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De izquierda a derecha: Francine du Plessix Gray, Alexander Liberman y Tatiana Yákovleva. /Cortesía de Periférica & Errata Naturae

En el corazón del siglo XX más fascinante con la musa que desdeñó el amor de Maiakovski

'Ellos' es la biografía de los padres de Francine du Plessix: el vizconde Bertrand, su madre Tatiana Yákovleva y Alexander Liberman, quien sería su padrastro, que moldearon parte de la mirada contemporánea. WMagazín avanza los motivos de este gran fresco de época que llega a las librerías

Presentación WMagazín Este es un recorrido por una de las vías más glamurosas, extravagantes y audaces del siglo XX. La de las vida de cuatro personajes de una misma familia cuya espina dorsal fue Tatiana Yákovleva, una de las musas del poeta ruso Maiakovski que desdeñó su amor para casarse con el vizconde francés Bertrand du Plessix quien murió en la Segunda Guerra Mundial. Tras su viudez y con una hija, Francine, Tatiana empezó su largo romance con Alexander Liberman, un ambicioso artista hijo de un prominente judío ruso, con quien se crearía una de las primeras parejas más poderosas de Nueva York, tras emigrar del París ocupado.

Francine du Plessix ha escrito esta biografía cuyo título habla por sí solo: Ellos (Periférica & Errata Naturae), premio del Círculo de Críticos de Estados Unidos. Una biografía novelada, desde esta semana en las librerías españolas, que cuenta y describe desde el propio corazón del glamour las vidas íntimas y cotidianas de quienes delinearon la mirada de una parte importante del siglo XX. Para las editoriales es “el apasionante retrato de una generación que sobrevivió a la Revolución rusa, a la caída de Francia en manos de los nazis y al implacable mundo de la moda en el Nueva York de posguerra”.

Tatiana era una gran diseñadora de sombreros que se convirtió en icono del glamur y Alexander, tras dirigir Vogue, gobernaría el imperio de revistas de Condé Nast. Una pareja irresistible para muchos, creadores de tendencias, anfitriones de fiestas inolvidables y amigos de personajes como Marlene Dietrich y los diseñadores Christian Dior e Yves Saint-Laurent.

Para Paca Flores, coeditora de Periférica, esta edición con Errata naturae “pretenden ofrecer dos títulos clave cada año. No más porque buscamos que todos ellos sean realmente relevantes, que amplifiquen el espacio literario en el que trabajamos siempre. Cuando se trata de memorias, como Ellos, preferimos aquellos textos que huyen del blanco y negro puros, del maniqueísmo: nos interesan las obras con grises, con contradicciones; nos interesan las vidas verdaderas, aunque duelan. Así sucedió ya con Tú no eres como otras madres o con El club de los mentirosos; pues bien, Ellos es un libro memorialístico, ágil y profundo a la vez, que tiene similitudes con las otros dos, en el sentido que he citado, pero que explora la realidad desde otro punto de vista. Y eso nos pareció muy enriquecedor”.

Algunas claves de Ellos las explica Irene Antón, de Errata naturae: “Los tres períodos fundamentales en que se desarrolla este libro, es decir, las vidas de los tres protagonistas fundamentales de esta historia real, nos interesan especialmente desde hace años. Es fascinante la Rusia donde nace Tatiana, llena de contradicciones, tensiones y momentos cruciales para la Historia del siglo XX; es fascinante el París de entreguerras y el de la Ocupación (con sus miserias); y lo es también, aunque aparentemente sea más ligero, el Nueva York de la posguerra, que, en realidad, y a pesar de que trate del mundo de la moda y de sus publicaciones ya nos anticipa mucho del presente, de nuestro hoy. Tampoco quiero olvidar la prosa exacta de Francine du Plessix Gray, que sabe arrastrarnos en la lectura sin decaer nunca; es más, cuando llega el capítulo final, que es emocionante y excelente, se eleva un poco más aún, pues sabe que asistimos a un momento crucial de esas vida, de cualquier vida”.

WMagazín avanza en primicia la introducción de Ellos, los motivos que llevaron a Francine a revelar la verdadera vida de sus padres: “Me esforcé por lograr una compasiva severidad, el equilibrio entre dureza y ternura que había en el carácter mismo de mi madre y que ella habría sido la primera en respetar”.

Una de las primeras "parejas poderosas" de Nueva York

Por Francine du Plessix Gray

Mi vida onírica es sumamente fecunda, y hace una década, en el cuarto aniversario de la muerte de mi madre, tuve un sueño muy intenso en el que aparecía ella. Fue como sigue:

Llevo una vida tranquila en soledad, en una sencilla casa de campo que está situada en una colina que mira a un valle, y desde donde se ve otra colina de igual altura que la mía. De pronto, llega un mensaje de mi madre en el que me pide que me vaya a vivir con ella a la otra colina, que se llama ‘Atlanta’ (¡ah, qué listo es el subconsciente! Si cambiamos la l de Atlanta por una i, obtenemos un anagrama del nombre de mi madre, Tatiana). El mensaje de mi madre me molesta e irrita, me niego en redondo a obedecer y le envío la siguiente respuesta: “Yo estoy muy bien en mi colina, no quiero irme a vivir contigo a la tuya, me quedo donde estoy”.

Francine du Plessix y su madre Tatiana Yákovleva (izquierda). /Cortesía Periférica & Errata Naturae.

Poco después, mi madre aparece en el umbral de casa para quedarse conmigo en mi colina. Es radicalmente opuesta a la madre alta, majestuosa y llamativa que conocí en la vida real. Es una anciana menuda, apacible, que sonríe con dulzura y va vestida de negro; lleva un discreto sombrerito y un velo de lunares. Y, cuando termina el sueño, mi madre se convierte en la anciana más feliz que yo haya visto nunca, de pie ante la puerta de mi casa, declinando entrar pero sonriéndome alegremente y despidiéndose con la mano. Me lanza besos y yo sonrío y también saludo y le lanzo besos, y hay entre nosotras un aura de serenidad, de mutua aprobación, de cariñosa comprensión, mucho mayor que la que tuvimos en la vida real.

Al despertar de este sueño en 1995 supe con exactitud lo que me estaba indicando: era hora de tener una conversación con mi madre, el tipo de diálogo que muchos de nosotros podemos mantener con nuestros padres sólo a través de la escritura, el tipo de conversación que yo nunca podría haber tenido con ella cuando vivía. Porque mi extravagante madre rusa —que fue uno de los más destacados iconos de la moda de su generación, y cuya vida tuvo que ver con el arte de crear un gran espectáculo y lanzar su hechizo sobre el mayor número de personas posible— era particularmente reacia a la conversación. Tatiana Yákovleva du Plessix Liberman anunciaba en vez de conversar, proclamaba en vez de comunicar, ordenaba en vez de dialogar. Además, las violentas conmociones históricas a las que había sobrevivido —la Revolución rusa, la Segunda Guerra Mundial— le habían dejado heridas psicológicas que nunca reveló a nadie, y que intentaba ocultar en silencio. Y cuando yo escribía mi primer retrato biográfico de ella —Growing Up Fashionable, que se publicó en The New Yorker y ahora está diseminado por varios pasajes de este libro— comprendí por qué tantos escritores se han vuelto hacia los recuerdos familiares y los han visto como una parte esencial de su obra: ya seamos Colette, Vladimir Nabokov, Maya Angelou o Harold Nicolson, el proceso de atravesar el silencio de nuestros padres, de desenredar las tramas de falsedad que tejen sobre sus verdaderas personalidades, y con frecuencia sobre las nuestras, no es sólo una manera de traer a nuestros amados difuntos de nuevo a la vida; esto también nos ofrece más claridad retrospectiva, más conocimiento de nosotros mismos, que cualquier otra forma literaria.

Tatiana Yákovleva y Alexander Liberman, en una de sus últimas fotos juntos. /Cortesía de Periférica & Errata Naturae.

Para mí era obvio que aquellas cuarenta páginas sobre mi madre como icono de la moda eran el germen de un libro que yo debía escribir con el tiempo. Pero sabía que no podría narrar su historia sin narrar también la de mi padrastro, su compañero de toda la vida, el legendario mago de la industria editorial Alexander Liberman, que habría de sobrevivirla siete años. Escribir con sinceridad sobre cualquier persona que aún vive es una tarea utópica, sospechosa en el mejor de los casos. Así que me concedí tiempo, considerando un proyecto de recuerdos familiares como una más de varias empresas futuras, escribiendo otras dos biografías sobre personas igual de excéntricas, a su manera, que mis padres: el marqués de Sade y Simone Weil. Y hasta 2001, un año después del fallecimiento de mi querido padrastro, no llegué a esa fase del proceso de duelo que me permitió escribir este libro.

Al tiempo que protegían celosamente su intimidad, mis complicados padres, Tatiana y Alex Liberman, perseguían la publicidad, y disfrutaban siendo constantemente el centro de atención, exponiendo sus fascinantes vidas, sus audaces ocurrencias y sus elegantísimos interiores en las páginas de las revistas más estilosas del país. Y, en vista de los innumerables recuerdos que atesoraban, sospecho que los dos desearon siempre tener un biógrafo. Además de certificados de matrimonio y defunción, y de los muchos miles de fotografías que ambos conservaban, mis archivos se ven ahora incrementados con documentos tan diversos como el certificado de la circuncisión de mi padrastro, firmado en 1912 por el rabino jefe de Kiev; las cartas que escribió a sus padres cuando tenía nueve años desde una escuela privada británica; los boletines de notas de su internado francés; correspondencia entre sus padres que data de los años veinte; las cartas de amor que intercambió con mi madre en los años treinta; el pasaporte Nansen1 para refugiados con el que viajó a Estados Unidos en 1941; su certificado de nacionalización como ciudadano americano; los pedidos que realizó, durante sus días como director general de Condé Nast Publications, de correas para el reloj de pulsera de mi madre —un modelo de cuero dorado que perduró durante décadas y que él encargaba por docenas—. Entre los papeles de mi madre encontré los diversos pasaportes que tuvo desde los años veinte —ruso, después francés y a continuación americano—; certificados de baja laboral, del año 1890, expedidos a su abuelo materno, director principal del Ballet Imperial Mariinski de su San Petersburgo natal; unos valiosos documentos referidos a su tío, el distinguido artista y explorador Alexandre Iacovleff, a quien dedico el segundo capítulo de esta obra; cartas de amor del gran poeta ruso Vladímir Maiakovski —que consideraba a mi madre una de sus dos principales musas— que ahora están integradas en los capítulos tres y cuatro; la mayoría de las cartas que alguna vez le escribí desde los campamentos, la universidad o el extranjero; los Ausweis (permisos de viaje) con los que pudimos salir de la Francia ocupada en la segunda mitad de 1940. En suma, parecía que mis padres habían preparado deliberadamente las colecciones, los elementos, los datos objetivos que un biógrafo necesitaría para realizar un retrato detallado. Enfatizo la palabra “objetivos”. Porque, al tiempo que vivían vidas completamente públicas, estos dos emigrados, que fueron una de las primeras “parejas poderosas” de Nueva York, seguían ocultando celosamente sus emociones; en particular, sus últimas décadas estuvieron adornadas con una asombrosa cantidad de engaños y subterfugios. Y tenían opiniones muy diferentes del tipo de biografía que cada uno deseaba. Mi padrastro —un hombre obsesionado con controlar todo lo que estuviera a su alcance— quería que fuese escrita cuando aún vivía, por alguien que no fuese yo. Mi madre, por el contrario, prefería que se hiciera después de su muerte, y que lo hiciese su hija. Y si he sido capaz de cumplir su deseo y además discernir alguna verdad a través de la fachada de artimañas que ambos elaboraron en la última parte de sus vidas, será debido a mi costumbre de llevar un diario, un hábito que tengo desde hace casi medio siglo. Debido a las enfermedades y las adicciones que los fueron minando, en las últimas décadas de las vidas de mi madre y mi padrastro yo me sentí especialmente impelida a registrar cada matiz de sus palabras y de su comportamiento, y esta documentación ha servido para desarrollar la narración de esos cada vez más extravagantes años.

Marlene Dietrich en una de las fiestas de Tatiana Yákovleva y Alexander Liberman. /Cortesía de Periférica & Errata Naturae

Pero yo soy hija de tres padres extraordinarios. Mis primeros escritos trataron varias veces sobre mi padre biológico, el heroico Bertrand du Plessix, cuya muerte al servicio de la Francia Libre durante la Segunda Guerra Mundial fue una tragedia que marcó mi juventud; sin embargo, he tenido con frecuencia la sensación de que ningún retrato suyo estaría completo hasta que lo situara en el contexto de esos otros dos padres, Tatiana y Alex, en cuyas vidas su destino jugó un papel crucial. Hasta no haber terminado este libro no sentí, con tristeza, que por fin lo había dejado descansar.

En cuanto a mi madre, que es la musa original de este proyecto, poco después de haber entregado este libro a mis editores soñé otra vez con ella; sueño que consistió en lo siguiente: estoy delante de mi casa, una casa nueva de piedra gris oscura, cuando mi madre aparece, una vez más muy afable y en todos los sentidos muy diferente a la madre que conocí, de mediana edad y complexión robusta, con el pelo negro y cara redonda, sonriente, casi oriental. Cuando llega a mi puerta dobla la rodilla gentilmente y me dice lo contenta que está de hacerme esta visita, el honor que supone para ella ser invitada a mi casa. Yo también me inclino ante ella, y le digo lo agradecida y conmovida que me siento de recibirla. Una vez más fluye entre nosotras la gran armonía y serenidad que experimenté en su anterior aparición, una década antes. La ‘casa’ en este segundo sueño, según me dice el instinto, es el edificio de palabras que he construido para recordarla a ella y al hombre excepcional con el que compartió su vida; un texto en el que, como cualquier verdadero biógrafo, me esforcé por lograr una compasiva severidad, el equilibrio entre dureza y ternura que había en el carácter mismo de mi madre y que ella habría sido la primera en respetar.

 

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