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Inès Cagnati novela el amor de una hija por su madre y un crimen silencioso

'Genie la loca' será uno de los hallazgos literarios más bonitos del otoño. WMagazín adelanta el comienzo de esta novela en la que una hija narra la historia de amor por su madre trabajadora en el campo y las injusticias que las rodean

Presentación WMagazín Una niña en el campo, con sol o niebla, no pierde de vista a su madre por miedo a que la abandone. Ese miedo la acompaña siempre. Y ella quiere hacerla reír, sacar a su madre trabajadora del campo de esa vida tan dura e injusta y del silencio en el que se hunde para llevarla un día a tierras donde puedan ser felices. Con la historia de estas dos mujeres, Inès Cagnati escribió una hermosa novela de amor entre madre e hija, de protección, de superación. Génie la loca obtuvo en 1977 en Francia el Premio Deux Magots y será uno de los hallazgos literarios más conmovedores del otoño bajo el sello de Errata Naturae.

WMagazín adelanta en primicia el comienzo de esta novela bella en su fondo y en su forma con la que el lector vivirá en el campo, disfrutará de la naturaleza, conocerá las injusticias, sentirá tristeza ante la tragedia y se enternecerá con estas dos mujeres hasta solidarizarse con ellas y quererlas. Inès Cagneti escribió esta historia en capítulos breves con una prosa sencilla y lírica extraída de la observación de la vida tal cual sin adornos, solo con el sentir y lo que sus ojos ven, casi como una diario evocador que se hace presente.

La madre de la niña es Génie la loca, hija de una buena familia —de la que fue expulsada— pero convertida, para su desgracia, en una mujer para todo. “Esta es la historia de un crimen que nadie condena, pero cuyas víctimas (femeninas, por supuesto) soportan la carga de la vida en un mundo gobernado por los hombres”, señala la editorial. Y cuánta razón tiene. Belleza y dolor, tragedia y sueño, puro amor en un libro para releer.

Inès Cagnati (1937-2007) fue una novelista francesa descendiente de una familia de inmigrantes italianos que creció en una región campesina en el suroeste de Francia, donde sus padres eran agricultores. Después de estudiar Letras modernas, aprobó las oposiciones y se convirtió en maestra. Su infancia en un entorno rural tuvo una gran influencia en su trabajo. De un modo u otro, todas sus obras exploran este tema (así como el deseo de huir de los ambientes opresivos de la vida en medio de la pobreza).

Esperamos que les guste esta bella y triste historia de Genie la loca, que llegará a las librerías el 26 de agosto:

La escritora francesa de origen italiano Inès Cagnati /1937-2007). /Cortesía Errata Naturae

'Génie la loca'

Por Inès Cagnati

La llamaban Génie la loca.

De tarde en tarde atravesaba el pueblo a grandes pasos con su cesta de madera, que contenía el saco de yute que le servía de capucha cuando llovía, colgando del brazo. Yo, con mis piernecitas, corría desalada tras ella. Si desaparecía en la esquina de una calle, detrás de un coche o de un grupo de mujeres murmuradoras que por la mañana hacían la compra o que, en el umbral de las casas, recogían el agua de los albañales para regar sus plantas y limpiar su acera, el miedo me acometía al pensar que estuviera aprovechando la ocasión para dejarme allí, sola en aquella calle de casas extrañas, de rostros extraños. Ni siquiera habría sabido encontrar la vieja casa de los sauces del río. Por eso iba a todo correr tras ella, con el corazón loco, para alcanzarla. De vez en cuando, se detenía un instante. Yo aminoraba el paso para descansar apenas, e ir radiante hacia ella, que me esperaba. Siempre reemprendía el camino antes de que pudiera alcanzarla. De nuevo, yo corría mirando fijamente su espalda.

Cuando atravesaba así el pueblo, cosa que rara vez hacía, pues la mayoría de las veces, para dirigirse a las granjas, lo esquivaba tomando atajos o yendo campo a través, la gente se callaba para observarla llegar, pasar, alejarse. No le sonreían. No la saludaban con jovialidad. Ella cruzaba, con la mirada perdida, yo corría tras ella y la gente la miraba.

Si tenían que dirigirle la palabra, le decían:

—Génie la loca.
Nunca:
—Eugénie.
Ni:
—Señora.
Siempre:
—Génie la loca.

*

Iba a las granjas para ayudar en las faenas de labranza. En invierno podaba los arbustos de los setos o cortaba madera y hacía gavillas con ellos. Los jueves iba con ella. Yo recolectaba ramascos y los colocaba en montones. Estábamos solas. A mediodía ella hacía una pequeña fogata.

Recuerdo los bosques invernales, el fuego, el helor, a ella y a mí en los fríos bosques.

En primavera ella layaba los viñedos, los campos de guisantes, de habas. Recuerdo los tulipanes silvestres amarillos o rojos en las viñas: yo los cogía, y ella hacía ramos amarillos y rojos que se marchitaban al final de las hileras de vid. Yo recolectaba también canónigos y puerros silvestres, y por la noche nos los comíamos.

Ella recogía guisantes o habas. Traía los que le daban en su cesta. Nos los comíamos. Con los restos, elaboraba encurtidos.

Llegaba la temporada de siega. El campo desprendía un suave aroma. Ella regresaba con la melena cubierta de polvo y briznas de heno. Se escardaban el maíz, las mieses, las judías verdes o los tomates; se recogía la fruta y nos la comíamos o hacíamos mermeladas e incluso conservas. Durante la vendimia ella volvía con un olor dulzón y pegajoso, y al finalizar le daban un vino joven que se subía un poco a la cabeza.

Acudía a guisar en los banquetes de los bautizos, las comuniones y las bodas. En algunas ocasiones me llevaba con ella. Yo me quedaba en las cocinas húmedas, mirándola. Siempre me decía:

—No te pegues a mis faldas.

Salía un rato. Vagaba un poco por los alrededores de unas casas que me eran extrañas. A continuación volvía a su lado. De nuevo me decía:

—Deja de pegarte a mis faldas.

Salía. Me quedaba sentada contra una pared o debajo de un seto, acechando su paso ante la puerta. Recuerdo los olores, el sol en las tapias, a ella en las umbrías cocinas, los girasoles girando en los campos.

*

En verano caminaba descalza. Tenía los talones recubiertos de gruesas e insensibles callosidades. En invierno se calzaba unas botas de caucho negro. Las rellenaba de paja. La paja se pegaba bajo sus pies formando una placa dura y húmeda que conservaba la forma cuando la cambiaba por la noche. Los callos de sus talones estallaban en sanguinolentas grietas.

Cada noche antes de acostarse se remojaba los pies en una jofaina con agua templada y se quitaba, con una cerilla tallada en punta o un trocito de madera, los restos de suciedad alojados en las grietas. Yo me quedaba sentada debajo de la chimenea mirándola y esperando. Me decía:

—Vete a la cama.

Me acostaba. Venía a la cama. Algunas veces, me estrechaba contra ella. Otras, se dormía enseguida, abismada en las simas de su cansancio.

*

Cuando era muy pequeña, me llevaba consigo todos los días a las granjas en las que trabajaba. En la cesta guardaba el saco de yute, que dejaba en el suelo en la linde de los sembrados para que me sentara. Ella trabajaba. Yo jugaba un poco con la tierra, con las raíces de las gramas, con la hierba. La vigilaba. Tenía miedo de que se fuera y me dejara allí, sola junto a aquel campo extraño.

Algunos días, la bruma se alzaba desde el río, difuminaba los tristes sauces, sepultaba el mundo. Nunca clareaba el día. La distinguía como una sombra cada vez más pálida a medida que el trabajo la alejaba de mí. Cuando estaba a punto de desaparecer en aquella albura brumosa, corría hacia ella por el campo. Unas veces me detenía en cuanto volvía a divisarla y avanzaba poco a poco para no perderla de vista. Otras, iba hasta donde ella estaba y me agarraba a su falda para que me cogiera un rato. Me decía:

—Ve a sentarte encima del saco.

Volvía a la linde del sembrado lo más lentamente posible, para que durara más el tiempo que seguía viéndola. Me sentaba encima del saco. Ella estaba perdida en la bruma. Me quedaba mirando hacia ella, aguardando impaciente el momento en que reaparecería. Se me hacía interminable. Una vez más creía que se había ido y me había dejado porque no me quería.

Me levantaba, con el corazón loco, corría desalada hacia ella con mis piernecitas, me caía, me levantaba, corría. Por fin la vislumbraba. Me sentaba en la tierra húmeda. Habría querido correr hacia ella, decirle lo contenta que estaba de que siguiera allí.

A mediodía, si la granja no estaba muy alejada, nos acercábamos a comer. Nos sentábamos a la mesa en unas cocinas umbrías y húmedas. La gente hablaba, ella callaba. Algunas veces las mujeres o los niños me miraban y me preguntaban cosas, como mi nombre o mi edad. Yo no respondía, me agarraba a ella, escondía la cara en su falda.
Dirigiéndose a mí, las mujeres decían:

—¿Qué?, ¿se te ha comido la lengua el gato?

Y entre sí:

—Es como ella.

Yo la agarraba más fuerte para que me cogiera. Ella me apartaba un poco y decía:

—Estate quieta.

Si la granja estaba demasiado alejada, comíamos en el sembrado. Se quitaba las botas, se sentaba en una esquina del saco y comíamos pan con queso, o pan con salchichón, o pan con una tortilla; en ocasiones, el pan con los frutos secos del otoño. Bebíamos a chorro: ella, vino y agua; yo, leche y agua. Cuando terminábamos, colocaba las cosas en
la cesta.

Antes de reanudar el trabajo, se quedaba un momento ahí, a mi lado, con la mirada ausente, para descansar un poco o pensar en sus cosas. Habría querido apretarme contra ella. Se levantaba, volvía a ponerse las botas y se marchaba diciendo:

—Duérmete un poco.

Yo me acostaba encima del saco y me esforzaba por dormir, como me había dicho. Pero, en cuanto cerraba los ojos, me imaginaba que aprovecharía para huir o que simplemente se marcharía olvidándome allí. Me levantaba de nuevo y volvía a acechar su sombra en la bruma.

Cuando llegaba la noche, por fin se ponía de pie, contemplaba el trabajo de la jornada, su mirada se extraviaba a lo lejos, en lo que estaba ausente, y luego venía a mi lado. Yo me incorporaba. Ella sacudía la tierra o las hierbas marchitas y arrugadas del saco, lo plegaba y lo metía en la cesta. Si quedaba pan del mediodía, me lo daba. Comenzaba a caminar aprisa, y yo corría tras ella para no perderla. Acababa cogiéndome mucha delantera. Mi corazón enloquecía. Por fin se detenía, esperaba un poco. En cuanto estaba cerca, volvía a ponerse en marcha.

En algunas ocasiones también se inclinaba hacia mí, me enjugaba el rostro y me llevaba en brazos. Entonces yo metía mi cabeza en el calor de su cuello y lloraba. Alguna que otra vez me decía:

—No llores. La mayoría de las veces no decía nada.

*

Por las noches acostumbraba a llorar delante de la lumbre. Sus ojos habían adquirido el color de las lágrimas. Me decía:

—Nunca he tenido nada.

Le respondía:

—Me tienes a mí.

Pero ella seguía llorando. En esos momentos creía que no me quería. Deseaba quererla cada minuto de mi vida para que me quisiera, la seguía por todas partes. Me decía:

—No te pegues a mis faldas.

Con todo, yo deseaba quererla, estar siempre a su lado. Al volver del colegio, corría por los atajos, por el barro, por entre las zarzas, sintiendo la llamada rosa de los membrillos. Iba a trancas y barrancas por los cenagales. Alguna que otra vez me la encontraba en casa lavando o planchando. Me acercaba a ella, exultante. Me dejaba estar a su lado un momento y después me decía:

—No te pegues a mis faldas.

En algunas ocasiones todavía no había llegado de las granjas. Me quedaba de pie junto al camino y, acechando las sombras de la noche, esperaba a que regresara. Recuerdo aquel camino vacío cuyas sombras escrutaba.

A veces, la cena se componía de buñuelos: de manzana si era invierno, de flores de acacia en primavera y de flores de calabaza en verano. Me sentaba al pie de la chimenea, contemplaba el fuego sobremanera vivo, me comía los buñuelos ardiendo. La boca y los dedos se me ponían perdidos de azúcar y aceite. La casa estaba caldeada y perfumada.

En invierno, después de la cena ella hacía punto. La noche cercaba la vieja casa. Yo pensaba: “Ella está aquí”, para que la noche reculara.

De cuando en cuando, contaba un cuento, siempre el mismo, el de las tres jovencitas: Rose, Marguerite y Violette. Las llamas se erizaban. ¿Devoraría el ogro a la dulce Violette? Llegaría una noche en que el ogro devoraría a la hermosa joven. Eso dependía de ella. Yo escrutaba su rostro inclinado hacia su labor de punto. Su voz monocorde ordenaba los sucesos de ese cuento jamás terminado. Cuando cesaba de hablar, dejaba su labor. Alguna que otra vez me acariciaba la mejilla. Sus ojos claros aplacaban entonces los fantasmas.

Otras noches callaba. Cuando fui lo bastante mayor, para que no sintiera más pena le decía:

—Un día nos iremos lejos, a tierras donde las viñas acarician el cielo, donde perdernos en los bosques de acacias en busca de ciclámenes salvajes.

Ella nunca respondía. Yo sabía que no habría tierras donde las viñas crecieran hasta el firmamento, donde perdernos a la vera de los arroyos en busca de ciclámenes salvajes: sólo quería consolarla. De niños no sabemos cómo hacerlo.

  • Génie la loca. Inès Cagnati. Traducción de Vanesa García Cazorla (Errata Naturae).

 

 

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