Museo de la Casa del telegrafista en Aracataca, que fue la profesión del padre de García Márquez. /Fotografía de WMagazín

García Márquez y su aldea global

MACONDO DÍA 2: El biógrafo inglés del escritor colombiano imbrica en esta ponencia la vida y la obra del autor de 'Cien años de soledad', rastrea el proceso que vivió el escritor para llegar hasta ella y analiza su capacidad visionaria

“Gabriel García Márquez, nacido en Colombia en 1927, es el escritor más célebre que ha dado el ‘tercer mundo”. Así empieza Gerald Martin su monumental biografía dedicada al  autor de obras como Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba y El amor en los tiempos del cólera. La publicó en 2009, después de casi veinte años de investigaciones, viajes, entrevistas y miles de lecturas bajo el título de Gabriel García Márquez. Una vida (Debate). El catedrático de Pittsburgh, investigador y prestigioso crítico literario es uno de los más importantes estudiosos y expertos internaci0nales en literatura latinoamericana, así lo demuestran libros como Journeys Throught the Labyrinth: Latin American Fiction in the Twentieth Century (1989) y la traducción (1975) y edición crítica (1981) de Hombres de maíz, de Miguel Ángel Asturias.

Martin fue el pasado mes de julio uno de los conferenciantes invitados por la Cátedra Mario Vargas Llosa al homenaje que esta rindió al medio siglo de Cien años de soledad en la programación de los Cursos de Verano de la Universidad Complutense de Madrid en El Escorial (Puedes ver AQUÍ el vídeo de la charla de Vargas Llosa sobre García Márquez). El biógrafo llevaba una larga ponencia para ser leída, pero en el último segundo optó por convertir su hora y media en una charla teniendo como guía su propio texto, saltando algunos pasajes o reduciéndolos. Fueron dos horas muy amenas y magistrales de información, anécdotas, reflexiones y análisis. WMagazín publica el texto íntegro en el cual, a través de cinco apartados, Gerald Martin imbrica la vida y la obra del escritor colombiano y analiza por qué fue un visionario.

Gerald Martin en El Escorial, en julio de 2017. / Fotografía de Winston Manrique

I Mi historia y la de 'Cien años de soledad'

Es el aniversario de los cincuenta años de la publicación de Cien años de soledad y voy a empezar con mis recuerdos de mi primera lectura de esa novela. No solamente por razones nostálgicas, sino porque pienso que puede ser interesante —es más: puede ser iluminador— recrear esa primera lectura que impactó más que cualquier otro libro en la historia de América Latina. Es muy difícil hablar de esta novela porque no ha habido un libro exactamente como este en la historia de la literatura mundial: es de lectura fácil y, sin embargo, muy difícil de penetrar.

Yo no leí Cien años de soledad en 1967, en Londres, donde por primera vez oí mencionar el título; ni en Buenos Aires, donde se publicó; sino en Ciudad de México, en octubre de 1968, el mes en que tuvieron lugar la masacre de Tlatelolco en la capital mexicana y la Revolución Militar del general Velasco en Perú. Compré mi ejemplar de Cien años de soledad frente al Palacio de Bellas Artes en el centro de la ciudad y volví a mi casa. Y empecé a leer. ¡Boom! La primera frase era diferente de todo lo que yo había leído antes en mi vida. Bueno, todo está cambiando siempre, todo en la vida es diferente, pero esa frase lo era más:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Yo era muy joven pero solo una vez había tenido un impacto decisivo, ese sentimiento de ¡aja!, esto es para siempre, lo voy a recordar siempre, aquí se está diciendo algo para siempre. Me estoy refiriendo al Quijote, de Cervantes, obviamente, otra novela que resume toda su problemática y todos sus detalles cruciales en la primera página. El primer párrafo lo conocen todos ustedes y comienza así:

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”.

Y el segundo párrafo comienza de esta manera:

“Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que leer; y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos….”

Ahí está el personaje y ahí está la España del siglo diecisiete. ¿Cómo va a llenar nuestro autor, Cervantes, mil páginas más basadas en este personaje ya resumido en la primera página?

Pero volvamos a Cien años de soledad. Al llegar al final de la primera página me di cuenta, muy oscuramente, de que estaba leyendo algo absolutamente trascendental, algo mundialmente histórico —“world-historical” decimos en ingles. ¡Boom! El mundo había cambiado y América Latina ya estaba dentro del mundo. El mundo había cambiado y América Latina lo había cambiado.

Bueno, la vida es cambio. Cada línea de cada libro nos cambia. Porque cada experiencia, cada cosa minúscula que nos pasa nos cambia, cada acontecimiento, incluidos los acontecimientos mentales, nos cambian. Y todo cambio es, por definición, irremediable. Lo sabemos. También lo olvidamos. Todos los días, a cada minuto. Pero yo nunca he olvidado el antes y después de Cien años de soledad, nunca he olvidado la manera en que esa primera línea y esa primera página empezaron —empezaban— a cambiarme, a cambiar mi percepción de América Latina, de la literatura latinoamericana y de la historia latinoamericana. Más tarde descubriría, todos empezaríamos a descubrir, que al cambiar nuestra percepción de América Latina, Cien años de soledad había cambiado la América Latina misma.

Para comprender ese cambio nos hacía falta el tiempo, el paso de la historia. El de García Márquez era un universo de un ser primordial, de verdad original, de temporalidad extática, algo así como el universo que Heidegger percibió a través de los pensadores presocráticos de la antigüedad griega, especialmente Parménides. Lo que siento ahora es que García Márquez nos había adelantado a todos gracias a la manera en que él había regresado al pasado.

Mis dos adjetivos favoritos garciamarquianos son ‘diáfano’, cuya primera aparición en el libro está en su primer párrafo, y ‘radiante’. Así me pareció su novela desde la primera página. Tan transparente que no tenía una dimensión interior. Y al mismo tiempo, y por eso mismo, a pesar de ser todo luz, resultó también, de alguna manera, totalmente oscura. Parecía absolutamente accesible y, sin embargo, imposible de explicar.

Cincuenta años después resulta casi imposible recrear aquellas impresiones instantáneas para los que no estaban vivos en aquella época. A mí me costó veinte años llegar a cierta comprensión satisfactoria de todos los niveles de una novela que en aquel entonces no parecía tener, precisamente, niveles, no parecía tener estratos temáticos. Y las grandes elucidaciones críticas, las lecturas indispensables e imprescindibles, aun no existen hoy en día. ¿Quién ha ido más allá de la brillante exegesis de Mario Vargas Llosa, en 1971, en su Historia de un deicidio? A lo mejor estamos, recién, empezando. Hace poco Fredric Jameson, que está entre los mejores críticos culturales y literarios a nivel planetario, un hombre incluso más viejo que yo, e infinitamente más brillante, publicó un estudio extraordinario de Cien años de soledad en el London Review of Books. Un hito y un punto de referencia, indudablemente. Y, sin embargo, Jameson revela una familiaridad muy relativa con la historia de la literatura latinoamericana y un conocimiento francamente deficiente de la vida del autor. Ambas cosas son necesarias, hoy en día, para leer e interpretar una obra literaria —o al menos esta obra literaria, en este momento histórico.

Alla en 1967, América Latina seguía siendo nueva, el más nuevo de todos los mundos nuevos. Todo el mundo lo sabía. Su revista literaria más conocida, lanzada en 1966, se titulaba, precisamente, Mundo Nuevo. América Latina, por enésima vez, se estaba volviendo a descubrir. Y la Revolución Cubana la había vuelto incluso más nueva todavía —después de todo, ¿que podría ser más nuevo, en los años 60, que una revolución caribeña y tercermundista? La mayoría de los críticos e historiadores intuyeron que la Revolución Cubana tenía algo que ver con todas aquellas novelas nuevas de superficies tan brillantes.

El más nuevo de todos esos libros nuevos era, indudablemente, Cien años de soledad. Continuando con su primer párrafo se lee: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. La novela está hablando, en cierto sentido, de sí misma. Porque como ya mencioné, ese libro era tan nuevo que durante muchos años era difícil verlo y mucho más difícil comprender sus intenciones más profundas.

La explicación es muy sencilla. Cien años de soledad inauguraba una nueva época. Esta afirmación se repite cada año en las contraportadas de muchos libros muy distintos. Pero a muy pocos libros se brinda el privilegio de clausurar una época y abrir otra nueva. Y hay más. Clausurar una época y abrir otra nueva es el tema central de la novela de García Márquez.

Y hay más todavía. América Latina sigue estando —siendo— en la época que Cien años de soledad desveló, o desenmascaró, como diría Heidegger. Y también lo está, diríamos otras partes del mundo.

 Algo que no me sorprendio fue el llamado realismo magico de García Márquez. Yo estaba preparando una tesis doctoral sobre Miguel Ángel Asturias y sabía muy bien que García Márquez no era el descubridor de esa manera de ver y narrar el mundo. Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier y Mario De Andrade lo habían descubierto/inventado en los años veinte, como producto de sus propias alternancias —vaivenes los llamaría Asturias—entre París y las diferentes capitales y regiones de América Latina y entre el surrealismo y la realidad latinoamericana; y Jorge Luis Borges me había demostrado la distinción entre realismo mágico —una etiqueta imposible de descartar, en mi opinión, inseparable ya de la identidad literaria y cultural del continente—, entre el realismo mágico y la literatura fantástica más familiar en la historia de la literatura europea. García Márquez no inventó el realismo mágico pero es lícito afirmar que alcanzó la versión más perfectamente elaborada y también, indudablemente, la versión más influyente.

Estación de tren de Aracataca en la actualidad.

II La prehistoria de García Márquez novelista

Si hablamos de novedades él, García Márquez, en 1967, no era nuevo. Tenía cuarenta años. Cuando comenzó a escribir Cien años de soledad en 1965 ya había escrito cinco novelas, tres terminadas y publicadas —La hojarasca, La mala hora y El coronel no tiene quien le escriba— y dos novelas inconclusas, La casa (es decir, Cien años de soledad en embrión) y El otoño del patriarca; además de un libro de cuentos, Los funerales de la Mamá Grande, y muchos otros cuentos dispersos. Empezó a escribir La casa cuando tenía 15, 17, 19 o 21 años.

La casa

García Márquez estuvo obsesionado con su niñez a la vez solitaria y mágica y con la casa donde nació y se crio. La casa de su abuelo. La casa de un coronel. La casa de su madre desaparecida. Aunque nunca, jamás, la casa de su padre. Durante dos años llevó esa casa consigo, como un caracol, escrita en un enorme rollo de papel y nunca la abandonó del todo. Pero poco a poco iba descubriendo que para construir su casa literaria le hacía falta recrear el pueblo entero y para comprender el pueblo le hacía falta comprender el mundo. Esa novela tendría que metamorfosearse, muy lentamente, en otra. Pero él no veía cómo.

La hojarasca

Hizo otra cosa: un proyecto más limitado pero con la misma finalidad: recordar la casa donde nació en una novela con muy pocos personajes. Así escribió La hojarasca, su primera novela, entre 1950 y 1952. La envió a Buenos Aires para competir en una especie de concurso literario organizado por la Editorial Losada pero fue rechazada por el administrador del premio, el crítico español Guillermo de Torre, residente en Buenos Aires, quien le escribió a García Márquez diciéndole que no tenía futuro como novelista y sería mejor que buscara otro oficio en la vida. García Márquez quedó devastado pero sus amigos lo consolaron y lo animaron, así que siguió elaborando su novela y la publicó en 1955, poco antes de viajar a Europa como corresponsal del periódico bogotano El Espectador.

A pesar del veredicto de Guillermo de Torre, La hojarasca es una novela impresionante y, en muchos aspectos, extraordinaria para un joven de 23 años en la América Latina de entonces. Poco más de 15 años después del gran periodo modernista de lecturas, en el sentido anglo-americano, de James Joyce, William Faulkner y Virginia Woolf, el joven García Márquez escribió una de las primeras novelas modernistas de América Latina, inspirado especialmente por Faulkner, Mientras agonizo, y Woolf, Al Faro. Toda la acción de la novela transcurre entre las 2.00 y las 2.30 del día 12 de septiembre de 1928. Sus tres personajes centrales, que podrían ser el niño García Márquez, su madre Luisa Santiaga Márquez Iguarán y su abuelo materno, el famoso coronel Nicolás Márquez, están esperando la llegada del tren. (El tren, me enteraría yo después, que venía a Aracataca desde Santa Marta pasando por la pequeña estación de Macondo.) Y esos tres personajes, cado uno encerrado dentro de la soledad de su propia conciencia, recuerdan, mientras pasan esos treinta minutos, los acontecimientos más importantes de sus vidas y temen lo que va a pasar en el futuro.

Una novela impresionante, pues. Y una novela situada en una aldea o pequeño pueblo colombiano con un nombre que después llegaría a ser famoso en el mundo entero: Macondo, que es el seudónimo o nombre de pluma, como dicen los franceses, del pueblo en el que nació García Márquez en 1927: Aracataca. Y ha llegado a ser, de vez en cuando, el nombre de Colombia; e incluso el de América Latina.

El coronel no tiene quien le escriba

En París, entre 1955 y 1956, García Márquez tomó otra ruta. Se volvió más políticamente comprometido y decidió que la época y la política exigían una perspectiva literaria más directa y más sobria: optó por el realismo, o, más bien, el neorrealismo, inspirado por el cine italiano de la posguerra, la vena cinematográfica que más le impresionaba en aquellos tiempos. Empezó una novela que tituló En este pueblo de mierda pero que eventualmente se llamaría La mala hora; aunque después de algunos meses abandonó el proyecto original y se enfocó en el personaje que más le interesaba, otro coronel colombiano de un pueblo chico en la época colombiana de la Violencia, los años cincuenta —es decir situada en momentos en que la escribió. El nuevo libro lo terminó en pocos meses y se tituló El coronel no tiene quien le escriba. Tardaría muchos años en convertirse en el clásico que es hoy —además de ser una novela realista también es un poema— y García Márquez siguió frustrado y convencido de que su vida era un fracaso y que su gran día nunca iba a llegar.

Entre La hojarasca y El coronel no tiene quien le escriba se podría resumir la historia de la literatura de la primera mitad del siglo XX —entre el realismo y el ‘modernismo’ en el sentido angloamericano. Solo que García Márquez hace las cosas al revés.

Siendo un coronel su personaje central y teniendo lugar su acción en un pueblo pequeño colombiano en la década de los cincuenta, los lectores y los críticos supusieron, durante muchos años, que el pueblo descrito en El coronel no tiene quien le escriba tenía algo que ver con el pueblo llamado Macondo que había sido descrito en La hojarasca.  Sin embargo, el pueblo está basado en el pueblo fluvial de Sucre donde su padre montó un consultorio homeopático. Toda la familia se fue a vivir allí en 1940, y se quedaron por los siguientes once años. Al joven Gabriel lo enviaron al colegio en la ciudad de Barranquilla, y en 1943 se ganó una beca para estudiar en un internado nacional en el pueblo de Zipaquirá, cerca de la capital, Bogotá.

Es importante comprender que hay dos aldeas fundamentales en la vida y la obra de García Márquez: Macondo/Aracataca, a ochenta kilómetros del mar y rodeada de plantaciones bananeras (una de las cuales se llamaba, precisamente, Macondo), a la que se llegaba en tren; y un pueblo sin nombre, llamado precisamente ‘el pueblo’, basado en la aldea mucho más inaccesible de Sucre.

Macondo/Aracataca es el lugar de la infancia de García Márquez, el lugar donde nació y donde vivió con su abuelo materno, el coronel Nicolás Márquez; es el lugar de la madre, el lugar de los mitos y, eventualmente, literariamente hablando, el lugar del realismo mágico. En cambió, el pueblo llamado ‘el pueblo’ es el lugar de la adolescencia, el lugar del padre, el lugar de la violencia colombiana que dominó la juventud de García Márquez, un lugar represivo y sombrío y, literariamente hablando, un lugar sometido al realismo filosófico y literario.

Plaza principal de Aracataca.

III 'Cien años de soledad' y la historia latinoamericana según sus pensadores

En 1965 Gabriel García Márquez, frustrado por casi todo lo que había hecho en la vida, descubrió, en el camino de sus vacaciones a Acapulco, México, el camino a la composición de La casa, el libro de su adolescencia. Se había quedado arrinconado psicológicamente en esa casa. En La hojarasca situó la casa dentro de su pueblo de origen: Aracataca/Macondo. Ahora el pequeño Gabito se relaciona con el Gabo adulto y Macondo se relacionará con Colombia, con América Latina y con todo el llamado Tercer Mundo. Ha sido un largo viaje por la vida y por la literatura.

A pesar de ser —y lo es— una obra mágicorrealista, Cien años de soledad contiene una mayor variedad de contenido relacionado con la psicología social, la economía, la política y la historia de las ideas que todas las obras latinoamericanas que la precedieron.  Es, en ese sentido, entre muchas otras cosas, una novela social-realista. La verdad es que el llamado realismo mágico es un fenómeno modernista (el tipo de novela —un realismo hiper-sofisticado— que se escribió entre Madame Bovary y las pirotecnias de Joyce, Faulkner y Virginia Woolf) pero aplicado a ese mundo híbrido que es América Latina. ¿Cuál es el secreto, el aspecto fundamental? Que el autor narra la mayor parte de su libro desde la perspectiva de sus personajes y en el resto se disfraza detrás de otras voces —por ejemplo, en esta novela, las perspectivas— especialmente las perspectivas pesimistas —de los grandes pensadores latinoamericanos, casi todas ellas sutilmente ironizadas: aquí pululan las ideas de Sarmiento y Rodo (civilización versus barbarie, Ariel versus Calibán), Carlos Octavio Bunge y Alcides Arguedas (el continente enfermo), el Conde de Keyserling (la realidad del pantanal primigenio y la tristeza criolla), Ezequiel Martínez Estrada (el continente de las ilusiones y los espejismos), Eduardo Mallea (la incomunicabilidad) y, sobre todo quizás —Héctor Murena (los pecados originales de la violencia y el incesto). Pero García Márquez elabora su laberinto para liberarla, hasta cierto punto. Demuestra que los mitos son interminables y difíciles de descifrar, pero también nos demuestra que cada mito tiene su historia.

Entre muchas otras cosas, Cien años de soledad es un reflejo vertiginoso de la interacción entre mitos filosóficos y realidades sociales y políticas y que nada, en este laberinto de espejos e ilusiones es lo que parece. Sigo pensando que si no se entiende que la novela es un juego infinito de ironías, casi todas escondidas debajo de la superficie plana e imperturbable de la narración —ese tono que recuerda, según García Márquez, la manera en que su abuela narraba las cosas más supersticiosas y más alucinantes— si no comprendemos esto, repito, el libro termina siendo un caos cuando es, en realidad, un engranaje cuidadosamente concebido y armado. En otras palabras, es un libro irónico como pocos.

Indudablemente América Latina es el continente de la soledad. De la soledad y la distancia. Hay soledad porque el nuevo mundo es un mundo vacío. Vacío, en primer lugar, de europeos o cristianos, porque son la minoría. Se sienten solos. Vacío, también, de indígenas, porque un gran porcentaje de los habitantes originales fueron aniquilados durante la conquista y la colonia, aunque durante mucho tiempo siguieron siendo mayoría. Y vacío en el sentido de vasto y desconocido y lejano, un mundo de vacíos que hace falta llenar de significados, significados que nunca llegan, o solo llegan a medias y casi siempre terminan siendo ilusorios o falsos.

Y, obviamente, América Latina está vacía de significados en parte porque está lejos de Europa y porque está, históricamente, casi totalmente desconocida en el mundo, incluso en la España y el Portugal que la fundaron. Y porque parece que América Latina no importa, que es desconocida porque no importa, no tiene un papel, no tiene una función en el planeta. No tiene una identidad.

Si volvemos a El coronel no tiene quien le escriba, encontraremos una escena en que el coronel, en ese pequeño pueblo sometido al toque de queda impuesto por la dictadura, conversa con su médico:

“El médico abrió los periódicos. -Todavía el problema de Suez -dijo, leyendo los titulares destacados-. El occidente pierde terreno.

El coronel no leyó los titulares. Hizo un esfuerzo para reaccionar contra su estómago. «Desde que hay censura los periódicos no hablan sino de Europa», dijo. «Lo mejor será que los europeos se vengan para acá y que nosotros nos vayamos para Europa. Así sabrá todo el mundo lo que pasa en su respectivo país.»

-Para los europeos América del Sur es un hombre de bigotes, con una guitarra y un revólver -dijo el médico, riendo sobre el periódico-. No entienden el problema.”

 

Y volvamos al primer párrafo de Cien años de soledad:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

Y ahora escuchemos al filósofo mexicano Leopoldo Zea, basándose en filósofos como Hegel y Ortega y Gasset y hablando más o menos en 1950 de la inautenticidad fundamental de la historia latinoamericana:

“Mientras… el resto del mundo marchaba, progresaba, hacía historia, Hispanoamérica seguía siendo un continente sin historia, sin pasado, por estar éste siempre presente. Y si tenía historia no era una historia consciente. Hispanoamérica seguía negándose a considerar como parte de su historia a un pasado que no había hecho. La Colonia no era historia suya; pero tampoco aceptaba como tal la serie de luchas por emanciparse de la misma. Esto era pura anarquía de la cual se avergonzaba. Nada quería tener que ver con esa serie de luchas, de revueltas, violencias y alternativas entre dictaduras y anarquías. En la historia hecha no encontraba nada constructivo, nada de aquello que aspiraba a ser. Y sin embargo, pese a todo esto, el hispanoamericanismo iba haciendo historia, no la historia que hubiera querido hacer, sino su historia. Una historia muy especial, sin negaciones o asimilaciones dialécticas. Una historia llena de contradicciones que no acababan por sintetizarse. Pero historia al fin y al cabo. La historia que ahora a los hispanoamericanos de mediados del siglo XX toca negar dialécticamente, esto es, asimilar”, Fin de cita.

Y finalmente escuchemos a Octavio Paz, en su famoso ensayo El laberinto de la soledad, publicado, también, en 1950:

“O’Gorman acierta cuando ve a nuestro continente como la actualización del espíritu europeo, pero ¿qué ocurre con América como ser histórico autónomo al enfrentarse a la realidad europea? Esta pregunta parece ser el tema esencial de Leopoldo Zea. Historiador del pensamiento hispanoamericano —y, asimismo, crítico independiente aun en el campo de la política diaria— Zea afirma que, hasta hace poco, América fue el monólogo de Europa, una de las formas históricas en que encarnó su pensamiento; hoy ese monólogo tiende a convertirse en diálogo. Un diálogo que no es puramente intelectual sino social, político y vital. Zea ha estudiado la enajenación americana, el no ser nosotros mismos y el ser pensados por otros. Esta enajenación —más que nuestras particularidades— constituye nuestra manera propia de ser. Pero se trata de una situación universal, compartida por todos los hombres. Tener conciencia de esto es empezar a tener conciencia de nosotros mismos. En efecto, hemos vivido en la periferia de la historia. Hoy el centro, el núcleo de la sociedad mundial, se ha disgregado y todos nos hemos convertido en seres periféricos, hasta los europeos y los norteamericanos. Todos estamos al margen porque ya no hay centro…

Y ahora, de pronto, hemos llegado al límite: en unos cuantos años hemos agotado todas las formas históricas que poseía Europa. No nos queda sino la desnudez o la mentira. Pues tras este derrumbe general de la Razón y la Fe, de Dios y la Utopía, no se levantan ya nuevos o viejos sistemas intelectuales, capases de albergar nuestra angustia y tranquilizar nuestro desconcierto; frente a nosotros no hay nada. Estamos al fin solos. Como todos los hombres. Como ellos, vivimos el mundo de la violencia, de la simulación y el “ninguneo”: el de la soledad cerrada, que si nos defiende nos oprime y que al ocultarnos nos desfigura y mutila. Si nos arrancamos esas máscaras, si nos abrimos, si, en fin, nos afrontamos, empezaremos a vivir y pensar de verdad.

Nos aguardan una desnudez y un desamparo. Allí, en la soledad abierta, nos espera también la transcendencia: las manos de otros solitarios. Somos, por primera vez en nuestra historia, contemporáneos de todos los hombres.”

Octavio Paz tenía razón, pero solo con relación a los intelectuales.

Yo podría citar a veinte pensadores más pero estos dos fragmentos resumen muy bien lo que pasa en Cien años de soledad. La novela nos narra la trayectoria entre una América Latina ensimismada y colonial y neocolonial y una América Latina ya contemporánea de todos los pueblos del mundo, aunque todavía muy pocos latinoamericanos lo saben (entre ellos, naturalmente, García Márquez y los últimos personajes de su novela). Los marxistas dirían —habrían dicho— que este fue el final de la primera etapa del desarrollo desigual.

Al comienzo de Cien años de soledad sus personajes solo conocen su propio mundo: no tienen la ventaja de ver su realidad desde la perspectiva de otra realidad, el mundo de afuera. Por eso son incapaces de comprender lo que pasa aun en su propio mundo. Están enajenados, en ambos sentidos de la palabra. (Me hace pensar un poco en el estado actual de mi propio país con el famoso Brexit.) Y nos hacen reír: nada termina como ellos esperan; todo en la vida los sorprende; todos ellos fracasan; casi todos terminan frustrados; pocos consiguen comunión y comunicación con otras personas. Son incapaces de conseguir sus propósitos, de volverse productivos, de romper los círculos viciosos en que se encuentran atrapados. Es decir, fracasan absolutamente en la búsqueda de su identidad, en la búsqueda de la agencia histórica, resultan siempre ser ecos impotentes de la historia de otros pueblos y otras naciones. De ahí la soledad y el distanciamiento de sus vidas. Concebidos por España y Portugal en el siglo XVI (el galeón abandonado en la selva y la armadura enterrada de las primeras páginas), despiertan hacia el final del siglo XVIII (el imán y el telescopio traídos por los gitanos como símbolos de los dos pilares de la física newtoniana), son totalmente incapaces de alcanzar la definición necesaria en un mundo que ellos mismos no hicieron. Por eso dependen de los gitanos que los visitan de vez en cuando llevándoles noticias fragmentarias e incompletas.

El resultado es que la gran mayoría de los personajes, los hombres en particular, terminan siendo egocéntricos y egoístas, casi risiblemente individualistas y autoindulgentes.

Me parece obvio que el miedo enfermizo de los Buendía al nacimiento de un niño maldito con cola de cerdo sea una metáfora condensada de las ideologías combinadas del pecado original y el determinismo biológico, explicaciones religiosas y seudocientíficas; es decir, el tema del incesto y la culpa moral, por un lado, y la idea del complejo de inferioridad, por otro, son cuestiones esencialmente simbólicas. El reflejo de estas teorías teológicas, filosóficas y científicas superpuestas en la imaginación identitaria de los personajes produce una fusión inmensamente sutil y tragicómica de fatalismo e individualismo.

Poco a poco, sin embargo, sus conocimientos son relativizados: primero por las visitas esporádicas de los gitanos y más tarde por las incursiones de una serie interminable de extranjeros, más notablemente por las compañías norteamericanas con sus avanzadas tecnologías de comunicaciones y sistemas de transportes. Citando indebidamente a Ortega y Gasset podríamos decir que este es el tema de nuestro tiempo. Y aquí, quizás, cabe mencionar que el padre de García Márquez fue, durante un tiempo, el telegrafista de Aracataca. Y muchos años después su hermano Jaime, el ingeniero de la familia, llevo a cabo la construcción de la oficina de correos del pueblo. [El término ‘La hojarasca’ se refiere a los trabajadores migrantes que no tienen dónde vivir y que llevan su soledad a cuestas buscando nuevos puestos laborales en el mundo entero.] Y el título El coronel no tiene quien le escriba se refiere, obviamente, al tema de la falta de comunicación y la soledad que resulta de dicha ausencia.

IV La aldea global

Estamos llegando, entonces, poco a poco, a nuestra aldea global. Cien años de soledad comienza con la fundación de la comunidad de Macondo, el resultado de la migración de la familia de los Buendía desde la costa caribeña. Más tarde habrán olvidado esa migración y será como si Macondo hubiera estado allí desde siempre, pero como casi todos los mitos fundacionales este es totalmente ilusorio. Sea como fuere, la primera página de la novela también nos habla de otra serie de migraciones, la de los gitanos liderados por el misterioso Melquíades cuyo papel parece ser, como hemos visto, el de relativizar, con su información recopilada en otras partes del mundo, las certezas y la ignorancia cuidadosamente elaborada de la familia de los Buendía; poco a poco los pone al día y de hecho escribe, eventualmente, la historia de la familia.

Pero no solo ellos viven en la ignorancia y la ilusión. Yo nací hacia el final de la Segunda Guerra Mundial y de niño pensé que mi país, Inglaterra —no se decía jamás Reino Unido— había ganado la guerra sin ayuda de nadie; que mi ciudad, Londres, sería siempre la más grande y populosa del mundo; que el imperio británico, que en aquel entonces ocupaba la cuarta parte del planeta, sobreviviría mil años como no había logrado hacerlo el Reich de Hitler; que Inglaterra no perdería jamás un partido de futbol; y que los ingleses éramos los más inteligentes, valientes y caballerosos del mundo. (El famoso Brexit está demostrando que esas ilusiones siguen fermentando en más de la mitad de mis compatriotas).

Y todos nosotros, como los Buendía, hemos visto cambios extraordinarios. El problema es que todo es relativo y todos estamos conectados, solo que desigualmente. Los Buendía nos parecen ridículos, “nosotros” mucho menos.

Un tema central de Cien años de soledad y, de hecho, de toda la obra de García Márquez, ya lo hemos ejemplificado, es la llegada a Macondo, alias Aracataca, alias América Latina, de la tecnología desarrollada por el liberalismo capitalista occidental —bueno, no solamente su tecnología sino el capitalismo y el liberalismo tout court. Y también, desde luego, sus sistemas de transportes y comunicaciones. Siempre, desde que yo era adolescente, me ha parecido crucial comprender la función y la importancia de los medios masivos en la sociedad contemporánea, y siempre me ha chocado la relativa ausencia de los estudios sobre ese tema y la relativa falta de conciencia de todo ello. La victoria del Brexit y el triunfo de Trump me parecen dos resultados evidentes de esa ausencia de estudios y de seriedad. En 1961, en La galaxia Gutenberg, el canadiense Marshall McLuhan, que muchos decidieron que era un payaso, acunó y exploro el concepto de la aldea global, la conversión del planeta en aldea pequeña e íntima gracias al tránsito revolucionario desde los medios impresos a los medios electrónicos. Pero la extensión lógica de su idea fue que cada aldea minúscula en todas partes del mundo iba camino a ser integrada en el todo, es decir, a ser globalizado: el mundo entero estaría en cada aldea y lo global y lo local se entretejerían para siempre.

Bueno, para mí, la primera aldea verdaderamente globalizada en la literatura mundial es Macondo, un lugar revolucionado por la llegada del telégrafo, el ferrocarril y muchos otros medios, pero es importante comprender también, y esto es crucial y tan obvio que es fácil ignorarlo, que esas transformaciones históricas son enfocadas retrospectivamente por un narrador visionario, Gabriel García Márquez, visionario e irónico (como Cervantes), que vive, él mismo, en un mundo de radios, televisores y satélites, en la aurora de la era espacial y de la cibernética. Hombres de maíz, la novela de Miguel Ángel Asturias ya mencionada, es, entre muchas otras cosas, un libro sobre la vasta transformación que nos lleva desde las sociedades tribales a las sociedades de clase y desde la cultura oral a la cultura escrita, es decir, desde la galaxia cósmica a la galaxia Gutenberg. Cien años de soledad es, entre muchas otras cosas, la historia de la globalización de cada pequeña comunidad después de muchos siglos de aislamiento relativo. (Una de las pruebas de la globalización de Macondo es la frecuencia con que los latinoamericanos, confrontados con alguna noticia deprimente o desmoralizadora sobre su país o su continente se encogen de hombros y suspiran… “Macondo…”.)

Cuando yo hice mi primera visita a Aracataca en 1991 seguía siendo, básicamente, el mismo pueblo pequeño que García Márquez había recreado en Cien años de soledad, un pueblo aun sin pavimentación, sin drenaje y sin agua potable. Quince años más tarde descubrí, horrorizado, que ya existía un café internet en Aracataca —ya pavimentada—y que los parientes de un joven asesinado en el monte utilizaron sus celulares para organizar el regreso de su cadáver al pueblo; yo mismo fui testigo de su llegada.

Ahora estoy escribiendo una biografía, sobre Maro Vargas Llosa, plenamente digital, utilizando Internet como mi archivo de base, y mi biblioteca es, esencialmente, Amazon. Yo compro los libros que necesito, desde mi silla. Casi todo está en mi computadora y estoy haciendo mi trabajo en un pequeño pueblo perdido en el sur de Inglaterra, de las dimensiones de Aracataca. Hace quince años intentar escribir la biografía de un escritor extranjero en estas circunstancias habría sido poco menos que imposible. Es que el mundo ha cambiado de la manera más radical. Y de la manera más incomprensible. No comprendemos lo que nos está pasando y no sabemos que es lo que nos espera. Se podría decir que el “nosotros” del cual hablo es inmenso y que somos, de hecho, billones de Buendías.

Aquí recuerdo que el gran escritor norteamericano Mark Twain, a quien suelo comparar con García Márquez, aseguró haber sido el primer escritor en el mundo en entregar una novela escrita a máquina, en 1876. García Márquez, otro paradigma de la oralidad, fue uno de los primeros escritores —y casi seguramente el más importante—en producir una gran novela utilizando una computadora poco más de un siglo después. En 1985 El amor en los tiempos del cólera, que era otra gran novela suya sobre las vidas anacrónicas de la América Latina desaparecida, fue compuesta con un Mac y García Márquez cruzó el Atlántico para entregarla a su agente en un disquete, con un disquete, digo, atado al cuello.

Y el mundo seguirá cambiando y cada vez más rápidamente. Cuando existan autómatas tan o más inteligentes que los seres humanos o cuando existan seres humanos que hayan sido trasplantados tantas veces —incluso con nuevas cabezas— y vivan tantos años que ellos mismos serán casi autómatas, como los Inmortales de Borges, la literatura, si todavía existe, existirá en una época totalmente diferente. Nosotros somos, todavía, casi casi, reconocibles como los mismos seres humanos que fueron los protagonistas de las obras de Cervantes y Shakespeare. Aquella época está tocando a su fin y lo que ahora llamamos ciencia ficción será el género hegemónico; tal vez lo sea ya.

El cuarto de Melquíades, en Cien años de soledad, es un lugar donde el tiempo no pasa, el espacio de la memoria, de la literatura y de la historia, el espacio de la soledad. (Olvidé mencionar que García Márquez escribió la novela sobre su aldea global en un cuarto minúsculo y con una mesa diminuta en la que probablemente, en 1965, era ya la ciudad más inmensa del mundo, Ciudad de Mexico). El último sobreviviente al final de Cien años de soledad, Aureliano Babilonia, es un lector de obras en soporte papel, para decirlo en términos técnicos. Ese mundo toca a su fin. Aureliano es el último lector. Lo que empieza siendo pasado se convierte, mientras lee, en presente.

V Conclusión

Literariamente hablando, Cien años de soledad es, en relación con América Latina, lo que El Quijote en relación con España. Lejos de ser un libro anacrónico, como aseguran algunos jóvenes novelistas, me parece más vigente que hace veinte o treinta años. Es la novela arquetípica del Tercer Mundo o, si prefieren, del mundo poscolonial. Las cosas que sabe y que no sabe son representativas de la época que llamamos postmodernista. También y, sobre todo, es la primera novela global (aunque también reconozco que, según mi interpretación de la historia literaria de los últimos cien años, sería posible concebirla como la segunda parte y la consumación de la época que el Ulises de Joyce inauguró).

Lo que sí podemos decir es que Cien años de soledad asimila el pasado, ejemplifica la contemporaneidad de América Latina y presagia una serie de futuros posibles.

Volvamos, pues, al comienzo, de mi ponencia: hay más cosas —más temas—planteados en la primera página de Cien años de soledad que en cualquier otra novela que yo he leído: el comienzo del mundo, el comienzo del lenguaje, el comienzo de América Latina, el comienzo de Colombia, el comienzo de la familia ficticia de los Buendía Iguarán, el comienzo de la autobiografía de García Márquez (o de cualquier otro niño), el comienzo de cien años de soledad históricos, el comienzo (perdonen la tautología) de Cien años de soledad entre comillas, es decir, cien años de soledad literarios —y muchas cosas más. Y este torrente de simultaneidad hipertextual sigue fluyendo durante más de trescientas páginas —solo que lo que comienza como una lista de sustantivos— personajes, lugares, imágenes, tópicos —metamorfosea y se vuelve una asombrosa sucesión de verbos, más verbos por página que en otro libro cualquiera que ustedes puedan leer.

Y sin embargo, como la tierra misma, sucede que esta narración que sigue una línea recta, verbo tras verbo, parece terminar aproximadamente donde comenzó al contarnos tantos eventos que se vuelven repeticiones y rituales y el ultimo lector dentro del libro, Aureliano Babilonia, sigue el curso de su propia historia vital al írsele revelando su final apocalíptico; ya para entonces el lector externo (ustedes o yo) ha circumnavegado el mundo, habiéndose completado un círculo, habiéndose girado un globo, solo que, como el mismo García Márquez dice, un globo con el eje desgastado y corrompido y toda su galería de personajes sentenciados a la aniquilación.

La pregunta del millón, entonces (o mejor dicho de los 8 billones): ¿estamos todos condenados, para siempre? ¿Y este mundo, cual la obra sin cimientos de esta fantasía (Shakespeare), va tocando realmente a su fin? ¿O es, nada más, una época la que termina? Mi respuesta es la de García Márquez, intuyo: NO SABEMOS.

2 comentarios

  1. Apasionante descripción de la obra completa de Gabriel García Marquez por el gran experto -sino el de más talla mundial – Gerald Martin. No me quedan adjetivos calificativos para clasificar tu forma de desmenuzar la obra y todo lo que rodeó la vida de Gabo hasta dar el resultado literario universal que dio. Tal como hemos podido disfrutar millones de lectores por todo el mundo. Durante 4 años escuché retazos de lo que aqui escribe hoy el profesor Martin, mientras él iba elaborando y meditando sobre las memorias de Gabriel Garcia Marquez, siendo profesor de literatura en la Un. de Portsmouth. Donde tuve el privilegio de caer en sus manos cuando él mismo me aceptó como alumna – hacia 1975 – durante el BA Hons. de los cuatro años restantes. Un regalo del destino que no solo me puso en la senda para convertirme en la escritora que soy eventualmente a partir del año 2000, sino que me ha marcado humana, intelectual y y literariamente hasta el dia de hoy. Gracias Gerald. Si existe la varita de la “magia”a la que aqui te refieres, sin duda a nosotros nos tocó de lleno desde nuestros respectivos lugares en la vida. Enhorabuena.

    1. Hola Patricia. Me alegro mucho que le haya gustado la magistral ponencia del profesor Gerald Martin que publicamos en WMagazín en exclusiva. Un saludo especial.

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