el Estado (ídolo social por excelencia, del que la política occidental no logra liberarse), la guerra, la sangre, la masa, el amor y el arte como universales humanos de los que manaron esas contradicciones de la Europa prebélica que todavía siguen en gran parte irresueltas.

A continuación un pasaje del prólogo de Giorgio Agamben:

'Miedo a la libertad', de Carlo Levi

Prólogo: La actualidad de Carlo Levi

Por Giorgio Agamben

Es necesario tomar en serio la definición del libro como un «poema filosófico», que une la frescura e intensidad de los fragmentos presocráticos con la casi barroca philosophia sensibus demonstrata de Campanella (con Alain, el único filósofo citado en el texto). El proyecto era ambicioso, enderezado a proponer —como sugiere Calvino— «las grandes líneas de una concepción del mundo, de una reinterpretación de la historia». «Debería haber» —recuerda el autor en su prefacio— «una parte introductoria, que mostrara las causas comunes y profundas de las crisis, y que las buscara, más que en tal o cual acontecimiento particular, en el ánimo mismo del hombre, y de muchos capítulos o libros sobre los diversos contenidos específicos, desde la política (con un análisis crítico de las ideologías liberales y socialistas) hasta el arte (con una historia del arte moderno) y la ciencia, la filosofía, la religión, la técnica, la vida social, las costumbres, etcétera».

(…)

Pero la incomparable actualidad de Levi reside en el hecho de que los términos de la oposición que establece (sagrado/sacrificio; indiferenciado/diferenciado) no son para él sustancias, sino procesos, no «entidades», como en las palabras de su malévolo crítico, sino corrientes que recorren en sentido inverso el campo de tensiones de lo humano. Esto significa que, en última instancia, lo verdaderamente humano no son nunca los extremos —o los dos polos— de la oposición, sino solo lo que se mantiene entre ellos en un precario, decisivo equilibrio. «Todo hombre nace del caos y puede volver a perderse en el caos; surge de la masa para diferenciarse, y puede perder su forma y reabsorberse en la masa. Pero los únicos momentos vivos en los hombres singulares, los únicos periodos de alta civilización en la historia son aquellos en que los dos procesos opuestos de diferenciación e indiferenciación encuentran un punto de mediación y coexisten en el acto creador». Con un término que distingue tanto de la «naturaleza» indiferenciada como de la «acción» individual, Levi define «acontecimiento» (Diano hablará algunos años después de «evento») «el producto de la actividad humana en cuanto creadora, rica así en el mismo momento de diferenciación e indiferenciación, de individualidad y universalidad: tanto más individual cuanto más supraindividual, tanto más universal cuanto más intensa y singular, libre y necesaria a la vez, comprensible a todos por su naturaleza común e indistinta; trascendente a cada uno en tanto distinto e individual; pero en la que todos, en su individuación, participan libremente y aportan conciencia». Y, con una expresión que anticipa los afectos espinozianos y anticipa la teoría de las emociones que Gilbert Sismondon desarrollaría algunas décadas después, llama «pasión» al punto de contacto entre el individuo y lo universal indiferenciado. Por esto «lo importante no es estar libres de las pasiones, sino ser libres en las pasiones».

Y de lo que los hombres tienen miedo sobre todo es de esta apasionada libertad, y buscan refugio en la informe comunidad o en el individualismo abstracto, en la idolatría, en el ateísmo, mortales ambos.

Perfectamente solidario con el proceso sacrificial que culmina en la creación de los ídolos, es el que desemboca en la creación del ídolo social por excelencia: el Estado. A esta crítica se dedican, además de buena parte del primero, dos capítulos completos: Esclavitud y Masa. La divinización del Estado (y la servidumbre derivada de ella) es «a la vez, el signo de relaciones humanas verdaderas y de la incapacidad de instituirlas libremente, de la naturaleza sagrada de estas relaciones y de la incapacidad de diferenciarlas sin esterilizarlas: es el signo, sobre todo, del terror al hombre que hay en el hombre. Terror de sí mismo, que es la más arraigada de las idolatrías, puesto que su fuente está siempre presente, y la más monstruosa, porque es enteramente humana». Por esto la idolatría estatalista durará «hasta que acabe la infancia social, hasta que cada hombre, al mirar hacia sí mismo, vuelva a encontrar en la propia complejidad todo el Estado, y en la propia libertad, su necesidad. El polo opuesto de esta servidumbre, igualmente estéril, es lo que Levi llama el individualismo abstracto «donde se pierde todo sentido de la comunidad, y donde no solo el Estado no es deificado, sino que ni siquiera existe, porque no existen pasiones». La esclavitud, que tanto escandaliza a los modernos cuando la ven institucionalizada en el mundo antiguo, no es un episodio en la historia de la humanidad, sino que es consustancial al Estado y, como tal, sigue existiendo en todas partes en formas y en modalidades diversas: «el Estado-ídolo no puede existir más que por medio de un proceso de alienación y de sacrificio social, más que por medio de la esclavitud. Esclavitud y divinidad del Estado son lo mismo: la divinidad del Estado es esclavitud, y la esclavitud no podría existir sin la divinización del Estado: porque el dios y la víctima coinciden».

Todo movimiento de liberación, que no sea consciente de este nexo inescindible entre idolatría estatal y esclavitud, está condenado al fracaso: «esta», escribe Levi con una preciosa intuición, «es la verdadera debilidad de los movimientos proletarios a los que en ocasiones les ha gustado denominarse, no sin razón, con un nombre de muy mal agüero, espartaquistas; y, en general, de todos los movimientos radicalísimos en apariencia, pero que no desbordan los límites religiosos de la ciudad a la que tratan de contraponerse». El mismo vínculo que liga el Estado con la esclavitud, lo enlaza inseparablemente a la guerra. «El sentido idolátrico del Estado requiere siempre la guerra total y continua, unida al Estado y a su existencia, inescindible de la vida del dios. Solo el Estado de libertad es Estado de paz: donde hay verdadera paz, allí hay verdadera libertad, porque los ídolos no viven sin guerra; pero los hombres viven solamente en la paz».

Estrechamente conectados al Estado y a la guerra hay dos fenómenos que alcanzan su desarrollo extremo en la modernidad: la masa y las grandes ciudades. Con una consciencia que está ausente en las críticas recurrentes de la sociedad de masa, Levi ve en la guerra el núcleo originario de la masa: «La guerra, obra de los hombres, pero separada de los hombres e incomprensiblemente divina, sacrificio necesario a la divinidad del Estado, no solo rompe algunas relaciones humanas, sino que tiende a devolver a los hombres a la indiferenciación que precede a todas las relaciones…las grandes guerras crean de por sí la masa: vuelven a convertir en masa aquello que ya estaba determinado, devuelven a la vida informe lo que ya había cristalizado. Cada hombre sale de su casa, abandona su mundo único, se identifica con todos los hombres y, perdida cualquier personalidad, se reduce a lo que es común e indistinto: la sangre y la muerte».

Similar a la imagen del Leviatán de Hobbes, la gran ciudad «vive su propia vida, la vida de una persona enorme, con su gran cuerpo por el que corre una sangre de hombres ajenos a todo ello… Las calles, las casas, no acaban, sino que lindan con otras tierras igualmente indefinidas: es el lugar de unas gentes sin historia y sin recuerdos, desarraigadas de toda determinación y del color preciso de una esperanza particular». Y la masificación no solo afecta a la forma de las ciudades: «también el trabajo se diviniza, con el tecnicismo y la organización, la fábrica agigantada se hace irreconocible a los que en ella habitan, convertidos de colaboradores como eran en instrumentos. La técnica, que es el arte del hacer y del inventar humano, pasa a ser tecnicismo secreto, ya no arte sino magia». Y, por último, también la lengua se transforma: «la masa, de por sí inefable y religiosa, solo puede expresarse, en verdad, por medio del Estado… en lugar de la espontánea lengua política y poética, hecha de infinitos gestos y palabras, y de relaciones siempre renovadas, nace un lenguaje sagrado, de manifestaciones de muchedumbre en el altar de las plazas, bajo las aras de las asambleas, donde, como en las plegarias clásicas, la multitud adoratriz se limita a las respuestas cadenciosas… Donde la masa es verdaderamente anónima, incapaz de nombrarse y de hablar, la lengua sagrada del Estado sustituye los nombres que han perdido su sentido por sus nombres religiosos y simbólicos: y son números, credenciales, banderas, brazaletes, uniformes, insignias, galones, condecoraciones, documentos de identidad, expresiones rituales de la fundamental uniformidad idolatrada y de la idolatrada uniformidad fundamental y de la idolatrada organización uniforme».

Lo que sus críticos no podían aceptar no era tanto la condena del Estado-ídolo como el hecho de que Levi contrapusiera a esta otra idea de Estado el «estado de libertad» (escrito significativamente con minúscula inicial). El que esta no fuera para él una fórmula genérica, se manifiesta con toda claridad en las páginas inmediatamente precedentes a la conclusión del Cristo y en una serie de artículos publicados en estos mismos años. Aquí el autor se da cuenta lúcidamente de que, si no se hubiera puesto en cuestión la idea misma de Estado, el antifascismo habría reconstruido sin modificarlo el mundo en el que el fascismo mismo había nacido. «En un país de pequeña burguesía como Italia, y en el que las ideologías pequeño-burguesas han ido contagiando también a las clases populares ciudadanas, es probable por desgracia que las nuevas instituciones que seguirán al fascismo, incluyendo las más extremas y revolucionarias de ellas, conduzcan a reafirmar, en formas diversas, tales ideologías: volverán a crear un Estado igualmente lejano de la vida, y quizá más idolátrico y abstracto; perpetuarán y empeorarán, bajo nuevos nombres y nuevas banderas, el eterno fascismo italiano… Es necesario que nos mostremos capaces de concebir y de crear un nuevo Estado, que no puede ser ni el fascista, ni el liberal, ni el comunista, formas por completo diversas pero sustancialmente idénticas de la misma religión estatal. Debemos volver a pensar los fundamentos mismos de la idea de Estado: el concepto de individuo que está en su base, y el tradicional concepto jurídico y abstracto del individuo, deben sustituirse por un nuevo concepto, que exprese la realidad viva, que suprima la infranqueable trascendencia de individuo y de Estado».

  • Miedo a la libertad. Carlo Levi. Prólogo de Giorgio Agamben. Traducción de Antonio Gimeno Cuspinera (Altamarea Ediciones).

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