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Al Capone en su ficha policial.

El robo más preciado de Al Capone: Mae Coughlin

WMagazín publica uno de los episodios menos conocidos de la vida amorosa del criminal estadounidense. 'Camas y famas. Las más raras y genuinas historias de amor', de Samper Pizano reconstruye con ironía y humor diez relaciones sentimentales de grandes personajes

Presentación WMagazín. “Una hermosa, elegante y discreta dama de origen irlandés cayó seducida por el mafioso italiano más siniestro de Estados Unidos. Pese a ser polos opuestos, recrearon el mito de Romeo y Julieta y formaron una pareja admirable: ella, cónyuge sin tacha, y él, esposo y padre amantísimo”. Con esta introducción, Daniel Samper Pizano encabeza el capítulo dedicado al Al Capone y Mae Coughlin de Capone en su libro Camas y famas. Las más raras y genuinas historias de amor (Aguilar).

WMagazín avanza pasajes de uno de los episodios menos conocidos del mafioso estadounidense y que vertebró su lado B, el más familiar. Basado en una exhaustiva investigación, Samper Pizano imbrica en la vida criminal de Al Capone su amor por Mae y despliega su prosa ágil, irónica y llena de sentido del humor en esta historia. Junto a Al Capone, Camas y famas recupera las relaciones sentimentales de personajes que van desde Lucrecia Borgia  y Pietro Bembo y algunos más, hasta Violeta Parra y Gilbert Favre, pasando por Oscar Wilde y Constanza Lloyd y Bosie Queensberry y Antoine de Saint-Exupéry y Consuelo Suncin.

Sin más, les contamos el otro amor de Al Capone más allá de la mafia y el dinero:

 

La bella y el bestia

Por Daniel Samper Pizano

Atractivo no fue Al Capone, pero sí esposo excelente. Su historia de amor con Mary Josephine Coughlin (Mae para casi todos, Josephine para sus más allegados) constituye una versión moderna y rudimentaria de la leyenda medieval de Romeo Montesco y Julieta Capuleto, aquellos novios veroneses procedentes de familias rivales cuyo amor los lleva primero a un terrible desenlace y más tarde a las páginas de William Shakespeare.

El romance entre Capone, de padres italianos, y Mae, hija de irlandeses, surge a pesar del enfrentamiento entre inmigrantes de uno y otro país en el Nueva York del primer medio siglo XX. (…) En esa lucha, Capone fue el abanderado de los mafiosos italianos y se enfrentó a los irlandeses, a menudo mediante atentados y tiroteos. En su carrera de hampón tuvo tres enemigos: las bandas rivales, el Gobierno y la mala salud. Los rivales no pudieron con él y el Gobierno solo logró encarcelarlo temporalmente por evadir impuestos. Lo que acabó con Capone fue la sífilis que le contagió una prostituta cuando era adolescente.

(…)

Al Romeo y Julieta Coughin

Unos años antes de que los Capone hubieran llegado a Nueva York (1893), lo habían hecho Michael Coughlin y Bridget Gorman entre hordas de inmigrantes irlandeses. Sus seis hijos nacieron en territorio americano: a Mae, posiblemente la mayor, nacida el 11 de abril de 1897, siguieron Hanna, Muriel, Dennis, Catherine, Walter y uno más cuyo nombre no figura en los anales. Los Coughlin, como los Capone, eran familias católicas que acudían con frecuencia a la iglesia. En cuanto Mae finalizó sus estudios de bachillerato, entró a trabajar en unos grandes almacenes donde adquirió fama por su belleza.

Si bien los Coughlin y los Capone eran europeos menesterosos y habían arribado al mismo barrio, aquellos tenían un estatus algo más elevado. Por una parte, los irlandeses eran mejor mirados en su nuevo país que los italianos, pues, entre otras ventajas, compartían muchas de sus costumbres y hablaban su lengua. Por otra, eran menos ruidosos y menos notorios que los italianos. Algunos de estos con cierto poder, como el mafioso Johnny Torrio —que se convirtió en padrino de Capone—, habían logrado casarse con irlandesas y disfrutaban de matrimonios bien avenidos.

Militaba Capone en los Cinco Puntas cuando lo descubrió Frankie Yale, un temible gánster, y le ofreció un puesto como camarero de su local de baile Harvard Inn. Lo vio simpático, arrojado y parlanchín. Allí recibió Al las primeras lecciones sobre la importancia del soborno y la violencia como métodos de trabajo y allí conoció a compañeros de la misma tropa. Ahora visitaba las casas de prostitución donde el imperio de Yale extendía su viciosa garra protectora. Tenía diecisiete años y ya se sentía un mafioso profesional. Por eso le cortaron la cara.

Ocurrió una noche en el local cuyas mesas atendía. Había visto en una de ellas a una pareja cuya mujer le llamó la atención. Dándose aires de gallito galán, Al se acercó a la chica y le susurró al oído lo que él consideraba un fino elogio:
—Muñeca, tienes un culo precioso, y te lo digo como un cumplido.

A la muñeca no le gustó el piropo y así se lo comentó a su hermano, el compañero de mesa, que resultó ser Frank Gallucio, conocido delincuente. Indignado, Gallucio se levantó y le asestó un puñetazo a Capone. Este, en vez de entender que “el cliente siempre tiene la razón”, optó por devolverle el golpe. El ofendido sacó de inmediato una navaja y con ella le trazó tres tristes tajos al ofensor: dos en la cara —el primero de la boca a la oreja— y otro más en el codo.

Pocos meses después de este incidente ocurrió otro en una fiesta de barrio, cuando Al bailó con una joven irlandesa dos años mayor y varios centímetros más alta que él, a pesar de que Al no era bajito. Este encuentro tuvo final feliz. Mae Coughlin se enamoró del divertido italiano (se dice que tenía mal humor pero que también era muy gracioso) y, cicatriz más o cicatriz menos, le pareció un individuo atractivo. De esta manera, empezó a salir con él y entonces se proyectó sobre Brooklyn la sombra rosada de Romeo y Julieta. El casorio y la formación de un hogar eran parte del ideal de todo bandido respetable. El poeta y ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger escribió un estudio sobre Capone y la mitología del gánster donde señala que “Capone y su gente no solo abogaban por un ambiente familiar sano y moral, ni tampoco solo por una formación religiosa, sino por un duradero orden social en general”.

En la familia de Mae no reinaba mayor entusiasmo por el novio de la muchacha y en la de los Capone habrían preferido que su chico se enamorase de una señorita de apellido terminado en “i”, ducha en preparar spaghetti al pomodoro y gritar “¡mascalzone!”. Sin embargo, los Capone veían aspectos positivos en el asunto. Años después, en 1930, Capone resumió ante un periodista lo que había sido su boda: “Yo era apenas un muchacho amable que había crecido con ella en Brooklyn y ella, una dulce irlandesita que me aceptaba para lo mejor y para lo peor”. Diana Ducret, biógrafa francesa de Mae, explica por qué: “Para los italianos, casarse con una irlandesa implicaba un ascenso social, la garantía de una mujer sumisa, piadosa y cumplidora de los santos sacramentos”.

Esto último, sin embargo, no se cumplió en el caso de Mae. Su lista de mandamientos no incluía el sexto (“No fornicarás”), pues a los pocos meses de mutuo conocimiento seguía soltera pero levemente embarazada de Capone. Fue entonces cuando decidieron casarse y tener el niño. En aquellos tiempos no había mejor enmienda en un percance de esta naturaleza que pasar velozmente por el altar, a veces con el revólver del suegro como padrino. Pero resultó que Albert Francis nació el 4 de diciembre de 1918 y solo el 30 pudieron casarse sus padres en Santa María Estrella del Mar, previo permiso escrito de los Capone a su hijito, que era menor de edad.

Fue el único vástago de Mae y Al. Desde la cuna lo apodaron Sonny (algo así como hijito), circunstancia que copiaron años más tarde don Vito Corleone y su distinguida familia. En esos felices momentos ignoraban los padres y el hijo que la sífilis empezaba a hacer mella en papá y el recién nacido venía con un defecto físico de origen: albergaba una mastoiditis, grave enfermedad que provoca pérdida de la audición y puede derivar en parálisis facial parcial.
(…)

El jefe mafioso fue sentenciado en noviembre de 1931 a once años de cárcel. De las veintidós acusaciones de evasión de impuestos solo lo encontraron responsable de cinco, pero con ellas bastaba para ponerle el traje a rayas. Alguna pena más le adjudicaron por violación de la Ley Seca y aún debía un año por otro desacato judicial. El monto de la deuda fiscal con el Estado no era gran cosa para un multimillonario como él: menos de 272.000 dólares (añadan tres ceros para tener una idea de la suma contemporánea). Aunque no cayera por delitos violentos, corrupción, asociación para delinquir, amenazas, proxenetismo ni apuestas ilegales, la noticia de que el capo intocable viviría una década entre rejas por impago de impuestos fue un gran triunfo para el imperio de la ley. Capone entró en la cárcel del condado de Cock en octubre de 1931 y fue trasladado a la penitenciaría federal de Atlanta en 1932. Al llegar pesaba ciento diez kilos y el examen médico detectó huellas de consumo de cocaína y reveló que padecía sífilis y blenorragia. Tenía solo treinta y dos años de edad. Allí comenzó su nueva vida, pegando suelas de zapatos durante ocho horas diarias y tocando el banjo en sus ratos libres.

(…)

A veces llegan cartas

El encierro perforó la vena sentimental de Capone y produjo una hemorragia de amorosas manifestaciones a su mujer y su hijo.

Buenos días, mami —le escribió en marzo de 1935—, ¿cómo vas tú y cómo va nuestro querido Sonny? (…). Déjame decirte, querida, que te amo y que te adoro más que nunca; que nuestro amor crece un poco más cada día y, como ya te he dicho, cuando tu papi querido pueda volver a casa y caer en tus maravillosos brazos, será un papi enteramente nuevo, dedicado solo a ti, como te lo probaré apenas pueda.

Las cartas de Mae no eran menos cariñosas y casi siempre denotaban la preocupación que le causaban los males de Sonny. He aquí los apartes de una que escribió a Alphonse en 1937:

Mi querido esposo: Son las 5:30 p. m. y nuestro hijito se quedó jugando en la escuela. No hay nada aquí que nos produzca vergüenza de nuestro papi y estamos orgullosos de ti (…). Ya sé que nuestro hijo enfrentará múltiples obstáculos a lo largo de su vida y también sé que los afrentará y los superará. Oh, mi querido, podría escribirte sin fin acerca de las cosas que tengo en mi alma, pero tú entiendes que lo que queremos es que él tenga las mismas oportunidades y sea un hombre respetado por todos (…). En fin, caramelo mío, espero que te vaya bien. Después de todo, las dos personas que me preocupan en esta tierra y por las cuales veo son mi marido y mi hijo. Dios te guarde. Te quiero. Amor y besos, siempre. Tu mujer.

Confinado en su rincón, el antiguo rey del hampa ahora se obsesionaba por la imagen de una pequeña familia llena de ventura: la suya. “Los tres seremos los más felices de la creación”, escribió a Mae más de una vez.

(…)

El 5 de febrero de 1938 Capone acusó una conducta anormal: se vistió el sábado con la ropa reservada a los domingos, escupió a otros prisioneros, discutió con los guardias, se equivocó de camino al regresar a la celda, golpeó su cama y padeció un acceso de náuseas. Fue llevado de urgencia a la enfermería y el médico entendió que se hallaba seriamente enfermo. Así lo confirmó un especialista que, trasladado a Alcatraz, decretó una punción lumbar gracias a la cual se conoció el extenso daño que había causado la sífilis en el sistema nervioso del reo. La noticia no tardó en filtrarse a los periódicos: “¡Al Capone está loco!”, titularon. Él mismo percibió que la enfermedad lo afectaba mentalmente. Cuando uno de los guardias le preguntó qué le había ocurrido, respondió:

—No lo sé. Me cuentan que estaba actuando como un chiflado.

Ya no volvió a su celda, sino que lo internaron definitivamente en el pabellón de enfermos, donde alternaba días chiflados con ratos de lucidez y serenidad.

(…)

El fin de Al Capone

El 6 de febrero de 1939 recuperó la libertad. Volvía a Palm Island después de ocho años de encierro; se aprestaba a cumplir los cuarenta y dos años, estaba flaco, alternaban en el pericráneo las canas y la calvicie y la sífilis le había horadado el cerebro. En 1946, según los especialistas, su capacidad mental era la de un niño de doce años. El hermano Ralph, que tenía buenos amigos aunque no tuviera amigos buenos, se encargó de sostener a la familia. (…)

El año 1947 empezó mal. En la madrugada del 21 de enero el enfermo sufrió un ataque de apoplejía y quedó semiparalítico. El mafioso más famoso del siglo XX era ya casi nada. El 25 murió en su mansión de Palm Island rodeado por su mujer, su hijo, sus nietas, su madre y algunos de sus hermanos. Alguien tomó la decisión de que sus restos viajaran en coche fúnebre a Chicago para descansar allí. El féretro carecía de toda pretensión de grandeza y el fiambre también. Una vez llegado al que había sido escenario de sus más criminales hazañas, la Iglesia católica lo envió al seno de mamá Dios mediante una ceremonia breve y expeditiva, pues el arzobispo prohibió que se oficiara misa de réquiem solemne. Está enterrado en el cementerio de Mont Olivet, donde una losa sencilla dice:

“Alphonse Capone. 1899 -1947. Misericordia Jesús mío”.

(…)

Mae murió el 16 de abril de 1986, a los ochenta y nueve años, en una casa de ancianos de Florida. Sonny, a los ochenta y ocho, en agosto de 2004.

 

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Un comentario

  1. Muy bueno. Educativo para quien quiere tener otra vision de Al Capone. Las muertes que realizo junto a su grupo de maleantes son imperdonables. Pero los valores familiares que tenia, su proteccion a su familia son envidiables.

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