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Fernando Vallejo durante el encuentro con sus lectores en la FILBogotá 2019. /WMgazín

Fernando Vallejo, el escritor más político y provocador tratado como estrella de rock

El novelista colombiano se encuentra con sus lectores en la FILBogotá por su gran libro: 'Memorias de un hijueputa'. WMagazín lo acompañó en toda la jornada para que seas testigo en este fotorrelato de cómo el autor es un terremoto que supera sus propios grados en la escala Vallejo

En mitad de los aplausos que cierran su conversación, Fernando Vallejo se levanta, se despide con la mano en alto, da media vuelta y se encamina hacia la parte de atrás del escenario, pero cuando entra en la penumbra se detiene un momento, se gira como imantado por los aplausos. El escritor desanda sus pasos, sonriente, llega al borde del escenario donde docenas de lectores lo reclaman a sus pies mientras le piden que los mire para tomarle fotos con los celulares. Una mujer se abre paso por los seis escalones que la separan del escritor pidiéndole que la deje pasar para tomarse una foto con él. Vallejo accede y la mujer sube rápida mientras le grita:

-Aunque no creas en el amor, yo te amo.

Y pone su cabeza sobre pecho del escritor mientras otra persona le toma la foto.

Fernando Vallejo inexpugnable, irreverente, irónico, intratable, provocador y destroyer al borde del escenario con una sonrisa tímida entre feliz y conmovido por la algarabía de expresiones de afecto que levanta. Sus ojos no se ven porque las docenas de bombillas amarillas del techo destellan sobre los cristales transparente de sus gafas.

Aclamado como una estrella del rock.

Había cumplido con el ritual. Acabada la actuación-charla se despidió en medio de los aplausos como de peticiones de “otra”, pero justo antes de perderse en la oscuridad del fondo del escenario dio media vuelta para complacer a su público.

Esta vez sin hablar, en completo silencio, solo escuchando a sus lectores… mira a un lado y a otro…

Él es la voz de millares de personas por decir en alto lo que muchos piensan de la política, la religión, la corrupción, la sociedad. De la vida y el mundo. Despotrica de todo eso con resonancias fascistas cuyo resorte es hacer reaccionar desde el extremo.

Cada libro suyo es un temblor y estas Memorias de un hijueputa (Alfaguara) superan los grados de intensidad de su propia escala de Vallejo para goce de sus lectores. Y no lectores. Saben que diga lo que diga, lo compartan o no, está escrito con la fuerza de la belleza del lenguaje que él usa como pocos.

Setenta y cinco minutos antes Fernando Vallejo había llegado casi de incógnito por la puerta de atrás del Auditorio José Asunción Silva de Corferias, principal espacio de la 32ª Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Son las dos y cuarenta y nueve minutos del sábado 27 de abril de 2019. Adriana Martínez, editora de Alfaguara en Colombia, espera al escritor. Lo ve entre la gente y lo saluda, sonríen. Toca la puerta. Se abre, y dejan atrás la tarde soleada para entrar en la oscuridad de un salón sin luces y de paredes negras.

Fernando Vallejo, de espalda, habla con Guillermo Camacho, su editor en Dinamarca. /WMagazín

Están sobre la hora. La charla empieza a las tres. Otro hombre toca la puerta y dice al muchacho encargado del acceso que él es el editor de Vallejo en Dinamarca. El joven va hasta donde el escritor y se lo dice:

-Sí, sí, déjalo pasar – al tiempo que se dirige hacia la puerta.

-Fernando, soy Guillermo Camacho, tu editor en Dinamarca. Edité Mi hermano el alcalde.

– Ah! Sí, ¿qué tal hombre?

Tras el saludo hablan un momento. Camacho le pide hacerle una entrevista en vídeo. Vallejo, reticente a hablar con los medios, y más en esta ocasión donde no ha concedido ninguna entrevista, accede.

Fernando Vallejo en una entrevista en el camerino del auditorio José Asunción Silva, de la FILBo. /WMagazín

Los dos entran a un camerino grande acompañados por otro hombre que lleva la cámara. Abren la puerta negra que guarda detrás la única luz de aquel rincón del auditorio. La iluminación la potencia un gran espejo horizontal sobre la pared con un marco de madera donde hay pequeñas bombillas como en los camerinos de los teatros, de las estrellas. Solo hay luz y un florero con un enorme ramo de pequeñas flores rojas y blancas con muchas hojas verdes con una cinta roja que en letras blancas dice el nombre de las flores por si alguien tiene dudas: Astromelias.

Dejan la puerta casi cerrada y empiezan a grabar. Mientras llega Mario Jursich, editor del Fondo de Cultura Económica de Colombia, encargado de conducir la conversación. De sonsacarle lo más que pueda a Vallejo.

Fernando Vallejo abraza veloz a Mario Jursich. /WMagazín

La puerta del camerino se abre y corta como una espada de luz la oscuridad. Vallejo sale y Jursich se acerca. Se abrazan. Luego el fotógrafo de la feria le pide que pose. En esas llega Sandra Pulido Urrea, directora de la FILBogotá. Se saludan. Vallejo pregunta cómo será la charla. Adriana Martínez le explica que se sentarán en el centro del escenario y Mario Jursich le hará preguntas de la novela: Memorias de un hijueputa.

Es una de sus obras más políticas y controvertidas y más arriesgadas por el paso que da en su intención de señalar los «males» y arrasar con ellos, algunos con nombres propios de expresidentes con un lenguaje más vivo y encabritado que nunca. La narración avanza como un torrente imparable que por momentos se convierte en rápidos o cachiveras, como le dicen en la selva amazónica, sin tregua, sin descanso.

«Colombianos: atropelladores, paridores, carnívoros, cristianos, ¿hasta cuándo van a abusar de mi paciencia? ¿Piensan que van a seguir impunes como hasta ahora, de fiesta en fiesta sentados en sus culos viendo darle patadas a un balón?.

Empecé como presidente, seguí como dictador y hoy ando de tirano superándome en mis hazañas. Idos son los tiempos en que fusilaba».

Es el Vallejo más cristalino y exaltado, y a la vez reposado, en una voz, su voz de siempre, pero más profunda, sincera y contundente. Una voz que aquí es una sola voz que recoge las voces de millares de personas sin pelos en la lengua.

El rumor del escenario aumenta.

Fernando Vallejo antes de salir al escenario. /WMagazín

Una muchacha se acerca y les dice que ya van a ser las tres. Que salvo Vallejo y Jursich los demás tienen reservada la primera fila para sentarse. Se van. Solo queda con ellos Adriana Martínez. Caminan y quedan casi en la frontera de la oscuridad y la luz del escenario. El rumor del escenario crece.

A las tres en punto, la muchacha les dice que ya pueden salir. El auditorio lo espera.

Auditorio José Asunción Silva, de Corferias. /WMagazín

Fernando Vallejo atraviesa rápido el escenario y el murmullo se transforma en aplausos.

Le pasan un micrófono:

-¡Hola youtubers!

Suenan risas entre los aplausos. Jursich empieza a preguntarle. Los cincuenta minutos se suceden en una montaña rusa de aplausos risas y las palabras de Vallejo, y más aplausos cuando se dice, por ejemplo, que en la novela el protagonista, que es un tirano en el poder, mata a los expresidentes de Colombia.

Fernando Vallejo saluda a sus lectores. /WMagazín

Vallejo empieza por aclarar que aunque vive hace muchos años en México, en realidad, él nunca se ha ido de Colombia.

-Me he ido, pero he vivido siempre aquí.

Jursich dice que la novela entra en el género de obras sobre dictadores que en su momento hicieron varios autores latinoamericanos.

-Empezó con Tirano Banderas, de Valle-Inclán. Pero Valle-Inclán no sabía que se hablaba un español diferente en 22 países. Y ni siquiera lo sabe la RAE.

Luego están Roa Bastos con Yo el supremo, Miguel Ángel Asturias con El señor presidente, García Márquez con El otoño del patriarca.

Son obras con narradores omniscientes sin dar la cara. Yo lo hago en primera persona, dando la cara porque siempre doy la cara.

Panorámica del Auditorio José Asunción Silva. /WMagazín

Mario Jursich le pregunta por Vladimir Nabokov.

-Para mí en la historia de la literatura va a quedar Lolita. Es un libro hermosísimo. Pero Nabokov era cobarde. Nunca defendió a Humbert Humbert. Lolita es un monstruo. Él es un santo, pero allí está el puritanismo de Estados Unidos.

La música está presente en Memorias de un hijueputa. Defenestra a algunos grandes músicos.

-Ni Mozart ni Chopin llegan a nada con un porro de José Barros. Lo más hermoso es el baile con los instrumentos musicales.

Ionesco sale en la conversación porque Vallejo ha escrito que su hermano Darío lo vio en Bogotá. «¿Pero qué hacía Ionesco en Colombia? Yo he buscado y no tengo registro de su visita», dice Jursich.

-¿Qué hacía Ionesco aquí si no le gustaba la coca? Él es más absurdo y loco que yo.

El público escucha atento las palabras de Vallejo. /WMagazín

Luego confesó que él en México vivió de la psiquiatría.

-Era psiquiatra con los albañiles que trabajaban en un edificio que estaban construyendo en frente de donde yo vivía.

El auditorio ríe al unísono. «Menos mal que entendieron el chiste», dice Jursich.

El conocimiento y admiración por El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, de Cervantes, sale a relucir.

-Sentía que mis novelas eran como El Quijote porque había cosas loquísimas. Cervantes era un mal prosista. Una de las genialidades de Cervantes es que puso a decir muchas cosas en boca de un loco. Por eso no fue a la Inquisición. Don Quijote es el lenguaje. Don Quijote es un diálogo, no una narración.

Fernando Vallejo y Mario Jursich. /WMagazin

Mario Jursich le pregunta por algunos pasajes de la novela. Vallejo dice que no se acuerda de dónde salieron. Entonces pasa a: ¿Cuándo el insulto adquiere categoría literaria?

– El insulto se eleva a categoría literaria cuando blasfema y se convierte en profundidades teológicas… Yo salí muy bueno para blasfemar.

Jursich le pregunta qué opina sobre lo que dicen algunos de que la novela debe tener moral.

-La que tiene que tener moral es la sociedad que nunca la ha tenido; y las tres religiones monoteístas en las que nunca ha habido moral.

¿Cómo lo trata la gente en la calle, qué le dicen? Pregunta Jursich.

-Curiosamente toda la gente que se me acerca me dice que están conmigo.

¿Y qué candidato o político le faltó por matar en la novela?

-No me quedó faltando sino Petro.

De pronto empiezan a hablar sobre el fin de la existencia. Jursich pregunta por una frase: «porque el reloj ya se va a parar”. ¿Por que dice eso?

-Es evidente…

¿Hay algún libro pendiente?

-Solo lo tengo pensado que será Escombros. De color negro.

Y un aplauso cierra la conversación.

Fernando Vallejo. /WMagazín

Vallejo y Jursich se levantan de los sillones. Vallejo se quiere ir, pero los aplausos lo retienen unos segundos. Finalmente da la vuelta y se va en busca de aquel rincón oscuro de donde salió. La gente de pie o sentada aún en sus butacas lo siguen aplaudiendo. Vallejo no se detiene en su camino, pero cuando está a punto de entrar en la sombra se detiene, se gira hacia el público que lo imanta con los aplausos y lo trae hasta el borde del escenario.

Vallejo vuelve al escenario. /WMagazín

Sonríe tímido. Conmovido. Las docenas de bombillas amarillas del techo  destellan sobre los cristales de sus gafas. A sus pies la gente lo alaba y le grita:

¡Aquí, aquí maestro, una foto!

¡Fernando, una foto, aquí!

¡Maestro aquí atrás!

Vallejo con sus lectores. /WMagazín

Y él se mueve lento de un lado a otro, como perdido, sin saber hacia dónde ir. Está solo. Una mujer con un vestido de flores tropicales se abre paso y llega a la escalinata que la lleva hasta el escenario. Le pide que la deje subir para tomarse una foto. Vallejo la mira y sin dejar de sonreír asiente varias veces con la cabeza; la dejan pasar mientras ella levanta la cabeza para poder mirarlo a la cara al tiempo que su voz se abre paso en la algarabía:

-Aunque no creas en el amor, yo te amo.

Y sin dejar de mirarlo descansa su cabeza sobre pecho del escritor que se queda quieto como un pajarito asustado, y feliz.

Fernando Vallejo y una de sus lectoras. /WMagazín

 

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Un comentario

  1. Iconoclasta consumado. Encuentra la belleza literaria en la diatriba y el caos. Deblos pocos escritores excelsos en desarrollar novelas en primera persona. Grande vallejo!

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