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Celebración en un concierto.

¿Es usted feliz? Dichas y desdichas de la obsesión por la felicidad y su aliada: la economía

¿El progreso ha hecho más felices a las personas? El economista italiano recorre la historia de la humanidad a la luz de la evolución del concepto de ser feliz y su búsqueda

Presentación WMagazín ¿Es usted feliz? Desde la Ilustración el concepto de felicidad cambió y empezo a convertirse en algo posible de tal manera que ha colonizado lentamente el deseo humano y en el último medio siglo ha pasado a ser una obsesión en espiral que crece. Una búsqueda que trae tantas ilusiones como desdichas al situarse siempre en la línea del horizonte cuyo destino nunca se alcanza. La economía y el desarrollo tecnológico y científico están en el ADN de esta aspiración. Emanuele Felice analiza de manera muy clara y especial todo esto en Historia económica de la felicidad. Una nueva visión de la historia del mundo (Crítica).

WMagazín publica un pasaje de este libro que ayuda a comprender la evolución del concepto de felicidad y la aspiración de las personas a obtenerla a la luz del desarrollo económico y productivo del ser humano. Una obra que establece un diálogo entre la historia y uno de los principales sueños de las personas, de uno de sus motores. «Después de la revolución cognitiva, con la que nace el pensamiento simbólico y que permitió a las tribus de cazadores y recolectores lanzarse a la conquista del mundo, la revolución agrícola vio que la felicidad está más allá de los deseos y la vida terrenales. Con la revolución industrial esta parecía posible como resultado de políticas y acciones humanas. Hoy, en la ‘aldea global’ se confrontan dos ideas de felicidad: una basada en el placer y la otra, ética. Parecen oponerse, pero no son irreconciliables y tal vez una síntesis sea posible», señala la editorial.

Emanuel Felice (Lanciano, 1977) es un reconocido economista italiano y doctor en Historia Económica por la Universidad de Pisa. Combina su labor como autor y columnista prolífico con la de profesor de Economía y Política económica en la Università D’Annunzio, en Pescara.

El siguiente es un acercamiento a esa pareja que parece afianzarse: felicidad y economía:

Historia económica de la felicidad

Por Emanuel Felice

Antes de la Edad Moderna existían dos conceptos predominantes de felicidad. Uno de ellos era el de las religiones monoteístas, para las que la felicidad solo es posible en otra vida, después de la muerte: aquí y ahora estamos en un «valle de lágrimas» y nuestra existencia terrenal no sirve más que para alcanzar el objetivo de la felicidad eterna, la única que cuenta, la única real. Babilonia había caído; Roma, también. De acuerdo con las conocidísimas palabras de Agustín de Hipona (san Agustín), no es de la efímera ciudad del hombre de lo que debemos preocuparnos, sino de la ciudad de Dios.

El segundo concepto, característico de Oriente (por el budismo), pero también con una notable influencia sobre el mundo mediterráneo anterior al cristianismo (baste recordar las escuelas cínica y epicúrea), se basa en la idea de que, en realidad, es posible cultivar la felicidad (o tal vez sea mejor decir «la serenidad») en esta tierra, siempre y cuando mantengamos bajo control tanto las influencias del mundo exterior como nuestros deseos. La única felicidad terrena que existe solo puede alcanzarse a través de la vía ascética y es esencialmente individual: incluso Epicuro, que muestra ciertas reticencias frente al ascetismo, recomienda mantenerse lo más lejos posible de las preocupaciones de la vida política. En la época helenística solo hay una escuela filosófica que, aun siendo ascética, admite la felicidad pública: se trata del estoicismo. Sin embargo, no parece capaz de modificar la realidad que lo rodea ni de poner en práctica los principios que defiende (por ejemplo, no consigue la abolición de la esclavitud) porque, en parte debido a su ascetismo, se opone al progreso tecnológico.

Como tendremos ocasión de analizar mejor más adelante, en la Europa preindustrial se puso en marcha un proceso cultural —aunque con importantes contribuciones a las dinámicas sociales e institucionales— que provocó que estos conceptos de la felicidad entraran en crisis. Fue fundamentalmente la Ilustración la que introdujo una ruptura total con respecto a las visiones anteriores. Lo hizo de una forma ostentosa, patente incluso en el título de algunas de sus obras. (…)

Desde el punto de vista conceptual, la Ilustración es, por tanto, el movimiento de ideas que consagra una nueva perspectiva en el devenir histórico: la de alcanzar la felicidad aquí, en la tierra, sobre todo a través de la transformación de las instituciones y de las reglas formales e informales que regulan las acciones humanas. Buena parte de los filósofos del siglo XVIII coincidían en la idea de que, mediante intervenciones adecuadas, es posible mejorar las condiciones de todos o, al menos, de la mayoría: el crecimiento no es un juego de suma cero (en el que yo gano lo que tú pierdes), sino un juego de suma positiva (en el que los dos salimos ganando, porque el pastel que tenemos que repartirnos aumenta de tamaño). Se trata de una intuición crucial: en el momento en que se combinó con otra gran novedad de la Europa moderna, a saber, el «conocimiento útil» (o sea, el progreso tecnológico), comenzó a dar forma al mundo en el que ahora vivimos. (…)

***

Parece un paso atrás. En buena medida, lo es. Pero, bien mirado, será en ese contexto donde, mientras empiezan a disiparse las tinieblas del Medievo europeo, se abrirá camino, poco a poco, la convicción de que también es posible alcanzar la felicidad aquí, en esta tierra, y no solo como una meta ascética individual o como un don fortuito, sino como un ideal concreto de la vida social al que ha de tender la humanidad. Con una diferencia fundamental con respecto a la época estoica: la importancia que se da al progreso técnico y científico, a las instituciones y a las ideas que lo favorecen. De la ciudad de Dios pasamos a la «ciudad del hombre»: en esta vida mortal, brota la aspiración de la felicidad pública, que se consolidará en el Siglo de las Luces y, por fin, conducirá al crecimiento moderno, gracias al conocimiento útil y a la legitimación del enriquecimiento personal. Es cierto que, paradójicamente (aunque no tanto), ha sido justo esta aspiración la que ha dado origen también a las mayores tragedias provocadas por el ser humano: las guerras mundiales, que terminaron en la pesadilla del holocausto nuclear, y los crímenes de los regímenes totalitarios. La humanidad le ha robado a los dioses el fuego (como dirían Marx o Mary Shelley), pero ahora no sabe qué hacer con él.

La utopía de un mundo perfecto, de tipo comunista o nacionalsocialista, se hunde en la distopía y en el terror. Pero, entre tanto, también el ideal liberal-demócrata de una felicidad basada en la libertad personal y en el enriquecimiento individual parece diluirse entre las barreras de la «aldea global» que él mismo ha contribuido a crear (tanto la aldea como las barreras). La primera de esas barreras es la desigualdad. Jamás las diferencias económicas, tanto entre pueblos y países como en el interior de los Estados, han sido tan profundas. Y ahora ocurre algo que no pasaba antes: chocan con el ideal proclamado (la igualdad jurídica). Nunca la injusticia ha sido tan difícil de aceptar, ya que mina las bases de la convivencia.

Mientras la desigualdad global hiere el sueño humanista, en el mundo avanzado la felicidad vuelve a replegarse para convertirse en un concepto individual, basado en los placeres materiales, en el hedonismo; en los «paraísos artificiales». Pero se trata de un camino irreal, porque no consigue dar sentido a la vida. O, para ser más precisos, porque, a diferencia de los conceptos anteriores, este no consigue ni siquiera dar la impresión de que la vida tiene sentido. En una sociedad aferrada a valores seculares, esta impresión, que constituye el fundamento de una felicidad terrena, requiere, sobre todo, compartir con el prójimo, es decir, contar con relaciones humanas de calidad que contribuyan a orientar nuestras (libres) decisiones. Merece la pena tener en cuenta que, sin embargo, el ideal que resulta de todo ello —según confirman los estudios e investigaciones— se aleja mucho de la «obsesión por la felicidad» que predomina hoy en día, una especie de distopía basada en pasiones y pulsiones egocéntricas.

Dicho esto, también hay que reconocer que no todo ha salido mal. Ni mucho menos. En este larguísimo recorrido y en el presente nos encontramos más bien con lo contrario. Es verdad que con la revolución agrícola la humanidad se colocó en una situación material y existencial más difícil que la precedente y tuvo que desarrollar un aparato ideológico e institucional que apuntalara unas sociedades que se habían vuelto mucho más opresoras. Sin embargo, más adelante, y gracias al progreso tecnológico, las condiciones materiales mejoraron, y no poco. Muchísimo, de hecho. También el aparato represor y las instituciones del mundo agrícola empezaron a resquebrajarse. La revolución agrícola era inevitable. Sin embargo, aunque empeoró durante milenios la calidad de vida de miles de millones de individuos que formaron parte de ella (aunque no de todos), supuso el primer paso de un largo proceso que evolucionó hacia la revolución industrial y desembocó finalmente en la prosperidad de masas, lo que ha brindado a muchos un nivel de bienestar inimaginable en cualquier otra época anterior de la historia.

Para que todo ello se traduzca ahora en felicidad y sea duradero, es necesario que la «revolución del placer», por llamarla de algún modo, vaya acompañada de una «revolución ética». La buena noticia es que, en este sentido, no faltan las señales positivas: hoy podemos presumir de poseer una conciencia ética «mejor» y más inclusiva en muchos aspectos, y también más atenta a los derechos humanos que en cualquier período precedente. Cabe señalar igualmente que en varios ámbitos (como en la emancipación de las mujeres o en esa nueva sensibilidad ecológica y contraria a la explotación de los animales que se está consolidando) esta transformación ha sido posible precisamente gracias al desarrollo tecnológico, que ha llevado a considerarla necesaria. Con todo, también existen obstáculos. Los problemas candentes a que ha dado lugar la tecnología (la cuestión medioambiental, la proliferación nuclear, las desigualdades) hacen temer que el cambio que ya está en marcha será lento, de todas formas. También está la necesidad de conciliar, en un único escenario que abarca el planeta entero, ideologías y visiones del mundo que son radicalmente distintas. Es fácil entender que resulta imprescindible abordar ambos aspectos, sobre todo si nos guiamos por un ideal de felicidad que conjugue bienestar material, relaciones sociales y libre búsqueda del «sentido de la vida».

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